Natividad del Señor: Carta a mamá y papá

Adoración de los Pastores. Autor anónimo. Museo del Prado.

Natividad del Señor

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)


Carta a mis padres por Navidad
 Homilía y Reflexión, 


Ciudad Eterna, 24 de diciembre de 2019

Queridos: mamá y papá,

Algunas veces estuvieron vigilantes y nerviosos. Un niño o una niña nacía. Con frecuencia cada parto es un momento decisivo para la vida de la madre o del bebé. Ustedes tampoco dejaron de ser forasteros en su propia tierra porque también migraron buscando seguramente algo que les haga felices. Entonces, comprenderán, somos peregrinos del sentido de la vida, forasteros, migrantes. Si recuerdan cada nacimiento de sus hijos, van a tener diversas anécdotas para contar a los nietos.

Faltando horas para el nacimiento, recordarás mamá, la sensibilidad emocional sube, aumentan tus dolores, en una cama del hospital o de la casa. Por ello, cada palabra puede ser muy dolorosa. Imaginen cómo se sienten, mamá y papá, si encuentran actitudes como: les tiran la puerta en la cara, les miran como sospechosos, no tiene seguro social, no les atienden porque son pobres,… Así, aumenta el dolor. Y aunque los dolores se incrementan, la vida se revela, te sorprende: en una fiesta, en la cocina, en la frontera, pastoreando las ovejas,… Pero, sorprende más el dolor cuando no hay sitio para nacer.

Al nacer, paradójicamente, el llanto es signo de buena salud. Y así, sus hijos nacimos llorando, hemos crecido, dibujándoles sonrisas, sorpresas y más llantos. En este sentido, los padres nacen de nuevo y van acunando el sitio para vivir, para defender una familia. Por eso, son irremplazables y también un signo indeleble en los corazones de sus hijos, en sus recuerdos, en sus esperanzas.

Cada llanto se disipa con la confianza. Esa fe y esperanza en procurar que los hijos “sean”, no que “tengan”. Y si destapan el baúl de los recuerdos todavía quedan esperanzas. En aquella casa, echa por todos, con sudor y lágrimas, sus hijos éramos afortunados.

Éramos felices en Navidad y no necesariamente teníamos regalos. Bailábamos los villancicos, se sentía la fiesta, esperábamos averiguar cómo nace Jesús durante la ‘noche buena’. Comíamos juntos en la mesa, con gusto y hasta saciarnos, no siempre el mejor jamón ni el pavo horneado, pero había hueso para el caldo. Girábamos en torno a un pesebre construido por el pueblo en la iglesia, caminábamos kilómetros, victoriosos traíamos arbustos poco comunes. El pesebre tenía árboles, riachuelo, aves, el gallo era infaltable, y los ángeles estaban siempre en el cielo. Construíamos la casa común e ideal. Y lo bueno de ésto, no necesitábamos pedir permiso para pasar horas de creatividad e imaginando cómo era el pueblo de Jesús y cómo sería si va nacer en nuestra tierra.

Entonces, queridos, mamá y Papá, éramos ricos porque no necesitábamos tanto. La buena voluntad era más valiosa que 30 monedas.

Por ello, en esta navidad nos extrañamos a fondo. Y aunque nuestras oraciones y mejores deseos fluyan y crucen fronteras, seguimos juntos, “vivitos”, y hoy deseamos que la mamá siga “dándonos a luz” (sin dolor) y el papá “la fortaleza de su amor” (sin miedos).

“No tengan miedo”, ya no les escondemos las cosas, ni nos buscan en el río ni en el campo de fulbito. Hemos entrenado para seguir aprendiendo a jugar la vida, a esquivar los zapatazos y a no ahogarnos en las pozas. Ah, también seguimos siendo los mismos hijos: dormimos hasta tarde, no siempre respondemos con asertividad, estamos trabajando en la paciencia, y un gesto de amor suyo siempre nos alegra el día.

Seguimos felices de tener unos padres que cada día oran por nosotros, sigan dándonos luz, conviértannos en luz, en estrella guía para los demás. Cada uno de nosotros necesitamos de sanar esas heridas que enfriaron los corazones y no hicieron un hogar para que la Virgen María “diera a luz” a Jesús. Y, nuestras oraciones con mayor fuerza, para que la maldad de Herodes no haga sufrir a José con aquellas amenazas de muerte. Para que nunca hagamos sufrir a los demás con los delirios de persecución de poder, de la injusticia y las malas intenciones.

“Gloria a Dios en el cielo y hoy en la tierra paz a todas las madres y padres de buena voluntad”.

Feliz de haber nacido. Felices ustedes que hicieron posible la vida.

Felices de celebrar el nacimiento de Jesús, sin él la vida sólo sería un sin sentido.
     
Te amo mamá
Te amo papá
                             De corazón,

¿Tu niño? no, ya muy grande, mejor: ¡Tu hijo!

    Homilía y Reflexión, 
https://andina.pe/agencia/noticia-nacimientos-inspirados-culturas-regionales-peruanas-se-ofrecen-feria-artesanal-536441.aspx

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 1-14

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio.
Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad.
También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.
En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.
El ángel les dijo:
«No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

Homilía y Reflexión, 
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