¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”
Dios no actúa según nuestros cálculos de mérito, competencia o comparación, sino desde la sobreabundancia de su generosidad y misericordia. La parábola de los obreros de la viña no pretende ofrecer una teoría económica sobre los salarios, sino revelar la verdadera naturaleza del Reino de Dios: un don gratuito que supera toda lógica humana.
Pintura de la parábola, de Patrick Paearz de Wet , mediados del siglo XVII
XXV Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 20, 1-16
El lenguaje espiritual del Evangelio
Para comprender el escándalo de esta parábola, es necesario mirar los símbolos que Jesús utiliza:
- La viña del Señor: Es el Pueblo de Dios, el espacio cotidiano de la misión y la evangelización. La viña (el mundo), a través de la Vid (Cristo) y por medio de los sarmientos (nosotros, los creyentes), está llamada a dar fruto abundante y a edificar el Reino aquí y ahora.
- El dueño de la viña: Representa a Dios, que conoce la fragilidad de su terreno y sale constantemente al encuentro de los suyos. No se cansa de buscar trabajadores, no porque necesite mano de obra, sino porque no quiere a nadie de pie en la plaza, sumido en la ociosidad o el desánimo.
- El salario desacostumbrado: Al pagar a todos la misma moneda —un denario, lo necesario para sostener la vida de ese día—, Dios rompe la lógica del rendimiento. La diferencia de horas trabajadas no genera desigualdad en la salvación. Dios no mide el tiempo con monedas, sino con la mirada del corazón.
El conflicto surge cuando pretendemos que Dios se ajuste a nuestros criterios de «estricta justicia», una justicia que en el fondo resulta fría y calculadora. Nos apegamos al reclamo porque nos cuesta aceptar que la generosidad divina alcance también a quien llegó a última hora.
Del conflicto a la madurez de la fe
Todos conocemos la sensación humana de trabajar duro y sentir que no se nos reconoce como merecemos. Por eso comprendemos la molestia de los obreros de la primera hora. Sin embargo, la paradoja del Evangelio nos invita a una conversión profunda:
- Dios no es injusto, es desbordante: A los primeros les da lo pactado; a los últimos, lo que necesitan para vivir.
- El peligro de la comparación: Compararnos convierte la bendición ajena en motivo de tristeza personal. La envidia no nace de haber perdido algo, sino del malestar de ver que el otro ha recibido un bien.
- Aprender a alegrarnos: El verdadero crecimiento espiritual consiste en abandonar la contabilidad del mérito para celebrar la conversión, la oportunidad y la dicha del hermano.
«¿O es que vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
La tentación de fabricar un Dios a nuestra medida
A menudo invertimos la decisión de la Creación: en lugar de dejar que Dios nos transforme a su imagen y semejanza, intentamos moldear a Dios a la medida de nuestras ideas, intereses y prejuicios. Proyectamos en Él nuestras pequeñeces, atribuyéndole dinámicas de exclusión o contabilidad.
Pero la perspectiva de Dios es más alta. Desde arriba, Él contempla a la humanidad con una mirada más amplia y compasiva. Mudar el pensamiento para «tener la mente de Cristo» implica reconocer que nunca es tarde para reajustar el rumbo. Aunque sintamos que hemos malgastado el tiempo, Dios no se cansa de llamar, esperar y restaurar nuestra dignidad.
Un plus de gracia: «Nadie nos ha contratado»
Aquellos que permanecían en la plaza a la cinco de la tarde no eran perezosos; simplemente nadie les había dado una oportunidad. Eran los olvidados, los invisibles del sistema.
Esta realidad interpela hoy a la comunidad creyente: ¿A quiénes estamos dejando fuera de la viña del Señor? Hay muchas personas solas, desanimadas o heridas esperando escuchar esa voz redentora: «Id también vosotros a mi viña».
La salvación no es un salario que se exige por antigüedad o esfuerzo, sino un regalo que se acoge con gratitud. Trabajar en la viña desde la mañana o desde el atardecer es, en sí mismo, el mayor privilegio: la oportunidad de colaborar con el Amor.
Oración: Generosidad y justicia
Señor,
tú no das según nuestros méritos,
sino según la abundancia de tu corazón.
Tu amor alcanza a todos,
tu misericordia no excluye a nadie
y tu bondad siempre nos ofrece una nueva oportunidad.
Gracias porque nos llamas a tu viña,
no para medir cuánto merecemos,
sino para hacernos partícipes de tu alegría.
Enséñanos a dejar atrás la envidia,
la comparación y el resentimiento,
y a alegrarnos porque tu amor es para todos.
Haznos generosos como tú:
capaces de dar sin calcular,
de perdonar sin llevar cuentas
y de amar sin poner condiciones.
Que nunca olvidemos, Señor,
que todo lo que somos y tenemos
es don de tu infinita misericordia.
Amén.



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