XVII Domingo del Tiempo Ordinario (25-7-2010)

¡Cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!

"¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo?"

He visto a papá y mamá enternecerse con las escasas palabras de su nieta, celebran cuando la bebe es una especialista en lenguaje corporal y señala con su dedo lo que quiere, hace un “berrinche” si intentan cambiarle de tema, llora si no complacen su pedido.

La niña suele lograr lo que pide, su papá se encarga de enseñarle a decir “gracias”, ella no habla correctamente, pero sonríe y hasta regala un besito. Su mamá le va explicando que algunos pedidos son peligrosos, que le puede hacer daño a su todavía débil estómago.

La bebé ha logrado su pedido y no pasará mucho tiempo para expresar más peticiones. Su papá y mamá no cuentan sus peticiones, solamente celebran y buscan educar esta capacidad.

Los brazos que la cargan, las manos que la sujetan para caminar juntos y a su ritmo están llenos de ternura, vigilantes y estimuladores. Aunque la bebe da pasos inseguros va confiando más en quien la sostiene.

Los tíos y las tías nos emocionamos cuando hablamos de los sobrinos, pero si de “pedigüeños” se trata, lo hacemos todos y cada día, nos comportamos como la bebé, confiamos y estamos seguros en las manos y la voluntad de un Padre generoso y amoroso.

Es importante expresar lo que queremos, insistir en nuestras peticiones y también dar gracias. En nuestras oraciones al pedir a Dios muchas cosas expresamos que necesitamos de él y nos abrimos a procurar el pan y la Palabra para la familia humana.

Somos una expresión del amor de nuestros padres; somos también, en el diario vivir, una expresión del amor y comunicación con nuestro Padre.

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