Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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 «Les doy a luz mediante continuas oraciones» 

(Santa Catalina de Siena).

La importancia que tiene un padre o una madre en la motivación práctica de la obediencia tiene más dimensiones: acompañar y orar.  Dos hijos, dos respuestas y un solo camino: cumplir la misión en la viña del Señor.

Catalina de Siena, Domingo, Juan Evangelista
Santa Catalina de Siena era visitada con frecuencia por Jesús, la Virgen y Santo Domingo - Imagen generada por IA- Chatgpt)

XXVI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 21, 28-32

 ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Hoy la Palabra nos ofrece la oportunidad de corregir el rumbo frente a nuestras incoherencias. En la parábola de la obediencia filial, un hijo responde con un «no», pero luego recapacita y va a trabajar; el otro responde con un «sí», pero no cumple. Jesús nos invita a mirar más allá de las meras palabras: lo decisivo no es quedarse en promesas perfectas, sino hacer la voluntad del Padre mediante una conversión sincera y coherente.
Jesucristo encuentra a Juan

Jesús encuentra a Juan el Bautista. Anónimo del siglo xv.

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 (Ciclo A) | Mateo 21, 28-32

Dos hijos, dos actitudes, dos respuestas

El Evangelio de san Mateo nos sitúa en un contexto de conversión y misericordia. Nos presenta a dos hijos, ambos pertenecientes al mismo padre, pero con respuestas radicalmente opuestas:

El primer hijo, que inicialmente se niega diciendo «no quiero», representa a los publicanos, pecadores y prostitutas: personas que reconocen su fragilidad, se arrepienten y deciden seguir fielmente a Jesús.

El segundo hijo, que responde con un «voy, señor», pero no va, representa a quienes se conforman con una piedad superficial y dicen «Señor, Señor». Poseen un lenguaje religioso fluido y formal, pero su corazón permanece lejos de una verdadera transformación.

El «no quiero» que se convierte en obras

La desobediencia inicial hacia un padre genera en el ser humano un peso de culpa. El envío del padre a trabajar en la viña no es un castigo, sino una invitación a colaborar en la sostenibilidad del hogar y a cumplir una misión digna. Al tomar conciencia del desprecio cometido hacia su padre, el primer hijo experimenta un arrepentimiento profundo. Comprende que la única vía de restauración es la conversión activa. Aunque la desobediencia inicial es dolorosa, Dios celebra con alegría al pecador que se arrepiente. Ya no importa el sol agobiante ni la dureza de la tierra: existen motivos más profundos para trabajar en la viña. Sus obras ya no buscan la vanagloria, sino dar gloria a Dios y aportar al sustento de su hogar y de la comunidad.

El «sí, señor» que se queda en palabras

Frente al primer hijo encontramos la postura del autosuficiente: aquel que se siente tan seguro de sí mismo que cree no necesitar de la guía del padre. Permanece en la casa únicamente por conveniencia, disfrutando del techo, el sustento y la buena reputación que le brinda el apellido familiar. Sus palabras son impecables —las que todo padre quisiera escuchar—, pero su vida está desconectada del sacrificio, la disciplina y el amor fraterno. Esta actitud hipócrita instrumentaliza la relación filial buscando un beneficio egocéntrico, convirtiéndose en motivo de dolor para el hogar y para Dios, quien conoce lo profundo del corazón.

Transformar la vida en la viña del Señor

La misión que se nos confía es cuidar la viña: cultivarla, regarla, podarla y alimentarnos del fruto digno de nuestro trabajo y de la solidaridad compartida. La Iglesia continúa necesitando trabajadores obedientes en las obras, no solo en los labios.

Jesús cuestiona con dureza la actitud de quienes utilizan la religión como un tribunal para juzgar quién tiene derecho a acercarse a Dios. Al recordar que los publicanos y las prostitutas creyeron a Juan el Bautista y se arrepintieron, el Señor nos enseña que el pecado no es indiferente, pero tampoco nadie puede considerarse tan justo como para no necesitar conversión. Dios siempre es capaz de abrir caminos de gracia allí donde alguien parecía más distante.

Esta invitación no concierne únicamente a los sacerdotes o personas consagradas; involucra a cada cristiano en su vida cotidiana. Por ello, la pregunta fundamental que debemos hacernos no es solo «¿qué creo?», sino «¿qué frutos concretos está dando mi fe en mi familia, en mi trabajo y en mi comunidad?».

Misión cristiana

La misión cristiana no es solamente para sacerdotes, religiosos o personas especialmente comprometidas. Cada uno tiene una viña que cuidar.

Por eso, la pregunta no es únicamente: «¿Qué creo?»

También debemos preguntarnos: «¿Qué está produciendo mi fe?»

Quizá hoy tengamos que reconocer que alguna vez hemos dicho «no» a Dios, pero estamos dispuestos a volver a empezar. O quizá descubramos que hemos dicho muchos «sí» con los labios, pero todavía nos cuesta llevarlos a la vida.

Lo importante es que hoy podemos cambiar.

Porque para Dios nunca es demasiado tarde para volver a la viña.

Y quizá esa sea la buena noticia de este Evangelio: Dios no espera de nosotros palabras perfectas, sino un corazón dispuesto a convertirse y unas manos capaces de ponerse a trabajar.

El centro de la parábola no es simplemente obedecer una orden, sino pasar de la palabra a la acción mediante la conversión.

¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Dios no actúa según nuestros cálculos de mérito, competencia o comparación, sino desde la sobreabundancia de su generosidad y misericordia. La parábola de los obreros de la viña no pretende ofrecer una teoría económica sobre los salarios, sino revelar la verdadera naturaleza del Reino de Dios: un don gratuito que supera toda lógica humana.


Pintura de la parábola, de Patrick Paearz de Wet , mediados del siglo XVII

XXV Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 20, 1-16

El lenguaje espiritual del Evangelio

Para comprender el escándalo de esta parábola, es necesario mirar los símbolos que Jesús utiliza:

  • La viña del Señor: Es el Pueblo de Dios, el espacio cotidiano de la misión y la evangelización. La viña (el mundo), a través de la Vid (Cristo) y por medio de los sarmientos (nosotros, los creyentes), está llamada a dar fruto abundante y a edificar el Reino aquí y ahora.
  • El dueño de la viña: Representa a Dios, que conoce la fragilidad de su terreno y sale constantemente al encuentro de los suyos. No se cansa de buscar trabajadores, no porque necesite mano de obra, sino porque no quiere a nadie de pie en la plaza, sumido en la ociosidad o el desánimo.
  • El salario desacostumbrado: Al pagar a todos la misma moneda —un denario, lo necesario para sostener la vida de ese día—, Dios rompe la lógica del rendimiento. La diferencia de horas trabajadas no genera desigualdad en la salvación. Dios no mide el tiempo con monedas, sino con la mirada del corazón.

El conflicto surge cuando pretendemos que Dios se ajuste a nuestros criterios de «estricta justicia», una justicia que en el fondo resulta fría y calculadora. Nos apegamos al reclamo porque nos cuesta aceptar que la generosidad divina alcance también a quien llegó a última hora.

Del conflicto a la madurez de la fe

Todos conocemos la sensación humana de trabajar duro y sentir que no se nos reconoce como merecemos. Por eso comprendemos la molestia de los obreros de la primera hora. Sin embargo, la paradoja del Evangelio nos invita a una conversión profunda:

  • Dios no es injusto, es desbordante: A los primeros les da lo pactado; a los últimos, lo que necesitan para vivir.
  • El peligro de la comparación: Compararnos convierte la bendición ajena en motivo de tristeza personal. La envidia no nace de haber perdido algo, sino del malestar de ver que el otro ha recibido un bien.
  • Aprender a alegrarnos: El verdadero crecimiento espiritual consiste en abandonar la contabilidad del mérito para celebrar la conversión, la oportunidad y la dicha del hermano.

«¿O es que vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»


La tentación de fabricar un Dios a nuestra medida

A menudo invertimos la decisión de la Creación: en lugar de dejar que Dios nos transforme a su imagen y semejanza, intentamos moldear a Dios a la medida de nuestras ideas, intereses y prejuicios. Proyectamos en Él nuestras pequeñeces, atribuyéndole dinámicas de exclusión o contabilidad.

Pero la perspectiva de Dios es más alta. Desde arriba, Él contempla a la humanidad con una mirada más amplia y compasiva. Mudar el pensamiento para «tener la mente de Cristo» implica reconocer que nunca es tarde para reajustar el rumbo. Aunque sintamos que hemos malgastado el tiempo, Dios no se cansa de llamar, esperar y restaurar nuestra dignidad.

Un plus de gracia: «Nadie nos ha contratado»

Aquellos que permanecían en la plaza a la cinco de la tarde no eran perezosos; simplemente nadie les había dado una oportunidad. Eran los olvidados, los invisibles del sistema.

Esta realidad interpela hoy a la comunidad creyente: ¿A quiénes estamos dejando fuera de la viña del Señor? Hay muchas personas solas, desanimadas o heridas esperando escuchar esa voz redentora: «Id también vosotros a mi viña».

La salvación no es un salario que se exige por antigüedad o esfuerzo, sino un regalo que se acoge con gratitud. Trabajar en la viña desde la mañana o desde el atardecer es, en sí mismo, el mayor privilegio: la oportunidad de colaborar con el Amor.


Oración: Generosidad y justicia

Señor,

tú no das según nuestros méritos,

sino según la abundancia de tu corazón.


Tu amor alcanza a todos,

tu misericordia no excluye a nadie

y tu bondad siempre nos ofrece una nueva oportunidad.


Gracias porque nos llamas a tu viña,

no para medir cuánto merecemos,

sino para hacernos partícipes de tu alegría.


Enséñanos a dejar atrás la envidia,

la comparación y el resentimiento,

y a alegrarnos porque tu amor es para todos.


Haznos generosos como tú:

capaces de dar sin calcular,

de perdonar sin llevar cuentas

y de amar sin poner condiciones.


Que nunca olvidemos, Señor,

que todo lo que somos y tenemos

es don de tu infinita misericordia.

Amén.

Perspectiva dominicana, espiritual y memoria religiosa de Lima

La pintura, realizada al óleo sobre lienzo, representa a san Juan Macías, O.P., en una composición de carácter devocional que reúne diversos elementos asociados a su vida, espiritualidad y culto. 

san Juan Macias

Pintura al óleo sobre lienzo, expuesta en la Capilla en honor a San Juan Macías del Convento de Santo Domingo de Lima

“¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Señor, tú has perdonado nuestras deudas impagables; danos un corazón misericordioso para perdonar a nuestros hermanos y vivir libres del rencor. En sentido positivo es: “haz al otro lo que quieres que el otro haga por ti”.

Avaricia

El Culto de Mammon (1909), la deidad del Nuevo Testamento de la avaricia material, por Evelyn De Morgan.


XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A. Mateo 18, 21-35

Dos deudores

La parábola de los dos deudores nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos con la misericordia que hemos recibido? Jesús presenta a un hombre incapaz de pagar una deuda enorme. Su señor, movido por compasión, le perdona todo. Sin embargo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor y, en lugar de compadecerse, exige que pague hasta el último centavo.
La desproporción entre las dos deudas es intencionada. Jesús quiere mostrarnos que la misericordia de Dios desborda nuestros cálculos. No puede medirse como una cuenta que se lleva con exactitud ni administrarse según nuestros méritos.

El perdón no se cuenta

Pedro pregunta: "¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?". Jesús responde: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
No se trata de realizar una operación matemática y establecer un límite. El número expresa una realidad que desborda toda medida. El perdón cristiano no puede convertirse en contabilidad: siete veces sí, ocho ya no.
También nosotros necesitamos ser perdonados muchas veces. El problema aparece cuando queremos recibir de Dios una misericordia sin límites mientras ofrecemos a los demás una misericordia cuidadosamente calculada. Son actitudes que nos dejan perplejos.
Perdonar no significa aprobar el mal, negar una injusticia o renunciar a la reparación. Significa no permitir que el daño recibido termine gobernando nuestro corazón. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a convertirse en misericordia para los demás. Podríamos dejar perplejos por nuestra generosidad y nunca por nuestra avaricia.

La honestidad también es una forma de justicia

La parábola utiliza el lenguaje de las deudas y las cuentas, y esto nos lleva también a nuestra vida cotidiana. ¿Qué problemas tiene la persona que gasta de manera desproporcionada a lo que gana? Las cuentas deben ser claras. Lo que se gasta tiene un origen y, cuando no se administra responsablemente, alguien termina pagando las consecuencias.
La honestidad económica forma parte de la verdad y de la vida moral. La confianza también se construye en la manera como utilizamos el dinero. Una pequeña deshonestidad puede parecer insignificante, pero cuando se repite termina deteriorando relaciones, proyectos y comunidades.
Apropiarse de lo que no nos pertenece, exagerar un gasto, cobrar injustamente, ocultar una información económica o utilizar para beneficio personal aquello que ha sido confiado para un servicio común no es simplemente un problema administrativo: es un desgaste de la integridad moral. 
La generosidad, por tanto, no se opone a la responsabilidad. Perdonar no significa vivir irresponsablemente; ser misericordioso no significa abandonar la justicia. La misericordia cristiana necesita de la verdad, la honradez y la responsabilidad.

La misericordia transforma

La tragedia del siervo de la parábola no consiste en que tuviera una deuda, sino en que habiendo sido perdonado, fue incapaz de perdonar. Recibió misericordia, pero no permitió que esa misericordia transformara su manera de relacionarse con los demás.
También nosotros podemos caer en la misma contradicción: pedir comprensión para nuestros errores y ser implacables con los errores ajenos; reclamar paciencia para nosotros y exigir perfección a los demás; pedir misericordia a Dios y administrar con dureza las pequeñas deudas de nuestros hermanos.
Por eso, la pregunta del Evangelio no es solamente: "¿Cuántas veces debo perdonar?", sino algo más profundo: "¿Qué ha producido en mí el perdón que he recibido de Dios?"
Hay deudas que deben pagarse, responsabilidades que deben asumirse y errores que deben repararse. Pero también hay heridas que necesitan ser sanadas y relaciones que claman una nueva oportunidad.
Dios es compasivo y justo. Su misericordia no elimina la justicia, sino que la lleva a su plenitud. Y quien ha experimentado esa misericordia está llamado a hacerla visible en la manera como trata a los demás.

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Esta mañana, mientras la aurora iluminaba lentamente el horizonte y el aire fresco anunciaba la llegada del día, esperábamos la salida del sol en todo su esplendor. Así también, en la Natividad de la Virgen María, la Iglesia contempla a María como la aurora que anuncia el nacimiento del Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Ella no es el Sol, pero nos conduce hacia Él; no es la fuente de la salvación, pero es la mujer elegida para acoger en su seno al Salvador.

Natividad de María

El nacimiento de la Virgen, Museo del Louvre, París


Hoy contemplamos a María en la humildad de su nacimiento. Todavía no vemos en ella la grandeza que la Iglesia reconocerá después; vemos solamente a una niña, pequeña y frágil. Y, sin embargo, en esa pequeñez comienza a despuntar el cumplimiento de las promesas de Dios. Porque el Señor acostumbra realizar sus grandes obras a través de lo pequeño, de lo humilde y de aquello que el mundo considera insignificante.

Virgen María, enséñanos la verdadera grandeza.

Vivimos en un mundo que confunde grandeza con poder, éxito, fama y reconocimiento. Tú nos enseñas que la verdadera grandeza consiste en dejar que Dios haga su obra en nosotros. Tu vida no fue una búsqueda de protagonismo, sino una respuesta generosa a la gracia. Tu grandeza nació de aquel «sí» con el que acogiste la voluntad de Dios y te convertiste en Madre del Salvador.

Por eso, al celebrar hoy tu nacimiento, no solamente recordamos el comienzo de una vida santa; contemplamos el comienzo de una historia de salvación que alcanza su plenitud en Jesucristo. En ti, Virgen María, la humanidad se abre nuevamente a Dios. En ti contemplamos la belleza de una humanidad reconciliada con su Creador: una humanidad capaz de escuchar, confiar, responder y ponerse al servicio del proyecto de Dios.

¿Qué sería de nuestra historia de salvación sin tu “sí”, María?

Tu «hágase en mí según tu palabra» abrió las puertas de nuestra humanidad al misterio de la Encarnación. Por ti, el Verbo se hizo carne; por ti, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, entró en nuestra historia. Por eso la Iglesia proclama con alegría:

«Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios».

Sí, María: tú eres la aurora que anuncia a Cristo. Tu presencia no nos detiene en ti, sino que nos conduce siempre hacia tu Hijo. Él es el Sol que vence nuestras tinieblas, el Médico que sana nuestras heridas, el Salvador que derrota el pecado y la muerte, y el Señor que nos regala la vida para siempre.

En ti reconocemos también a la mujer anunciada en la historia de la salvación, aquella cuya descendencia participa en la victoria definitiva sobre el mal. La tradición cristiana ha contemplado en María a la mujer asociada al cumplimiento de la promesa de Dios: la Inmaculada, preservada por gracia del pecado, signo de que el mal, la división y la muerte no tienen la última palabra. En Cristo, la serpiente es vencida; en María contemplamos ya el esplendor de la humanidad redimida.

Hoy, en esta fiesta de tu Natividad, Virgen gloriosa, Madre de Dios, hija de Abraham, de la descendencia de Judá y del linaje de David, la Iglesia entera se alegra contigo. Tu nacimiento anuncia que Dios no abandona a su pueblo. Tu vida nos recuerda que sus promesas permanecen y que la historia humana, aun atravesada por heridas y sufrimientos, está llamada a ser visitada por la gracia.

Y aquí, en Arequipa, queremos contemplarte y venerarte de manera especial como Virgen de los Remedios. Ante ti ponemos nuestras vidas, nuestras familias y nuestro pueblo. Como tantas generaciones de creyentes que han acudido a tu intercesión, hoy también nosotros levantamos hacia ti nuestra mirada y nuestra oración.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
javierabantosilva@gmail.com

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