“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.”
El Evangelio de hoy presenta una síntesis decisiva: camino, verdad y vida. No son conceptos abstractos, sino dimensiones concretas de la existencia humana.
El Evangelio de hoy presenta una síntesis decisiva: camino, verdad y vida. No son conceptos abstractos, sino dimensiones concretas de la existencia humana.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
La imagen del “Buen Pastor” atrae: inspira seguridad, experiencia, sabiduría, espiritualidad profunda y una gran capacidad emocional para resolver los problemas del rebaño. Aunque cada oveja es autónoma, el ojo del Buen Pastor intuye y cuida.
IV Domingo de Pascua – Año litúrgico 2025-2026 – (Ciclo A) – san Juan 10, 1-10
El Buen Pastor es el mismo Jesucristo. Jesús es también la puerta y, de hecho, es el portero. Es decir, te cuida: se cierra a los ladrones y se abre a los justos; decide si entras o no. Nos gustaría que fuera un muro infranqueable para los ladrones. Es la puerta de tu libertad, de tus decisiones, de tus búsquedas en la vida.
Es también la puerta de la confianza: entras sabiendo que estás en buenas manos, en un redil digno. Libertad y confianza se juegan la alegría o la tristeza de nuestras vidas, así como la responsabilidad personal y el amor sin límites. Jesucristo se jugó la cruz; su misericordia no te cierra la puerta; si es posible, te lleva en sus propios brazos.
La imagen del “Buen Pastor” sugiere que también existen “malos pastores”. Y, en este punto, todos tenemos la misión de ser buen testimonio, de mostrar con nuestra vida una ejemplaridad que edifique. El peligro está en que ningún pastor se presenta como el malo. Existe la expresión “el diablo es celoso” para advertirnos y mantenernos vigilantes ante las apariencias.
El mal pastor, alguna vez honrado, se presenta como bueno y no quiere ser descubierto cuando salta la tapia para robar. Es fácil señalar con el dedo, culpar, criticar. Sin embargo, el tema no es tanto cómo se ve el río, sino las corrientes internas que arrastran. Y, especialmente, el portero te abrirá si tocas la puerta.
El texto del Buen Pastor no hay que disimularlo: se refiere a los pastores, a los encargados de explicar la Sagrada Escritura. Por extensión, lo aplicamos también a los padres de familia, abuelos, superiores, jefes, etc. En el fondo, se trata del escenario entre la persona y Dios, del tribunal de la conciencia, de ese interior visto con autenticidad ante Dios.
Eso es lo que nos corresponde: pedirle a Jesús que nos ayude a imitarlo como Buen Pastor, amoroso, cuidadoso y misericordioso.
Que este domingo vivas la resurrección de Jesús con la esperanza puesta en un Buen Pastor a quien deseas imitar, entregando tu vida al servicio de un redil, de muchas ovejas, incluso de aquellas que no pastan en los jardines de la Iglesia, sino que buscan praderas en otros lugares. El reto es muy grande.
Jesús es la puerta, el portero, el Buen Pastor.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
El camino a Emaús es una verdadera escuela de fe: mientras caminan, los ciegos comienzan a escuchar; los torpes y lentos de corazón sienten arder su interior; el forastero se convierte en anfitrión, y quien parte el pan es el mismo Pan de vida. En medio de la tristeza por la muerte, los discípulos terminan reconociendo el rostro del Resucitado.
Las dudas de Tomás pueden ser las mismas que te asaltaron en algún momento de tu vida; pero un discípulo no se reduce a sus dudas, hay palabras que simbolizan la pequeñez de un hombre ante la inmensidad de la resurrección de Jesús: Señor mío, Dios mío.
San Tommaso in un dipinto di Peter Paul Rubens.
II Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
Tomás suele ser recordado únicamente por su incredulidad, pero el Evangelio nos muestra un discípulo mucho más complejo y profundo. Cuando Jesús decide ir a Judea tras la muerte de Lázaro, Tomás manifiesta una valentía admirable: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). En la Última Cena, expresa con sinceridad su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (cf. Jn 14,5). Y es entonces cuando Jesús revela una de las afirmaciones más densas del Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Finalmente, en el encuentro pascual, Tomás duda. Quiere ver y tocar. Representa a todos aquellos que buscan evidencias, incluso certezas de tipo empírico, antes de dar el paso de la fe. Pero es también él quien pronuncia una de las confesiones más altas del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío».
La respuesta de Jesús a Tomás no es de reproche, sino de misericordia. Sale al encuentro de su duda y la transforma en camino hacia la fe. Este gesto revela un cambio decisivo: la relación con el Resucitado ya no se basa únicamente en ver o tocar, sino en escuchar, acoger y creer.
Tomás no solo reconoce el rostro de Jesús, sino también sus llagas. Estas ya no son signo de derrota, sino de amor entregado. Las heridas del Crucificado se convierten en el sello del Resucitado. Contemplar las llagas es, en realidad, contemplar el amor que ha vencido a la muerte.
La bienaventuranza de Jesús nos incluye directamente: nosotros no hemos visto, pero estamos llamados a creer. Nuestra fe no se apoya en la evidencia sensible, sino en el testimonio, en la Palabra, en la experiencia viva de la comunidad creyente. Creer sin haber visto no es una fe débil, sino una fe madura, capaz de sostenerse en la confianza. Es aprender a poner nuestras dudas en manos de Dios y transformarlas en una oración humilde: «Señor mío y Dios mío».
Vivimos en un contexto donde el miedo debilita las convicciones y la duda puede llevar al relativismo. Por eso es urgente acoger el don pascual de Cristo: la paz.
Una paz que fortalece los corazones tímidos y sostiene a los discípulos que, aun dudando, no renuncian a buscar a Dios.
También hoy estamos llamados a orar por quienes dudan, no para juzgarlos, sino para acompañarlos. Porque, en muchos casos, la duda no es negación de la fe, sino su umbral más honesto.
Tomás nos enseña que la duda no es el final del camino, sino una etapa que puede conducir a una fe más profunda. El verdadero discípulo no es el que nunca duda, sino el que, en medio de sus dudas, sigue buscando hasta poder decir:«Señor mío y Dios mío».
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
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