Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Ciclo C


(Lucas 18, 1-8).  17 de octubre de 2010
“(...) orar siempre sin desanimarse”

Por las alturas de mi pueblo hay quebradas que tienen arroyos de agua permanente, las piedras han tomado la forma de platos  ubicados como dispuestos para recibir el agua. Pero, la naturaleza ha hecho que las gotas de agua vayan  labrando las rocas. 

Hace unos meses me empeñe en cultivar el jardín, compré las mejores semillas de flores, cultivé la tierra, la aboné, la regué y la ubiqué en un lugar apto para un almácigo, los 15 días de germinación parecían una eternidad. Buscaba alguna señal de vida por varios días y  no germinaban las flores. Un día, alguien no se percató de mi esperanza escondida y echó hojas y cartones encima.

El almácigo se arruinó, a los pocos días tiramos la tierra. Días después, olvidado el asunto me percaté de unas hojas verdes que se arrastraban y cobijaban 3 sandillas. Sigo empeñado en el jardín, con el poco tiempo sembré geranios, parece que demoran mucho tiempo en florecer.

Otra experiencia que puede servir para graficar el sentido la oración perseverante es un estudiante de música. Leer música no permite saltearse etapas, la genialidad está en tener la paciencia para interpretar cada nota con su sonido y compas adecuados. La escala de notas musicales se ensayan muchas veces hasta lograr un sonido natural y luego armonioso.

El agricultor que apura a sus productos corre el riesgo de perderlos, el músico que deja de ensayar no desarrollará sus dones naturales. La paciencia y la perseverancia son dos aliadas inseparables.
Al final, la paciencia y la perseverancia grafican nuestra forma de ser. Impacientes y volubles, desesperados y relativistas. Sin duda, parece que vivimos en un mundo de desesperados porque se ven pocas obras que tengan como valor la paciencia.

Un ejemplo bello nos expone Jesús, la viuda perseverante hasta lograr que un juez “sordo” le haga  justicia. Hoy que la injusticia no llega sólo con indiferencia sino también con violencia física y psicológica Jesús nos aconseja que la justicia siempre triunfa.

Hay que orar a Dios siempre, con las palabras y el cuerpo, levantando los brazos, sin bajarlos. Para orar necesitamos alma, corazón y vida.
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