Resuelve el laberinto



“Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado”
Domingo XIX del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 41-51) – 12 de agosto de 2018


La avellana(cohete) salió disparada sin rumbo, simplemente no tenía el madero que le da dirección; qué curiosa y riesgosa maniobra infantil. Esta experiencia la trasladas a la vida y brota la pregunta: ¿Te falta el madero, algo o alguien que te dé la dirección? En fin, uno estalla de cualquier manera y a veces sin importar la dirección.

Escucho conversaciones, cada uno con su música, alcanzo descifrar “algo”, trato de fijar mi sentido auditivo, agudizo la atención, consulto en el traductor alguna palabra, por el contexto creo adivinar las risas, pero no; no entiendo. Esto no puede quedar así. ¿Estaré sordo? ¿será verdad que tengo problemas en el tímpano? Sólo escucho zumbidos, hablan muy rápido. 

Van varios meses de este proceso de aprendizaje, del idioma, del lenguaje de la vida. A veces pienso que soy un zombi en una realidad virtual, convertido en un mero espectador de una realidad lejana y a la vez propia, es un mundo a superar y nos reta: aprender a aprender. Si hay un test que mida el avance, me siento congelado. Sólo suena hondamente: “por algo será”, “ya aflorará”.

Vale la pena superar el frío. Salir de la cueva platónica. Recordarás al personaje de TV, “Jaime Palillo” en Carrusel de Niños: “me hierve la cabeza”. ¿Hay alguien que puede darme luces? Sí, siempre lo hay. No pierdo la esperanza.

Estar perdido, en búsqueda, en camino, … no es suficiente el GPS. Entre la competencia y la cordialidad; entre la individual y comunitario. ¡Se necesita más! Siempre presente la necesidad de más, del saber más, del más sentido, del más allá.

¿Sigo buscando o me dejo encontrar?  “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado” (Jesúcristo)
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