Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

  • Homilía y Reflexión
  • Literatura
  • Comunicación

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

La imagen del “Buen Pastor” atrae: inspira seguridad, experiencia, sabiduría, espiritualidad profunda y una gran capacidad emocional para resolver los problemas del rebaño. Aunque cada oveja es autónoma, el ojo del Buen Pastor intuye y cuida.

Jesús el buen pastor

El Buen Pastor. Cristóbal García Salmerón. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

IV Domingo de Pascua – Año litúrgico 2025-2026 – (Ciclo A) – san Juan 10, 1-10

Jesucristo es el Buen Pastor 

El Buen Pastor es el mismo Jesucristo. Jesús es también la puerta y, de hecho, es el portero. Es decir, te cuida: se cierra a los ladrones y se abre a los justos; decide si entras o no. Nos gustaría que fuera un muro infranqueable para los ladrones. Es la puerta de tu libertad, de tus decisiones, de tus búsquedas en la vida.

Es también la puerta de la confianza: entras sabiendo que estás en buenas manos, en un redil digno. Libertad y confianza se juegan la alegría o la tristeza de nuestras vidas, así como la responsabilidad personal y el amor sin límites. Jesucristo se jugó la cruz; su misericordia no te cierra la puerta; si es posible, te lleva en sus propios brazos.

¿Tú eres buen pastor? 

La imagen del “Buen Pastor” sugiere que también existen “malos pastores”. Y, en este punto, todos tenemos la misión de ser buen testimonio, de mostrar con nuestra vida una ejemplaridad que edifique. El peligro está en que ningún pastor se presenta como el malo. Existe la expresión “el diablo es celoso” para advertirnos y mantenernos vigilantes ante las apariencias.

El mal pastor, alguna vez honrado, se presenta como bueno y no quiere ser descubierto cuando salta la tapia para robar. Es fácil señalar con el dedo, culpar, criticar. Sin embargo, el tema no es tanto cómo se ve el río, sino las corrientes internas que arrastran. Y, especialmente, el portero te abrirá si tocas la puerta.

El texto del Buen Pastor no hay que disimularlo: se refiere a los pastores, a los encargados de explicar la Sagrada Escritura. Por extensión, lo aplicamos también a los padres de familia, abuelos, superiores, jefes, etc. En el fondo, se trata del escenario entre la persona y Dios, del tribunal de la conciencia, de ese interior visto con autenticidad ante Dios.

Eso es lo que nos corresponde: pedirle a Jesús que nos ayude a imitarlo como Buen Pastor, amoroso, cuidadoso y misericordioso.

Que este domingo vivas la resurrección de Jesús con la esperanza puesta en un Buen Pastor a quien deseas imitar, entregando tu vida al servicio de un redil, de muchas ovejas, incluso de aquellas que no pastan en los jardines de la Iglesia, sino que buscan praderas en otros lugares. El reto es muy grande.

Jesús es la puerta, el portero, el Buen Pastor.


Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


"Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan."

El camino a Emaús es una verdadera escuela de fe: mientras caminan, los ciegos comienzan a escuchar; los torpes y lentos de corazón sienten arder su interior; el forastero se convierte en anfitrión, y quien parte el pan es el mismo Pan de vida. En medio de la tristeza por la muerte, los discípulos terminan reconociendo el rostro del Resucitado.

Emaús

Supper at Emmaus (Rembrandt, Louvre)

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Las dudas de Tomás pueden ser las mismas que te asaltaron en algún momento de tu vida; pero un discípulo no se reduce a sus dudas, hay palabras que simbolizan la pequeñez de un hombre ante la inmensidad de la resurrección de Jesús: Señor mío, Dios mío.


La duda de Tomas el Mellizo

San Tommaso in un dipinto di Peter Paul Rubens.

II Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)


La personalidad de Tomás

Tomás suele ser recordado únicamente por su incredulidad, pero el Evangelio nos muestra un discípulo mucho más complejo y profundo. Cuando Jesús decide ir a Judea tras la muerte de Lázaro, Tomás manifiesta una valentía admirable: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). En la Última Cena, expresa con sinceridad su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (cf. Jn 14,5). Y es entonces cuando Jesús revela una de las afirmaciones más densas del Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Finalmente, en el encuentro pascual, Tomás duda. Quiere ver y tocar. Representa a todos aquellos que buscan evidencias, incluso certezas de tipo empírico, antes de dar el paso de la fe. Pero es también él quien pronuncia una de las confesiones más altas del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío».

Jesús acoge y transforma la duda

La respuesta de Jesús a Tomás no es de reproche, sino de misericordia. Sale al encuentro de su duda y la transforma en camino hacia la fe. Este gesto revela un cambio decisivo: la relación con el Resucitado ya no se basa únicamente en ver o tocar, sino en escuchar, acoger y creer. 

Tomás no solo reconoce el rostro de Jesús, sino también sus llagas. Estas ya no son signo de derrota, sino de amor entregado. Las heridas del Crucificado se convierten en el sello del Resucitado. Contemplar las llagas es, en realidad, contemplar el amor que ha vencido a la muerte.

Bienaventurados los que creen sin haber visto

La bienaventuranza de Jesús nos incluye directamente: nosotros no hemos visto, pero estamos llamados a creer. Nuestra fe no se apoya en la evidencia sensible, sino en el testimonio, en la Palabra, en la experiencia viva de la comunidad creyente. Creer sin haber visto no es una fe débil, sino una fe madura, capaz de sostenerse en la confianza. Es aprender a poner nuestras dudas en manos de Dios y transformarlas en una oración humilde: «Señor mío y Dios mío».

Implicaciones para hoy

Vivimos en un contexto donde el miedo debilita las convicciones y la duda puede llevar al relativismo. Por eso es urgente acoger el don pascual de Cristo: la paz.

Una paz que fortalece los corazones tímidos y sostiene a los discípulos que, aun dudando, no renuncian a buscar a Dios.

También hoy estamos llamados a orar por quienes dudan, no para juzgarlos, sino para acompañarlos. Porque, en muchos casos, la duda no es negación de la fe, sino su umbral más honesto.

Tomás nos enseña que la duda no es el final del camino, sino una etapa que puede conducir a una fe más profunda. El verdadero discípulo no es el que nunca duda, sino el que, en medio de sus dudas, sigue buscando hasta  poder decir:«Señor mío y Dios mío».

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



“Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya”


Junto a María Magdalena, Pedro y Juan pudieron buscar a Jesús en el sepulcro, pero fue solo un camino, porque todo indica que la muerte no pudo con él, ha resucitado.
La resurrección, Pedro y Juan
San Pedro y san Juan en el sepulcro de Cristo. Giovanni Francesco Romanelli. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Domingo de Resurrección. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 1-9

El camino hacia el sepulcro: silencio y memoria

Tomados de la mano de María Magdalena, somos invitados a recorrer el camino hacia el sepulcro. Es un camino distinto. No es el de la conversación ligera ni el de la distracción cotidiana. Es el camino del silencio, de la memoria herida, de la interioridad.
Cuando la muerte nos toca, el lenguaje cambia: los recuerdos emergen, las palabras del ser amado se reinterpretan, y la experiencia compartida adquiere un valor irrepetible. El corazón rumia lo vivido mientras el silencio se vuelve elocuente.
En ese mismo camino aparece una pregunta profundamente humana: ¿qué es la muerte?, ¿por qué nos enfrenta a nuestra fragilidad? El ser humano, vulnerable y finito, intenta dominar el futuro, pero olvida habitar el presente.

La intuición de la fe en María Magdalena

María Magdalena encarna esta tensión entre dolor e intuición. Su pregunta (implícita, pero decisiva) es profundamente teológica:
¿Cómo puede estar muerto Aquel que es la resurrección y la vida?
Esta pregunta no es solo duda; es ya una forma germinal de fe. En su amor por Cristo se gesta una comprensión más profunda: la vida no ha sido vencida. Sin embargo, su experiencia necesita tiempo, silencio y camino para madurar.
En María Magdalena no predomina la incomprensión de la muerte, sino la certeza incipiente de la vida. Su búsqueda es ya un anuncio.
Sin duda, María Magdalena es una testigo ocular, te puede contar muchas cosas. Amo a Jesucristo, y no duda en comunicarse con quien Jesús eligió, Pedro, y con quien Jesús amó, Juan. Todos, aprimerados por un telón de intuición femenina que dinamiza a dos temerosos y valientes seguidores. Ella y ellos, igual, discípulos caminantes en la duda, e iluminados por un sepulcro vació.
El amor es más veloz, contempla desde la espera y el respeto a la experiencia de Pedro. El desconcierto ha invadido su mente, ha humedecido sus ojos y ha oxigenado su corazón con fe y esperanza. Juan y Pedro descubren que la muerte no ha podido con la vida, que las vendas no han enceguecido la visión, sino que han confirmado la libertad. Dios ya no está atado a la finitud humana.

La comunidad de los discípulos: ver y creer

María Magdalena no se encierra en su experiencia. Corre, comunica, convoca. Se dirige a Pedro —a quien Jesús ha confiado la misión— y a Juan —el discípulo amado—.
Así se configura la comunidad creyente: diversa, herida, en camino, pero unida en la búsqueda.
Juan llega primero, movido por el amor que es siempre más veloz; sin embargo, espera. Pedro entra, observa. Juan entra después y “vio y creyó”.
El sepulcro vacío no ofrece pruebas concluyentes en sentido empírico, pero sí signos que abren a la fe. Las vendas, cuidadosamente dispuestas, no hablan de robo, sino de libertad. La muerte no ha retenido al Viviente.

El sentido pascual de la muerte

A la luz de la resurrección, la muerte deja de ser un absurdo definitivo. No desaparece su dramatismo, pero adquiere un horizonte nuevo: es paso, tránsito, apertura.
Sin la resurrección, la muerte sería el final; con la resurrección, se convierte en umbral. Negar esta dimensión sería, en el fondo, renunciar a la plenitud de la vida eterna.
La experiencia de María Magdalena, Pedro y Juan culmina en la alegría: Cristo vive y permanece con los suyos.

Implicaciones para la vida creyente

El anuncio pascual no es solo una verdad doctrinal, sino una tarea existencial. Si Cristo vive, entonces estamos llamados a construir vida, a anticipar el Reino, a vivir desde la esperanza.
La resurrección abre una posibilidad radical: ser auténticos ante Dios, no como buscadores insatisfechos de sentido, sino como hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la plenitud de la vida.
 
El sepulcro vacío no cierra una historia, la inaugura. La fe pascual no elimina las preguntas, pero las ilumina desde dentro. Hoy, como María Magdalena, Pedro y Juan, somos invitados no solo a buscar, sino a ver y creer. Porque verdaderamente, el Señor ha resucitado. Aleluya.


Una oración final con el himno de laudes del Domingo de Resurrección
HIMNO
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
 
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
 
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
 
¿Qué has visto de camino,
 María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
 
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
 
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
 
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
 
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: 
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mateo 26–27)


El Domingo de Ramos abre la puerta a la Semana Santa con una imagen llena de contraste. Por un lado, vemos la alegría de los ramos, la fiesta, las esperanzas de un pueblo que aclama a Jesús. Por otro, casi sin transición, nos adentramos en el relato de la Pasión: dolor, traición, injusticia, violencia.

Domingo de Ramos

Fresco ortodoxo oriental en la Natividad de la Iglesia Theotokos, Bitola , República de Macedonia del Norte

Domingo de Ramos Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) Mateo (26-27)


Entre la fiesta y la cruz, así es también nuestra vida.

Hay momentos de entusiasmo, de fe luminosa, de proyectos que florecen… y, de pronto, aparecen la cruz, las dudas, las caídas, las heridas que cargamos por dentro.

La liturgia de hoy no nos deja quedarnos en la superficie. Nos invita a entrar en lo profundo: a mirar de frente la Pasión de Cristo… y también nuestra propia pasión.

Mi pasión: ¿en qué personaje me reconozco?

Muchas veces hemos visto o escuchado la Pasión de Jesús. Y casi siempre tendemos a identificarnos con los “buenos”: con Juan, con María, con quienes permanecen fieles.

Pero el Evangelio tiene una fuerza especial: nos confronta.

En silencio, despierta una pregunta incómoda pero necesaria:

  • ¿En qué personaje me reconozco realmente?
  • ¿En Pedro, que promete fidelidad pero luego niega?
  • ¿En Judas, que traiciona por intereses o desilusiones?
  • ¿En Pilato, que sabe la verdad pero no se atreve a defenderla?
  • ¿En la multitud, que cambia fácilmente de opinión?
  • ¿En los que huyen cuando llega el momento difícil?

Nadie se declara “malo”, pero el Evangelio nos permite hacer un ejercicio honesto: reconocer que, en distintos momentos de la vida, hemos sido un poco de cada uno.

Jesús, incómodo para el poder

Jesús resulta insoportable para las autoridades. No porque haga daño, sino porque desinstala, porque revela la verdad. Habla con una autoridad que no depende de cargos ni de estructuras. Se presenta como Hijo de Dios en un contexto donde eso es considerado blasfemia.

Rompe esquemas: no es un Dios encerrado en el templo, sino un Dios que camina, que se sienta a la mesa, que se acerca al herido, que entra en la historia concreta de las personas.

Por eso deciden eliminarlo.

Querían evitar el escándalo en plena fiesta… pero, paradójicamente, Jesús muere en la Pascua, como el verdadero Cordero. Lo que parecía fracaso se convierte en el corazón del plan de salvación.

La Pasión no es solo sufrimiento: es amor llevado hasta el extremo

Al leer la Pasión, podemos quedarnos en la violencia, en la injusticia, en el dolor. Pero el Evangelio nos invita a ir más allá.

Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo. La voluntad de Dios no es el dolor de su Hijo, sino la salvación del ser humano.

Jesús no es una víctima pasiva. Es libre. Es obediente. Ama hasta el extremo. Vive su entrega con una profundidad que transforma el sentido mismo del sufrimiento.

Y entonces surgen preguntas que siguen resonando hoy:

  • ¿Por qué ninguno de los discípulos fue más allá del “¿seré yo, Señor?”?
  • ¿Por qué Pilato, aun reconociendo la inocencia de Jesús, se lava las manos?
  • ¿Por qué el pueblo elige a Barrabás?

Son preguntas antiguas… pero también actuales. Porque siguen reflejando el misterio del corazón humano: capaz de amar, pero también de construir violencia, injusticia y rechazo.

Nuestra historia, también marcada por la cruz

Nuestro mundo sigue estando herido: guerras que derraman sangre,

violencia que rompe familias, injusticias que claman al cielo, heridas personales que llevamos en silencio.

Dios no está ausente de esos escenarios. Pero su Reino no se construye desde la violencia, sino desde: la paz, el perdón, la reconciliación, la unidad.

La Pasión de Cristo no justifica el sufrimiento; lo transforma desde dentro con el amor.

Una invitación para esta Semana Santa

Este Domingo de Ramos nos invita a algo muy concreto:

Reconocer nuestra propia pasión.

Identificar nuestras heridas, nuestras caídas, nuestras contradicciones.

Pedir a Jesús que nos libere de la violencia que llevamos dentro.

Dejar que su amor toque lo más frágil de nuestra historia.

Y, sobre todo, abrirnos a la esperanza:

Que Cristo no solo muera en nuestra vida, sino que resucite en nosotros.

Que renazca la confianza.

Que se reconstruyan los vínculos.

Que comience, incluso en medio de nuestras cruces, un mundo distinto.

Que esta Semana Santa no sea solo un recuerdo, sino un camino interior.

Y que, acompañando a Cristo en su Pasión, aprendamos también a caminar hacia la luz de la Resurrección.


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66

Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!»....

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40)

Vivimos y, aun así, pensamos en la muerte. A veces la tememos; otras, la evitamos como tema; en algunas culturas incluso se la personifica. Sin embargo, la vida no nos ha sido dada para vivir paralizados por el final, sino para aprender a vivirla con sentido. El Evangelio de la resurrección de Lázaro no niega el dolor, pero lo reubica: afirma que la última palabra no la tiene la muerte, sino Dios.

La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro. José de Ribera. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A: Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

La escena de Betania (Jn 11) no es solo un relato conmovedor. Es un anuncio: Dios no es ajeno a la historia humana y, en Cristo, se acerca precisamente donde la esperanza parece imposible. La resurrección de Lázaro es signo de una vida nueva que culminará en la resurrección de Jesús y que, desde entonces, sostiene la vida del creyente.


El dolor real: “Señor, si hubieras estado aquí…”

La muerte de un ser querido golpea el corazón con una fuerza que no admite teorías. Marta y María expresan lo que muchos sentimos: “Si hubieras estado aquí…”; una frase donde se mezclan amor, decepción y preguntas sin respuesta. También pesa la sensación de “llegar tarde”: Jesús se demora, y su presencia parece no haber evitado la tragedia.

Pero el Evangelio no presenta esa demora como indiferencia. La convierte en una pedagogía del corazón: Jesús no viene solo a resolver un problema inmediato, sino a revelar un horizonte. Para Él, la muerte física no es el final absoluto, sino el lugar donde se puede abrir un encuentro más profundo con Dios. La fe cristiana no elimina el duelo, pero lo atraviesa con una esperanza más grande.

Creer en la resurrección: de la idea a la confianza

Marta conoce la doctrina: cree que habrá resurrección “en el último día”. Sin embargo, el relato muestra que una cosa es tener una noción religiosa y otra distinta es confiar cuando el dolor aprieta. A veces también nosotros decimos creer, pero vivimos como si todo dependiera solo de nuestras fuerzas, de la salud, de la seguridad o del control.

Jesús no discute con Marta en abstracto: la lleva a una afirmación decisiva, personal y concreta:“Yo soy la resurrección y la vida.”

No se trata primero de “algo” que ocurrirá, sino de Alguien presente. La fe no es solo aceptar una idea futura; es reconocer a Cristo como fundamento de la vida, también cuando el presente duele.

Además, el Evangelio deja ver otra sombra: el miedo y los cálculos del poder. La vida de Jesús incomoda porque despierta libertad y esperanza. Cuando la fe se debilita, crecen otras lógicas: la manipulación, el interés, la violencia “útil”. Por eso el signo de Lázaro desencadena rechazo: algunos prefieren eliminar al justo antes que cambiar de vida. La muerte sin esperanza suele nacer de un corazón cerrado a Dios.

“Sal fuera” y “desátenlo”: la fe que libera

Jesús llama a Lázaro desde la tumba. Su voz entra en el lugar donde todo parece acabado. “Sal fuera.” Es una palabra que atraviesa la desesperanza y devuelve posibilidad. Y, sin embargo, Lázaro sale atado. La vida ha vuelto, pero quedan ligaduras.

Entonces Jesús da una orden a los demás:“Desátenlo y déjenlo caminar.”

Aquí aparece una enseñanza profunda: Cristo da la vida; nosotros colaboramos en la liberación. La fe no es solo contemplar un milagro, sino participar en una misión: ayudar a otros a salir de lo que los inmoviliza —culpas antiguas, heridas, resentimientos, adicciones, desesperanza— y acompañarlos a caminar de nuevo.

“Desatar” no siempre significa resolverlo todo. A veces es escuchar, sostener, no juzgar, acercar a los sacramentos, ofrecer paciencia, abrir espacio para recomenzar. Jesús tiene la voz; nosotros ponemos las manos.

El signo que conduce a la Pascua

La resurrección de Lázaro prepara la comprensión de la Pascua. Lázaro vuelve a la vida temporal; Jesús abrirá la vida definitiva. Este signo ilumina el camino: para que entendamos que Dios es Señor de la vida, Cristo mismo pasará por la muerte. Y allí se revela el centro: la muerte no es victoria, sino paso; no es cierre, sino umbral.

Por eso, el final de este Evangelio no es solo “un milagro”, sino una invitación: vivir la Cuaresma como tránsito hacia la vida nueva. No una vida sin problemas, sino una vida sostenida por la certeza de que Dios no abandona y de que, incluso en la tumba, puede pronunciar una palabra creadora.

Oración breve

Señor Jesús, Resurrección y Vida,

entra en nuestras tumbas interiores y pronuncia tu “sal fuera”.

Danos fe para confiar en ti y manos para desatar a quienes sufren.

Amén.

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.
Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Entradas antiguas Inicio

Traductor automático

POPULAR POSTS

  • Reflexión Domingo de Ramos – Ciclo A: De los ramos a la cruz: reconocer nuestra propia pasión para abrirnos a la esperanza
  • Domingo de Resurrección (A): Ver y creer: itinerario pascual de María Magdalena y los discípulos Pedro y Juan.
  • Reflexión – V Domingo de Cuaresma (Ciclo A): La resurrección de Lázaro, amigo de Jesús
  • Jueves Santo ( C): La última cena y el lavatorio de los pies. El servicio

Buscar en este blog

Categories

  • Homilía y Reflexión
  • Literatura
  • Ética y Comunicación

Mi perfil

Mi foto
luciérnaga
Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
Ver todo mi perfil

¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
javierabantosilva@gmail.com

Etiquetas

  • Homilía y Reflexión
  • Literatura
  • Iglesia y Sociedad
  • Comunicacion

Blog Archive

  • ▼  2026 (20)
    • ▼  abril (4)
      • IV Domingo de Pascua (A): La Puerta, el Portero y ...
      • Reflexión, III Domingo de Pascua (A): Emaús: del d...
      • II Domingo de Pascua (A): Entre la evidencia y la ...
      • Domingo de Resurrección (A): Ver y creer: itinerar...
    • ►  marzo (4)
    • ►  febrero (7)
    • ►  enero (5)
  • ►  2025 (59)
    • ►  diciembre (5)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (4)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (6)
    • ►  julio (4)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (6)
    • ►  abril (4)
    • ►  marzo (5)
    • ►  febrero (4)
    • ►  enero (7)
  • ►  2024 (59)
    • ►  diciembre (4)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (4)
    • ►  septiembre (5)
    • ►  agosto (9)
    • ►  julio (4)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (4)
    • ►  marzo (7)
    • ►  febrero (4)
    • ►  enero (4)
  • ►  2023 (62)
    • ►  diciembre (6)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (4)
    • ►  julio (5)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (9)
    • ►  marzo (4)
    • ►  febrero (5)
    • ►  enero (6)
  • ►  2022 (58)
    • ►  diciembre (5)
    • ►  noviembre (4)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (4)
    • ►  julio (5)
    • ►  junio (4)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (8)
    • ►  marzo (5)
    • ►  febrero (4)
    • ►  enero (6)
  • ►  2021 (59)
    • ►  diciembre (4)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (4)
    • ►  julio (6)
    • ►  junio (4)
    • ►  mayo (6)
    • ►  abril (6)
    • ►  marzo (4)
    • ►  febrero (4)
    • ►  enero (7)
  • ►  2020 (84)
    • ►  diciembre (6)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (5)
    • ►  agosto (5)
    • ►  julio (4)
    • ►  junio (10)
    • ►  mayo (11)
    • ►  abril (8)
    • ►  marzo (12)
    • ►  febrero (6)
    • ►  enero (7)
  • ►  2019 (74)
    • ►  diciembre (6)
    • ►  noviembre (9)
    • ►  octubre (8)
    • ►  septiembre (3)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (7)
    • ►  abril (9)
    • ►  marzo (17)
    • ►  febrero (5)
    • ►  enero (5)
  • ►  2018 (28)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  noviembre (3)
    • ►  octubre (3)
    • ►  septiembre (3)
    • ►  agosto (3)
    • ►  julio (2)
    • ►  abril (10)
    • ►  febrero (2)
  • ►  2017 (5)
    • ►  mayo (1)
    • ►  abril (2)
    • ►  marzo (1)
    • ►  febrero (1)
  • ►  2016 (4)
    • ►  mayo (1)
    • ►  marzo (2)
    • ►  enero (1)
  • ►  2015 (5)
    • ►  octubre (1)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (1)
  • ►  2014 (17)
    • ►  diciembre (8)
    • ►  agosto (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (3)
    • ►  abril (2)
    • ►  marzo (1)
    • ►  enero (1)
  • ►  2013 (29)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  octubre (3)
    • ►  septiembre (3)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (2)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (2)
    • ►  febrero (7)
    • ►  enero (5)
  • ►  2012 (58)
    • ►  diciembre (8)
    • ►  noviembre (6)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (5)
    • ►  agosto (6)
    • ►  julio (4)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (5)
    • ►  abril (5)
    • ►  marzo (3)
    • ►  febrero (4)
    • ►  enero (6)
  • ►  2011 (75)
    • ►  diciembre (5)
    • ►  noviembre (5)
    • ►  octubre (9)
    • ►  septiembre (5)
    • ►  agosto (4)
    • ►  julio (9)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (5)
    • ►  abril (7)
    • ►  marzo (8)
    • ►  febrero (8)
    • ►  enero (5)
  • ►  2010 (79)
    • ►  diciembre (6)
    • ►  noviembre (7)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (3)
    • ►  agosto (4)
    • ►  julio (5)
    • ►  junio (9)
    • ►  mayo (9)
    • ►  abril (7)
    • ►  marzo (8)
    • ►  febrero (9)
    • ►  enero (7)
  • ►  2009 (45)
    • ►  diciembre (4)
    • ►  noviembre (4)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (5)
    • ►  julio (5)
    • ►  junio (7)
    • ►  mayo (5)
    • ►  abril (6)

Páginas

  • Inicio
  • Homilía y Reflexión
  • Literatura
  • Comunicación

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Copyright © Homilía y Reflexión. Designed & Developed by OddThemes