Conversión, vida con sentido

Tercer Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 13, 1-9) 3 de marzo de 2013
 
 
“Señor, déjala todavía este año...”
 
Hoy el mensaje central es la conversión. Este acto se entiende como el regreso a Dios, replantearse la vida y pensar cómo mejorarla, cómo estar con la conciencia tranquila, en paz con Dios, en paz con uno mismo. Sólo el amor, el de Dios y el humano, son sanadores de nuestras heridas.
¿Pero por qué convertirse? ¿Esta acción todavía es viable en la vida de las personas? ¿Cómo es que esta palabra apunta directamente a nuestros actos terrenales y en una realidad celestial?.
La ventaja es no ser como la higuera seca, sin fruto, casi despreciable, que debe ser cortada. Otra imagen es la vida sosa, sin sabor, sin sentido y de mal gusto, es como el bocado que provoca vomitarle. Se presenta a la zarza ardiendo y a la higuera seca, ambas plantas llamadas a la fertilidad, para servir como linderos, donde reposan los pájaros, sus frutos son dulces. A los judíos les revuelve el hígado porque hablar de la higuera es hablar de los profetas a quienes han tratado muy mal. La zarza sirve para ir preparando el camino del gran profeta Moisés. 40 años en el desierto, 40 días en oración, y hoy un año más, la oportunidad está en la oferta por la gracias de Dios.
Para ver la importancia de la conversión hay que preguntarse por las consecuencias, el más allá de la muerte. Es decir, la muerte nos va llegar, no se escapa nadie, el meollo del asunto está en qué se espera después de ella y ésta pregunta sigue actual en la vida, aunque se nieguen plantearla pero seguirá llamando desde lo más profundo de las personas. La muerte es relativa, la vida eterna es divina y se construye desde la vida terrena.
Lo lindo del encuentro de Dios con Moisés es que no cae en la trampita de las ideologías que quieren dominar a Dios y denominarlo. Dios, le hace recordar su historia, “yo soy el Dios de tus padres”; mejor dicho, Dios le dice algo así como ‘conoces lo que hago y mi nombre lo pongo yo, no tú’, no es el que oprime sino el que oye el clamor de los humildes, se ha fijado en sus sufrimientos y quiere liberarlos, además de darles una tierra libre donde hay leche y miel. Es decir, la conversión es un regalo de Dios y el hombre con mucha humildad debe orar para identificarla en su vida.
La conversión también  pareciera que pasa por no tener a Dios como un amuleto para vivir más o tener más suerte; la cruda palabra es que sirve para estar disponibles a morir cuando él quiera y confiar mucho en su promesa de la vida eterna. A Jesús le plantean algunos accidentes que trajo como consecuencia la muerte de muchas personas, pero Jesús aprovecha para plantear mejor la pregunta: –¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y si no se convierten, todos perecerán lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no. Y si no se convierten, todos perecerán de la misma manera” (Lc 13, 1-9). Por ello, si se choca la combi y te salvas Dios todavía no te llama, no significa que los que murieron son pecadores o peores que tú, sería mejor orar para que la muerte les encuentre preparados o nos encuentre preparados para más allá de la muerte.
No le eches la culpa a Dios de los accidentes humanos, tampoco de la crueldad de Poncio Pilato. El pueblo judío entendió que las infidelidades, tarde o temprano, se pagan con creces y el único que puede salvar es el amor de Dios, el que se vive. Es decir, ¿Cuánto amas? Eso vivirás.
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