Reflexión de Domingo XV del tiempo ordinario – Ciclo B: Enviado, vocación, profetas

“Les ordenó que no llevaran nada para el camino”
 
Domingo XV del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 6, 7-13) 15 de julio de 2012


Lectura del Profeta Amós 7, 12-15
En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:
–Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país.
Respondió Amós:
–No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Jesús llama a sus discípulos

Imagen de Pixabay creada por  Thesoundofcalmness


1) Un profeta con oficio

Amós sorprende por lo sencillo. No se presenta como especialista religioso, ni como figura carismática construida. Se define por su vida concreta: pastor y cultivador de higos. Trabaja. Tiene un lugar. Tiene una rutina. Y en medio de esa cotidianidad ocurre lo decisivo: Dios lo llama.

Este detalle es importante porque purifica la idea de profecía. Amós no habla para ganar prestigio, ni para sostener una estructura, ni para “vivir de lo sagrado”. Su palabra nace de una obediencia: “El Señor me sacó… y me dijo: ve”. La profecía aparece aquí como un envío que desinstala y orienta.


2) El problema no es Amós: es la palabra libre

Amasías no entra a discutir el contenido del mensaje. No debate si Amós tiene razón o no. Hace algo más eficaz: intenta reubicarlo.

“Vete a Judá”.
“Profetiza allá”.
“Aquí no”.

Betel es “el santuario real”, “el templo del país”. En otras palabras: un espacio donde religión y poder se rozan peligrosamente. La palabra del profeta incomoda porque no se deja administrar. No se adapta. No negocia su contenido para conservar un lugar.

Por eso la tensión que aparece en Amós no es antigua: es permanente. En toda época hay sistemas —políticos, culturales, incluso religiosos— que aceptan palabras “religiosas”, siempre que sean inocuas. Lo que molesta no es el lenguaje piadoso, sino la verdad que interpela.


3) Profecías “a la carta”

Amós siente la necesidad de aclarar quién es porque existían profetas que hablaban según convenía. Profetas que decían lo que otros querían escuchar. Profetas que ganaban pan y seguridad a cambio de halagos, de silencios, de mensajes calculados.

Cuando la palabra depende del aplauso, se vuelve funcional. Puede terminar legitimando abusos. Puede justificar injusticias. Puede tratar al pueblo como masa manipulable. Y con frecuencia, los primeros en quedar fuera de foco son los humildes.

Aquí aparece una pregunta inevitable: ¿dónde está el corazón del Evangelio cuando la palabra se vuelve interesada? ¿Dónde queda la compasión por los débiles cuando la comunicación solo busca sostener reputaciones o conveniencias?


4) La verdad tiene costo (y no debe dar miedo)

La Biblia no romantiza la profecía. Decir la verdad tiene consecuencias: desautorización, difamación, destierro, cárcel. Juan Bautista lo vivió. Jesús lo llevó hasta el extremo. Y la Iglesia lo recuerda para no idealizar el anuncio: la verdad es luminosa, pero no siempre cómoda.

Eso no significa buscar conflicto. Significa comprender que la fidelidad suele implicar un precio. En tiempos de saturación informativa, también hay presiones más sutiles: miedo al qué dirán, autocensura, necesidad de agradar, prudencias que en realidad esconden comodidad.

Por eso hace falta valentía. Pero una valentía cristiana con rasgo propio: es humilde. El profeta no impone su ideología. No habla para lucirse. Habla “bajo la verdad”, buscando lo que edifica, lo que abre camino a la justicia y a la paz. La parresía evangélica no es agresividad: es franqueza con caridad.


5) La homilía: palabra recibida y entregada

Este texto ilumina de modo especial la homilía. Con facilidad la homilía puede degradarse: convertirse en un discurso bonito, en una catequesis improvisada, en una clase moral, en un comentario personal, o incluso en un espacio para ajustar cuentas indirectas.

Sin embargo, la homilía, en su sentido más profundo, es un acto de comunicación eclesial. Un puente. Un servicio. Nace de la escucha de la Palabra, se confronta con la vida real del pueblo y vuelve a la asamblea como alimento.

No se trata de hablar mucho. Se trata de hablar desde Dios. Eso exige oración, discernimiento, y también libertad interior: predicar no para agradar, sino para servir. No para exhibirse, sino para conducir hacia Cristo. No para reforzar bandos, sino para reunir en comunión.


6) “No lleven nada para el camino”

El título —“les ordenó que no llevaran nada para el camino”— puede leerse en continuidad con Amós. El mensajero de Dios no puede cargar con demasiadas seguridades. Cuanto más “dependo” de algo, más vulnerable soy a ajustar el mensaje. Cuanto más necesito conservar una posición, más fácil es domesticar la Palabra.

La pobreza apostólica no es solo material. Es también interior: libertad frente a la aprobación, al miedo y al cálculo. Esa pobreza es la condición de una palabra limpia.

Amós lo resume con sobriedad: no soy profeta de oficio. Soy trabajador. Y Dios me envió.


Para la oración final

Señor, danos la gracia de escuchar tu voz en medio del trabajo y la vida cotidiana.
Purifica nuestra palabra para que no busque aplausos, sino verdad.
Haznos humildes para hablar con caridad.
Y libres para anunciar el Evangelio sin “profecías a la carta”.


 

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