¿Quién eres tú? (Mc 8,27-35)

¿Quién eres tú?
Domingo XXIV del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 8, 27-35) – 16 de septiembre de 2018

Quisiera comenzar preguntando ¿Quién es Dios para ti? Pero seguro necesitamos responderlo auténticamente en la vida y no será tan fácil, sin Dios: ¿Quién eres tú? Dios, hombre, hombre Dios, hombre para Dios?... piénsalo!.

“Yo soy” puede ser una expresión del sentir profundo de cada persona. “Yo” lo tengo, y “tú” también, en mayor o menor dócis; es parte de nuestro niño interior que es el centro y el dueño de todo.
Las conversaciones con los niños son encantadoras porque te llenan de esperanza con su “yo soy…”. Sus palabras inocentes aún no experimentan el pan duro de la vida. En esta línea, las conversaciones con alguien clínicamente egocéntrico no llegan a acuerdos comunes, salvo que sea una necesidad desmedida o manipuladora del psicológicamente niño que tienes como interlocutor(a).

Es frecuente que un interlocutor egocéntrico nunca necesite de nadie, porque él es quien todo lo sabe, lo ha inventado, lo ha experimentado, todo tiene inicio y fin en él; incluso la solución de sus problemas. Difícilmente, podrás tener a un egocéntrico que te escuche todo tu problema, él toma decisiones “asertivas” (por ti) apenas escucha tus primeras palabras. Estas decisiones manipuladoras rondan siempre en la voluntad del egocéntrico.

Pedro, el pescador, experimentado en la vida, abandonó su barca atraído por las palabras de vida que proclamaba el joven Nazareno. El pescador espontaneo y entusiasmado necesita todavía conocer mejor el camino con Jesús. Estaba en la nube al tener la respuesta exacta a la pregunta de Jesús: “¿Quién soy yo?”. 

En esa escena puedes identificar a Pedro, tan reconocido, su ego le estimuló a increpar al mismo Jesús. Lo lleva a un lado pero Jesús le regresa al escenario y lo desinfla delante de todos. “¡Quítate de mi vista, Satanás ! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”

¿Cómo pensamos los hombres? En este mismo instante queremos ser competentes, exitosos, buenos, felices, algunos santos,… Es difícil que encuentres una educación que no fomente la competencia, la identificación con la camiseta, que no premie al mejor,… El abrazo cotidiano con los niños va muchas veces acompañado de la palabra “campeón”, “princesa”, etc. Acompañado de clichés que ni nosotros los creemos.

 Tácitamente, muchos son los perdedores, las que no son princesas, se construye un camino adverso, distante, aislado. Algo que un niño no entenderá porque le gusta jugar con sus compañeros de salón. Tenemos actitudes antinaturales, rompemos la comunicación auténtica, lo pensamos lógico a lo que frustra.

La propuesta es desarrollar la capacidad de vivir en un mundo no solitario, donde tu felicidad es el servicio al mundo, desde lo que eres. Esa capacidad es la de regalar la vida a favor de los demás. Esta actitud a lo largo de los siglos ha sido reconocida. Imagina si esa actitud fuera la principal de tu gobernante, de tus maestros, de tus padres.

Agrego el texto, porque el diálogo en torno a la pregunta ¿Quién soy yo? Es más edificante leerlo directamente:

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos:
–¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron:
–Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas. Él les preguntó:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro le contesto:
–Tú eres el Mesías.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos:
–El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro:
–¡Quítate de mi vista, Satanás ! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!
Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo:
–El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.
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