Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mateo 26–27)


El Domingo de Ramos abre la puerta a la Semana Santa con una imagen llena de contraste. Por un lado, vemos la alegría de los ramos, la fiesta, las esperanzas de un pueblo que aclama a Jesús. Por otro, casi sin transición, nos adentramos en el relato de la Pasión: dolor, traición, injusticia, violencia.

Domingo de Ramos

Fresco ortodoxo oriental en la Natividad de la Iglesia Theotokos, Bitola , República de Macedonia del Norte

Domingo de Ramos Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) Mateo (26-27)


Entre la fiesta y la cruz, así es también nuestra vida.

Hay momentos de entusiasmo, de fe luminosa, de proyectos que florecen… y, de pronto, aparecen la cruz, las dudas, las caídas, las heridas que cargamos por dentro.

La liturgia de hoy no nos deja quedarnos en la superficie. Nos invita a entrar en lo profundo: a mirar de frente la Pasión de Cristo… y también nuestra propia pasión.

Mi pasión: ¿en qué personaje me reconozco?

Muchas veces hemos visto o escuchado la Pasión de Jesús. Y casi siempre tendemos a identificarnos con los “buenos”: con Juan, con María, con quienes permanecen fieles.

Pero el Evangelio tiene una fuerza especial: nos confronta.

En silencio, despierta una pregunta incómoda pero necesaria:

  • ¿En qué personaje me reconozco realmente?
  • ¿En Pedro, que promete fidelidad pero luego niega?
  • ¿En Judas, que traiciona por intereses o desilusiones?
  • ¿En Pilato, que sabe la verdad pero no se atreve a defenderla?
  • ¿En la multitud, que cambia fácilmente de opinión?
  • ¿En los que huyen cuando llega el momento difícil?

Nadie se declara “malo”, pero el Evangelio nos permite hacer un ejercicio honesto: reconocer que, en distintos momentos de la vida, hemos sido un poco de cada uno.

Jesús, incómodo para el poder

Jesús resulta insoportable para las autoridades. No porque haga daño, sino porque desinstala, porque revela la verdad. Habla con una autoridad que no depende de cargos ni de estructuras. Se presenta como Hijo de Dios en un contexto donde eso es considerado blasfemia.

Rompe esquemas: no es un Dios encerrado en el templo, sino un Dios que camina, que se sienta a la mesa, que se acerca al herido, que entra en la historia concreta de las personas.

Por eso deciden eliminarlo.

Querían evitar el escándalo en plena fiesta… pero, paradójicamente, Jesús muere en la Pascua, como el verdadero Cordero. Lo que parecía fracaso se convierte en el corazón del plan de salvación.

La Pasión no es solo sufrimiento: es amor llevado hasta el extremo

Al leer la Pasión, podemos quedarnos en la violencia, en la injusticia, en el dolor. Pero el Evangelio nos invita a ir más allá.

Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo. La voluntad de Dios no es el dolor de su Hijo, sino la salvación del ser humano.

Jesús no es una víctima pasiva. Es libre. Es obediente. Ama hasta el extremo. Vive su entrega con una profundidad que transforma el sentido mismo del sufrimiento.

Y entonces surgen preguntas que siguen resonando hoy:

  • ¿Por qué ninguno de los discípulos fue más allá del “¿seré yo, Señor?”?
  • ¿Por qué Pilato, aun reconociendo la inocencia de Jesús, se lava las manos?
  • ¿Por qué el pueblo elige a Barrabás?

Son preguntas antiguas… pero también actuales. Porque siguen reflejando el misterio del corazón humano: capaz de amar, pero también de construir violencia, injusticia y rechazo.

Nuestra historia, también marcada por la cruz

Nuestro mundo sigue estando herido: guerras que derraman sangre,

violencia que rompe familias, injusticias que claman al cielo, heridas personales que llevamos en silencio.

Dios no está ausente de esos escenarios. Pero su Reino no se construye desde la violencia, sino desde: la paz, el perdón, la reconciliación, la unidad.

La Pasión de Cristo no justifica el sufrimiento; lo transforma desde dentro con el amor.

Una invitación para esta Semana Santa

Este Domingo de Ramos nos invita a algo muy concreto:

Reconocer nuestra propia pasión.

Identificar nuestras heridas, nuestras caídas, nuestras contradicciones.

Pedir a Jesús que nos libere de la violencia que llevamos dentro.

Dejar que su amor toque lo más frágil de nuestra historia.

Y, sobre todo, abrirnos a la esperanza:

Que Cristo no solo muera en nuestra vida, sino que resucite en nosotros.

Que renazca la confianza.

Que se reconstruyan los vínculos.

Que comience, incluso en medio de nuestras cruces, un mundo distinto.

Que esta Semana Santa no sea solo un recuerdo, sino un camino interior.

Y que, acompañando a Cristo en su Pasión, aprendamos también a caminar hacia la luz de la Resurrección.


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66

Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!»....

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40)

Vivimos y, aun así, pensamos en la muerte. A veces la tememos; otras, la evitamos como tema; en algunas culturas incluso se la personifica. Sin embargo, la vida no nos ha sido dada para vivir paralizados por el final, sino para aprender a vivirla con sentido. El Evangelio de la resurrección de Lázaro no niega el dolor, pero lo reubica: afirma que la última palabra no la tiene la muerte, sino Dios.

La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro. José de Ribera. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A: Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

La escena de Betania (Jn 11) no es solo un relato conmovedor. Es un anuncio: Dios no es ajeno a la historia humana y, en Cristo, se acerca precisamente donde la esperanza parece imposible. La resurrección de Lázaro es signo de una vida nueva que culminará en la resurrección de Jesús y que, desde entonces, sostiene la vida del creyente.


El dolor real: “Señor, si hubieras estado aquí…”

La muerte de un ser querido golpea el corazón con una fuerza que no admite teorías. Marta y María expresan lo que muchos sentimos: “Si hubieras estado aquí…”; una frase donde se mezclan amor, decepción y preguntas sin respuesta. También pesa la sensación de “llegar tarde”: Jesús se demora, y su presencia parece no haber evitado la tragedia.

Pero el Evangelio no presenta esa demora como indiferencia. La convierte en una pedagogía del corazón: Jesús no viene solo a resolver un problema inmediato, sino a revelar un horizonte. Para Él, la muerte física no es el final absoluto, sino el lugar donde se puede abrir un encuentro más profundo con Dios. La fe cristiana no elimina el duelo, pero lo atraviesa con una esperanza más grande.

Creer en la resurrección: de la idea a la confianza

Marta conoce la doctrina: cree que habrá resurrección “en el último día”. Sin embargo, el relato muestra que una cosa es tener una noción religiosa y otra distinta es confiar cuando el dolor aprieta. A veces también nosotros decimos creer, pero vivimos como si todo dependiera solo de nuestras fuerzas, de la salud, de la seguridad o del control.

Jesús no discute con Marta en abstracto: la lleva a una afirmación decisiva, personal y concreta:“Yo soy la resurrección y la vida.”

No se trata primero de “algo” que ocurrirá, sino de Alguien presente. La fe no es solo aceptar una idea futura; es reconocer a Cristo como fundamento de la vida, también cuando el presente duele.

Además, el Evangelio deja ver otra sombra: el miedo y los cálculos del poder. La vida de Jesús incomoda porque despierta libertad y esperanza. Cuando la fe se debilita, crecen otras lógicas: la manipulación, el interés, la violencia “útil”. Por eso el signo de Lázaro desencadena rechazo: algunos prefieren eliminar al justo antes que cambiar de vida. La muerte sin esperanza suele nacer de un corazón cerrado a Dios.

“Sal fuera” y “desátenlo”: la fe que libera

Jesús llama a Lázaro desde la tumba. Su voz entra en el lugar donde todo parece acabado. “Sal fuera.” Es una palabra que atraviesa la desesperanza y devuelve posibilidad. Y, sin embargo, Lázaro sale atado. La vida ha vuelto, pero quedan ligaduras.

Entonces Jesús da una orden a los demás:“Desátenlo y déjenlo caminar.”

Aquí aparece una enseñanza profunda: Cristo da la vida; nosotros colaboramos en la liberación. La fe no es solo contemplar un milagro, sino participar en una misión: ayudar a otros a salir de lo que los inmoviliza —culpas antiguas, heridas, resentimientos, adicciones, desesperanza— y acompañarlos a caminar de nuevo.

“Desatar” no siempre significa resolverlo todo. A veces es escuchar, sostener, no juzgar, acercar a los sacramentos, ofrecer paciencia, abrir espacio para recomenzar. Jesús tiene la voz; nosotros ponemos las manos.

El signo que conduce a la Pascua

La resurrección de Lázaro prepara la comprensión de la Pascua. Lázaro vuelve a la vida temporal; Jesús abrirá la vida definitiva. Este signo ilumina el camino: para que entendamos que Dios es Señor de la vida, Cristo mismo pasará por la muerte. Y allí se revela el centro: la muerte no es victoria, sino paso; no es cierre, sino umbral.

Por eso, el final de este Evangelio no es solo “un milagro”, sino una invitación: vivir la Cuaresma como tránsito hacia la vida nueva. No una vida sin problemas, sino una vida sostenida por la certeza de que Dios no abandona y de que, incluso en la tumba, puede pronunciar una palabra creadora.

Oración breve

Señor Jesús, Resurrección y Vida,

entra en nuestras tumbas interiores y pronuncia tu “sal fuera”.

Danos fe para confiar en ti y manos para desatar a quienes sufren.

Amén.

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.
Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo»

El verdadero drama no es no ver, sino creer que ya se ve suficientemente. Por eso los fariseos terminan siendo más ciegos que el mismo ciego de nacimiento. Sigamos con la reflexión.

 

El ciego de nacimiento

Allegoria in memoria di Giuseppina Gugelloni. Cristo guarisce il cieco
dipinto post 1956/08/25 - ante 1957/02/25

IV Domingo de Cuaresma, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Al observar a una persona que sufre surge la pregunta más antigua del hombre ¿cuál es la raíz del sufrimiento, del mal, del pecado?. Se agrava cuando el justo sufre y el injusto goza, algunos ejemplos como el de Job, el pobre Lázaro y el rico epulón, etc. Ahora, la pregunta escudriña por la fuente del pecado, alimentado por la mentira y los prejuicios.

El ciego y el pecado

El ciego de nacimiento estaba arraigado en su ciudad y era conocido por todos. Muchos lo habían visto durante años, quizá incluso le habían dado alguna limosna. Formaba parte del paisaje cotidiano, como sucede tantas veces con quienes viven al margen: se vuelven visibles, pero no verdaderamente mirados. Su presencia termina normalizando la marginación y la exclusión.

En la mentalidad de aquel tiempo, la ceguera era entendida como consecuencia de un pecado. Por eso surge la pregunta: ¿quién pecó, él o sus padres?. La enfermedad parecía cargar no solo sobre el cuerpo del ciego, sino también sobre la conciencia de su familia. Acercarse a él era, en cierto modo, acercarse a una supuesta impureza.

Pero el Evangelio cambia radicalmente esa mirada. Esta historia gira en torno a la visión. Los vecinos ven al ciego, pero no comprenden su misterio. Jesús, en cambio, no solo lo ve: lo mira de verdad, se acerca a él y le devuelve la vista. Y al darle la vista, lo conduce todavía más lejos: no solo para que vea el mundo, sino para que llegue a reconocer a Dios.

Jesús rompe el prejuicio con una frase decisiva: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3).

Donde los demás veían castigo, Jesús ve una oportunidad para que resplandezca la obra de Dios.


El ciego y los ciegos

El ciego ha comenzado a ver. Y cuando uno empieza a ver de verdad, ya no puede confundir tan fácilmente la luz con la oscuridad. Él sabe muy bien lo que le ha sucedido: Jesús le puso barro en los ojos, fue a lavarse a la piscina de Siloé y comenzó a ver.

Su testimonio es sencillo, pero firme. No tiene estudios, no domina discusiones religiosas, pero posee algo que nadie puede quitarle: la experiencia. Ha pasado de la oscuridad a la luz.

Lo sorprendente es que ahora, mientras él ve con claridad, otros intentan convencerlo de que no ve. Los que se consideran iluminados se muestran incapaces de reconocer lo evidente.

El ciego, poco a poco, avanza también en su fe. Al principio habla de “ese hombre que se llama Jesús”; luego lo reconoce como profeta; y finalmente, cuando Jesús se le revela, termina adorándolo. Ya no es solo “el ciego”. Es un hombre recreado por Dios. Con el barro y la saliva de Jesús, el Señor ha hecho en él una nueva creación.

 

La ley sin misericordia

Los que interrogan al ciego no se alegran de que vea. No celebran la vida nueva que ha comenzado en él. Su preocupación es otra: Jesús ha hecho esto en sábado.

Aquí el Evangelio deja al descubierto una gran deformación religiosa: la ley, dada para el bien del hombre, puede ser manipulada hasta convertirse en instrumento de dominio. En lugar de servir a la salvación, se utiliza para controlar, excluir y condenar.

Como no pueden negar el milagro, deciden expulsar al hombre curado. Lo echan fuera para no tener que aceptar lo que su sola presencia proclama: que Dios ha actuado, que una vida ha sido restaurada, que algo nuevo ha comenzado.

Cuántas veces también hoy los intereses personales, las conveniencias o el miedo a perder poder terminan oscureciendo la verdad, la coherencia y la compasión.


Ciegos que quieren curarse y ciegos que no

Jesús deja en evidencia que existen dos tipos de ceguera:

• la de quien reconoce su necesidad y se deja sanar;

• y la de quien está tan seguro de sí mismo que se cierra a la luz.

El verdadero drama no es no ver, sino creer que ya se ve suficientemente. Por eso los fariseos terminan siendo más ciegos que el mismo ciego de nacimiento.

La gran tentación es sentirse seguro dentro de un sistema que necesita personas obedientes, calladas y dominadas para mantenerse en pie. También existe la tentación de inventar estrategias para tapar la verdad, de negar lo evidente cuando incomoda, de encerrarse en la propia cerrazón y llamar a eso “claridad”.

Sin embargo, una pregunta abre una grieta en la dureza de los corazones:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»

Ahí comienza la posibilidad de una verdadera conversión.


¿Cuáles son tus cegueras?

Cada uno tiene sus propias miopías, sus resistencias, sus cegueras. No siempre son físicas; muchas veces son interiores:

• prejuicios,

• orgullo,

• autosuficiencia,

• miedo a la verdad,

• costumbre de juzgar sin comprender.

Por eso este Evangelio no solo nos invita a admirar la curación del ciego, sino a preguntarnos con sinceridad:

¿Cuáles son mis cegueras?

¿Qué parte de mi vida necesita que Jesús le ponga barro, la lave y la ilumine?

Se necesita humildad para reconocerlo. Pero esa humildad no humilla: da fuerza. Es la fuerza que permite superar aquello que daña la vida, la fe y la salvación del alma.

Para la oración

Hoy puedes repetir con el ciego esta confesión sencilla y luminosa:

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Pídele a Jesús que te mire de verdad, que rompa tus prejuicios, que sane tus cegueras y te conceda la gracia de reconocerlo como Señor.

Porque la Cuaresma es precisamente eso:

dejar que Cristo nos abra los ojos para caminar hacia la Pascua en la luz.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

«El mismo».

Otros decían:

«No es él, pero se le parece».

El respondía:

«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:

«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

«Que es un profeta».

Le replicaron:

«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:

«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:

«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

"Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla"

Hay encuentros que desarman fronteras. Jesús y la mujer samaritana se encuentran en un lugar cargado de historia: un pozo, símbolo de identidad y de memoria. Allí donde la costumbre decía “no hablar”, nace un diálogo. Y en ese diálogo se revela algo decisivo: incluso con quienes han sido considerados enemigos tradicionales es posible abrir un camino nuevo, si hay verdad, si hay escucha, si hay deseo de vida.

Jesús y Samaritana

Jesús y la Samaritana - Barroco: Cristo y la Mujer Samaritana por Matteo Rosselli, c. 1620. Museo de Historia del Arte, Viena

III Domingo de Cuaresma. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) - Juan 4, 5-42

Samaritanos y judíos cargaban siglos de distancia. Sin embargo, Jesús no elige la ruta que evita Samaría. Pasa por allí. Se sienta. Espera. Y pide. No para imponerse, sino para comenzar desde la necesidad común: la sed.

 “Dame de beber”… o aprendamos a darnos de beber

El pozo de Jacob cobra sentido cuando aparece un sediento. Jesús, cansado del camino hacia Galilea, llega “deshidratado” y se coloca a la altura de la fragilidad humana. Y desde esa debilidad pide agua. El impacto del relato está en esto: dos personas educadas para no tratarse, se hablan; dos mundos que se evitaban, se escuchan; dos historias heridas, se tocan sin violencia.

La petición de Jesús abre una dinámica sorprendente: Él pide para poder dar. Pide un agua que calma la sed del cuerpo, para ofrecer el agua que calma la sed del alma. Y mientras habla de “agua viva” y de vida eterna, no desprecia las necesidades concretas. El Evangelio no separa lo humano de lo divino: la gracia no elimina la condición humana, la transfigura.

Por eso el agua viva no es un discurso “espiritualista” que ignora la tierra. Al contrario: el ser humano sigue necesitando ser hidratado por vínculos, por valores, por tradiciones sanas, por palabras que construyen. Y cuando esas fuentes se contaminan, la sed vuelve con más fuerza.

Un judío que no representa la cerrazón del judaísmo

La samaritana habla con franqueza. Su amabilidad no disimula la herida cultural: “¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí?” Es una pregunta que lleva dentro siglos de desprecio. Pero Jesús —sin negar su identidad— no encarna el prejuicio. No representa la religiosidad cerrada. No alimenta la división. No “gana” la discusión: la atraviesa con una verdad mayor.

Jesús cambia el enfoque: el problema no es quién tiene más razón histórica, sino quién deja espacio al Espíritu. Frente al choque de identidades, propone una fuente nueva: un Dios que no pertenece a un grupo, sino que se ofrece a todos.

En el pozo profundo, el agua estancada se vuelve imagen: religiones y comunidades pueden terminar bebiendo de aguas poco saludables—mezcladas con prejuicios, resentimientos y heridas del pasado—incapaces de saciar la sed auténtica. Y cuando el corazón está turbio, también lo está la palabra: se habla para herir, se escucha para responder, se discute para excluir.

Aquí aparece una clave hermosa del texto: Jesús pide para dar; pregunta para responder; tiene sed para ofrecerse como agua viva.

Un culto “en espíritu y en verdad”

Jesús conduce el diálogo al centro: el culto. No se trata solo de un lugar (Garizín o Jerusalén), sino de una manera de relacionarse con Dios. El culto verdadero no es geografía: es vida.

“En espíritu y en verdad” no significa algo etéreo o vago, sino una fe que nace del interior y se verifica en la realidad. Un culto sin espíritu ni verdad se vuelve máscara. Y cuando la religión se convierte en bandera, produce lo contrario de Dios: guerra, división, polarización, idolatría del propio interés.

Hoy también existen “cultos” alrededor de muchos pozos: ideologías que fabrican dioses a medida para justificar violencia, miedo o exclusión. El Evangelio no legitima esos cultos: los desenmascara. Porque donde se fomenta el hambre, el temor y la deshumanización, no está Dios, aunque se lo nombre.

El descubrimiento de la samaritana

La samaritana es un retrato de honestidad. No se defiende con discursos. No se esconde. Se deja tocar por la verdad. Lleva su barro—su historia real—y, precisamente desde allí, recibe el agua viva.

Y ocurre un gesto decisivo: deja el cántaro. No es desprecio de lo cotidiano, sino señal de que ha encontrado una fuente más profunda. El cántaro era necesario para sacar agua; ahora, ella misma se convierte en “cántaro” que lleva la noticia. Deja la herramienta de siempre, porque ha recibido una palabra nueva.

Su testimonio oxigena la fe de toda una comunidad. La mujer que venía sola al pozo se vuelve puente para muchos. Quien buscaba agua para sobrevivir, encuentra al Salvador y se convierte en mensajera de vida.

Para orar y vivir esta semana

• ¿Qué fronteras sigo considerando “intocables”? ¿Con quién “no se puede hablar”?

• ¿De qué pozos estoy bebiendo últimamente: del resentimiento, del miedo, de la queja, del orgullo?

• ¿Qué cántaro necesito soltar para que la fe no sea rutina, sino encuentro?

Señor, dame esa agua. No solo para no tener sed, sino para aprender a dar de beber: con palabras limpias, con escucha verdadera, con misericordia que une lo que el prejuicio separó.


 Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:

«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:

«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:

«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:

«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:

«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:

«No tengo marido».

Jesús le dice:

«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:

«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:

«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:

«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:

«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:

«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:

«Maestro, come».

Él les dijo:

«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:

«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo"

El camino hacia el monte, en la Biblia, siempre es un camino hacia lo sagrado. Moisés sube al Sinaí. Elías sube al Horeb. Jesús sube al monte con sus discípulos. Subir al monte significa acercarse al lugar donde Dios se deja contemplar y escuchar.

Transfiguración de Jesús
Icono de la Transfiguración de Teófanes el Griego, siglo XV

II Domingo de Cuaresma - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) - Mateo 17, 1-9


En esta Cuaresma, la pregunta es directa:

• ¿Estás caminando hacia algún “monte” interior, un espacio sagrado, para contemplar y escuchar a Dios?

• ¿Crees que Dios tiene algo concreto que decirte para tu vida?

Camino a Jerusalén

Jesús ya ha iniciado su camino hacia Jerusalén, donde le esperan la pasión, la cruz y la resurrección. En medio de ese gran camino, hace una pausa con Pedro, Santiago y Juan.

Es una parada para fortalecer la fe y la confianza de los discípulos.

Jerusalén será después el punto de partida hacia otro monte: el Calvario, el Gólgota. Pero, antes de hablar de la cruz, es necesario iluminar el camino con una experiencia de gloria.

También en la historia de Israel, la experiencia de Dios en el monte se fue intensificando:

• Moisés, al bajar del Sinaí, encuentra al pueblo fabricando un becerro de oro. Tras la experiencia de la alianza, el pueblo se inclina a los ídolos.

• Elías, después de escuchar la voz de Dios en el Horeb, sufrirá la persecución de Jezabel.

Moisés y Elías vivieron la lucha ante la tentación de otros dioses.

Jesús también sufrirá los gritos de su propio pueblo:

«¡Crucifícalo!».

La transfiguración se sitúa en medio del camino:

no es un escape, sino una luz para afrontar lo que viene.

Contemplación que transforma

En el monte, la contemplación cambia la mirada de los discípulos.

La transformación luminosa de Jesús les provoca alivio, consuelo, ganas de quedarse allí. Pedro quiere “plantar tres tiendas”, hacer de ese momento algo permanente.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías:

• Moisés, signo de la Ley que liberó al pueblo de la esclavitud.

• Elías, el gran profeta que hizo ver los cielos abiertos.

En Jesús se unen y se cumplen ambos:

• Es el Hijo de Dios,

• el profeta que habla en nombre del Padre,

• el nuevo Moisés, que no trae solo mandamientos, sino bienaventuranzas,

• el nuevo Elías, que hace que los cielos vuelvan a hablar al corazón humano.

Pero esa contemplación, que comienza siendo consoladora, termina llenándolos de temor: la nube, la voz, el misterio los sobrepasan.

Y entonces se escucha la voz del Padre:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

No se trata solo de confirmar a Jesús, sino de confirmar a los discípulos: su Maestro no es un profeta más, es el Hijo amado del Padre. Por eso, el mandato es claro: escuchadlo.

No se trata de construir tres tiendas en lo alto y quedarse allí. La contemplación en el monte está al servicio de la misión en el valle.

 Bajando al camino real

Después de la visión, Jesús toca a los discípulos, los levanta y los invita a bajar.

Vuelven al polvo del camino, a la historia real:

• la comunidad con sus problemas,

• las incomprensiones,

• las discusiones,

• el miedo ante lo que viene: la cena, la traición, la captura, el juicio, la crucifixión,

• y, más allá de todo, la resurrección y la misión de la Iglesia.

La transfiguración es una anticipación de Pascua: un adelanto de la gloria para sostener la fe en los momentos de oscuridad.

Subir, contemplar… y bajar

En este Domingo de la Transfiguración, la invitación es muy concreta:

• Subir al monte: buscar tiempos y espacios para la oración, el silencio, la escucha de la Palabra.

• Contemplar a Jesús transfigurado: dejar que su luz ilumine nuestras dudas, miedos, sufrimientos y decisiones.

• Bajar a la vida real: volver a la familia, al trabajo, a la comunidad, con un corazón renovado.

Se trata de trabajar por el bien, difundir el amor cristiano, y anunciar con la vida y la palabra a Jesús transfigurado, el Hijo amado del Padre, al que estamos llamados a escuchar.

Que esta Cuaresma no sea solo un “subir”, ni solo un “bajar sin rumbo”, sino un movimiento completo: subir para escuchar, bajar para vivir lo escuchado.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».





«No tentarás al Señor, tu Dios»

Jesús también tuvo su “cuaresma”: cuarenta días de ayuno en el desierto. Al final, siente hambre. Con el estómago vacío, la vulnerabilidad se vuelve terreno propicio para la tentación.

Algo parecido nos pasa a nosotros: cuando llegamos “con el depósito vacío” —cansancio, soledad, preocupaciones— aparecen propuestas fáciles, atajos, promesas espectaculares que no vienen de Dios.

Tentaciones
Las Tentaciones de Cristo  (Tentazione di Cristo) , Sandro Botticelli

I Domingo de Cuaresma (Ciclo A) - Año litúrgico 2025–2026 – Mateo 4, 1-11

Pero el Evangelio de hoy nos recuerda algo muy importante:

después del desierto viene la misión.

La Cuaresma no es una trampa, sino un entrenamiento del corazón para amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Dios es bondadoso con el hombre

Desde la creación, la Biblia nos muestra a un Dios que no se cansa de ser bueno: Toma barro y le da su aliento. Levanta una y otra vez al que cae. Oxigena nuestra mente, da vida, palabra, esperanza, fe. Aunque el ser humano se deje seducir por el mal muchas veces, Dios vuelve a salir a su encuentro.

Las tentaciones en el desierto no son solo una prueba de que Jesús es Hijo de Dios, sino también un mensaje claro para nosotros: el mal sigue intentando invadir corazones y mentes; aunque reces, ayunes, lleves “medallitas” protectoras.

Sabemos que el mal trae dolor, tristeza, angustia… y aun así, nos tienta el camino fácil, el poder, el placer sin límites.

Por eso, esta Cuaresma es una oportunidad para volver a la bondad de Dios y aprender a amarle de verdad.

Amar con el corazón: convertir piedras en pan

Primera tentación: “Di que estas piedras se conviertan en panes”.

En la vida tropezamos con muchas piedras: problemas, límites, fracasos, injusticias. Nos gustaría que todo se convirtiera en pan fácil y rápido. También conocemos a quienes juegan con el hambre de los demás: prometen pan y tiran piedras, usan la necesidad ajena para manipular, ganar votos, enriquecerse.

Cuando el corazón se aleja de Dios, el corazón de carne, hecho para amar, se va endureciendo hasta convertirse en roca para odiar.

Jesús responde con la Palabra: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». No se trata de despreciar el pan. La dignidad del trabajo humano está en ganar el pan con el sudor de la frente, no en conseguirlo a cualquier precio.

Dios está cerca de los que tienen pan y de los que no lo tienen; pero a todos nos recuerda que, sin su Palabra, aunque el plato esté lleno, el corazón puede estar vacío.

En esta Cuaresma, amar a Dios con el corazón significa: No vender el corazón por un “pan” fácil. No endurecerlo en el odio o el resentimiento. Dejarse alimentar cada día por la Palabra de Dios.

Amar con toda el alma: no poner a Dios a prueba

Segunda tentación: “Tírate abajo… porque Dios te va a salvar”.

El mal pierde la vergüenza y se atreve a usar incluso la Escritura para tentar. También hoy se manipula la fe, se citan versículos a conveniencia, se pretende obligar a Dios a actuar según nuestros caprichos.

Tentar a Dios es: Jugar con la gracia, vivir imprudentemente pensando “Dios me perdona igual”, exigir milagros sin querer cambiar nada. Es como dispararse en el pie, como marcarse un autogol espiritual.

El alma es el lugar más íntimo de encuentro con Dios. Cuando uno se acostumbra a ponerlo a prueba, poco a poco se va apagando la paz interior: crecen la angustia, la tristeza, la desconfianza.

Jesús responde con firmeza: «No tentarás al Señor, tu Dios».

Amar a Dios con toda el alma significa: Confiar en Él sin manipularlo. Obedecer su Palabra, aunque vaya contra nuestros cálculos.

No usar a Dios como “seguro espiritual” para justificar decisiones irresponsables.

Amar con todas las fuerzas: el Reino de Dios vs. el reino del mal

Tercera tentación: todos los reinos del mundo a cambio de una sola cosa: postrarse ante el tentador.

Basta mirar las noticias para ver cuántos “reinos” han perdido el sentido de humanidad: corrupción, violencia, vidas descartadas, dinero por encima de la dignidad de las personas.

Ahí surge la pregunta: ¿estos son los reinos del mal?

¿Dónde queda aquello de: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto»?

Los reinos del mal quieren: Dominar, tener a todos postrados,

comprar conciencias con beneficios, privilegios, silencios. El diablo, soberbio, no reconoce que es una creatura caída; incapaz de examinarse, de arrepentirse, de cambiar.

Y, sin embargo, encuentra servidores dispuestos a darle culto: los que lo sacrifican todo por poder, dinero o prestigio.

Jesús corta en seco: «Vete, Satanás».

Amar a Dios con todas las fuerzas significa: No arrodillarse ante ídolos de poder, éxito o dinero. No vender la conciencia por un “beneficio”. Poner nuestras energías en construir el Reino de Dios, un Reino de justicia, verdad y paz.

Para vivir esta Cuaresma

Te propongo tres preguntas para la oración personal:

Con el corazón:

¿Qué “piedras” de mi vida quiero que Jesús transforme en pan de confianza, esperanza y reconciliación?

Con el alma:

¿En qué momentos he querido “probar” a Dios en lugar de confiar en Él?

Con las fuerzas:

¿A qué “reino” estoy sirviendo de verdad con mis decisiones, mi trabajo, mi modo de usar el dinero y el tiempo?

Pidamos al Señor, en este primer domingo de Cuaresma,

la gracia de amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas, para no dejarnos seducir por las voces del tentador y preparar el corazón para la alegría de la Pascua.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
javierabantosilva@gmail.com

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