“ Rema mar adentro y echa las redes para pescar ”


Reflexión/ homilía

“Dejando redes”
Quinto Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 5, 1-11) 10 de febrero de 2019


Estás en la barca de tu vida, estas remando mar adentro, lanzando tus redes. La barca es timoneada totalmente por ti. También intervienen algunas personas que lanzan esas redes. 

Tú y los demás son personas lanzando sus redes en el profundo mar, llenas de esperanza. No es para poco, esas redes cuando pescan llevan el pan a sus familias.

Tú y tus compañeros de jornada conocen esas redes, las confeccionan, las remiendan, las limpian y tratan de que siempre estén operativas. El “plan redes” en sus vidas les concentra en largas conversaciones referidas al profundo mar. Cada nudo es fruto de la experiencia. Ustedes están seguros de que nadie sabe más de redes. Incluso, entre ustedes se clasifican entre los experimentados y los novatos.

Saben burlar y enfrentar las tormentas. Conocen los signos climáticos y los horarios para remar o no mar a dentro. La fortaleza de sus músculos direcciona la barca. Son casi “unos lobos marinos” conocedores de aquellos secretos de alta mar, esperan en silencio, alertas a las sorpresas, revisan el comportamiento de las redes y las aguas, … hasta que, por fin, el momento de la verdad, el resultado de la pesca.

Allí está el quiebre, la decepción, la desesperanza, la tristeza. En esta barca de la vida, lanzas tus redes. La red de proyectos profesionales, la red de tus sentimientos, la del amor, la de tu trabajo, aquella de tus amigos, alguna de tus relaciones, … Eres quien maneja ese timón al libre albedrío. Sin embargo, al sol del nuevo día, tienes las redes vacías, solo te detienes a querer limpiar la basura que te enreda.

¿Qué ha pasado? Las redes están vacías. Te sientas en la playa y recorres la historia de aquellas noches, días en que lanzaste tus redes. No te explicas cómo tu experiencia no te convirtió en el mejor pescador. Rastreas cada huella de tu historia cual investigador buscando explicaciones.
Y en ese momento. Aparece una voz que te dice: “Lleva la barca a la parte honda del lago, y echen allí sus redes para pescar”. Y tú, respondes: “hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, ya que tú lo mandas, voy a echar las redes”.

En esa tribuna, lejos de la multitud, revisas tus redes, la historia de tu barca. Y descubres una historia sin Dios. Te dispones a seguir contradiciendo. Pero hay una intuición que te lleva a obedecer a esas palabras de Jesús. Seguramente pensado que Jesús sabrá de carpintería, pero no de pesca.
También descubres a un Dios creador que con generosidad te da el mar y sus peces, él domina las tempestades. “cómo no me di cuenta”.
Ahora, debes seguir bregando para construir un mundo distinto.
El resultado final, quizá no sea lanzar redes y tener pesca abundante. Sería el camino del fracaso a la abundancia. Y todos los acaudalados no necesariamente son felices. Renunciaron a lanzar redes, para ir con el mejor capitán. Más que pesca abundante, generosidad de vida. Ya no les interesa timonear la barca, sino timonear su propia vida. La vida es más que comer pescado. Ya no alimentarán con pescado sino con palabras que encaminan la vida.


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
–Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó:
–Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón:
–No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
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