TO 20 B. ¡Entrega de pan, vivir para siempre!

El molinero diligente

 Domingo XX del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 51-58) – 19 de agosto de 2018
Homilía y Reflexión

“Seguro que el ‘duende’ está debajo de la piedra redonda del molino y sale por las noches…” Así pues, parlaban las historias que ‘dicen más de lo que cuentan’. (En mi pueblo, existía otro molino, de don Napo).

En el molino, el olor que vertía era como a pan caliente, el ruido suave del agua al golpear la piedra para girarla no pasaba desapercibido. La expectativa por ver al ‘duende’ fijaba los oídos en cada grano que caía de la tolva a la gran piedra moledora.

“Don Manuel ya nos falta el ‘sango’” Era una forma de solicitar el servicio del molino. Esa pequeña casa, construida con piedra y barro, sobre un canal de agua, con techo de teja, con vigas fuertes, … encerraba un misterio.

Un misterio que debemos desentrañar o intentar una explicación. El interior del molino estaba muy acondicionado. Las personas llegaban con sus sacos de grano tostado, escogido y limpio. Muchos cansados por el largo camino o el peso sobre sus hombros o sobre el lomo del caballo, reposaban en el alar del molino. El molinero estaba alerta para abrir la puerta; al cruzar el umbral de la puerta estaba la ‘romana’, una balanza atada a poleas con pesas desafiantes para equilibrar con los sacos y marcar una medida exacta, al recibir y entregar. 

¿Cómo funcionaba? El molinero echaba el grano, se valía de reguladores, uno en la tolva de madera para abastecer el grano, y otro en el eje de la gran piedra para el espesor de la harina. La harina caía en la tinaja circular de madera cuidadosamente pulida.

De esta manera, el molinero cuidaba la satisfacción del cliente, la magia de la piedra se ligaba a su diligencia. Cada cliente mezclaba los granos de cebada, trigo, maíz, linaza, habas, centeno, etc. Diligencia, porque al molinero no se le ocurriría dejar caer tierra o piedras en la harina, tampoco la presencia de roedores, menos de algún tipo de humedad pese a su instalación sobre un canal de agua.

El molino de piedra ahorraba fuerzas, dinero y no contaminaba. Ya el proceso era largo desde sembrar, cosechar, escoger el grano y tostar. Moler requería una fuerza superior para darle el espesor a la harina para consumo directo o para amasar el pan. Así, los cereales llegaban a la mesa con el toque del gusto y pasando por el harnero de mamá.

El duende eran la historia misteriosa del respeto por el molino. El misterio de todo lo relacionado al alimento, al pan. Si a algún travieso se le ocurre cerrar la tranquera del agua o trabar la piedra muchas familias tardarían en recibir la harina para su mesa.

El pan de vida llegaba gracias a la generosidad de Dios por la buena cosecha, de los padres por el buen trabajo y de la madre por acariciar a sus hijos con el pan en la mesa. Es decir, el pan en la mesa es más que comida, es la entrega generosa para fortalecer la vida.

¿Qué calidad de harina molemos? ¿Cuán diligentes somos al preparar y entregar?

Y es que la entrega tiene sudor y lágrimas,“Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él; de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí”.
Homilía y Reflexión

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Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 51-58


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
–Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí:
–¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
–Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
Homilía y Reflexión
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