Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Dios no actúa según nuestros cálculos de mérito, competencia o comparación, sino desde la sobreabundancia de su generosidad y misericordia. La parábola de los obreros de la viña no pretende ofrecer una teoría económica sobre los salarios, sino revelar la verdadera naturaleza del Reino de Dios: un don gratuito que supera toda lógica humana.


Pintura de la parábola, de Patrick Paearz de Wet , mediados del siglo XVII

XXV Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 20, 1-16

El lenguaje espiritual del Evangelio

Para comprender el escándalo de esta parábola, es necesario mirar los símbolos que Jesús utiliza:

  • La viña del Señor: Es el Pueblo de Dios, el espacio cotidiano de la misión y la evangelización. La viña (el mundo), a través de la Vid (Cristo) y por medio de los sarmientos (nosotros, los creyentes), está llamada a dar fruto abundante y a edificar el Reino aquí y ahora.
  • El dueño de la viña: Representa a Dios, que conoce la fragilidad de su terreno y sale constantemente al encuentro de los suyos. No se cansa de buscar trabajadores, no porque necesite mano de obra, sino porque no quiere a nadie de pie en la plaza, sumido en la ociosidad o el desánimo.
  • El salario desacostumbrado: Al pagar a todos la misma moneda —un denario, lo necesario para sostener la vida de ese día—, Dios rompe la lógica del rendimiento. La diferencia de horas trabajadas no genera desigualdad en la salvación. Dios no mide el tiempo con monedas, sino con la mirada del corazón.

El conflicto surge cuando pretendemos que Dios se ajuste a nuestros criterios de «estricta justicia», una justicia que en el fondo resulta fría y calculadora. Nos apegamos al reclamo porque nos cuesta aceptar que la generosidad divina alcance también a quien llegó a última hora.

Del conflicto a la madurez de la fe

Todos conocemos la sensación humana de trabajar duro y sentir que no se nos reconoce como merecemos. Por eso comprendemos la molestia de los obreros de la primera hora. Sin embargo, la paradoja del Evangelio nos invita a una conversión profunda:

Dios no es injusto, es desbordante: A los primeros les da lo pactado; a los últimos, lo que necesitan para vivir.

El peligro de la comparación: Compararnos convierte la bendición ajena en motivo de tristeza personal. La envidia no nace de haber perdido algo, sino del malestar de ver que el otro ha recibido un bien.

Aprender a alegrarnos: El verdadero crecimiento espiritual consiste en abandonar la contabilidad del mérito para celebrar la conversión, la oportunidad y la dicha del hermano.

«¿O es que vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»


La tentación de fabricar un Dios a nuestra medida

A menudo invertimos la decisión de la Creación: en lugar de dejar que Dios nos transforme a su imagen y semejanza, intentamos moldear a Dios a la medida de nuestras ideas, intereses y prejuicios. Proyectamos en Él nuestras pequeñeces, atribuyéndole dinámicas de exclusión o contabilidad.

Pero la perspectiva de Dios es más alta. Desde arriba, Él contempla a la humanidad con una mirada más amplia y compasiva. Mudar el pensamiento para «tener la mente de Cristo» implica reconocer que nunca es tarde para reajustar el rumbo. Aunque sintamos que hemos malgastado el tiempo, Dios no se cansa de llamar, esperar y restaurar nuestra dignidad.

Un plus de gracia: «Nadie nos ha contratado»

Aquellos que permanecían en la plaza a la cinco de la tarde no eran perezosos; simplemente nadie les había dado una oportunidad. Eran los olvidados, los invisibles del sistema.

Esta realidad interpela hoy a la comunidad creyente: ¿A quiénes estamos dejando fuera de la viña del Señor? Hay muchas personas solas, desanimadas o heridas esperando escuchar esa voz redentora: «Id también vosotros a mi viña».

La salvación no es un salario que se exige por antigüedad o esfuerzo, sino un regalo que se acoge con gratitud. Trabajar en la viña desde la mañana o desde el atardecer es, en sí mismo, el mayor privilegio: la oportunidad de colaborar con el Amor.


Oración: Generosidad y justicia

Señor,

tú no das según nuestros méritos,

sino según la abundancia de tu corazón.


Tu amor alcanza a todos,

tu misericordia no excluye a nadie

y tu bondad siempre nos ofrece una nueva oportunidad.


Gracias porque nos llamas a tu viña,

no para medir cuánto merecemos,

sino para hacernos partícipes de tu alegría.


Enséñanos a dejar atrás la envidia,

la comparación y el resentimiento,

y a alegrarnos porque tu amor es para todos.


Haznos generosos como tú:

capaces de dar sin calcular,

de perdonar sin llevar cuentas

y de amar sin poner condiciones.


Que nunca olvidemos, Señor,

que todo lo que somos y tenemos

es don de tu infinita misericordia.


Amén.


En la viña de Dios no trabajamos para competir por un premio mayor, sino para recibir juntos el único don que nadie puede merecer: la vida plena que Dios nos regala por amor.

Perspectiva dominicana, espiritual y memoria religiosa de Lima

La pintura, realizada al óleo sobre lienzo, representa a san Juan Macías, O.P., en una composición de carácter devocional que reúne diversos elementos asociados a su vida, espiritualidad y culto. 

san Juan Macias

Pintura al óleo sobre lienzo, expuesta en la Capilla en honor a San Juan Macías del Convento de Santo Domingo de Lima

“¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Señor, tú has perdonado nuestras deudas impagables; danos un corazón misericordioso para perdonar a nuestros hermanos y vivir libres del rencor. En sentido positivo es: “haz al otro lo que quieres que el otro haga por ti”.

Avaricia

El Culto de Mammon (1909), la deidad del Nuevo Testamento de la avaricia material, por Evelyn De Morgan.


XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A. Mateo 18, 21-35

Dos deudores

La parábola de los dos deudores nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos con la misericordia que hemos recibido? Jesús presenta a un hombre incapaz de pagar una deuda enorme. Su señor, movido por compasión, le perdona todo. Sin embargo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor y, en lugar de compadecerse, exige que pague hasta el último centavo.
La desproporción entre las dos deudas es intencionada. Jesús quiere mostrarnos que la misericordia de Dios desborda nuestros cálculos. No puede medirse como una cuenta que se lleva con exactitud ni administrarse según nuestros méritos.

El perdón no se cuenta

Pedro pregunta: "¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?". Jesús responde: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
No se trata de realizar una operación matemática y establecer un límite. El número expresa una realidad que desborda toda medida. El perdón cristiano no puede convertirse en contabilidad: siete veces sí, ocho ya no.
También nosotros necesitamos ser perdonados muchas veces. El problema aparece cuando queremos recibir de Dios una misericordia sin límites mientras ofrecemos a los demás una misericordia cuidadosamente calculada. Son actitudes que nos dejan perplejos.
Perdonar no significa aprobar el mal, negar una injusticia o renunciar a la reparación. Significa no permitir que el daño recibido termine gobernando nuestro corazón. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a convertirse en misericordia para los demás. Podríamos dejar perplejos por nuestra generosidad y nunca por nuestra avaricia.

La honestidad también es una forma de justicia

La parábola utiliza el lenguaje de las deudas y las cuentas, y esto nos lleva también a nuestra vida cotidiana. ¿Qué problemas tiene la persona que gasta de manera desproporcionada a lo que gana? Las cuentas deben ser claras. Lo que se gasta tiene un origen y, cuando no se administra responsablemente, alguien termina pagando las consecuencias.
La honestidad económica forma parte de la verdad y de la vida moral. La confianza también se construye en la manera como utilizamos el dinero. Una pequeña deshonestidad puede parecer insignificante, pero cuando se repite termina deteriorando relaciones, proyectos y comunidades.
Apropiarse de lo que no nos pertenece, exagerar un gasto, cobrar injustamente, ocultar una información económica o utilizar para beneficio personal aquello que ha sido confiado para un servicio común no es simplemente un problema administrativo: es un desgaste de la integridad moral. 
La generosidad, por tanto, no se opone a la responsabilidad. Perdonar no significa vivir irresponsablemente; ser misericordioso no significa abandonar la justicia. La misericordia cristiana necesita de la verdad, la honradez y la responsabilidad.

La misericordia transforma

La tragedia del siervo de la parábola no consiste en que tuviera una deuda, sino en que habiendo sido perdonado, fue incapaz de perdonar. Recibió misericordia, pero no permitió que esa misericordia transformara su manera de relacionarse con los demás.
También nosotros podemos caer en la misma contradicción: pedir comprensión para nuestros errores y ser implacables con los errores ajenos; reclamar paciencia para nosotros y exigir perfección a los demás; pedir misericordia a Dios y administrar con dureza las pequeñas deudas de nuestros hermanos.
Por eso, la pregunta del Evangelio no es solamente: "¿Cuántas veces debo perdonar?", sino algo más profundo: "¿Qué ha producido en mí el perdón que he recibido de Dios?"
Hay deudas que deben pagarse, responsabilidades que deben asumirse y errores que deben repararse. Pero también hay heridas que necesitan ser sanadas y relaciones que claman una nueva oportunidad.
Dios es compasivo y justo. Su misericordia no elimina la justicia, sino que la lleva a su plenitud. Y quien ha experimentado esa misericordia está llamado a hacerla visible en la manera como trata a los demás.

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Esta mañana, mientras la aurora iluminaba lentamente el horizonte y el aire fresco anunciaba la llegada del día, esperábamos la salida del sol en todo su esplendor. Así también, en la Natividad de la Virgen María, la Iglesia contempla a María como la aurora que anuncia el nacimiento del Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Ella no es el Sol, pero nos conduce hacia Él; no es la fuente de la salvación, pero es la mujer elegida para acoger en su seno al Salvador.

Natividad de María

El nacimiento de la Virgen, Museo del Louvre, París


Hoy contemplamos a María en la humildad de su nacimiento. Todavía no vemos en ella la grandeza que la Iglesia reconocerá después; vemos solamente a una niña, pequeña y frágil. Y, sin embargo, en esa pequeñez comienza a despuntar el cumplimiento de las promesas de Dios. Porque el Señor acostumbra realizar sus grandes obras a través de lo pequeño, de lo humilde y de aquello que el mundo considera insignificante.

Virgen María, enséñanos la verdadera grandeza.

Vivimos en un mundo que confunde grandeza con poder, éxito, fama y reconocimiento. Tú nos enseñas que la verdadera grandeza consiste en dejar que Dios haga su obra en nosotros. Tu vida no fue una búsqueda de protagonismo, sino una respuesta generosa a la gracia. Tu grandeza nació de aquel «sí» con el que acogiste la voluntad de Dios y te convertiste en Madre del Salvador.

Por eso, al celebrar hoy tu nacimiento, no solamente recordamos el comienzo de una vida santa; contemplamos el comienzo de una historia de salvación que alcanza su plenitud en Jesucristo. En ti, Virgen María, la humanidad se abre nuevamente a Dios. En ti contemplamos la belleza de una humanidad reconciliada con su Creador: una humanidad capaz de escuchar, confiar, responder y ponerse al servicio del proyecto de Dios.

¿Qué sería de nuestra historia de salvación sin tu “sí”, María?

Tu «hágase en mí según tu palabra» abrió las puertas de nuestra humanidad al misterio de la Encarnación. Por ti, el Verbo se hizo carne; por ti, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, entró en nuestra historia. Por eso la Iglesia proclama con alegría:

«Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios».

Sí, María: tú eres la aurora que anuncia a Cristo. Tu presencia no nos detiene en ti, sino que nos conduce siempre hacia tu Hijo. Él es el Sol que vence nuestras tinieblas, el Médico que sana nuestras heridas, el Salvador que derrota el pecado y la muerte, y el Señor que nos regala la vida para siempre.

En ti reconocemos también a la mujer anunciada en la historia de la salvación, aquella cuya descendencia participa en la victoria definitiva sobre el mal. La tradición cristiana ha contemplado en María a la mujer asociada al cumplimiento de la promesa de Dios: la Inmaculada, preservada por gracia del pecado, signo de que el mal, la división y la muerte no tienen la última palabra. En Cristo, la serpiente es vencida; en María contemplamos ya el esplendor de la humanidad redimida.

Hoy, en esta fiesta de tu Natividad, Virgen gloriosa, Madre de Dios, hija de Abraham, de la descendencia de Judá y del linaje de David, la Iglesia entera se alegra contigo. Tu nacimiento anuncia que Dios no abandona a su pueblo. Tu vida nos recuerda que sus promesas permanecen y que la historia humana, aun atravesada por heridas y sufrimientos, está llamada a ser visitada por la gracia.

Y aquí, en Arequipa, queremos contemplarte y venerarte de manera especial como Virgen de los Remedios. Ante ti ponemos nuestras vidas, nuestras familias y nuestro pueblo. Como tantas generaciones de creyentes que han acudido a tu intercesión, hoy también nosotros levantamos hacia ti nuestra mirada y nuestra oración.

"Has salvado a tu hermano"

Necesitamos humildad para aceptar las correcciones. Dios no quiere humillarnos, sino ayudarnos a recuperar la comunión. El problema de mi hermano también me concierne, porque pertenecemos a una misma comunidad y nuestras acciones, incluso las personales, tienen consecuencias sobre los demás.

Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco
Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco

XXIII Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 18, 15-20

En esta reflexión, te pido disculpas - lector o lectora- porque leerás un texto largo; pero siento que, en algunos momentos, sufrimos ser piedra de tropiezo o tener un hermano conflictivo por quien orar y buscar la reconciliación. Evitemos perder la paz.

Sin escucha no hay respuesta 👂👂

Escuchar es un acto de respeto y de buena voluntad que permite comprender a la otra persona antes de responder. Cuando dejamos de escucharnos, el diálogo se convierte fácilmente en confrontación. Personas que hablan sin escuchar terminan interpretando las palabras del otro desde sus propios prejuicios, intereses o heridas.
Basta observar una conversación en la que alguien permanece distraído con el teléfono celular mientras el otro habla.🚦 Las palabras pueden llegar a sus oídos, pero difícilmente alcanzarán su interior. Sin escucha no hay verdadera comunicación; solo hay ruido.
La escucha también pertenece al ámbito de la fe. Si no escuchamos a Dios, difícilmente podremos responderle. La fe es, en esencia, una respuesta libre a una iniciativa de Dios que nos habla. Por eso, la vida cristiana exige aprender a escuchar: a Dios, a los demás y también aquello que sucede dentro de nosotros.
Una comunidad que escucha puede reconocer sus conflictos antes de que se conviertan en divisiones. Una comunidad que deja de escucharse termina alimentando sospechas, celos, disputas y heridas que deterioran la caridad.

Dar el primer paso 👪👫

Mateo propone un camino gradual para afrontar el conflicto: primero el diálogo personal; después, la participación de una o dos personas; finalmente, la intervención de la comunidad. El objetivo es claro: «si te escucha, has ganado a tu hermano».
Jesús no dice: «has demostrado que tienes razón». Tampoco dice: «has derrotado al que te hizo daño». Dice: «has ganado a tu hermano».
La finalidad de la corrección fraterna es recuperar a la persona y restaurar la comunión. Por eso, la comunidad cristiana debe cuidar simultáneamente la verdad y la dignidad de quien ha cometido una falta. El mal de uno no puede convertirse en una excusa para destruir al otro.
Aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién debe dar el primer paso?
Nuestra tendencia suele ser esperar que sea el otro quien se acerque, reconozca su error y pida perdón. Cuando alguien ha actuado con soberbia, violencia o injusticia, podemos pensar que no nos corresponde hacer nada. Incluso podemos optar por ignorarlo, aplicar la llamada «ley del hielo» o apartarlo de nuestra vida.
Pero el Evangelio propone algo diferente. Jesús pide que demos el primer paso hacia la reconciliación.
Esto no significa justificar el mal, negar el daño sufrido ni exponerse nuevamente a situaciones de abuso. Significa no permitir que el conflicto tenga la última palabra. Perdonar no equivale a aprobar lo ocurrido; significa renunciar a la venganza y buscar, cuando sea posible y prudente, un camino hacia la verdad y la reconciliación.
Y el Evangelio también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Antes de preguntarnos quién es el problemático de nuestra comunidad, deberíamos preguntarnos: ¿podría ser yo esa persona? ¿Soy capaz de reconocer cómo mis palabras, decisiones o actitudes afectan a los demás?
Esta pregunta funciona como un verdadero termómetro de nuestra vida cristiana.

Corregir sin humillar

Jesús dice: «Ve y corrígelo a solas». Esta indicación excluye la murmuración, la exposición innecesaria y los mensajes indirectos. La corrección cristiana comienza en la privacidad porque busca proteger la dignidad de la persona.
Antes de corregir, conviene preguntarnos: ¿busco realmente el bien del otro o solamente quiero descargar mi enojo? ¿Estoy dispuesto también a escuchar su versión? ¿Aceptaría que alguien me corrigiera de la misma manera en que pretendo corregirlo?
La corrección fraterna no es una acusación pública ni una oportunidad para demostrar superioridad moral. Es una ayuda ofrecida desde la caridad y la humildad.
Santo Tomás de Aquino consideraba que la corrección fraterna pertenece a la caridad, porque busca el bien espiritual del hermano. Por eso requiere prudencia: no toda corrección es necesaria, no toda corrección debe hacerse inmediatamente y no toda persona está en condiciones de corregir cualquier situación.

Ganar al hermano

La expresión de Jesús es decisiva: «has ganado a tu hermano».
La meta no es ganar una discusión, sino recuperar una relación. Mientras permanece la enemistad, ambas partes pierden algo: uno ha perdido a su hermano y el otro ha perdido la paz.
Por eso, la reconciliación exige más que reconocer quién tiene la razón. Exige disposición para escuchar, humildad para reconocer los propios errores, capacidad para pedir perdón y generosidad para perdonar.
La verdad y la caridad no son caminos opuestos. La verdad sin caridad puede convertirse en violencia; la caridad sin verdad puede terminar justificando el mal. La corrección cristiana busca mantener unidas ambas dimensiones.

«Atar y desatar»: una autoridad al servicio de la comunión

Cuando Mateo habla de «atar y desatar», introduce también una reflexión sobre la autoridad dentro de la comunidad cristiana. No se trata de un poder arbitrario, sino de una responsabilidad ejercida al servicio de la verdad, la justicia, la reconciliación y la salvación.
La autoridad eclesial no existe para alimentar conflictos ni para proteger intereses personales. Su finalidad es ayudar a discernir, reparar el daño y preservar la comunión de la comunidad.
Por eso, cualquier decisión sobre las personas debe estar guiada simultáneamente por la verdad y la caridad. La autoridad cristiana no puede convertirse en instrumento de venganza, exclusión o favoritismo.

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre»

Jesús concluye con una de las promesas más consoladoras del Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No promete una comunidad sin conflictos. Promete su presencia en medio de una comunidad que intenta afrontar sus conflictos desde el Evangelio.
Por eso, antes de corregir, discutir o tomar una decisión sobre otra persona, necesitamos orar:
Jesús, tú que nos llamas amigos y hermanos, dame caridad para corregir sin insultar ni exagerar; mansedumbre para escuchar la versión del otro; humildad para reconocer mis propios errores; sabiduría para buscar ayuda cuando el conflicto lo requiera; y tu Espíritu para orar por quien me ha herido sin buscar venganza. Enséñame a comprender que perdonar no significa aprobar el mal, sino renunciar al odio y buscar, cuando sea posible, la verdad, la justicia y la reconciliación.
Una comunidad cristiana no es una comunidad sin problemas. Es una comunidad que aprende a afrontar sus problemas según el Evangelio: con verdad, escucha, paciencia, corrección fraterna, oración y caridad.
Cuando dejamos de intentar vencer al otro y comenzamos a buscar cómo ganar al hermano, entonces comprendemos verdaderamente las palabras de Jesús: «allí estoy yo en medio de ellos».
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Esta pregunta ayuda a revisar nuestras prioridades. Podemos alcanzar metas, acumular bienes o cuidar mucho nuestra apariencia y, sin embargo, descuidar el alma, la familia, la oración y la relación con Dios.

cristo crucificado

LOCAL/DATA
Índia, século XVII (finais)

MATERIAIS
Marfim com vestígios de policromia

XXII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 16, 21-27


Seguir a Jesús significa aceptar su camino: pasar de una vida centrada en uno mismo a una vida entregada por amor.

La cruz del discípulo

El sufrimiento es una de las realidades que menos deseamos en la vida. Cuando aparece el dolor, la enfermedad, el fracaso o la pérdida, nuestra primera reacción suele ser intentar evitarlo. Por eso, hablar de la cruz resulta incómodo.

Sin embargo, Jesús no presenta la cruz como una búsqueda del sufrimiento ni como una glorificación del dolor. La cruz es la consecuencia de un amor llevado hasta el extremo. Jesús no elige sufrir por el sufrimiento; permanece fiel a la misión recibida del Padre, aun cuando esa fidelidad lo conduce al rechazo y a la muerte.

La cruz, entonces, no tiene sentido por sí misma. Lo que sostiene a Jesús no es el dolor, sino el amor misericordioso de Dios y su entrega por la humanidad. El camino hacia la salvación pasa por una fidelidad que no abandona cuando el camino se vuelve difícil.

Pedro es discípulo, no Dios

Pedro acaba de reconocer a Jesús como el Mesías y ha recibido de él una palabra de reconocimiento. Pero inmediatamente pretende corregirle el camino. No acepta que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento, el rechazo y la muerte.

Pedro quiere un Mesías diferente: poderoso, triunfante, capaz de imponerse sin pasar por la cruz. Su reacción sigue siendo muy humana. También nosotros preferimos una fe sin exigencias, un Cristo sin cruz, una Iglesia sin disciplina y una vida cristiana que no cuestione nuestras comodidades.

El problema de Pedro no es que quiera el bien de Jesús, sino que pretende decidir cómo debe realizarse la misión de Dios. Por eso Jesús le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!». No lo está expulsando del grupo; le está recordando su lugar: Pedro es discípulo, no Mesías.

El discípulo no puede ocupar el lugar del Maestro. Puede caminar detrás de él, aprender de él y seguir sus huellas. Jesús no está llamado a seguir nuestros planes; somos nosotros quienes estamos invitados a descubrir y asumir su camino.

Negarse a sí mismo

Después de corregir a Pedro, Jesús se dirige a todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

«Negarse a sí mismo» puede sonar como una invitación a despreciarse o anularse. No es eso. Jesús no pide dejar de ser persona, sino renunciar a aquello que nos encierra en nosotros mismos y nos aleja de Dios y de los demás.

Negarse a sí mismo significa desprenderse del orgullo que nos impide pedir perdón, del egoísmo que nos lleva a utilizar a los demás, de la necesidad de tener siempre la razón y de la ilusión de controlar absolutamente nuestra existencia.

Significa también aprender a poner límites a nuestros deseos cuando estos perjudican a otros; servir sin exigir reconocimiento; perdonar aunque todavía duela; perseverar en el amor cuando las circunstancias son difíciles; y defender la verdad sin abandonar la caridad.

La cruz aparece entonces en las decisiones concretas de cada día. Puede ser renunciar al resentimiento, compartir aquello que tenemos, cuidar a una persona enferma, permanecer fiel cuando sería más cómodo abandonar, o defender la dignidad de alguien cuando hacerlo tiene un costo personal.

Perder para encontrar

Jesús plantea una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Hay pérdidas que destruyen y pérdidas que liberan. Podemos perder tiempo, dinero, comodidad o reconocimiento cuando los ponemos al servicio de los demás; pero, paradójicamente, podemos ganar una vida más plena. En cambio, quien concentra todas sus fuerzas en conservarlo todo para sí termina prisionero de aquello que intenta proteger.

A veces nos aferramos al dinero, al poder, al prestigio, a nuestras ideas o incluso a heridas antiguas porque creemos que soltarlas significa perder. El Evangelio propone otra lógica: no todo lo que dejamos atrás es una pérdida; algunas renuncias son el comienzo de una vida nueva.

Dios no nos pide entregar aquello que nos duele para después abandonarnos. La cruz cristiana nunca es soledad. Es caminar con Cristo incluso cuando no comprendemos completamente el camino.

Por eso, seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento. Significa no abandonar el amor cuando amar cuesta; no abandonar la verdad cuando decirla incomoda; no abandonar la esperanza cuando la vida golpea.

La cruz no es el final del camino. Es el lugar donde se revela hasta dónde puede llegar el amor.

Jesús nos invita a ponernos detrás de él, cargar nuestra cruz y caminar. No para sufrir más, sino para amar más.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestarles a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»


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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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Javier Abanto Silva
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