Enviado, vocación, profetas

Domingo XV del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 6, 7-13) 15 de julio de 2012


“Les ordenó que no llevaran nada para el camino”

Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:

–Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país.

Respondió Amós:

–No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó
de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Hoy hacía una siesta rápida, de esas que pide el cuerpo después de una jornada de E-mails, facebook, blogg, twiter, lectura del la prensa desinformada, entrevistas, celebraciones, proyectos, programaciones, estudiar, llamar, pedir favores, reír, escuchar y opinar,… en fin, planchar, lavar ropa, limpiar la casa,… y trabajar, trabajar.
Un poco animado con el comportamiento y las palabras del profeta Amos. Él se encarga de poner en claro que no es un ocioso y menos que necesite vivir de algo que no sea la ganadería y de la cosecha de higos. Esto es verdad, los profetas que deben anunciar y denunciar las injusticias no tienen que estar motivados por quién les paga, sino vivir de su trabajo, de sus propios esfuerzos y, si les queda tiempo… hacer algo más, como el apóstol San Pablo que construía carpas.
Amos, nos recuerda que ha sido llamado, ha sabido escuchar la voz de Dios, en medio de los árboles y su ganado. De manera inconsciente he descrito algunas de mis actividades y no he señalado la ORACIÓN. Amos no escogió, no fue un acto de voluntarismo, tampoco una elección democrática,… fue porque a Dios le dio la gana, dicho mejor, a Dios le cayó bien, fue grato,… Servir a Dios no depende de lo que el discípulo quiere, menos de lo que los demás quisieran, Dios lo quiere así y le acepta, paradójicamente, con todos sus dones y desgracias, santo y pecador… es una buena noticia: Dios me ama.
Si Amos se encarga de aclarar es porque habían aquellos profetas que se consideraban llamados y decían sus “profecías a la carta”, no trabajaban y esperaban que alguien les mantenga, hablaban para caer bien, adulaban y alababan de acuerdo al gobernante. Se encargaban de avalar la corrupción y los abusos de los gobernantes. Al pueblo lo miraban como miserables desquiciados e ignorantes. Qué pena, si algún seguidor de Jesucristo dice palabritas dulces e interesadas. ¿Dónde está la opción preferencial con los humildes?
Decir la verdad les costó la desautorización, la difamación, el destierro, la cárcel, la muerte,… Juan Bautista y el mismo Jesucristo no escaparon. Si eso es así, la verdad de Jesucristo se expresa y se sigue expresando. Depende de valientes que no se acobarden, no se dejen romper la pluma, no se escondan ante la censura, no se avergüencen ante la difamación.
Pero el valiente es también muy humilde. Cuando habla lo hace según Dios, bajo la verdad, lo que edifica, buscando la justicia y la paz, con prudencia, se comunica plenamente con Dios. No dice su ideología. Sabe que las palabras grandes se dice con humildad.
La Palabra de Dios trasciende y es transversal en la vida. Ningún seguidor puede decir su palabra por sobre la de Dios. Y aquí sí me refiero a los sacerdotes encargados de compartir su experiencia de Dios en la homilía.
La homilía no es un discurso bonito, no es un llamado a la conciencia, no es un sermón, no es una catequesis, no es una cátedra, no es el espacio para arengar, no es para darle un mensaje indirecto al gobernante o a la viejita terca. ¿Qué es? Hace ya varios años inicié una investigación, está sin terminar, pero sólo puedo decir que es: la homilía es un acto de comunicación auténtica: la auténtica comunicación con Dios, con su Palabra, con la propia vida, con la experiencia, con los participantes de la asamblea. Si gusta profundizar, haga click.

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