"Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla"
Hay encuentros que desarman fronteras. Jesús y la mujer samaritana se encuentran en un lugar cargado de historia: un pozo, símbolo de identidad y de memoria. Allí donde la costumbre decía “no hablar”, nace un diálogo. Y en ese diálogo se revela algo decisivo: incluso con quienes han sido considerados enemigos tradicionales es posible abrir un camino nuevo, si hay verdad, si hay escucha, si hay deseo de vida.
Jesús y la Samaritana - Barroco: Cristo y la Mujer Samaritana por Matteo Rosselli, c. 1620. Museo de Historia del Arte, Viena
III Domingo de Cuaresma. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) - Juan 4, 5-42
Samaritanos y judíos cargaban siglos de distancia. Sin embargo, Jesús no elige la ruta que evita Samaría. Pasa por allí. Se sienta. Espera. Y pide. No para imponerse, sino para comenzar desde la necesidad común: la sed.
“Dame de beber”… o aprendamos a darnos de beber
El pozo de Jacob cobra sentido cuando aparece un sediento. Jesús, cansado del camino hacia Galilea, llega “deshidratado” y se coloca a la altura de la fragilidad humana. Y desde esa debilidad pide agua. El impacto del relato está en esto: dos personas educadas para no tratarse, se hablan; dos mundos que se evitaban, se escuchan; dos historias heridas, se tocan sin violencia.
La petición de Jesús abre una dinámica sorprendente: Él pide para poder dar. Pide un agua que calma la sed del cuerpo, para ofrecer el agua que calma la sed del alma. Y mientras habla de “agua viva” y de vida eterna, no desprecia las necesidades concretas. El Evangelio no separa lo humano de lo divino: la gracia no elimina la condición humana, la transfigura.
Por eso el agua viva no es un discurso “espiritualista” que ignora la tierra. Al contrario: el ser humano sigue necesitando ser hidratado por vínculos, por valores, por tradiciones sanas, por palabras que construyen. Y cuando esas fuentes se contaminan, la sed vuelve con más fuerza.
Un judío que no representa la cerrazón del judaísmo
La samaritana habla con franqueza. Su amabilidad no disimula la herida cultural: “¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí?” Es una pregunta que lleva dentro siglos de desprecio. Pero Jesús —sin negar su identidad— no encarna el prejuicio. No representa la religiosidad cerrada. No alimenta la división. No “gana” la discusión: la atraviesa con una verdad mayor.
Jesús cambia el enfoque: el problema no es quién tiene más razón histórica, sino quién deja espacio al Espíritu. Frente al choque de identidades, propone una fuente nueva: un Dios que no pertenece a un grupo, sino que se ofrece a todos.
En el pozo profundo, el agua estancada se vuelve imagen: religiones y comunidades pueden terminar bebiendo de aguas poco saludables—mezcladas con prejuicios, resentimientos y heridas del pasado—incapaces de saciar la sed auténtica. Y cuando el corazón está turbio, también lo está la palabra: se habla para herir, se escucha para responder, se discute para excluir.
Un culto “en espíritu y en verdad”
Jesús conduce el diálogo al centro: el culto. No se trata solo de un lugar (Garizín o Jerusalén), sino de una manera de relacionarse con Dios. El culto verdadero no es geografía: es vida.
“En espíritu y en verdad” no significa algo etéreo o vago, sino una fe que nace del interior y se verifica en la realidad. Un culto sin espíritu ni verdad se vuelve máscara. Y cuando la religión se convierte en bandera, produce lo contrario de Dios: guerra, división, polarización, idolatría del propio interés.
Hoy también existen “cultos” alrededor de muchos pozos: ideologías que fabrican dioses a medida para justificar violencia, miedo o exclusión. El Evangelio no legitima esos cultos: los desenmascara. Porque donde se fomenta el hambre, el temor y la deshumanización, no está Dios, aunque se lo nombre.
El descubrimiento de la samaritana
La samaritana es un retrato de honestidad. No se defiende con discursos. No se esconde. Se deja tocar por la verdad. Lleva su barro—su historia real—y, precisamente desde allí, recibe el agua viva.
Y ocurre un gesto decisivo: deja el cántaro. No es desprecio de lo cotidiano, sino señal de que ha encontrado una fuente más profunda. El cántaro era necesario para sacar agua; ahora, ella misma se convierte en “cántaro” que lleva la noticia. Deja la herramienta de siempre, porque ha recibido una palabra nueva.
Su testimonio oxigena la fe de toda una comunidad. La mujer que venía sola al pozo se vuelve puente para muchos. Quien buscaba agua para sobrevivir, encuentra al Salvador y se convierte en mensajera de vida.
Para orar y vivir esta semana
• ¿Qué fronteras sigo considerando “intocables”? ¿Con quién “no se puede hablar”?
• ¿De qué pozos estoy bebiendo últimamente: del resentimiento, del miedo, de la queja, del orgullo?
• ¿Qué cántaro necesito soltar para que la fe no sea rutina, sino encuentro?
Señor, dame esa agua. No solo para no tener sed, sino para aprender a dar de beber: con palabras limpias, con escucha verdadera, con misericordia que une lo que el prejuicio separó.
Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».
Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».
Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
.jpg)
