Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar: estos son los verbos de la misión cristiana. No se trata simplemente de una conclusión del Evangelio de Mateo, sino de un envío permanente. La Palabra de Jesús tiene un dinamismo que empuja, como el río que sigue su cauce, y siempre vuelve a presentarse como novedad para la vida del creyente.
VII Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 28, 16-20
Ir
La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que salieron de sí mismos para servir a los demás. Los misioneros dejaron su tierra, su cultura y sus seguridades para encarnar el Evangelio en otros pueblos. Allí descubrieron que la fe no es teoría, sino vida concreta; que la contemplación y la espiritualidad deben tocar la realidad de las personas.
Ir significa salir de la propia comodidad para construir comunidad. Significa reconocer que la fe no puede vivirse encerrada, sino compartida. El discípulo sale porque sabe que no camina solo: Cristo lo envía y promete acompañarlo.
Hacer discípulos
Para hacer discípulos, primero hay que ser discípulo. Nadie puede enseñar lo que no ha aprendido ni conducir a otros por un camino que no ha recorrido. Muchos descubren, en el servicio y en la misión, sus propias fragilidades espirituales e intelectuales. Allí se replantean su vocación y su relación con Dios.
Jesús mismo buscaba constantemente el silencio y la oración. Subía al monte para encontrarse con el Padre. Pero después de la contemplación regresaba al encuentro de la gente. Cuando Pedro quiso quedarse en la experiencia luminosa de la Transfiguración, Jesús lo hizo volver a la realidad.
La vida cristiana necesita equilibrio: contemplación y acción, oración y servicio. Separadas, se vacían; unidas, dan fruto.
Bautizar
Jesús manda bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». El bautismo no es una simple tradición social ni un requisito cultural; nace del mandato de Cristo y de la fe de la Iglesia.
Muchas veces se busca el bautismo por motivos secundarios: la presencia de un padrino, una costumbre familiar o incluso una exigencia escolar. Sin embargo, la razón profunda del bautismo es sacramental: introducir a la persona en la vida de Dios Trinidad y en la comunidad cristiana.
Enseñar
Enseñar es un servicio. Supone preparación, experiencia, estudio y vida interior. Un maestro, una religiosa, un catequista o un misionero no solo transmite información: forma personas y acompaña procesos humanos y espirituales.
Pero nadie puede enseñar sin antes aprender. Se necesita entrar en el misterio del ser humano para ayudarle a descubrir el misterio de Dios. La enseñanza cristiana exige formación intelectual, madurez espiritual y coherencia de vida.
En conclusión, hoy Jesús asciende al cielo, pero no abandona a sus discípulos. No nos deja huérfanos. Antes de partir, deja una misión clara: ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar.
La Ascensión no es una despedida, sino el comienzo de la responsabilidad del discípulo. Cristo asciende, pero sigue actuando en la tierra a través de quienes anuncian su Evangelio con la palabra, el testimonio y la vida.
Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».




