Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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"Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas"

La mujer del Evangelio puede tener hoy muchos rostros: puede ser la cananea, la fenicia, la migrante, la extranjera o cualquier persona que se encuentra frente a gestos y palabras intransigentes. Pero su rostro fundamental es el de una madre que suplica por la vida de su hija. 

Jesús y la Cananea

Jean Germain Drouais (1763-1788), Cristo e la Cananea, Museo del Louvre, Parigi

XX Domingo del Tiempo Ordinario - Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A - Mateo 15, 21-28

Una mujer incómoda

La cananea resulta incómoda porque pone en evidencia una mentalidad construida sobre prejuicios y divisiones. Los discípulos quieren que Jesús la despida: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros». No parecen preocupados por su sufrimiento, sino por quitarse de encima una presencia molesta.

Ella es extranjera, mujer y pagana. Desde la mentalidad religiosa de aquel tiempo, pertenece a quienes están fuera. Por eso las palabras de Jesús sobre «el pan de los hijos» y «los perritos» resultan duras. El Evangelio no necesita ocultar la crudeza de la escena: pone delante de nosotros una mentalidad que debe ser confrontada y transformada.

También hoy podemos construir fronteras en nombre de la religión, de la cultura, de la nacionalidad o de nuestras propias certezas. Podemos terminar creyendo que Dios pertenece a nuestro grupo y que los demás deben permanecer fuera.

Una fe inteligente y perseverante

La mujer no responde con violencia. Se acerca, se postra y dice simplemente:

«Señor, ayúdame».

Su oración nace del dolor, pero también de la confianza. Cuando Jesús habla de las migajas que no corresponden a los que están fuera de la casa, ella responde con una sorprendente lucidez:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

No abandona, no se resigna y tampoco pierde el respeto. Su humildad es inteligente y perseverante. Ella sabe que la misericordia de Dios es demasiado grande para quedar encerrada en las fronteras que los seres humanos levantamos.

Jesús termina reconociéndolo: «Mujer, qué grande es tu fe».

La extranjera se convierte así en maestra de fe para quienes acompañan a Jesús.

Los demonios que todavía debemos expulsar

La mujer pide que Jesús libere a su hija, pero el relato también nos invita a reconocer otros «demonios» que necesitan ser expulsados de nuestro mundo: la soberbia, la discriminación, el racismo, la xenofobia, la indiferencia y el desprecio hacia quien consideramos diferente.

La cananea no pertenece al grupo de los discípulos, pero se comporta como una verdadera discípula: cree, persevera, intercede y lucha por la vida de otra persona.

Por eso, al final del relato, las fronteras pierden importancia. Ya no cuenta quién es judío o quién es cananeo. Lo decisivo es la fe y la capacidad de dejarse transformar por la misericordia.

La mujer del Evangelio nos obliga a mirar nuestras propias fronteras:

¿A quién consideramos extranjero? ¿Quién nos resulta incómodo? ¿A quién quisiéramos que Jesús despidiera para no alterar nuestra tranquilidad?

Una fe auténticamente cristiana no levanta muros alrededor de Dios. Los derriba para que la misericordia pueda llegar a todos.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.


Christ and the Canaanite Woman is a 1784 religious history painting by the French artist Jean Germain Drouais.

Neoclassical in style, it depicts a scene from the New Testament story of the Healing of the Canaanite Woman's Daughter



«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

En medio de las tormentas de la vida, Jesús se acerca y nos dice: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo». Y sostiene incluso a quien, con una fe frágil, apenas alcanza a clamar: «Señor, sálvame».

Jesús camina sobre las aguas
Andando sobre las aguas, por Ivan Aivazovsky (1888)

XIX Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 14, 22-33

El relato de Mateo no presenta una fe ideal, sin dudas ni temores. Presenta discípulos que tienen miedo, que no reconocen a Jesús y que, ante la fuerza de la tormenta, descubren sus propios límites. Precisamente allí, en medio de la fragilidad, aparece Cristo.

Solos ante la tormenta y el fantasma

¿Quién no conoce una tormenta?

Conocemos las tormentas del mar y las de la alta montaña; conocemos también las tormentas repentinas de la Amazonía. Sabemos lo que significa sentir que un avión se desestabiliza, que una embarcación es sacudida por las olas o que una casa tiembla bajo la fuerza del viento y la lluvia. Son momentos en los que experimentamos nuestra vulnerabilidad y comprendemos que no todo está bajo nuestro control.

También existen otras tormentas, menos visibles pero igualmente reales: una enfermedad grave, un conflicto familiar, una crisis económica, la muerte de una persona querida, la soledad, el fracaso o esa sensación dolorosa de ser insignificantes e invisibles para los demás.

Cada persona intenta resistir los vientos contrarios con los recursos que tiene. Pero hay tormentas ante las cuales nuestras seguridades resultan insuficientes.

Eso es precisamente lo que ocurre con los discípulos. El viento contrario los aleja de Jesús y los deja aparentemente solos en medio del lago. El miedo, además, distorsiona su percepción: ven a Jesús, pero creen estar viendo un fantasma.

La tormenta y el fantasma forman así una imagen poderosa del miedo: no solamente sufrimos una situación difícil, sino que además podemos interpretar equivocadamente aquello que sucede. Lo que viene a salvarnos puede parecernos una amenaza; la presencia de Dios puede parecernos ausencia; la esperanza puede parecernos una ilusión.

Pero Jesús no los ha abandonado.

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

Después de subir al monte para orar, Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas. La escena posee una fuerte resonancia bíblica: en la tradición de Israel, el dominio sobre las aguas pertenece a Dios. El mar representa las fuerzas caóticas que amenazan la vida, y caminar sobre ellas expresa una autoridad que supera aquello que aterroriza al ser humano.

Por eso, el centro del relato no está en el prodigio de caminar sobre el agua, sino en la palabra de Jesús:

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

La expresión «soy yo» puede leerse también a la luz de la revelación del nombre de Dios. Jesús no solamente tranquiliza a sus discípulos; se revela en medio de aquello que los atemoriza.

El miedo les impedía reconocerlo. Jesús les devuelve la capacidad de mirar con confianza.

Esta palabra sigue siendo profundamente actual. Cuando atravesamos una crisis, fácilmente pensamos que Dios está lejos. La dificultad parece ocupar todo nuestro horizonte y terminamos interpretando la realidad únicamente desde el miedo. Pero el Evangelio nos recuerda que la tormenta no significa ausencia de Dios.

Cristo no siempre calma inmediatamente la tormenta. Primero se hace presente en medio de ella.

Pedro: entre la confianza y el miedo

Pedro responde a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas».

Hay algo profundamente humano en esta petición. Pedro quiere salir de la seguridad relativa de la barca y acercarse a Jesús. Se atreve a dar un paso que parece imposible. Y, por un momento, camina sobre las aguas. Pero después fija su atención en la fuerza del viento y comienza a hundirse.

El relato no pretende ridiculizar a Pedro. Al contrario, muestra la dinámica de toda experiencia de fe. La fe no elimina automáticamente el miedo ni nos convierte en personas invulnerables. Podemos confiar profundamente en Dios y, al mismo tiempo, experimentar dudas, inseguridad y temor.

Pedro comienza a hundirse cuando deja de mirar a Jesús y concentra toda su atención en la tormenta.

Esta imagen tiene una enorme fuerza pastoral. Las dificultades existen y no podemos negarlas. Pero existe una diferencia entre mirar la tormenta y mirarla desde la presencia de Cristo.

Aquello en lo que concentramos nuestra mirada termina orientando nuestra vida. Si solamente contemplamos el problema, el problema puede convertirse en el centro de nuestra existencia. Si somos capaces de mirar a Cristo en medio del problema, descubrimos que la dificultad, por grande que sea, no tiene la última palabra.

«Señor, sálvame»

Pedro no pronuncia una oración complicada. No presenta argumentos ni explicaciones. Simplemente grita: «Señor, sálvame». Y esa oración basta.

Es quizá una de las oraciones más auténticas que podemos pronunciar cuando nuestras fuerzas se terminan. Hay momentos en los que la fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer nuestra necesidad y dirigirnos hacia Dios.

Pedro tiene una fe débil, pero tiene suficiente fe para gritar hacia Jesús.

Y Jesús responde inmediatamente: «Extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”».

La corrección de Jesús no es un rechazo. Primero está la mano que sostiene; después, la pregunta que ayuda a comprender.

Esto es importante: Dios no espera que lleguemos a Él sin debilidades para poder salvarnos. Precisamente en nuestra fragilidad podemos experimentar su misericordia.

Las tormentas también pueden fortalecer la fe

Pedro no sale de esta experiencia siendo el mismo. Ha descubierto que puede hundirse, pero también que Jesús puede sostenerlo. Ha experimentado sus propios límites y, al mismo tiempo, la fuerza de la mano de Cristo.

La fe madura no es la ausencia de dificultades. Muchas veces se fortalece precisamente al atravesarlas.

No se trata de buscar el sufrimiento ni de pensar que toda crisis es querida por Dios. Se trata de descubrir que Dios puede hacerse presente incluso allí donde nosotros solamente vemos caos, miedo y fracaso.

Por eso, las experiencias difíciles pueden convertirse en lugares de aprendizaje espiritual. Nos hacen reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de los demás y que necesitamos de Dios.

Dios viene sobre las aguas

Todos atravesamos alguna tormenta. Algunas duran horas; otras, meses o incluso años. Algunas son visibles y otras solamente las conoce quien las lleva dentro.

El Evangelio no promete que nunca tendremos tormentas. Tampoco afirma que quien tiene fe estará libre de problemas. Lo que promete es algo diferente y mucho más profundo: Cristo no abandona a sus discípulos en medio de la tormenta.

Cuando el miedo nos haga confundir a Jesús con un fantasma, escuchemos nuevamente su voz: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

Cuando nuestras fuerzas se terminen, hagamos nuestra la oración de Pedro: «Señor, sálvame».

Y cuando sintamos que comenzamos a hundirnos, recordemos que la mano de Cristo está más cerca de lo que imaginamos.

Tal vez hoy no podamos detener la tormenta. Pero podemos aprender a mirar a Cristo en medio de ella. Porque la tormenta puede ser fuerte, el viento puede ser contrario y nuestra fe puede ser pequeña; pero Cristo sigue caminando sobre las aguas y extendiendo su mano para sostenernos.

La tormenta no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».



«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces»


El Pan se compadece, es tradicionalmente el alimento del desierto. El Pan identifica el pan escondido; con su generosidad transformó lo poco en abundante. Los discípulos deben aprender a compartir y a confiar en las entrañas misericordiosas de un Dios que no quiere hambre, sino el Pan bendito de cada día. Si no tienes entrañas de compasión, no tendrás actos solidarios.

Multiplicación de los panes y peces

La multiplicación de los panes y los peces. Anónimo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido»

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa cierran el discurso parabólico de Jesús sobre el Reino de los cielos (Mt 13). Ambas imágenes remiten a dos mundos distintos: el del campesino y el del comerciante. Sus historias son diferentes, pero coinciden en un mismo desenlace: cuando descubren aquello que posee un valor incomparable, venden todo cuanto tienen para adquirirlo.

El tesoro y la perla
Parable of the Hidden Treasure- c. 1635. Oil on panel, 71 x 90 cm. Szépmûvészeti Múzeum, Budapest

XVII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 44-52

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

El mal en nuestro mundo debe ser combatido urgentemente, pero la salida no es la violencia sino una espera analítica y perseverante hasta ser quemada y el trigo guardado y conservado para alimentar a los demás. Sólo Dios puede identificar el mal con antelación, los hombres podemos equivocarnos.

 “Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador”

El sembrador confía en la fertilidad de la tierra, pero también depende de la calidad del cultivo que se trabaje. La profundidad de tus acciones evidencia la fertilidad de tu vida espiritual, con la premisa de que el hombre es tierra buena desde la creación, por esencia.

Parábola del sembradorParábola del sembrador. Abel Grimmer. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

XV Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 1-23

Signos en la Parábola del Sembrador

La parábola del sembrador es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús. Él mismo explica su significado: 
- la semilla representa la Palabra de Dios y los 'diversos terrenos' simbolizan las distintas actitudes con las que el ser humano la recibe. El acento no está únicamente en la cantidad del fruto, sino en la calidad de la acogida.  La Palabra siempre posee una fuerza transformadora; el problema nunca está en la semilla, sino en la disposición del terreno.
- El sembrador, imagen de Dios, siembra con una generosidad que desconcierta. No selecciona únicamente los lugares más prometedores ni calcula las probabilidades de éxito. La semilla cae también sobre el camino, entre las piedras y las espinas. A los ojos humanos podría parecer un desperdicio; sin embargo, Dios no actúa según la lógica del rendimiento ni de la rentabilidad. Su gracia no se distribuye como una inversión que espera beneficios proporcionales. Frente a la mentalidad que mide todo por la utilidad o por el éxito —como sucede también con la llamada teología de la prosperidad, que identifica la bendición divina con el bienestar material—, Jesús revela a un Dios que siembra gratuitamente porque confía en la capacidad de cada persona para convertirse.

Confiar en la fuerza de la Palabra

Cada uno de nosotros es esa tierra donde la semilla es depositada. Podría parecer que todo depende únicamente del terreno; sin embargo, la verdadera fuerza está en la semilla. La Palabra de Dios posee una vitalidad propia capaz de abrirse paso incluso en medio de las dificultades.
Los agricultores de los Andes peruanos conocen bien esta verdad. Cuando siembran papas suelen colocar dos semillas en un mismo hueco, y así a lo largo del surco, conscientes de que una podría no germinar. Lo mismo ocurre cuando esparcen el trigo o el maíz: aceptan el riesgo de las lluvias, las heladas y las sequías porque saben que la vida brotará. La experiencia del campo enseña que sembrar siempre implica confiar. De igual manera, Dios siembra en nuestro corazón con la certeza de que su Palabra, aunque deba pasar por la aparente muerte y por las pruebas, terminará produciendo fruto.

La generosidad del sembrador

La pregunta que hoy nos dirige el Evangelio es profundamente personal: ¿qué clase de tierra soy?
No se trata de una pregunta para juzgarnos, sino para examinarnos con sinceridad. Dios no deja de sembrar porque encuentre piedras, espinas o caminos endurecidos. Continúa ofreciendo su Palabra a todos, sin excluir a nadie. No espera un terreno perfecto para comenzar su obra; es su gracia la que puede transformar un terreno árido en tierra fértil.
Esta es una de las grandes noticias del Evangelio: siempre es posible comenzar de nuevo. Dios nunca pierde la esperanza en nosotros. Su paciencia supera nuestras resistencias. Él contempla con alegría los pequeños brotes que aparecen allí donde parecía imposible que naciera la vida.

Preparar el terreno del corazón

La parábola también nos invita a colaborar con la gracia preparando el terreno de nuestro corazón:
- La semilla que cae junto al camino representa a quien escucha la Palabra sin comprenderla realmente. No se trata solo de una dificultad intelectual, sino de una falta de apertura interior. Escuchar el Evangelio exige atención, respeto y tiempo para permitir que la Palabra descienda al corazón.
- La semilla que cae entre piedras describe una fe superficial, sostenida únicamente por el entusiasmo del momento. Cuando llegan las dificultades, las raíces son demasiado débiles para sostener la planta. La perseverancia, la oración y la vida sacramental ayudan a que la fe eche raíces profundas.
- La semilla que cae entre espinas refleja una existencia en la que las preocupaciones, el afán por las riquezas o las múltiples distracciones terminan sofocando la acción de Dios. Conviene preguntarnos qué ha ido desplazando al Señor del centro de nuestra vida. El corazón humano, aunque busque muchas satisfacciones, continúa teniendo sed de Dios, única fuente de alegría verdadera.
- La semilla que cae en tierra buena simboliza a quien escucha, comprende y persevera. La tierra fértil no nace por casualidad: se cultiva con paciencia, dedicación, confianza y fidelidad. Los frutos del Reino no aparecen de inmediato; requieren tiempo, constancia y una relación viva con Cristo.
Hoy Jesús nos recuerda que Dios nunca deja de sembrar. La pregunta decisiva no es si Dios continúa hablándonos, sino si nuestro corazón permanece disponible para acoger su Palabra. Cuando esa Palabra encuentra un corazón abierto, siempre produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Quizá no según los cálculos humanos, pero sí según la abundancia del Reino de Dios.

 "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré"

Vivimos en una cultura que nos invita a controlar todo: el futuro, el éxito, la salud y hasta el tiempo. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos conduce en dirección contraria. Jesús nos presenta a un Dios cercano, confiable y profundamente humano, que no domina desde la distancia, sino que camina con nosotros y nos invita a descansar en Él.

yugo llevadero

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XIV Domingo del tiempo ordinario, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Un Padre cercano para todos

Ponerse en las manos de Dios significa descubrir que Él es un Padre digno de confianza, cercano y comprensivo. No espera solamente a quienes ya creen, sino que sale al encuentro también de quienes dudan, de los alejados y de quienes todavía no logran comprenderlo.

Este Dios no es una construcción nacida de la ignorancia ni del resentimiento frente a la sociedad. Es el Dios revelado por Jesucristo: un Padre entrañable que contempla el sufrimiento humano y se compromete con él. Precisamente por eso incomoda a los soberbios y a quienes viven encerrados en la autosuficiencia. Dios no puede ser indiferente ante el dolor de sus hijos, porque su corazón está siempre del lado de quienes sufren.

Libres, pero no dueños de la vida

El ser humano goza de una auténtica libertad, pero no es dueño absoluto de su existencia. Podemos decidir muchas cosas, pero no la duración de nuestra vida. Ningún seguro garantiza un segundo más; únicamente puede ofrecer mejores servicios, más comodidad o un funeral más elegante.

Podemos planificar el futuro, trabajar con responsabilidad y hacer proyectos, pero los acontecimientos decisivos permanecen en las manos de la providencia divina. Reconocer este límite no disminuye nuestra dignidad; al contrario, nos devuelve la serenidad. Comprendemos entonces que la vida no depende únicamente de nuestras fuerzas.

La humildad que libera

Jesús alaba a los sencillos porque poseen un corazón abierto a Dios. La verdadera sabiduría no consiste en creer que todo puede resolverse mediante la inteligencia o el poder. El saber vivir depende, sobre todo, de la capacidad para acoger el don de Dios.

La autosuficiencia termina agotando. Pretender controlar absolutamente todo es una carga imposible de sostener. En cambio, la humildad evangélica nos hace disponibles para la acción del Espíritu Santo, que ilumina nuestras decisiones y transforma nuestro interior.

Sin Dios, la vida fácilmente termina encerrada entre el pesimismo, la amargura y el vacío. Con el Espíritu Santo, incluso en medio del caos moral y de la superficialidad de nuestro tiempo, nacen la verdadera paz, el amor auténtico y un horizonte de esperanza.

«Vengan a mí»

La invitación de Jesús comienza con un verbo sencillo: «Vengan». Él ya dio el primer paso; ahora espera nuestra respuesta. Sin embargo, cada vez resulta más difícil acercarse a Cristo. La prisa, la indiferencia, la pereza espiritual y la sensación de no necesitarlo nos mantienen alejados. También influyen los prejuicios contra la fe y un ambiente que ridiculiza con frecuencia el espíritu cristiano.

Llevamos además nuestras propias cargas: preocupaciones familiares, heridas del pasado, incertidumbre ante el futuro y el deseo de encontrar soluciones inmediatas. Pero ninguna respuesta automática puede sustituir el encuentro con Cristo. Solo Él puede conducirnos hacia una vida espiritual más profunda, una generosidad renovada y una confianza plena en el amor del Padre.

Un yugo compartido

Cuando Jesús dice: «Carguen con mi yugo», no está imponiendo un peso mayor. Está ofreciendo caminar con nosotros.

El yugo siempre unía a dos animales para realizar juntos el trabajo del campo. Imaginemos que uno de ellos somos nosotros y el otro es Jesús. Él no observa desde lejos nuestros esfuerzos. Quiere entrar en el mismo terreno de nuestra existencia, compartir nuestro cansancio, soportar el mismo sol y ensuciarse los pies en el barro de nuestra historia.

Nuestra tarea continúa siendo necesaria; nadie puede vivir por nosotros. Pero la diferencia consiste en que ya no trabajamos solos. La fuerza principal proviene de Cristo, que sostiene nuestras debilidades y hace más ligera la carga que parecía insoportable.

El verdadero descanso

Todos necesitamos el descanso físico para recuperar fuerzas. Sin embargo, Jesús promete algo más profundo: el descanso del corazón reconciliado con Dios.

Quien aprende a confiar en el Padre, a vivir con humildad y a caminar junto a Cristo descubre una paz que el mundo no puede ofrecer. Es el descanso que permite seguir trabajando, seguir luchando y seguir amando con la esperanza puesta en la vida eterna.

El Evangelio de hoy nos invita a abandonar la ilusión de controlar todo para comenzar a vivir sostenidos por la fuerza de Aquel que nunca deja solos a quienes ponen su vida en sus manos.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


" el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí."

En la jerarquía del amor está Jesús y, de esa manera, se modifican el amor de padre, de hijo, de hermano. La misión que cada persona tiene en esta tierra está alimentada por el amor de Dios y a Dios; en libertad se sirve y ama más allá de la sangre, de las costumbres y de los odios.

CruzThe Crucifixion. Juan de Flandes, Copyright ©Museo Nacional del Prado

XIII Domingo del tiempo ordinario.Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 10, 37-42

Nueva forma de ser familia

La familia es el primer espacio donde aprendemos a amar, confiar y crecer. Sin embargo, también es el lugar donde experimentamos algunos de los mayores desafíos. Muchos padres viven con sentimientos encontrados cuando descubren que sus hijos comienzan a recorrer su propio camino, toman decisiones autónomas y construyen un proyecto de vida distinto del que ellos habían imaginado.

La imagen de la madre que protege a sus hijos expresa bien la ternura y la entrega propias de la vocación familiar. No obstante, la misión educativa alcanza su madurez cuando los hijos desarrollan la libertad necesaria para asumir responsabilidades, obrar con rectitud y vivir con gratitud. Un hijo verdaderamente maduro no es el que permanece siempre bajo la protección de sus padres, sino quien sabe responder responsablemente al bien recibido.

Ser un buen hijo, un buen padre, una buena madre o un buen hermano no constituye un obstáculo para el seguimiento de Cristo. Al contrario, el Evangelio invita a vivir cada una de estas relaciones desde un amor más profundo y auténtico. Jesús enseña que ningún afecto, por legítimo que sea, puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. El amor a Cristo no destruye los vínculos familiares; los purifica, los ordena y les da un sentido nuevo.

Vivir el conflicto entre el mundo y el discipulado

Seguir a Jesús implica una decisión que, en ocasiones, genera tensiones incluso dentro de la propia familia. El discípulo está llamado a romper con aquellas formas de pensar, actuar o valorar que contradicen el Evangelio. No se trata de romper con las personas, sino con aquello que impide vivir en la verdad y en el amor.

Por eso, el Señor invita a descubrir una nueva manera de ser hijo, padre, madre o hermano. La identidad cristiana no elimina la pertenencia a una familia, sino que la transforma desde la lógica del Reino de Dios.

El conflicto aparece cuando debemos elegir entre la verdad y la mentira, entre la solidaridad y el egoísmo, entre el rostro misericordioso de Cristo y las múltiples expresiones de la violencia, la injusticia y la indiferencia. En esos momentos, el discípulo carga su cruz: permanece fiel al Evangelio incluso cuando ello supone incomprensión, rechazo o sacrificio.

Llevar la cruz

Jesús afirma con claridad: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10,38). Llevar la cruz no significa buscar el sufrimiento ni adoptar una actitud de dureza frente a los demás. Significa asumir con fidelidad las exigencias del Evangelio, aun cuando ello implique renuncias, incomodidades o persecuciones.

El camino de Jesús conduce al Calvario. Allí experimenta el rechazo, la burla, la violencia y la injusticia. La cruz revela hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero también manifiesta la fuerza invencible del amor de Dios. Quien decide seguir a Cristo acepta recorrer ese mismo camino de entrega, convencido de que el amor siempre tiene la última palabra.

El Evangelio concluye con una promesa llena de esperanza: incluso el gesto más pequeño realizado por amor —como ofrecer un vaso de agua a uno de los discípulos— tiene un valor inmenso ante Dios. El discipulado no se expresa únicamente en grandes sacrificios, sino también en la fidelidad cotidiana, en la hospitalidad, en el servicio humilde y en la caridad concreta. Allí comienza la nueva familia de Jesús: una comunidad unida no solo por los lazos de la sangre, sino por la fe, el amor y el seguimiento del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».


No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

La valentía para decir la verdad supone una limpieza personal, de intención y de obra. La parresia de la comunicación cuida el alma y la conciencia ante los poderosos de este mundo que matan el cuerpo pero no pueden manipular el alma. 
Jesus es la verdad
Cabeza de Cristo (Rembrandt, Nueva York)

XII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Mateo 10, 26-33

No podrán silenciar la voz

La voz que proclama una verdad fundada en el Evangelio suele resultar incómoda. ¿Pero para quiénes? Precisamente para quienes viven instalados en la mentira. Las voces de san Juan Bautista, de Monseñor Romero y de fray Pierre Claverie, entre muchas otras, fueron acalladas por anunciar la verdad. Ni los imperios, ni las dictaduras, ni los extremismos aceptan fácilmente que el ser humano sea verdaderamente libre, y menos aún que encuentre en su fe una confianza profunda en Dios.
Seguir a Cristo implica asumir las consecuencias de permanecer fieles a la verdad. Es un camino de entrega y de donación de sí mismo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, ninguna fuerza humana puede silenciar definitivamente la voz del Evangelio.

La verdad transforma

Cuando se trata de la salud del cuerpo, buscamos conocer la verdad para poder sanar. Del mismo modo, cuando se trata del alma, también deberíamos desear la verdad, pues en ella se encuentra el fundamento del sentido de la vida.
¿Qué sucedería si cerráramos los ojos ante la mentira y nos abriéramos a la verdad de Dios? El Evangelio nos recuerda que nuestra dignidad no depende de nuestros aciertos o errores: para Dios valemos mucho más que los gorriones. Su amor permanece incluso cuando nos alejamos de Él.
Una petición en el Día del Padre
En este Día del Padre, pidamos a Dios la valentía para dialogar, debatir y confrontar ideas con respeto, siempre en una sincera búsqueda de la verdad. Que no nos dejemos guiar por intereses pasajeros ni por ideologías engañosas, sino por la Verdad que nace del Evangelio y conduce a la auténtica libertad.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"

«Trabajamos para comer y beber», solemos decir para expresar la importancia de los alimentos en nuestra vida cotidiana. En un sentido más profundo, esta afirmación puede aplicarse a la Eucaristía, que constituye el centro de la vida cristiana, fuente de la oración, de la misión y de toda actividad humana orientada a Dios.

Pani lingua
ANÓNIMO. Exaltación del Pange Lingua (h. 1700)

Corpus Christi, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A), Juan 6, 51-58

Jueves Santo: el origen del don eucarístico

La Última Cena adquiere todo su significado a la luz de las palabras de Jesús: su Cuerpo está presente en el pan y su Sangre en el vino. Reunidos en torno a Él, los apóstoles reciben un alimento que sacia el hambre de eternidad, llena el vacío de sentido y fortalece la fragilidad humana.

En la tradición bíblica, la cena pascual incluía el sacrificio del cordero. Aquella noche, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual es Jesucristo mismo, que se entrega por la salvación del mundo. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. Por ello, la liturgia de la Cena del Señor alcanza toda su fuerza cuando resuenan las palabras de la consagración, pronunciadas en comunión perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

La solemnidad del Corpus Christi, que en algunos lugares aún se celebra el jueves según la tradición, recuerda esta verdad fundamental de la fe. Allí donde la secularización ha debilitado las expresiones públicas de la fe, las procesiones y la adoración eucarística han perdido parte de su vigor. Sin embargo, la Iglesia continúa proclamando la grandeza del Señor y anunciando su presencia viva «hasta que Él vuelva».

Signo de unidad y comunión

En la Última Cena, los apóstoles permanecen unidos en torno a Jesús. Del mismo modo, los cristianos son convocados a la unidad mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía reúne a los creyentes para formar el único Pueblo de Dios.

Además, la Eucaristía une a los cristianos en una misma misión. La celebración litúrgica no termina con la bendición final, sino que se prolonga en la vida cotidiana. Por ello, la Eucaristía es el pan de los peregrinos: fuente, centro y culmen de la formación cristiana, de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora.

Las procesiones de Corpus Christi expresan precisamente esta fe. No son simples manifestaciones externas, sino actos de adoración en los que el pueblo cristiano contempla y honra a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.

El pan eucarístico es también signo de comunión. No procede de un solo grano de trigo, sino de muchos granos que, unidos, forman un único pan. De la misma manera, la Última Cena no es un acontecimiento individual, sino comunitario: el «nosotros» que nace de Cristo y se construye en Cristo.

En esta solemnidad de Corpus Christi, estamos invitados a compartir el pan con quienes tienen necesidad, a participar con fe en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor y a convertirnos, nosotros mismos, en alimento para los demás mediante el servicio, la caridad y la entrega generosa. Como el pan que nace de muchos granos unidos, también nuestra vida está llamada a ser expresión concreta de comunión y fraternidad.

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en perfecta comunión. Son un solo Dios; no se multiplican ni se dividen. La unidad no elimina la diversidad, ni la diversidad rompe la unidad. El Hijo y el Espíritu Santo reciben toda la vida divina del Padre y se distinguen por sus relaciones personales. Dios es comunión de amor.

Trinidad
La Santísima Trinidad. Jan Cornelisz Vermeyen. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

La Santísima Trinidad. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Juan 3, 16-18

Cada día iniciamos nuestra jornada haciendo la señal de la cruz y pronunciando los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los sacramentos se celebran en su nombre. Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a esta vida divina cuando el ministro derramó el agua sobre nosotros diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Es un gesto tan frecuente que corremos el riesgo de repetirlo mecánicamente, olvidando su inmensa riqueza. La señal de la cruz no es una simple fórmula religiosa; es la confesión de nuestra fe en un Dios que es relación, comunicación y amor.

Ante el misterio de la Trinidad, más que buscar una explicación puramente metafísica, estamos llamados a descubrir el sentido profundo de nuestra fe. No se trata solamente de comprender un concepto, sino de contemplar una realidad viva. La fe cristiana no se sostiene únicamente en conocimientos teóricos, sino en abundantes testimonios de caridad, humildad, esperanza y amor.

La Santísima Trinidad se contempla antes de explicarse. Es un misterio que invita más a la adoración que a la especulación, más a la confianza que a la soberbia intelectual. Por eso, adentrarnos en este misterio no significa enfrentarnos a un problema insoluble, sino abrirnos a una fuente inagotable de esperanza.

Gracias al Hijo, todos hemos sido hechos hijos de Dios. Participamos de la filiación divina y estamos llamados a dirigirnos a Dios con la confianza de Jesús, llamándolo «Abbá, Padre». Somos hijos en el Hijo por la acción del Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo. En estas palabras resplandece el corazón mismo de la revelación cristiana: el amor de Dios. Un amor tan grande que se manifiesta en la encarnación y se entrega para la salvación del mundo.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». No se trata de un amor abstracto, sino de un amor que toma la iniciativa, que sale al encuentro del ser humano y le ofrece vida eterna.

Nicodemo representa a todo creyente que busca sinceramente a Dios. Su diálogo con Jesús es un camino de búsqueda, de encuentro y de transformación. Allí descubrimos que el sentido último de la existencia se encuentra en la relación con Dios, una relación que da plenitud a la vida y la abre a la eternidad.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta es la gran noticia de la fe cristiana: somos amados, llamados y salvados. Creer en Cristo es acoger este don y dejarse introducir en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Trinidad no es una realidad lejana. Es el origen de nuestra vida, el modelo de nuestras relaciones y la meta hacia la cual caminamos. Cuanto más participamos de la comunión, del amor y de la entrega mutua, más reflejamos en nuestra existencia el misterio del Dios trino.

Que al persignarnos cada día recordemos que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad Santa y que estamos llamados a vivir según esa misma lógica de comunión, amor y servicio.


Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


La Santísima Trinidad

Jan Cornelisz Vermeyen

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado


Dios Padre, Cristo muerto y el Espíritu Santo, rodeados de ángeles con los símbolos de la Pasión, se muestran en un rompimiento de gloria sobre un paisaje. Es un recurso que utilizará también Tiziano en La Gloria del Museo del Prado y que deriva de estampas de Durero. Las figuras delatan la influencia de Rafael. Vermeyen, muy estimado en la corte de Carlos V, realizó importantes proyectos artísticos para el emperador.

Virtudes para un perfil de líder en comunicación institucional

Las dinámicas comunicativas de la sociedad digital han revelado la urgencia de fortalecer la figura del director de comunicación en las instituciones religiosas. Algunas instituciones ya vienen renovando sus estrategias organizativas y la formación de sus líderes. Después de la pandemia, la pregunta es inevitable: ¿cómo responder a los desafíos pastorales planteados en lo que se refiere a “una Iglesia en salida” y “una Iglesia sinodal”?

Lider

Alegoría del Buen Gobierno - Ambrogio Lorenzetti

Se requiere la capacidad de mirarse en el espejo institucional, escuchar, abrir puertas y ventanas para oxigenar el diálogo y caminar juntos. Este ejercicio comunicativo, desarrollado en círculos concéntricos y consciente del poliedro eclesial orientado hacia las periferias, constituye un proceso de maduración pastoral progresiva.

En este marco pastoral e histórico surge la pregunta por el perfil del líder en comunicación. El comunicador es un predicador entre predicadores: humilde servidor, vigilante a tiempo y a destiempo, contemplativo de la realidad humana y prudente artesano de la confianza. Es alguien capaz de profundizar en la prudencia para madurar en los siete hábitos. Cada hábito se relaciona con una o más virtudes; la principal es la prudencia y, en su grado más alto, la caridad.

Antes de profundizar en los siete hábitos del líder en comunicación, conviene recordar que tanto Stephen R. Covey como Josef Pieper parten de una misma convicción: la realidad es el escenario de la verdad.


La prudencia: realidad y bien

El esquema es sugerente: el líder prudente traduce el conocimiento de la realidad en la realización del bien. De la prudencia dependen la lucidez y la objetividad necesarias para identificar los verdaderos problemas, reconocer los círculos de influencia y ejercitar un proceso de transformación desde dentro hacia fuera. Se trata de aprender a aprender, tener el coraje del cambio e identificar modelos de ejemplaridad.


En el ámbito institucional surgen algunas preguntas decisivas: ¿qué lugar ocupa la oficina de comunicación en el organigrama institucional? ¿El líder institucional y el director de comunicación diseñan juntos estrategias de confianza y reputación? Estas cuestiones conducen al perfil ideal del director de comunicación: ¿conoce realmente los objetivos institucionales y orienta su gestión hacia ellos? ¿Cuál debería ser su perfil humano y profesional?

En cualquier institución, el perfil fundamental es el de una persona prudente. La prudencia es el arte de decidir bien y tiene como horizonte moral el obrar rectamente. El camino de la integridad exige ser buena persona y excelente profesional. Nadie puede presumir de sabio si no posee las virtudes del hombre prudente: fidelidad a la memoria, libertad creativa y objetividad ante lo inesperado.

Después de todo, la verdad no se maquilla; es como una lámpara colocada en alto que ilumina desde el interior los hábitos de la persona altamente efectiva.

La prudencia es, por tanto, la virtud cardinal de un líder que busca la sinergia, el justo medio (justicia), la fortaleza interior y el dominio de sí mismo (templanza). En la perspectiva de Santo Tomás de Aquino, existe una prudencia superior: la caridad, es decir, el amor al que están llamados los comunicadores cristianos. “Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mt 6,22).


1. De la reacción a la proactividad: la justicia

La llegada de un nuevo líder suele generar expectativas. Sin embargo, toda institución posee una historia y personas con experiencia acumulada. En este contexto, la frase de Josef Pieper —“bueno es lo que antes ha sido prudente”— funciona como un criterio para distinguir entre liderazgos reactivos y liderazgos proactivos.

Por ejemplo, un nuevo responsable puede convocar inmediatamente a su equipo para imponer reglas y exigir resultados sin haber comprendido antes la cultura institucional. Comienza a “talar árboles” sin conocer el bosque. Ese es el típico líder reactivo.

El líder reactivo busca afirmar su autoridad, controlar a los demás y generar dependencia. Atribuye el éxito únicamente a sí mismo, pero muchas veces vive fuera de control emocional, oscilando entre la euforia y la frustración. La avaricia y el afán de resultados inmediatos terminan afectando su capacidad de discernimiento.

Esopo ilustra esta actitud en la fábula de “La gallina de los huevos de oro”: el granjero se preocupa más por la producción que por la gallina misma. La pérdida del equilibrio destruye aquello que debía cuidarse.

En cambio, el líder prudente observa atentamente la realidad, capitaliza las experiencias del pasado, analiza las circunstancias presentes y prevé el futuro. Ese es el líder proactivo. Posee formación e información para tomar iniciativas y reconoce que su verdadera fuerza está en actuar sobre aquello que realmente puede transformar.

Se interesa más por “ser” que por “tener”. Es un líder inspirador, orientado hacia lo justo, lo valiente y lo moderado.


2. Comenzar con un fin en mente: la fortaleza

La prudencia exige claridad respecto del futuro y fidelidad a la verdad. Resulta escandaloso encontrar instituciones sin objetivos definidos; pero todavía más grave es encontrar líderes sin valores fundamentales.

¿Cuáles son los objetivos y valores esenciales de un líder? Un ejemplo claro es el papa Francisco y su insistencia: “no olvidarse de los pobres”.

El Evangelio de Lucas presenta dos administradores: uno necio, que acumula bienes sin verdadera riqueza (cf. Lc 12,20-32), y otro corrupto, temido y rechazado (cf. Lc 16,1-13). Ambos quedan desenmascarados al final de su camino. Sus intenciones eran egoístas y utilizaron la astucia para maquillar la realidad.

El líder sin objetivos claros termina “dorando la píldora” a los demás. Allí donde está el centro de su vida, allí se encuentran también su seguridad, su guía y su poder.


3. Poner primero lo primero: la templanza

La prudencia permite al líder analizarse desde dentro hacia fuera. El líder crea y recrea realidades, visualiza posibilidades y proyecta el futuro.

La templanza le permite gobernar su voluntad, superar las adversidades cotidianas, mantener sus compromisos y construir integridad personal.

“Primero lo primero” significa organizar y ejecutar según prioridades. Si un líder desea preservar las relaciones y alcanzar resultados duraderos, debe revisar cómo distribuye su tiempo entre lo urgente y lo importante, lo urgente y no importante, lo importante y no urgente, y aquello que no es ni urgente ni importante.

El trabajo institucional siempre involucra personas: colaboradores, profesionales, familias y comunidades.


4. Pensar en ganar–ganar: el justo medio


La verdadera justicia busca que todos ganen. Los acuerdos deben ser mutuamente beneficiosos y satisfactorios.

El peligro aparece cuando predomina una lógica autoritaria basada en ganar-perder o perder-ganar. Allí desaparece la confianza.

La vida institucional no puede reducirse a competir con colaboradores, amigos o vecinos. Necesita relaciones interdependientes y cooperación auténtica. La justicia, desde todos sus ángulos, exige relaciones prudentes y transparentes.


5. Buscar primero comprender y luego ser comprendido: abrir puertas y oxigenar

El líder empático sabe escuchar. Oxigena las emociones y genera espacios de aprecio y respeto.

El riesgo contrario es la autorreferencialidad: considerarse el modelo absoluto para todos y negarse a la autoevaluación.

La escucha se expresa también a través de los ojos, la postura corporal y los gestos. El recurso humano es tan importante como los factores técnicos y económicos.

Como afirma el papa Francisco, se trata de “escuchar con los oídos del corazón”.


6. Sinergizar: compromisos auténticos y caridad

El líder prudente posee el coraje de decidir y comprometerse con la verdad. Busca soluciones reales y trabaja desde una lógica de cooperación.

En un contexto que exige constantemente seguridad y predictibilidad, el líder aprende a prescindir de sí mismo para dar espacio a la justicia y a la misión compartida.

La sinergia libera creatividad, fortalece la cooperación y construye confianza. En este hábito aparece la forma más alta de prudencia: la caridad, entendida como comunión.


7. Afilar la sierra: renovación permanente


Covey narra la historia del hombre que dedica todo su esfuerzo a cortar un árbol, pero nunca se detiene a afilar la sierra.

El líder necesita “filo”. Nadie puede hacerlo por él. Debe entrar continuamente en una espiral ascendente de aprender, actuar, comprender, comprometerse y volver a aprender.

Al final, se cosecha lo que se siembra. Una conciencia moral cada vez más educada impulsa al líder hacia la libertad, la seguridad interior, la sabiduría y la prudencia: madre de los hábitos de la persona altamente efectiva.

Afilar la sierra implica una disciplina integral en cuatro dimensiones:

1. Dimensión física: proporciona resistencia, energía y salud.

2. Dimensión espiritual: mantiene viva la unión con la fuente de sentido y fortalece la vida interior.

3. Dimensión mental: exige lectura, análisis crítico y discernimiento frente a las noticias falsas y las campañas de odio.

4. Dimensión social y emocional: fortalece el liderazgo interpersonal, la comunicación empática y la cooperación creativa.

La clave permanece en el “círculo de influencia”: concentrarse en aquello que realmente puede transformarse y trabajar con visión de largo plazo.

Finalmente, el aprendizaje nunca termina. El objetivo es la verdad y el obrar se orienta hacia el bien. En su forma más alta, la comunicación encuentra su modelo en Dios Trinidad: unidad en la diversidad, comunión en la caridad.


Bibliografía

  • Josef Pieper, "La Prudenza", Massimo Editore, 1999.
  • Stephen R. Covey, "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva", Planeta, Madrid, 2019.

Alegoría del buen gobierno

En el muro del Buen Gobierno el eje principal es la personificación de la paz, ubicada entre este último y la justicia, pero empezaremos por la descripción de la alegoría del buen gobierno, la luz en todas las escenas en antinatural ya que no hay sombras y la luz tiene un origen desconocido. Los frescos del buen y mal gobierno han supuesto una valiosa fuente información para conocer las costumbres de la época, la vestimenta y la forma de construir.

En esta parte del fresco se observa la alegoría del buen gobierno, se puede ver a la izquierda a la justicia sentada en un trono representando el equilibrio sosteniendo en cada lado de la balanza al bien y al mal respectivamente. A la derecha según entramos en la estancia está la personificación del Buen Gobierno, significando al mismo tiempo Siena y la representación del bien común. Debajo de la justicia se ha representado a la concordia trenzando una cuerda que llevan los personajes situados en procesión en la parte inferior, estos eran los 24 consejeros de la ciudad y sus rostros son retratos fidedignos de las personas que ocupaban esos cargos en aquella época.


«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»

En esta fiesta se cumple la promesa de Jesús, se inicia la nueva alianza, el nuevo Sinaí, la nueva Iglesia. Pero, ¿qué significa para cada uno de los cristianos?

Pentecostés
Discesa dello Spirito Santo nel giorno di Pentecoste (Moretto)

Domingo de Pentecostés - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 19-23

Pentecostés abre puertas.

Se abren para entrar y para salir. Se abren para acoger a quienes buscan a Dios con el corazón herido o esperanzado; y se abren también para que los discípulos salgan al mundo llevando la alegría de la Buena Noticia. El Espíritu Santo no encierra: impulsa. No crea comunidades cerradas sobre sí mismas, sino discípulos capaces de vivir la conversión y el testimonio, la intimidad con Dios y el anuncio valiente del Evangelio, a tiempo y destiempo.

Signos misioneros

El relato bíblico presenta signos profundamente misioneros: el viento y el fuego. El viento irrumpe como fuerza que pone en movimiento; el fuego transforma las lenguas y convierte la confusión en entendimiento. Allí donde antes existía división, nace la posibilidad de comprenderse. Pentecostés manifiesta así una verdad fundamental: la Iglesia tiene como una de sus raíces más profundas la capacidad del encuentro y de la comunicación.

No se trata solamente de hablar distintos idiomas, sino de aprender a escuchar el corazón humano. El Espíritu Santo hace posible una comunicación que atraviesa barreras culturales, sociales y espirituales. Por ello, la Iglesia está llamada a preguntarse constantemente si sus espacios realmente permanecen abiertos para todos: para quienes creen con firmeza, para quienes dudan, para quienes observan desde lejos y buscan silenciosamente un sentido para sus vidas.

Por qué el Espíritu parece un misterio

Seguir el viento del Espíritu significa dejarse conducir por Dios. El Espíritu Santo no vino para convertirse en un misterio reservado a unos pocos ni en una experiencia reducida a ejercicios de autosuperación espiritual. Vino para señalarnos el camino, fortalecer nuestra humanidad y concedernos sus dones para vivir con mayor verdad, libertad y amor.

Los apóstoles comprendieron esta novedad y la transmitieron con su propia vida. Todo el Nuevo Testamento está atravesado por el dinamismo de comunidades que aprendieron a vivir unidas en medio de sus diferencias. La fe cristiana no se sostiene en el individualismo. Nadie puede construir el bien común sin hacer del Evangelio el fundamento de sus relaciones.

Una identidad auténtica

Dios ya ha dado a cada persona una identidad única; por eso, el verdadero desafío no consiste en aparentar originalidad, sino en responder de manera auténtica a la llamada de Dios. La oración personal encuentra su plenitud en la comunión fraterna. La intimidad de la comunidad es Cristo mismo, y la comunión alcanza su fuente más profunda en la vida del Dios Trino.

Pentecostés es, finalmente, la manifestación pública del Espíritu Santo que inaugura la Nueva Alianza. Desde ese momento, la Iglesia queda capacitada para anunciar las maravillas de Dios a todos los pueblos y para formar una comunidad viva en la fe, la conversión, el bautismo y la comunión. Allí donde el Espíritu encuentra puertas abiertas, nace siempre una vida nueva.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


👉 La Pentecoste è un dipinto a olio su tela (249 × 167 cm) del Moretto, databile al 1543-1544 e conservato nella Pinacoteca Tosio Martinengo di Brescia.

Il dipinto, valutato positivamente solo a partire dalla critica novecentesca, è testimonianza del passaggio, nell'arte del Moretto, da forme rinascimentali a forme post-rinascimentali, fondendo i vecchi stilemi veneziani con particolari manieristici di scuola bresciana, con un attento utilizzo della luce nei suoi nuovi valori del tardo rinascimento.


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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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Javier Abanto Silva
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