Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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 “Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador”

El sembrador confía en la fertilidad de la tierra, pero también depende de la calidad del cultivo que se trabaje. La profundidad de tus acciones evidencia la fertilidad de tu vida espiritual, con la premisa de que el hombre es tierra buena desde la creación, por esencia.

Parábola del sembradorParábola del sembrador. Abel Grimmer. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

XV Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 1-23

Signos en la Parábola del Sembrador

La parábola del sembrador es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús. Él mismo explica su significado: 
- la semilla representa la Palabra de Dios y los 'diversos terrenos' simbolizan las distintas actitudes con las que el ser humano la recibe. El acento no está únicamente en la cantidad del fruto, sino en la calidad de la acogida.  La Palabra siempre posee una fuerza transformadora; el problema nunca está en la semilla, sino en la disposición del terreno.
- El sembrador, imagen de Dios, siembra con una generosidad que desconcierta. No selecciona únicamente los lugares más prometedores ni calcula las probabilidades de éxito. La semilla cae también sobre el camino, entre las piedras y las espinas. A los ojos humanos podría parecer un desperdicio; sin embargo, Dios no actúa según la lógica del rendimiento ni de la rentabilidad. Su gracia no se distribuye como una inversión que espera beneficios proporcionales. Frente a la mentalidad que mide todo por la utilidad o por el éxito —como sucede también con la llamada teología de la prosperidad, que identifica la bendición divina con el bienestar material—, Jesús revela a un Dios que siembra gratuitamente porque confía en la capacidad de cada persona para convertirse.

Confiar en la fuerza de la Palabra

Cada uno de nosotros es esa tierra donde la semilla es depositada. Podría parecer que todo depende únicamente del terreno; sin embargo, la verdadera fuerza está en la semilla. La Palabra de Dios posee una vitalidad propia capaz de abrirse paso incluso en medio de las dificultades.
Los agricultores de los Andes peruanos conocen bien esta verdad. Cuando siembran papas suelen colocar dos semillas en un mismo hueco, y así a lo largo del surco, conscientes de que una podría no germinar. Lo mismo ocurre cuando esparcen el trigo o el maíz: aceptan el riesgo de las lluvias, las heladas y las sequías porque saben que la vida brotará. La experiencia del campo enseña que sembrar siempre implica confiar. De igual manera, Dios siembra en nuestro corazón con la certeza de que su Palabra, aunque deba pasar por la aparente muerte y por las pruebas, terminará produciendo fruto.

La generosidad del sembrador

La pregunta que hoy nos dirige el Evangelio es profundamente personal: ¿qué clase de tierra soy?
No se trata de una pregunta para juzgarnos, sino para examinarnos con sinceridad. Dios no deja de sembrar porque encuentre piedras, espinas o caminos endurecidos. Continúa ofreciendo su Palabra a todos, sin excluir a nadie. No espera un terreno perfecto para comenzar su obra; es su gracia la que puede transformar un terreno árido en tierra fértil.
Esta es una de las grandes noticias del Evangelio: siempre es posible comenzar de nuevo. Dios nunca pierde la esperanza en nosotros. Su paciencia supera nuestras resistencias. Él contempla con alegría los pequeños brotes que aparecen allí donde parecía imposible que naciera la vida.

Preparar el terreno del corazón

La parábola también nos invita a colaborar con la gracia preparando el terreno de nuestro corazón:
- La semilla que cae junto al camino representa a quien escucha la Palabra sin comprenderla realmente. No se trata solo de una dificultad intelectual, sino de una falta de apertura interior. Escuchar el Evangelio exige atención, respeto y tiempo para permitir que la Palabra descienda al corazón.
- La semilla que cae entre piedras describe una fe superficial, sostenida únicamente por el entusiasmo del momento. Cuando llegan las dificultades, las raíces son demasiado débiles para sostener la planta. La perseverancia, la oración y la vida sacramental ayudan a que la fe eche raíces profundas.
- La semilla que cae entre espinas refleja una existencia en la que las preocupaciones, el afán por las riquezas o las múltiples distracciones terminan sofocando la acción de Dios. Conviene preguntarnos qué ha ido desplazando al Señor del centro de nuestra vida. El corazón humano, aunque busque muchas satisfacciones, continúa teniendo sed de Dios, única fuente de alegría verdadera.
- La semilla que cae en tierra buena simboliza a quien escucha, comprende y persevera. La tierra fértil no nace por casualidad: se cultiva con paciencia, dedicación, confianza y fidelidad. Los frutos del Reino no aparecen de inmediato; requieren tiempo, constancia y una relación viva con Cristo.
Hoy Jesús nos recuerda que Dios nunca deja de sembrar. La pregunta decisiva no es si Dios continúa hablándonos, sino si nuestro corazón permanece disponible para acoger su Palabra. Cuando esa Palabra encuentra un corazón abierto, siempre produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Quizá no según los cálculos humanos, pero sí según la abundancia del Reino de Dios.

 "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré"

Vivimos en una cultura que nos invita a controlar todo: el futuro, el éxito, la salud y hasta el tiempo. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos conduce en dirección contraria. Jesús nos presenta a un Dios cercano, confiable y profundamente humano, que no domina desde la distancia, sino que camina con nosotros y nos invita a descansar en Él.

yugo llevadero

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XIV Domingo del tiempo ordinario, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Un Padre cercano para todos

Ponerse en las manos de Dios significa descubrir que Él es un Padre digno de confianza, cercano y comprensivo. No espera solamente a quienes ya creen, sino que sale al encuentro también de quienes dudan, de los alejados y de quienes todavía no logran comprenderlo.

Este Dios no es una construcción nacida de la ignorancia ni del resentimiento frente a la sociedad. Es el Dios revelado por Jesucristo: un Padre entrañable que contempla el sufrimiento humano y se compromete con él. Precisamente por eso incomoda a los soberbios y a quienes viven encerrados en la autosuficiencia. Dios no puede ser indiferente ante el dolor de sus hijos, porque su corazón está siempre del lado de quienes sufren.

Libres, pero no dueños de la vida

El ser humano goza de una auténtica libertad, pero no es dueño absoluto de su existencia. Podemos decidir muchas cosas, pero no la duración de nuestra vida. Ningún seguro garantiza un segundo más; únicamente puede ofrecer mejores servicios, más comodidad o un funeral más elegante.

Podemos planificar el futuro, trabajar con responsabilidad y hacer proyectos, pero los acontecimientos decisivos permanecen en las manos de la providencia divina. Reconocer este límite no disminuye nuestra dignidad; al contrario, nos devuelve la serenidad. Comprendemos entonces que la vida no depende únicamente de nuestras fuerzas.

La humildad que libera

Jesús alaba a los sencillos porque poseen un corazón abierto a Dios. La verdadera sabiduría no consiste en creer que todo puede resolverse mediante la inteligencia o el poder. El saber vivir depende, sobre todo, de la capacidad para acoger el don de Dios.

La autosuficiencia termina agotando. Pretender controlar absolutamente todo es una carga imposible de sostener. En cambio, la humildad evangélica nos hace disponibles para la acción del Espíritu Santo, que ilumina nuestras decisiones y transforma nuestro interior.

Sin Dios, la vida fácilmente termina encerrada entre el pesimismo, la amargura y el vacío. Con el Espíritu Santo, incluso en medio del caos moral y de la superficialidad de nuestro tiempo, nacen la verdadera paz, el amor auténtico y un horizonte de esperanza.

«Vengan a mí»

La invitación de Jesús comienza con un verbo sencillo: «Vengan». Él ya dio el primer paso; ahora espera nuestra respuesta. Sin embargo, cada vez resulta más difícil acercarse a Cristo. La prisa, la indiferencia, la pereza espiritual y la sensación de no necesitarlo nos mantienen alejados. También influyen los prejuicios contra la fe y un ambiente que ridiculiza con frecuencia el espíritu cristiano.

Llevamos además nuestras propias cargas: preocupaciones familiares, heridas del pasado, incertidumbre ante el futuro y el deseo de encontrar soluciones inmediatas. Pero ninguna respuesta automática puede sustituir el encuentro con Cristo. Solo Él puede conducirnos hacia una vida espiritual más profunda, una generosidad renovada y una confianza plena en el amor del Padre.

Un yugo compartido

Cuando Jesús dice: «Carguen con mi yugo», no está imponiendo un peso mayor. Está ofreciendo caminar con nosotros.

El yugo siempre unía a dos animales para realizar juntos el trabajo del campo. Imaginemos que uno de ellos somos nosotros y el otro es Jesús. Él no observa desde lejos nuestros esfuerzos. Quiere entrar en el mismo terreno de nuestra existencia, compartir nuestro cansancio, soportar el mismo sol y ensuciarse los pies en el barro de nuestra historia.

Nuestra tarea continúa siendo necesaria; nadie puede vivir por nosotros. Pero la diferencia consiste en que ya no trabajamos solos. La fuerza principal proviene de Cristo, que sostiene nuestras debilidades y hace más ligera la carga que parecía insoportable.

El verdadero descanso

Todos necesitamos el descanso físico para recuperar fuerzas. Sin embargo, Jesús promete algo más profundo: el descanso del corazón reconciliado con Dios.

Quien aprende a confiar en el Padre, a vivir con humildad y a caminar junto a Cristo descubre una paz que el mundo no puede ofrecer. Es el descanso que permite seguir trabajando, seguir luchando y seguir amando con la esperanza puesta en la vida eterna.

El Evangelio de hoy nos invita a abandonar la ilusión de controlar todo para comenzar a vivir sostenidos por la fuerza de Aquel que nunca deja solos a quienes ponen su vida en sus manos.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


" el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí."

En la jerarquía del amor está Jesús y, de esa manera, se modifican el amor de padre, de hijo, de hermano. La misión que cada persona tiene en esta tierra está alimentada por el amor de Dios y a Dios; en libertad se sirve y ama más allá de la sangre, de las costumbres y de los odios.

CruzThe Crucifixion. Juan de Flandes, Copyright ©Museo Nacional del Prado

XIII Domingo del tiempo ordinario.Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 10, 37-42

Nueva forma de ser familia

La familia es el primer espacio donde aprendemos a amar, confiar y crecer. Sin embargo, también es el lugar donde experimentamos algunos de los mayores desafíos. Muchos padres viven con sentimientos encontrados cuando descubren que sus hijos comienzan a recorrer su propio camino, toman decisiones autónomas y construyen un proyecto de vida distinto del que ellos habían imaginado.

La imagen de la madre que protege a sus hijos expresa bien la ternura y la entrega propias de la vocación familiar. No obstante, la misión educativa alcanza su madurez cuando los hijos desarrollan la libertad necesaria para asumir responsabilidades, obrar con rectitud y vivir con gratitud. Un hijo verdaderamente maduro no es el que permanece siempre bajo la protección de sus padres, sino quien sabe responder responsablemente al bien recibido.

Ser un buen hijo, un buen padre, una buena madre o un buen hermano no constituye un obstáculo para el seguimiento de Cristo. Al contrario, el Evangelio invita a vivir cada una de estas relaciones desde un amor más profundo y auténtico. Jesús enseña que ningún afecto, por legítimo que sea, puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. El amor a Cristo no destruye los vínculos familiares; los purifica, los ordena y les da un sentido nuevo.

Vivir el conflicto entre el mundo y el discipulado

Seguir a Jesús implica una decisión que, en ocasiones, genera tensiones incluso dentro de la propia familia. El discípulo está llamado a romper con aquellas formas de pensar, actuar o valorar que contradicen el Evangelio. No se trata de romper con las personas, sino con aquello que impide vivir en la verdad y en el amor.

Por eso, el Señor invita a descubrir una nueva manera de ser hijo, padre, madre o hermano. La identidad cristiana no elimina la pertenencia a una familia, sino que la transforma desde la lógica del Reino de Dios.

El conflicto aparece cuando debemos elegir entre la verdad y la mentira, entre la solidaridad y el egoísmo, entre el rostro misericordioso de Cristo y las múltiples expresiones de la violencia, la injusticia y la indiferencia. En esos momentos, el discípulo carga su cruz: permanece fiel al Evangelio incluso cuando ello supone incomprensión, rechazo o sacrificio.

Llevar la cruz

Jesús afirma con claridad: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10,38). Llevar la cruz no significa buscar el sufrimiento ni adoptar una actitud de dureza frente a los demás. Significa asumir con fidelidad las exigencias del Evangelio, aun cuando ello implique renuncias, incomodidades o persecuciones.

El camino de Jesús conduce al Calvario. Allí experimenta el rechazo, la burla, la violencia y la injusticia. La cruz revela hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero también manifiesta la fuerza invencible del amor de Dios. Quien decide seguir a Cristo acepta recorrer ese mismo camino de entrega, convencido de que el amor siempre tiene la última palabra.

El Evangelio concluye con una promesa llena de esperanza: incluso el gesto más pequeño realizado por amor —como ofrecer un vaso de agua a uno de los discípulos— tiene un valor inmenso ante Dios. El discipulado no se expresa únicamente en grandes sacrificios, sino también en la fidelidad cotidiana, en la hospitalidad, en el servicio humilde y en la caridad concreta. Allí comienza la nueva familia de Jesús: una comunidad unida no solo por los lazos de la sangre, sino por la fe, el amor y el seguimiento del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».


No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

La valentía para decir la verdad supone una limpieza personal, de intención y de obra. La parresia de la comunicación cuida el alma y la conciencia ante los poderosos de este mundo que matan el cuerpo pero no pueden manipular el alma. 
Jesus es la verdad
Cabeza de Cristo (Rembrandt, Nueva York)

XII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Mateo 10, 26-33

No podrán silenciar la voz

La voz que proclama una verdad fundada en el Evangelio suele resultar incómoda. ¿Pero para quiénes? Precisamente para quienes viven instalados en la mentira. Las voces de san Juan Bautista, de Monseñor Romero y de fray Pierre Claverie, entre muchas otras, fueron acalladas por anunciar la verdad. Ni los imperios, ni las dictaduras, ni los extremismos aceptan fácilmente que el ser humano sea verdaderamente libre, y menos aún que encuentre en su fe una confianza profunda en Dios.
Seguir a Cristo implica asumir las consecuencias de permanecer fieles a la verdad. Es un camino de entrega y de donación de sí mismo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, ninguna fuerza humana puede silenciar definitivamente la voz del Evangelio.

La verdad transforma

Cuando se trata de la salud del cuerpo, buscamos conocer la verdad para poder sanar. Del mismo modo, cuando se trata del alma, también deberíamos desear la verdad, pues en ella se encuentra el fundamento del sentido de la vida.
¿Qué sucedería si cerráramos los ojos ante la mentira y nos abriéramos a la verdad de Dios? El Evangelio nos recuerda que nuestra dignidad no depende de nuestros aciertos o errores: para Dios valemos mucho más que los gorriones. Su amor permanece incluso cuando nos alejamos de Él.
Una petición en el Día del Padre
En este Día del Padre, pidamos a Dios la valentía para dialogar, debatir y confrontar ideas con respeto, siempre en una sincera búsqueda de la verdad. Que no nos dejemos guiar por intereses pasajeros ni por ideologías engañosas, sino por la Verdad que nace del Evangelio y conduce a la auténtica libertad.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"

«Trabajamos para comer y beber», solemos decir para expresar la importancia de los alimentos en nuestra vida cotidiana. En un sentido más profundo, esta afirmación puede aplicarse a la Eucaristía, que constituye el centro de la vida cristiana, fuente de la oración, de la misión y de toda actividad humana orientada a Dios.

Pani lingua
ANÓNIMO. Exaltación del Pange Lingua (h. 1700)

Corpus Christi, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A), Juan 6, 51-58

Jueves Santo: el origen del don eucarístico

La Última Cena adquiere todo su significado a la luz de las palabras de Jesús: su Cuerpo está presente en el pan y su Sangre en el vino. Reunidos en torno a Él, los apóstoles reciben un alimento que sacia el hambre de eternidad, llena el vacío de sentido y fortalece la fragilidad humana.

En la tradición bíblica, la cena pascual incluía el sacrificio del cordero. Aquella noche, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual es Jesucristo mismo, que se entrega por la salvación del mundo. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. Por ello, la liturgia de la Cena del Señor alcanza toda su fuerza cuando resuenan las palabras de la consagración, pronunciadas en comunión perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

La solemnidad del Corpus Christi, que en algunos lugares aún se celebra el jueves según la tradición, recuerda esta verdad fundamental de la fe. Allí donde la secularización ha debilitado las expresiones públicas de la fe, las procesiones y la adoración eucarística han perdido parte de su vigor. Sin embargo, la Iglesia continúa proclamando la grandeza del Señor y anunciando su presencia viva «hasta que Él vuelva».

Signo de unidad y comunión

En la Última Cena, los apóstoles permanecen unidos en torno a Jesús. Del mismo modo, los cristianos son convocados a la unidad mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía reúne a los creyentes para formar el único Pueblo de Dios.

Además, la Eucaristía une a los cristianos en una misma misión. La celebración litúrgica no termina con la bendición final, sino que se prolonga en la vida cotidiana. Por ello, la Eucaristía es el pan de los peregrinos: fuente, centro y culmen de la formación cristiana, de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora.

Las procesiones de Corpus Christi expresan precisamente esta fe. No son simples manifestaciones externas, sino actos de adoración en los que el pueblo cristiano contempla y honra a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.

El pan eucarístico es también signo de comunión. No procede de un solo grano de trigo, sino de muchos granos que, unidos, forman un único pan. De la misma manera, la Última Cena no es un acontecimiento individual, sino comunitario: el «nosotros» que nace de Cristo y se construye en Cristo.

En esta solemnidad de Corpus Christi, estamos invitados a compartir el pan con quienes tienen necesidad, a participar con fe en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor y a convertirnos, nosotros mismos, en alimento para los demás mediante el servicio, la caridad y la entrega generosa. Como el pan que nace de muchos granos unidos, también nuestra vida está llamada a ser expresión concreta de comunión y fraternidad.

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en perfecta comunión. Son un solo Dios; no se multiplican ni se dividen. La unidad no elimina la diversidad, ni la diversidad rompe la unidad. El Hijo y el Espíritu Santo reciben toda la vida divina del Padre y se distinguen por sus relaciones personales. Dios es comunión de amor.

Trinidad
La Santísima Trinidad. Jan Cornelisz Vermeyen. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

La Santísima Trinidad. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Juan 3, 16-18

Cada día iniciamos nuestra jornada haciendo la señal de la cruz y pronunciando los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los sacramentos se celebran en su nombre. Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a esta vida divina cuando el ministro derramó el agua sobre nosotros diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Es un gesto tan frecuente que corremos el riesgo de repetirlo mecánicamente, olvidando su inmensa riqueza. La señal de la cruz no es una simple fórmula religiosa; es la confesión de nuestra fe en un Dios que es relación, comunicación y amor.

Ante el misterio de la Trinidad, más que buscar una explicación puramente metafísica, estamos llamados a descubrir el sentido profundo de nuestra fe. No se trata solamente de comprender un concepto, sino de contemplar una realidad viva. La fe cristiana no se sostiene únicamente en conocimientos teóricos, sino en abundantes testimonios de caridad, humildad, esperanza y amor.

La Santísima Trinidad se contempla antes de explicarse. Es un misterio que invita más a la adoración que a la especulación, más a la confianza que a la soberbia intelectual. Por eso, adentrarnos en este misterio no significa enfrentarnos a un problema insoluble, sino abrirnos a una fuente inagotable de esperanza.

Gracias al Hijo, todos hemos sido hechos hijos de Dios. Participamos de la filiación divina y estamos llamados a dirigirnos a Dios con la confianza de Jesús, llamándolo «Abbá, Padre». Somos hijos en el Hijo por la acción del Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo. En estas palabras resplandece el corazón mismo de la revelación cristiana: el amor de Dios. Un amor tan grande que se manifiesta en la encarnación y se entrega para la salvación del mundo.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». No se trata de un amor abstracto, sino de un amor que toma la iniciativa, que sale al encuentro del ser humano y le ofrece vida eterna.

Nicodemo representa a todo creyente que busca sinceramente a Dios. Su diálogo con Jesús es un camino de búsqueda, de encuentro y de transformación. Allí descubrimos que el sentido último de la existencia se encuentra en la relación con Dios, una relación que da plenitud a la vida y la abre a la eternidad.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta es la gran noticia de la fe cristiana: somos amados, llamados y salvados. Creer en Cristo es acoger este don y dejarse introducir en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Trinidad no es una realidad lejana. Es el origen de nuestra vida, el modelo de nuestras relaciones y la meta hacia la cual caminamos. Cuanto más participamos de la comunión, del amor y de la entrega mutua, más reflejamos en nuestra existencia el misterio del Dios trino.

Que al persignarnos cada día recordemos que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad Santa y que estamos llamados a vivir según esa misma lógica de comunión, amor y servicio.


Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


La Santísima Trinidad

Jan Cornelisz Vermeyen

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado


Dios Padre, Cristo muerto y el Espíritu Santo, rodeados de ángeles con los símbolos de la Pasión, se muestran en un rompimiento de gloria sobre un paisaje. Es un recurso que utilizará también Tiziano en La Gloria del Museo del Prado y que deriva de estampas de Durero. Las figuras delatan la influencia de Rafael. Vermeyen, muy estimado en la corte de Carlos V, realizó importantes proyectos artísticos para el emperador.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
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