Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"

«Trabajamos para comer y beber», solemos decir para expresar la importancia de los alimentos en nuestra vida cotidiana. En un sentido más profundo, esta afirmación puede aplicarse a la Eucaristía, que constituye el centro de la vida cristiana, fuente de la oración, de la misión y de toda actividad humana orientada a Dios.

Pani lingua
ANÓNIMO. Exaltación del Pange Lingua (h. 1700)

Corpus Christi, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A), Juan 6, 51-58

Jueves Santo: el origen del don eucarístico

La Última Cena adquiere todo su significado a la luz de las palabras de Jesús: su Cuerpo está presente en el pan y su Sangre en el vino. Reunidos en torno a Él, los apóstoles reciben un alimento que sacia el hambre de eternidad, llena el vacío de sentido y fortalece la fragilidad humana.

En la tradición bíblica, la cena pascual incluía el sacrificio del cordero. Aquella noche, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual es Jesucristo mismo, que se entrega por la salvación del mundo. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. Por ello, la liturgia de la Cena del Señor alcanza toda su fuerza cuando resuenan las palabras de la consagración, pronunciadas en comunión perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

La solemnidad del Corpus Christi, que en algunos lugares aún se celebra el jueves según la tradición, recuerda esta verdad fundamental de la fe. Allí donde la secularización ha debilitado las expresiones públicas de la fe, las procesiones y la adoración eucarística han perdido parte de su vigor. Sin embargo, la Iglesia continúa proclamando la grandeza del Señor y anunciando su presencia viva «hasta que Él vuelva».

Signo de unidad y comunión

En la Última Cena, los apóstoles permanecen unidos en torno a Jesús. Del mismo modo, los cristianos son convocados a la unidad mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía reúne a los creyentes para formar el único Pueblo de Dios.

Además, la Eucaristía une a los cristianos en una misma misión. La celebración litúrgica no termina con la bendición final, sino que se prolonga en la vida cotidiana. Por ello, la Eucaristía es el pan de los peregrinos: fuente, centro y culmen de la formación cristiana, de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora.

Las procesiones de Corpus Christi expresan precisamente esta fe. No son simples manifestaciones externas, sino actos de adoración en los que el pueblo cristiano contempla y honra a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.

El pan eucarístico es también signo de comunión. No procede de un solo grano de trigo, sino de muchos granos que, unidos, forman un único pan. De la misma manera, la Última Cena no es un acontecimiento individual, sino comunitario: el «nosotros» que nace de Cristo y se construye en Cristo.

En esta solemnidad de Corpus Christi, estamos invitados a compartir el pan con quienes tienen necesidad, a participar con fe en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor y a convertirnos, nosotros mismos, en alimento para los demás mediante el servicio, la caridad y la entrega generosa. Como el pan que nace de muchos granos unidos, también nuestra vida está llamada a ser expresión concreta de comunión y fraternidad.

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en perfecta comunión. Son un solo Dios; no se multiplican ni se dividen. La unidad no elimina la diversidad, ni la diversidad rompe la unidad. El Hijo y el Espíritu Santo reciben toda la vida divina del Padre y se distinguen por sus relaciones personales. Dios es comunión de amor.

Trinidad
La Santísima Trinidad. Jan Cornelisz Vermeyen. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

La Santísima Trinidad. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Juan 3, 16-18

Cada día iniciamos nuestra jornada haciendo la señal de la cruz y pronunciando los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los sacramentos se celebran en su nombre. Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a esta vida divina cuando el ministro derramó el agua sobre nosotros diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Es un gesto tan frecuente que corremos el riesgo de repetirlo mecánicamente, olvidando su inmensa riqueza. La señal de la cruz no es una simple fórmula religiosa; es la confesión de nuestra fe en un Dios que es relación, comunicación y amor.

Ante el misterio de la Trinidad, más que buscar una explicación puramente metafísica, estamos llamados a descubrir el sentido profundo de nuestra fe. No se trata solamente de comprender un concepto, sino de contemplar una realidad viva. La fe cristiana no se sostiene únicamente en conocimientos teóricos, sino en abundantes testimonios de caridad, humildad, esperanza y amor.

La Santísima Trinidad se contempla antes de explicarse. Es un misterio que invita más a la adoración que a la especulación, más a la confianza que a la soberbia intelectual. Por eso, adentrarnos en este misterio no significa enfrentarnos a un problema insoluble, sino abrirnos a una fuente inagotable de esperanza.

Gracias al Hijo, todos hemos sido hechos hijos de Dios. Participamos de la filiación divina y estamos llamados a dirigirnos a Dios con la confianza de Jesús, llamándolo «Abbá, Padre». Somos hijos en el Hijo por la acción del Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo. En estas palabras resplandece el corazón mismo de la revelación cristiana: el amor de Dios. Un amor tan grande que se manifiesta en la encarnación y se entrega para la salvación del mundo.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». No se trata de un amor abstracto, sino de un amor que toma la iniciativa, que sale al encuentro del ser humano y le ofrece vida eterna.

Nicodemo representa a todo creyente que busca sinceramente a Dios. Su diálogo con Jesús es un camino de búsqueda, de encuentro y de transformación. Allí descubrimos que el sentido último de la existencia se encuentra en la relación con Dios, una relación que da plenitud a la vida y la abre a la eternidad.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta es la gran noticia de la fe cristiana: somos amados, llamados y salvados. Creer en Cristo es acoger este don y dejarse introducir en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Trinidad no es una realidad lejana. Es el origen de nuestra vida, el modelo de nuestras relaciones y la meta hacia la cual caminamos. Cuanto más participamos de la comunión, del amor y de la entrega mutua, más reflejamos en nuestra existencia el misterio del Dios trino.

Que al persignarnos cada día recordemos que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad Santa y que estamos llamados a vivir según esa misma lógica de comunión, amor y servicio.


Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


La Santísima Trinidad

Jan Cornelisz Vermeyen

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado


Dios Padre, Cristo muerto y el Espíritu Santo, rodeados de ángeles con los símbolos de la Pasión, se muestran en un rompimiento de gloria sobre un paisaje. Es un recurso que utilizará también Tiziano en La Gloria del Museo del Prado y que deriva de estampas de Durero. Las figuras delatan la influencia de Rafael. Vermeyen, muy estimado en la corte de Carlos V, realizó importantes proyectos artísticos para el emperador.

Virtudes para un perfil de líder en comunicación institucional

Las dinámicas comunicativas de la sociedad digital han revelado la urgencia de fortalecer la figura del director de comunicación en las instituciones religiosas. Algunas instituciones ya vienen renovando sus estrategias organizativas y la formación de sus líderes. Después de la pandemia, la pregunta es inevitable: ¿cómo responder a los desafíos pastorales planteados en lo que se refiere a “una Iglesia en salida” y “una Iglesia sinodal”?

Lider

Alegoría del Buen Gobierno - Ambrogio Lorenzetti

Se requiere la capacidad de mirarse en el espejo institucional, escuchar, abrir puertas y ventanas para oxigenar el diálogo y caminar juntos. Este ejercicio comunicativo, desarrollado en círculos concéntricos y consciente del poliedro eclesial orientado hacia las periferias, constituye un proceso de maduración pastoral progresiva.

En este marco pastoral e histórico surge la pregunta por el perfil del líder en comunicación. El comunicador es un predicador entre predicadores: humilde servidor, vigilante a tiempo y a destiempo, contemplativo de la realidad humana y prudente artesano de la confianza. Es alguien capaz de profundizar en la prudencia para madurar en los siete hábitos. Cada hábito se relaciona con una o más virtudes; la principal es la prudencia y, en su grado más alto, la caridad.

Antes de profundizar en los siete hábitos del líder en comunicación, conviene recordar que tanto Stephen R. Covey como Josef Pieper parten de una misma convicción: la realidad es el escenario de la verdad.


La prudencia: realidad y bien

El esquema es sugerente: el líder prudente traduce el conocimiento de la realidad en la realización del bien. De la prudencia dependen la lucidez y la objetividad necesarias para identificar los verdaderos problemas, reconocer los círculos de influencia y ejercitar un proceso de transformación desde dentro hacia fuera. Se trata de aprender a aprender, tener el coraje del cambio e identificar modelos de ejemplaridad.


En el ámbito institucional surgen algunas preguntas decisivas: ¿qué lugar ocupa la oficina de comunicación en el organigrama institucional? ¿El líder institucional y el director de comunicación diseñan juntos estrategias de confianza y reputación? Estas cuestiones conducen al perfil ideal del director de comunicación: ¿conoce realmente los objetivos institucionales y orienta su gestión hacia ellos? ¿Cuál debería ser su perfil humano y profesional?

En cualquier institución, el perfil fundamental es el de una persona prudente. La prudencia es el arte de decidir bien y tiene como horizonte moral el obrar rectamente. El camino de la integridad exige ser buena persona y excelente profesional. Nadie puede presumir de sabio si no posee las virtudes del hombre prudente: fidelidad a la memoria, libertad creativa y objetividad ante lo inesperado.

Después de todo, la verdad no se maquilla; es como una lámpara colocada en alto que ilumina desde el interior los hábitos de la persona altamente efectiva.

La prudencia es, por tanto, la virtud cardinal de un líder que busca la sinergia, el justo medio (justicia), la fortaleza interior y el dominio de sí mismo (templanza). En la perspectiva de Santo Tomás de Aquino, existe una prudencia superior: la caridad, es decir, el amor al que están llamados los comunicadores cristianos. “Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mt 6,22).


1. De la reacción a la proactividad: la justicia

La llegada de un nuevo líder suele generar expectativas. Sin embargo, toda institución posee una historia y personas con experiencia acumulada. En este contexto, la frase de Josef Pieper —“bueno es lo que antes ha sido prudente”— funciona como un criterio para distinguir entre liderazgos reactivos y liderazgos proactivos.

Por ejemplo, un nuevo responsable puede convocar inmediatamente a su equipo para imponer reglas y exigir resultados sin haber comprendido antes la cultura institucional. Comienza a “talar árboles” sin conocer el bosque. Ese es el típico líder reactivo.

El líder reactivo busca afirmar su autoridad, controlar a los demás y generar dependencia. Atribuye el éxito únicamente a sí mismo, pero muchas veces vive fuera de control emocional, oscilando entre la euforia y la frustración. La avaricia y el afán de resultados inmediatos terminan afectando su capacidad de discernimiento.

Esopo ilustra esta actitud en la fábula de “La gallina de los huevos de oro”: el granjero se preocupa más por la producción que por la gallina misma. La pérdida del equilibrio destruye aquello que debía cuidarse.

En cambio, el líder prudente observa atentamente la realidad, capitaliza las experiencias del pasado, analiza las circunstancias presentes y prevé el futuro. Ese es el líder proactivo. Posee formación e información para tomar iniciativas y reconoce que su verdadera fuerza está en actuar sobre aquello que realmente puede transformar.

Se interesa más por “ser” que por “tener”. Es un líder inspirador, orientado hacia lo justo, lo valiente y lo moderado.


2. Comenzar con un fin en mente: la fortaleza

La prudencia exige claridad respecto del futuro y fidelidad a la verdad. Resulta escandaloso encontrar instituciones sin objetivos definidos; pero todavía más grave es encontrar líderes sin valores fundamentales.

¿Cuáles son los objetivos y valores esenciales de un líder? Un ejemplo claro es el papa Francisco y su insistencia: “no olvidarse de los pobres”.

El Evangelio de Lucas presenta dos administradores: uno necio, que acumula bienes sin verdadera riqueza (cf. Lc 12,20-32), y otro corrupto, temido y rechazado (cf. Lc 16,1-13). Ambos quedan desenmascarados al final de su camino. Sus intenciones eran egoístas y utilizaron la astucia para maquillar la realidad.

El líder sin objetivos claros termina “dorando la píldora” a los demás. Allí donde está el centro de su vida, allí se encuentran también su seguridad, su guía y su poder.


3. Poner primero lo primero: la templanza

La prudencia permite al líder analizarse desde dentro hacia fuera. El líder crea y recrea realidades, visualiza posibilidades y proyecta el futuro.

La templanza le permite gobernar su voluntad, superar las adversidades cotidianas, mantener sus compromisos y construir integridad personal.

“Primero lo primero” significa organizar y ejecutar según prioridades. Si un líder desea preservar las relaciones y alcanzar resultados duraderos, debe revisar cómo distribuye su tiempo entre lo urgente y lo importante, lo urgente y no importante, lo importante y no urgente, y aquello que no es ni urgente ni importante.

El trabajo institucional siempre involucra personas: colaboradores, profesionales, familias y comunidades.


4. Pensar en ganar–ganar: el justo medio


La verdadera justicia busca que todos ganen. Los acuerdos deben ser mutuamente beneficiosos y satisfactorios.

El peligro aparece cuando predomina una lógica autoritaria basada en ganar-perder o perder-ganar. Allí desaparece la confianza.

La vida institucional no puede reducirse a competir con colaboradores, amigos o vecinos. Necesita relaciones interdependientes y cooperación auténtica. La justicia, desde todos sus ángulos, exige relaciones prudentes y transparentes.


5. Buscar primero comprender y luego ser comprendido: abrir puertas y oxigenar

El líder empático sabe escuchar. Oxigena las emociones y genera espacios de aprecio y respeto.

El riesgo contrario es la autorreferencialidad: considerarse el modelo absoluto para todos y negarse a la autoevaluación.

La escucha se expresa también a través de los ojos, la postura corporal y los gestos. El recurso humano es tan importante como los factores técnicos y económicos.

Como afirma el papa Francisco, se trata de “escuchar con los oídos del corazón”.


6. Sinergizar: compromisos auténticos y caridad

El líder prudente posee el coraje de decidir y comprometerse con la verdad. Busca soluciones reales y trabaja desde una lógica de cooperación.

En un contexto que exige constantemente seguridad y predictibilidad, el líder aprende a prescindir de sí mismo para dar espacio a la justicia y a la misión compartida.

La sinergia libera creatividad, fortalece la cooperación y construye confianza. En este hábito aparece la forma más alta de prudencia: la caridad, entendida como comunión.


7. Afilar la sierra: renovación permanente


Covey narra la historia del hombre que dedica todo su esfuerzo a cortar un árbol, pero nunca se detiene a afilar la sierra.

El líder necesita “filo”. Nadie puede hacerlo por él. Debe entrar continuamente en una espiral ascendente de aprender, actuar, comprender, comprometerse y volver a aprender.

Al final, se cosecha lo que se siembra. Una conciencia moral cada vez más educada impulsa al líder hacia la libertad, la seguridad interior, la sabiduría y la prudencia: madre de los hábitos de la persona altamente efectiva.

Afilar la sierra implica una disciplina integral en cuatro dimensiones:

1. Dimensión física: proporciona resistencia, energía y salud.

2. Dimensión espiritual: mantiene viva la unión con la fuente de sentido y fortalece la vida interior.

3. Dimensión mental: exige lectura, análisis crítico y discernimiento frente a las noticias falsas y las campañas de odio.

4. Dimensión social y emocional: fortalece el liderazgo interpersonal, la comunicación empática y la cooperación creativa.

La clave permanece en el “círculo de influencia”: concentrarse en aquello que realmente puede transformarse y trabajar con visión de largo plazo.

Finalmente, el aprendizaje nunca termina. El objetivo es la verdad y el obrar se orienta hacia el bien. En su forma más alta, la comunicación encuentra su modelo en Dios Trinidad: unidad en la diversidad, comunión en la caridad.


Bibliografía

  • Josef Pieper, "La Prudenza", Massimo Editore, 1999.
  • Stephen R. Covey, "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva", Planeta, Madrid, 2019.

Alegoría del buen gobierno

En el muro del Buen Gobierno el eje principal es la personificación de la paz, ubicada entre este último y la justicia, pero empezaremos por la descripción de la alegoría del buen gobierno, la luz en todas las escenas en antinatural ya que no hay sombras y la luz tiene un origen desconocido. Los frescos del buen y mal gobierno han supuesto una valiosa fuente información para conocer las costumbres de la época, la vestimenta y la forma de construir.

En esta parte del fresco se observa la alegoría del buen gobierno, se puede ver a la izquierda a la justicia sentada en un trono representando el equilibrio sosteniendo en cada lado de la balanza al bien y al mal respectivamente. A la derecha según entramos en la estancia está la personificación del Buen Gobierno, significando al mismo tiempo Siena y la representación del bien común. Debajo de la justicia se ha representado a la concordia trenzando una cuerda que llevan los personajes situados en procesión en la parte inferior, estos eran los 24 consejeros de la ciudad y sus rostros son retratos fidedignos de las personas que ocupaban esos cargos en aquella época.


«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»

En esta fiesta se cumple la promesa de Jesús, se inicia la nueva alianza, el nuevo Sinaí, la nueva Iglesia. Pero, ¿qué significa para cada uno de los cristianos?

Pentecostés
Discesa dello Spirito Santo nel giorno di Pentecoste (Moretto)

Domingo de Pentecostés - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 19-23

Pentecostés abre puertas.

Se abren para entrar y para salir. Se abren para acoger a quienes buscan a Dios con el corazón herido o esperanzado; y se abren también para que los discípulos salgan al mundo llevando la alegría de la Buena Noticia. El Espíritu Santo no encierra: impulsa. No crea comunidades cerradas sobre sí mismas, sino discípulos capaces de vivir la conversión y el testimonio, la intimidad con Dios y el anuncio valiente del Evangelio, a tiempo y destiempo.

Signos misioneros

El relato bíblico presenta signos profundamente misioneros: el viento y el fuego. El viento irrumpe como fuerza que pone en movimiento; el fuego transforma las lenguas y convierte la confusión en entendimiento. Allí donde antes existía división, nace la posibilidad de comprenderse. Pentecostés manifiesta así una verdad fundamental: la Iglesia tiene como una de sus raíces más profundas la capacidad del encuentro y de la comunicación.

No se trata solamente de hablar distintos idiomas, sino de aprender a escuchar el corazón humano. El Espíritu Santo hace posible una comunicación que atraviesa barreras culturales, sociales y espirituales. Por ello, la Iglesia está llamada a preguntarse constantemente si sus espacios realmente permanecen abiertos para todos: para quienes creen con firmeza, para quienes dudan, para quienes observan desde lejos y buscan silenciosamente un sentido para sus vidas.

Por qué el Espíritu parece un misterio

Seguir el viento del Espíritu significa dejarse conducir por Dios. El Espíritu Santo no vino para convertirse en un misterio reservado a unos pocos ni en una experiencia reducida a ejercicios de autosuperación espiritual. Vino para señalarnos el camino, fortalecer nuestra humanidad y concedernos sus dones para vivir con mayor verdad, libertad y amor.

Los apóstoles comprendieron esta novedad y la transmitieron con su propia vida. Todo el Nuevo Testamento está atravesado por el dinamismo de comunidades que aprendieron a vivir unidas en medio de sus diferencias. La fe cristiana no se sostiene en el individualismo. Nadie puede construir el bien común sin hacer del Evangelio el fundamento de sus relaciones.

Una identidad auténtica

Dios ya ha dado a cada persona una identidad única; por eso, el verdadero desafío no consiste en aparentar originalidad, sino en responder de manera auténtica a la llamada de Dios. La oración personal encuentra su plenitud en la comunión fraterna. La intimidad de la comunidad es Cristo mismo, y la comunión alcanza su fuente más profunda en la vida del Dios Trino.

Pentecostés es, finalmente, la manifestación pública del Espíritu Santo que inaugura la Nueva Alianza. Desde ese momento, la Iglesia queda capacitada para anunciar las maravillas de Dios a todos los pueblos y para formar una comunidad viva en la fe, la conversión, el bautismo y la comunión. Allí donde el Espíritu encuentra puertas abiertas, nace siempre una vida nueva.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


👉 La Pentecoste è un dipinto a olio su tela (249 × 167 cm) del Moretto, databile al 1543-1544 e conservato nella Pinacoteca Tosio Martinengo di Brescia.

Il dipinto, valutato positivamente solo a partire dalla critica novecentesca, è testimonianza del passaggio, nell'arte del Moretto, da forme rinascimentali a forme post-rinascimentali, fondendo i vecchi stilemi veneziani con particolari manieristici di scuola bresciana, con un attento utilizzo della luce nei suoi nuovi valori del tardo rinascimento.


Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.


Ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar: estos son los verbos de la misión cristiana. No se trata simplemente de una conclusión del Evangelio de Mateo, sino de un envío permanente. La Palabra de Jesús tiene un dinamismo que empuja, como el río que sigue su cauce, y siempre vuelve a presentarse como novedad para la vida del creyente.


ascensión del Señor

La Ascensión. Anónimo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

VII Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 28, 16-20

Ir

La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que salieron de sí mismos para servir a los demás. Los misioneros dejaron su tierra, su cultura y sus seguridades para encarnar el Evangelio en otros pueblos. Allí descubrieron que la fe no es teoría, sino vida concreta; que la contemplación y la espiritualidad deben tocar la realidad de las personas.
Ir significa salir de la propia comodidad para construir comunidad. Significa reconocer que la fe no puede vivirse encerrada, sino compartida. El discípulo sale porque sabe que no camina solo: Cristo lo envía y promete acompañarlo.

Hacer discípulos

Para hacer discípulos, primero hay que ser discípulo. Nadie puede enseñar lo que no ha aprendido ni conducir a otros por un camino que no ha recorrido. Muchos descubren, en el servicio y en la misión, sus propias fragilidades espirituales e intelectuales. Allí se replantean su vocación y su relación con Dios.
Jesús mismo buscaba constantemente el silencio y la oración. Subía al monte para encontrarse con el Padre. Pero después de la contemplación regresaba al encuentro de la gente. Cuando Pedro quiso quedarse en la experiencia luminosa de la Transfiguración, Jesús lo hizo volver a la realidad.
La vida cristiana necesita equilibrio: contemplación y acción, oración y servicio. Separadas, se vacían; unidas, dan fruto.

Bautizar

Jesús manda bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». El bautismo no es una simple tradición social ni un requisito cultural; nace del mandato de Cristo y de la fe de la Iglesia.
Muchas veces se busca el bautismo por motivos secundarios: la presencia de un padrino, una costumbre familiar o incluso una exigencia escolar. Sin embargo, la razón profunda del bautismo es sacramental: introducir a la persona en la vida de Dios Trinidad y en la comunidad cristiana.

Enseñar

Enseñar es un servicio. Supone preparación, experiencia, estudio y vida interior. Un maestro, una religiosa, un catequista o un misionero no solo transmite información: forma personas y acompaña procesos humanos y espirituales.
Pero nadie puede enseñar sin antes aprender. Se necesita entrar en el misterio del ser humano para ayudarle a descubrir el misterio de Dios. La enseñanza cristiana exige formación intelectual, madurez espiritual y coherencia de vida.
En conclusión, hoy Jesús asciende al cielo, pero no abandona a sus discípulos. No nos deja huérfanos. Antes de partir, deja una misión clara: ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar.
La Ascensión no es una despedida, sino el comienzo de la responsabilidad del discípulo. Cristo asciende, pero sigue actuando en la tierra a través de quienes anuncian su Evangelio con la palabra, el testimonio y la vida.

Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

"El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él".

La perseverancia te convierte en morada de Dios, en caminante tras el amor de sus mandamientos y su Palabra.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.”

El Evangelio de hoy presenta una síntesis decisiva: camino, verdad y vida. No son conceptos abstractos, sino dimensiones concretas de la existencia humana.

La antropología de la intimidad y el lenguaje profético de Catalina de Siena en la era de la inteligencia artificial

La expansión de la Inteligencia Artificial (IA) ha intensificado una profunda mutación del ecosistema comunicativo. Sin embargo, el problema decisivo no es técnico, sino antropológico: la reducción del sujeto a dato y la sustitución de la relación por la mera interacción. En este contexto, la propuesta de Catalina de Siena ofrece una arquitectura coherente para repensar la comunicación desde la persona: una palabra que nace en la interioridad, se orienta al prójimo como servicio y se proyecta en el espacio público como responsabilidad profética. 

Xilografia rappresentante Caterina sul frontespizio dell'edizione aldina delle Lettere (1500)

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

La imagen del “Buen Pastor” atrae: inspira seguridad, experiencia, sabiduría, espiritualidad profunda y una gran capacidad emocional para resolver los problemas del rebaño. Aunque cada oveja es autónoma, el ojo del Buen Pastor intuye y cuida.

Jesús el buen pastor

El Buen Pastor. Cristóbal García Salmerón. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

IV Domingo de Pascua – Año litúrgico 2025-2026 – (Ciclo A) – san Juan 10, 1-10

Jesucristo es el Buen Pastor 

El Buen Pastor es el mismo Jesucristo. Jesús es también la puerta y, de hecho, es el portero. Es decir, te cuida: se cierra a los ladrones y se abre a los justos; decide si entras o no. Nos gustaría que fuera un muro infranqueable para los ladrones. Es la puerta de tu libertad, de tus decisiones, de tus búsquedas en la vida.

Es también la puerta de la confianza: entras sabiendo que estás en buenas manos, en un redil digno. Libertad y confianza se juegan la alegría o la tristeza de nuestras vidas, así como la responsabilidad personal y el amor sin límites. Jesucristo se jugó la cruz; su misericordia no te cierra la puerta; si es posible, te lleva en sus propios brazos.

¿Tú eres buen pastor? 

La imagen del “Buen Pastor” sugiere que también existen “malos pastores”. Y, en este punto, todos tenemos la misión de ser buen testimonio, de mostrar con nuestra vida una ejemplaridad que edifique. El peligro está en que ningún pastor se presenta como el malo. Existe la expresión “el diablo es celoso” para advertirnos y mantenernos vigilantes ante las apariencias.

El mal pastor, alguna vez honrado, se presenta como bueno y no quiere ser descubierto cuando salta la tapia para robar. Es fácil señalar con el dedo, culpar, criticar. Sin embargo, el tema no es tanto cómo se ve el río, sino las corrientes internas que arrastran. Y, especialmente, el portero te abrirá si tocas la puerta.

El texto del Buen Pastor no hay que disimularlo: se refiere a los pastores, a los encargados de explicar la Sagrada Escritura. Por extensión, lo aplicamos también a los padres de familia, abuelos, superiores, jefes, etc. En el fondo, se trata del escenario entre la persona y Dios, del tribunal de la conciencia, de ese interior visto con autenticidad ante Dios.

Eso es lo que nos corresponde: pedirle a Jesús que nos ayude a imitarlo como Buen Pastor, amoroso, cuidadoso y misericordioso.

Que este domingo vivas la resurrección de Jesús con la esperanza puesta en un Buen Pastor a quien deseas imitar, entregando tu vida al servicio de un redil, de muchas ovejas, incluso de aquellas que no pastan en los jardines de la Iglesia, sino que buscan praderas en otros lugares. El reto es muy grande.

Jesús es la puerta, el portero, el Buen Pastor.


Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


"Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan."

El camino a Emaús es una verdadera escuela de fe: mientras caminan, los ciegos comienzan a escuchar; los torpes y lentos de corazón sienten arder su interior; el forastero se convierte en anfitrión, y quien parte el pan es el mismo Pan de vida. En medio de la tristeza por la muerte, los discípulos terminan reconociendo el rostro del Resucitado.

Emaús

Supper at Emmaus (Rembrandt, Louvre)

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Las dudas de Tomás pueden ser las mismas que te asaltaron en algún momento de tu vida; pero un discípulo no se reduce a sus dudas, hay palabras que simbolizan la pequeñez de un hombre ante la inmensidad de la resurrección de Jesús: Señor mío, Dios mío.


La duda de Tomas el Mellizo

San Tommaso in un dipinto di Peter Paul Rubens.

II Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)


La personalidad de Tomás

Tomás suele ser recordado únicamente por su incredulidad, pero el Evangelio nos muestra un discípulo mucho más complejo y profundo. Cuando Jesús decide ir a Judea tras la muerte de Lázaro, Tomás manifiesta una valentía admirable: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). En la Última Cena, expresa con sinceridad su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (cf. Jn 14,5). Y es entonces cuando Jesús revela una de las afirmaciones más densas del Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Finalmente, en el encuentro pascual, Tomás duda. Quiere ver y tocar. Representa a todos aquellos que buscan evidencias, incluso certezas de tipo empírico, antes de dar el paso de la fe. Pero es también él quien pronuncia una de las confesiones más altas del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío».

Jesús acoge y transforma la duda

La respuesta de Jesús a Tomás no es de reproche, sino de misericordia. Sale al encuentro de su duda y la transforma en camino hacia la fe. Este gesto revela un cambio decisivo: la relación con el Resucitado ya no se basa únicamente en ver o tocar, sino en escuchar, acoger y creer. 

Tomás no solo reconoce el rostro de Jesús, sino también sus llagas. Estas ya no son signo de derrota, sino de amor entregado. Las heridas del Crucificado se convierten en el sello del Resucitado. Contemplar las llagas es, en realidad, contemplar el amor que ha vencido a la muerte.

Bienaventurados los que creen sin haber visto

La bienaventuranza de Jesús nos incluye directamente: nosotros no hemos visto, pero estamos llamados a creer. Nuestra fe no se apoya en la evidencia sensible, sino en el testimonio, en la Palabra, en la experiencia viva de la comunidad creyente. Creer sin haber visto no es una fe débil, sino una fe madura, capaz de sostenerse en la confianza. Es aprender a poner nuestras dudas en manos de Dios y transformarlas en una oración humilde: «Señor mío y Dios mío».

Implicaciones para hoy

Vivimos en un contexto donde el miedo debilita las convicciones y la duda puede llevar al relativismo. Por eso es urgente acoger el don pascual de Cristo: la paz.

Una paz que fortalece los corazones tímidos y sostiene a los discípulos que, aun dudando, no renuncian a buscar a Dios.

También hoy estamos llamados a orar por quienes dudan, no para juzgarlos, sino para acompañarlos. Porque, en muchos casos, la duda no es negación de la fe, sino su umbral más honesto.

Tomás nos enseña que la duda no es el final del camino, sino una etapa que puede conducir a una fe más profunda. El verdadero discípulo no es el que nunca duda, sino el que, en medio de sus dudas, sigue buscando hasta  poder decir:«Señor mío y Dios mío».

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



“Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya”


Junto a María Magdalena, Pedro y Juan pudieron buscar a Jesús en el sepulcro, pero fue solo un camino, porque todo indica que la muerte no pudo con él, ha resucitado.
La resurrección, Pedro y Juan
San Pedro y san Juan en el sepulcro de Cristo. Giovanni Francesco Romanelli. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Domingo de Resurrección. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 1-9

El camino hacia el sepulcro: silencio y memoria

Tomados de la mano de María Magdalena, somos invitados a recorrer el camino hacia el sepulcro. Es un camino distinto. No es el de la conversación ligera ni el de la distracción cotidiana. Es el camino del silencio, de la memoria herida, de la interioridad.
Cuando la muerte nos toca, el lenguaje cambia: los recuerdos emergen, las palabras del ser amado se reinterpretan, y la experiencia compartida adquiere un valor irrepetible. El corazón rumia lo vivido mientras el silencio se vuelve elocuente.
En ese mismo camino aparece una pregunta profundamente humana: ¿qué es la muerte?, ¿por qué nos enfrenta a nuestra fragilidad? El ser humano, vulnerable y finito, intenta dominar el futuro, pero olvida habitar el presente.

La intuición de la fe en María Magdalena

María Magdalena encarna esta tensión entre dolor e intuición. Su pregunta (implícita, pero decisiva) es profundamente teológica:
¿Cómo puede estar muerto Aquel que es la resurrección y la vida?
Esta pregunta no es solo duda; es ya una forma germinal de fe. En su amor por Cristo se gesta una comprensión más profunda: la vida no ha sido vencida. Sin embargo, su experiencia necesita tiempo, silencio y camino para madurar.
En María Magdalena no predomina la incomprensión de la muerte, sino la certeza incipiente de la vida. Su búsqueda es ya un anuncio.
Sin duda, María Magdalena es una testigo ocular, te puede contar muchas cosas. Amo a Jesucristo, y no duda en comunicarse con quien Jesús eligió, Pedro, y con quien Jesús amó, Juan. Todos, aprimerados por un telón de intuición femenina que dinamiza a dos temerosos y valientes seguidores. Ella y ellos, igual, discípulos caminantes en la duda, e iluminados por un sepulcro vació.
El amor es más veloz, contempla desde la espera y el respeto a la experiencia de Pedro. El desconcierto ha invadido su mente, ha humedecido sus ojos y ha oxigenado su corazón con fe y esperanza. Juan y Pedro descubren que la muerte no ha podido con la vida, que las vendas no han enceguecido la visión, sino que han confirmado la libertad. Dios ya no está atado a la finitud humana.

La comunidad de los discípulos: ver y creer

María Magdalena no se encierra en su experiencia. Corre, comunica, convoca. Se dirige a Pedro —a quien Jesús ha confiado la misión— y a Juan —el discípulo amado—.
Así se configura la comunidad creyente: diversa, herida, en camino, pero unida en la búsqueda.
Juan llega primero, movido por el amor que es siempre más veloz; sin embargo, espera. Pedro entra, observa. Juan entra después y “vio y creyó”.
El sepulcro vacío no ofrece pruebas concluyentes en sentido empírico, pero sí signos que abren a la fe. Las vendas, cuidadosamente dispuestas, no hablan de robo, sino de libertad. La muerte no ha retenido al Viviente.

El sentido pascual de la muerte

A la luz de la resurrección, la muerte deja de ser un absurdo definitivo. No desaparece su dramatismo, pero adquiere un horizonte nuevo: es paso, tránsito, apertura.
Sin la resurrección, la muerte sería el final; con la resurrección, se convierte en umbral. Negar esta dimensión sería, en el fondo, renunciar a la plenitud de la vida eterna.
La experiencia de María Magdalena, Pedro y Juan culmina en la alegría: Cristo vive y permanece con los suyos.

Implicaciones para la vida creyente

El anuncio pascual no es solo una verdad doctrinal, sino una tarea existencial. Si Cristo vive, entonces estamos llamados a construir vida, a anticipar el Reino, a vivir desde la esperanza.
La resurrección abre una posibilidad radical: ser auténticos ante Dios, no como buscadores insatisfechos de sentido, sino como hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la plenitud de la vida.
 
El sepulcro vacío no cierra una historia, la inaugura. La fe pascual no elimina las preguntas, pero las ilumina desde dentro. Hoy, como María Magdalena, Pedro y Juan, somos invitados no solo a buscar, sino a ver y creer. Porque verdaderamente, el Señor ha resucitado. Aleluya.


Una oración final con el himno de laudes del Domingo de Resurrección
HIMNO
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
 
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
 
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
 
¿Qué has visto de camino,
 María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
 
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
 
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
 
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
 
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: 
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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