La alegría





Sus pasos y sus formas de caminar son tan conocidos que todavía me siento el niño que los espera con ansias de saborear un chocolate o escuchar las últimas anécdotas. Con prisa aparecen por la esquina de la iglesia, no sé si darles el encuentro o esperarles, ella me mira, se ríe, camina rápido, le dice a él que se apure, él sonríe, corren, nos abrazamos, él quiere abrir la puerta, no encuentra la llave, ella logra abrirla y lo primero que pregunta es si he comido.

Ella siempre me muestra su amor y alegría preocupándose por darme de comer. El fogón milagroso no admite que la sopa esté fría. Él pregunta por mi salud mientras expone el pan, el queso y las paltas (aguacates). Ella, saca como un tesoro escondido una presa de carne que es imposible negarse al olor y sabor típico de casa, sin querer me han trasladado a los años de mi infancia.

Aquella noche faltó algo, alguien, no sé qué… pero faltó. Me divertí, comprendí que los años son los que nos quedan. Sentí el abrazo sincero y familiar. Los amigos y amigas expresaban su alegría, algunos se preparaban con una copa para decir salud, no importaba si es aguardiente, chicha, vino o whisky, lo importante es la alegría de celebrar la vida, la esperanza, el amor.

Ella no quiere hablar, no es necesario, ya ha demostrado que me ama, todo lo que ha preparado es su mejor discurso. Él toma la copa de vino, da gracias a la Inmaculada Concepción y resalta la suerte de tener un hijo, pide perdón por los errores y desea éxitos. La mesa amplia es amenizada por las ocurrencias de los niños.

Siempre esperamos estos momentos, los anhelamos, nos preparamos, procuramos coincidir, compartir, unir fuerzas, limar asperezas, mirar el futuro, estar seguros del otro, tener fe, confianza. ¿Qué sería de una familia que no espera a sus hijos? ¿Qué sería de nosotros si no esperamos al que trae las buenas noticias? ¿Qué sería de nosotros si no expresamos la alegría?

DOCUMENTO DE APARECIDA

“En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo”. (Documento De Aparecida nº 28).
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