Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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Y Jesús les dice: «No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un milagro patente.”


La controversia de Jesús con los escribas y fariseos sobre la pasión y la muerte sigue. Jesús ha identificado al fundamentalismo como una amenaza para la religión y su cultura. La muerte no es una alternativa religiosa. En cada asesinato está muriendo el mismo enviado por Dios. Jesús es eliminado por los dirigentes como culto a Dios. En su muerte se funda una nueva religión. El fundamentalismo se queda sin Dios y sin religión.

Viñadores homicidas
Parábola de los trabajadores perversos (Притча о злых виноградарях, 2013), del artista ruso Andrei N. Mironov. La obra pone de manifiesto la actitud conspirativa de los viñadores perversos frente al hijo del propietario de la viña.

XXVII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 21, 33-43

 

 «Les doy a luz mediante continuas oraciones» 

(Santa Catalina de Siena).

La importancia que tiene un padre o una madre en la motivación práctica de la obediencia tiene más dimensiones: acompañar y orar.  Dos hijos, dos respuestas y un solo camino: cumplir la misión en la viña del Señor.

Catalina de Siena, Domingo, Juan Evangelista
Santa Catalina de Siena era visitada con frecuencia por Jesús, la Virgen y Santo Domingo - Imagen generada por IA- Chatgpt)

XXVI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 21, 28-32

 ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Hoy la Palabra nos ofrece la oportunidad de corregir el rumbo frente a nuestras incoherencias. En la parábola de la obediencia filial, un hijo responde con un «no», pero luego recapacita y va a trabajar; el otro responde con un «sí», pero no cumple. Jesús nos invita a mirar más allá de las meras palabras: lo decisivo no es quedarse en promesas perfectas, sino hacer la voluntad del Padre mediante una conversión sincera y coherente.
Jesucristo encuentra a Juan

Jesús encuentra a Juan el Bautista. Anónimo del siglo xv.

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 (Ciclo A) | Mateo 21, 28-32

Dos hijos, dos actitudes, dos respuestas

El Evangelio de san Mateo nos sitúa en un contexto de conversión y misericordia. Nos presenta a dos hijos, ambos pertenecientes al mismo padre, pero con respuestas radicalmente opuestas:

El primer hijo, que inicialmente se niega diciendo «no quiero», representa a los publicanos, pecadores y prostitutas: personas que reconocen su fragilidad, se arrepienten y deciden seguir fielmente a Jesús.

El segundo hijo, que responde con un «voy, señor», pero no va, representa a quienes se conforman con una piedad superficial y dicen «Señor, Señor». Poseen un lenguaje religioso fluido y formal, pero su corazón permanece lejos de una verdadera transformación.

El «no quiero» que se convierte en obras

La desobediencia inicial hacia un padre genera en el ser humano un peso de culpa. El envío del padre a trabajar en la viña no es un castigo, sino una invitación a colaborar en la sostenibilidad del hogar y a cumplir una misión digna. Al tomar conciencia del desprecio cometido hacia su padre, el primer hijo experimenta un arrepentimiento profundo. Comprende que la única vía de restauración es la conversión activa. Aunque la desobediencia inicial es dolorosa, Dios celebra con alegría al pecador que se arrepiente. Ya no importa el sol agobiante ni la dureza de la tierra: existen motivos más profundos para trabajar en la viña. Sus obras ya no buscan la vanagloria, sino dar gloria a Dios y aportar al sustento de su hogar y de la comunidad.

El «sí, señor» que se queda en palabras

Frente al primer hijo encontramos la postura del autosuficiente: aquel que se siente tan seguro de sí mismo que cree no necesitar de la guía del padre. Permanece en la casa únicamente por conveniencia, disfrutando del techo, el sustento y la buena reputación que le brinda el apellido familiar. Sus palabras son impecables —las que todo padre quisiera escuchar—, pero su vida está desconectada del sacrificio, la disciplina y el amor fraterno. Esta actitud hipócrita instrumentaliza la relación filial buscando un beneficio egocéntrico, convirtiéndose en motivo de dolor para el hogar y para Dios, quien conoce lo profundo del corazón.

Transformar la vida en la viña del Señor

La misión que se nos confía es cuidar la viña: cultivarla, regarla, podarla y alimentarnos del fruto digno de nuestro trabajo y de la solidaridad compartida. La Iglesia continúa necesitando trabajadores obedientes en las obras, no solo en los labios.

Jesús cuestiona con dureza la actitud de quienes utilizan la religión como un tribunal para juzgar quién tiene derecho a acercarse a Dios. Al recordar que los publicanos y las prostitutas creyeron a Juan el Bautista y se arrepintieron, el Señor nos enseña que el pecado no es indiferente, pero tampoco nadie puede considerarse tan justo como para no necesitar conversión. Dios siempre es capaz de abrir caminos de gracia allí donde alguien parecía más distante.

Esta invitación no concierne únicamente a los sacerdotes o personas consagradas; involucra a cada cristiano en su vida cotidiana. Por ello, la pregunta fundamental que debemos hacernos no es solo «¿qué creo?», sino «¿qué frutos concretos está dando mi fe en mi familia, en mi trabajo y en mi comunidad?».

Misión cristiana

La misión cristiana no es solamente para sacerdotes, religiosos o personas especialmente comprometidas. Cada uno tiene una viña que cuidar.

Por eso, la pregunta no es únicamente: «¿Qué creo?»

También debemos preguntarnos: «¿Qué está produciendo mi fe?»

Quizá hoy tengamos que reconocer que alguna vez hemos dicho «no» a Dios, pero estamos dispuestos a volver a empezar. O quizá descubramos que hemos dicho muchos «sí» con los labios, pero todavía nos cuesta llevarlos a la vida.

Lo importante es que hoy podemos cambiar.

Porque para Dios nunca es demasiado tarde para volver a la viña.

Y quizá esa sea la buena noticia de este Evangelio: Dios no espera de nosotros palabras perfectas, sino un corazón dispuesto a convertirse y unas manos capaces de ponerse a trabajar.

El centro de la parábola no es simplemente obedecer una orden, sino pasar de la palabra a la acción mediante la conversión.

¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Dios no actúa según nuestros cálculos de mérito, competencia o comparación, sino desde la sobreabundancia de su generosidad y misericordia. La parábola de los obreros de la viña no pretende ofrecer una teoría económica sobre los salarios, sino revelar la verdadera naturaleza del Reino de Dios: un don gratuito que supera toda lógica humana.


Pintura de la parábola, de Patrick Paearz de Wet , mediados del siglo XVII

XXV Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 20, 1-16

El lenguaje espiritual del Evangelio

Para comprender el escándalo de esta parábola, es necesario mirar los símbolos que Jesús utiliza:

  • La viña del Señor: Es el Pueblo de Dios, el espacio cotidiano de la misión y la evangelización. La viña (el mundo), a través de la Vid (Cristo) y por medio de los sarmientos (nosotros, los creyentes), está llamada a dar fruto abundante y a edificar el Reino aquí y ahora.
  • El dueño de la viña: Representa a Dios, que conoce la fragilidad de su terreno y sale constantemente al encuentro de los suyos. No se cansa de buscar trabajadores, no porque necesite mano de obra, sino porque no quiere a nadie de pie en la plaza, sumido en la ociosidad o el desánimo.
  • El salario desacostumbrado: Al pagar a todos la misma moneda —un denario, lo necesario para sostener la vida de ese día—, Dios rompe la lógica del rendimiento. La diferencia de horas trabajadas no genera desigualdad en la salvación. Dios no mide el tiempo con monedas, sino con la mirada del corazón.

El conflicto surge cuando pretendemos que Dios se ajuste a nuestros criterios de «estricta justicia», una justicia que en el fondo resulta fría y calculadora. Nos apegamos al reclamo porque nos cuesta aceptar que la generosidad divina alcance también a quien llegó a última hora.

Del conflicto a la madurez de la fe

Todos conocemos la sensación humana de trabajar duro y sentir que no se nos reconoce como merecemos. Por eso comprendemos la molestia de los obreros de la primera hora. Sin embargo, la paradoja del Evangelio nos invita a una conversión profunda:

  • Dios no es injusto, es desbordante: A los primeros les da lo pactado; a los últimos, lo que necesitan para vivir.
  • El peligro de la comparación: Compararnos convierte la bendición ajena en motivo de tristeza personal. La envidia no nace de haber perdido algo, sino del malestar de ver que el otro ha recibido un bien.
  • Aprender a alegrarnos: El verdadero crecimiento espiritual consiste en abandonar la contabilidad del mérito para celebrar la conversión, la oportunidad y la dicha del hermano.

«¿O es que vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»


La tentación de fabricar un Dios a nuestra medida

A menudo invertimos la decisión de la Creación: en lugar de dejar que Dios nos transforme a su imagen y semejanza, intentamos moldear a Dios a la medida de nuestras ideas, intereses y prejuicios. Proyectamos en Él nuestras pequeñeces, atribuyéndole dinámicas de exclusión o contabilidad.

Pero la perspectiva de Dios es más alta. Desde arriba, Él contempla a la humanidad con una mirada más amplia y compasiva. Mudar el pensamiento para «tener la mente de Cristo» implica reconocer que nunca es tarde para reajustar el rumbo. Aunque sintamos que hemos malgastado el tiempo, Dios no se cansa de llamar, esperar y restaurar nuestra dignidad.

Un plus de gracia: «Nadie nos ha contratado»

Aquellos que permanecían en la plaza a la cinco de la tarde no eran perezosos; simplemente nadie les había dado una oportunidad. Eran los olvidados, los invisibles del sistema.

Esta realidad interpela hoy a la comunidad creyente: ¿A quiénes estamos dejando fuera de la viña del Señor? Hay muchas personas solas, desanimadas o heridas esperando escuchar esa voz redentora: «Id también vosotros a mi viña».

La salvación no es un salario que se exige por antigüedad o esfuerzo, sino un regalo que se acoge con gratitud. Trabajar en la viña desde la mañana o desde el atardecer es, en sí mismo, el mayor privilegio: la oportunidad de colaborar con el Amor.


Oración: Generosidad y justicia

Señor,

tú no das según nuestros méritos,

sino según la abundancia de tu corazón.


Tu amor alcanza a todos,

tu misericordia no excluye a nadie

y tu bondad siempre nos ofrece una nueva oportunidad.


Gracias porque nos llamas a tu viña,

no para medir cuánto merecemos,

sino para hacernos partícipes de tu alegría.


Enséñanos a dejar atrás la envidia,

la comparación y el resentimiento,

y a alegrarnos porque tu amor es para todos.


Haznos generosos como tú:

capaces de dar sin calcular,

de perdonar sin llevar cuentas

y de amar sin poner condiciones.


Que nunca olvidemos, Señor,

que todo lo que somos y tenemos

es don de tu infinita misericordia.

Amén.

Perspectiva dominicana, espiritual y memoria religiosa de Lima

La pintura, realizada al óleo sobre lienzo, representa a san Juan Macías, O.P., en una composición de carácter devocional que reúne diversos elementos asociados a su vida, espiritualidad y culto. 

san Juan Macias

Pintura al óleo sobre lienzo, expuesta en la Capilla en honor a San Juan Macías del Convento de Santo Domingo de Lima

“¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Señor, tú has perdonado nuestras deudas impagables; danos un corazón misericordioso para perdonar a nuestros hermanos y vivir libres del rencor. En sentido positivo es: “haz al otro lo que quieres que el otro haga por ti”.

Avaricia

El Culto de Mammon (1909), la deidad del Nuevo Testamento de la avaricia material, por Evelyn De Morgan.


XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A. Mateo 18, 21-35

Dos deudores

La parábola de los dos deudores nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos con la misericordia que hemos recibido? Jesús presenta a un hombre incapaz de pagar una deuda enorme. Su señor, movido por compasión, le perdona todo. Sin embargo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor y, en lugar de compadecerse, exige que pague hasta el último centavo.
La desproporción entre las dos deudas es intencionada. Jesús quiere mostrarnos que la misericordia de Dios desborda nuestros cálculos. No puede medirse como una cuenta que se lleva con exactitud ni administrarse según nuestros méritos.

El perdón no se cuenta

Pedro pregunta: "¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?". Jesús responde: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
No se trata de realizar una operación matemática y establecer un límite. El número expresa una realidad que desborda toda medida. El perdón cristiano no puede convertirse en contabilidad: siete veces sí, ocho ya no.
También nosotros necesitamos ser perdonados muchas veces. El problema aparece cuando queremos recibir de Dios una misericordia sin límites mientras ofrecemos a los demás una misericordia cuidadosamente calculada. Son actitudes que nos dejan perplejos.
Perdonar no significa aprobar el mal, negar una injusticia o renunciar a la reparación. Significa no permitir que el daño recibido termine gobernando nuestro corazón. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a convertirse en misericordia para los demás. Podríamos dejar perplejos por nuestra generosidad y nunca por nuestra avaricia.

La honestidad también es una forma de justicia

La parábola utiliza el lenguaje de las deudas y las cuentas, y esto nos lleva también a nuestra vida cotidiana. ¿Qué problemas tiene la persona que gasta de manera desproporcionada a lo que gana? Las cuentas deben ser claras. Lo que se gasta tiene un origen y, cuando no se administra responsablemente, alguien termina pagando las consecuencias.
La honestidad económica forma parte de la verdad y de la vida moral. La confianza también se construye en la manera como utilizamos el dinero. Una pequeña deshonestidad puede parecer insignificante, pero cuando se repite termina deteriorando relaciones, proyectos y comunidades.
Apropiarse de lo que no nos pertenece, exagerar un gasto, cobrar injustamente, ocultar una información económica o utilizar para beneficio personal aquello que ha sido confiado para un servicio común no es simplemente un problema administrativo: es un desgaste de la integridad moral. 
La generosidad, por tanto, no se opone a la responsabilidad. Perdonar no significa vivir irresponsablemente; ser misericordioso no significa abandonar la justicia. La misericordia cristiana necesita de la verdad, la honradez y la responsabilidad.

La misericordia transforma

La tragedia del siervo de la parábola no consiste en que tuviera una deuda, sino en que habiendo sido perdonado, fue incapaz de perdonar. Recibió misericordia, pero no permitió que esa misericordia transformara su manera de relacionarse con los demás.
También nosotros podemos caer en la misma contradicción: pedir comprensión para nuestros errores y ser implacables con los errores ajenos; reclamar paciencia para nosotros y exigir perfección a los demás; pedir misericordia a Dios y administrar con dureza las pequeñas deudas de nuestros hermanos.
Por eso, la pregunta del Evangelio no es solamente: "¿Cuántas veces debo perdonar?", sino algo más profundo: "¿Qué ha producido en mí el perdón que he recibido de Dios?"
Hay deudas que deben pagarse, responsabilidades que deben asumirse y errores que deben repararse. Pero también hay heridas que necesitan ser sanadas y relaciones que claman una nueva oportunidad.
Dios es compasivo y justo. Su misericordia no elimina la justicia, sino que la lleva a su plenitud. Y quien ha experimentado esa misericordia está llamado a hacerla visible en la manera como trata a los demás.

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Esta mañana, mientras la aurora iluminaba lentamente el horizonte y el aire fresco anunciaba la llegada del día, esperábamos la salida del sol en todo su esplendor. Así también, en la Natividad de la Virgen María, la Iglesia contempla a María como la aurora que anuncia el nacimiento del Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Ella no es el Sol, pero nos conduce hacia Él; no es la fuente de la salvación, pero es la mujer elegida para acoger en su seno al Salvador.

Natividad de María

El nacimiento de la Virgen, Museo del Louvre, París


Hoy contemplamos a María en la humildad de su nacimiento. Todavía no vemos en ella la grandeza que la Iglesia reconocerá después; vemos solamente a una niña, pequeña y frágil. Y, sin embargo, en esa pequeñez comienza a despuntar el cumplimiento de las promesas de Dios. Porque el Señor acostumbra realizar sus grandes obras a través de lo pequeño, de lo humilde y de aquello que el mundo considera insignificante.

Virgen María, enséñanos la verdadera grandeza.

Vivimos en un mundo que confunde grandeza con poder, éxito, fama y reconocimiento. Tú nos enseñas que la verdadera grandeza consiste en dejar que Dios haga su obra en nosotros. Tu vida no fue una búsqueda de protagonismo, sino una respuesta generosa a la gracia. Tu grandeza nació de aquel «sí» con el que acogiste la voluntad de Dios y te convertiste en Madre del Salvador.

Por eso, al celebrar hoy tu nacimiento, no solamente recordamos el comienzo de una vida santa; contemplamos el comienzo de una historia de salvación que alcanza su plenitud en Jesucristo. En ti, Virgen María, la humanidad se abre nuevamente a Dios. En ti contemplamos la belleza de una humanidad reconciliada con su Creador: una humanidad capaz de escuchar, confiar, responder y ponerse al servicio del proyecto de Dios.

¿Qué sería de nuestra historia de salvación sin tu “sí”, María?

Tu «hágase en mí según tu palabra» abrió las puertas de nuestra humanidad al misterio de la Encarnación. Por ti, el Verbo se hizo carne; por ti, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, entró en nuestra historia. Por eso la Iglesia proclama con alegría:

«Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios».

Sí, María: tú eres la aurora que anuncia a Cristo. Tu presencia no nos detiene en ti, sino que nos conduce siempre hacia tu Hijo. Él es el Sol que vence nuestras tinieblas, el Médico que sana nuestras heridas, el Salvador que derrota el pecado y la muerte, y el Señor que nos regala la vida para siempre.

En ti reconocemos también a la mujer anunciada en la historia de la salvación, aquella cuya descendencia participa en la victoria definitiva sobre el mal. La tradición cristiana ha contemplado en María a la mujer asociada al cumplimiento de la promesa de Dios: la Inmaculada, preservada por gracia del pecado, signo de que el mal, la división y la muerte no tienen la última palabra. En Cristo, la serpiente es vencida; en María contemplamos ya el esplendor de la humanidad redimida.

Hoy, en esta fiesta de tu Natividad, Virgen gloriosa, Madre de Dios, hija de Abraham, de la descendencia de Judá y del linaje de David, la Iglesia entera se alegra contigo. Tu nacimiento anuncia que Dios no abandona a su pueblo. Tu vida nos recuerda que sus promesas permanecen y que la historia humana, aun atravesada por heridas y sufrimientos, está llamada a ser visitada por la gracia.

Y aquí, en Arequipa, queremos contemplarte y venerarte de manera especial como Virgen de los Remedios. Ante ti ponemos nuestras vidas, nuestras familias y nuestro pueblo. Como tantas generaciones de creyentes que han acudido a tu intercesión, hoy también nosotros levantamos hacia ti nuestra mirada y nuestra oración.

"Has salvado a tu hermano"

Necesitamos humildad para aceptar las correcciones. Dios no quiere humillarnos, sino ayudarnos a recuperar la comunión. El problema de mi hermano también me concierne, porque pertenecemos a una misma comunidad y nuestras acciones, incluso las personales, tienen consecuencias sobre los demás.

Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco
Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco

XXIII Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 18, 15-20

En esta reflexión, te pido disculpas - lector o lectora- porque leerás un texto largo; pero siento que, en algunos momentos, sufrimos ser piedra de tropiezo o tener un hermano conflictivo por quien orar y buscar la reconciliación. Evitemos perder la paz.

Sin escucha no hay respuesta 👂👂

Escuchar es un acto de respeto y de buena voluntad que permite comprender a la otra persona antes de responder. Cuando dejamos de escucharnos, el diálogo se convierte fácilmente en confrontación. Personas que hablan sin escuchar terminan interpretando las palabras del otro desde sus propios prejuicios, intereses o heridas.
Basta observar una conversación en la que alguien permanece distraído con el teléfono celular mientras el otro habla.🚦 Las palabras pueden llegar a sus oídos, pero difícilmente alcanzarán su interior. Sin escucha no hay verdadera comunicación; solo hay ruido.
La escucha también pertenece al ámbito de la fe. Si no escuchamos a Dios, difícilmente podremos responderle. La fe es, en esencia, una respuesta libre a una iniciativa de Dios que nos habla. Por eso, la vida cristiana exige aprender a escuchar: a Dios, a los demás y también aquello que sucede dentro de nosotros.
Una comunidad que escucha puede reconocer sus conflictos antes de que se conviertan en divisiones. Una comunidad que deja de escucharse termina alimentando sospechas, celos, disputas y heridas que deterioran la caridad.

Dar el primer paso 👪👫

Mateo propone un camino gradual para afrontar el conflicto: primero el diálogo personal; después, la participación de una o dos personas; finalmente, la intervención de la comunidad. El objetivo es claro: «si te escucha, has ganado a tu hermano».
Jesús no dice: «has demostrado que tienes razón». Tampoco dice: «has derrotado al que te hizo daño». Dice: «has ganado a tu hermano».
La finalidad de la corrección fraterna es recuperar a la persona y restaurar la comunión. Por eso, la comunidad cristiana debe cuidar simultáneamente la verdad y la dignidad de quien ha cometido una falta. El mal de uno no puede convertirse en una excusa para destruir al otro.
Aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién debe dar el primer paso?
Nuestra tendencia suele ser esperar que sea el otro quien se acerque, reconozca su error y pida perdón. Cuando alguien ha actuado con soberbia, violencia o injusticia, podemos pensar que no nos corresponde hacer nada. Incluso podemos optar por ignorarlo, aplicar la llamada «ley del hielo» o apartarlo de nuestra vida.
Pero el Evangelio propone algo diferente. Jesús pide que demos el primer paso hacia la reconciliación.
Esto no significa justificar el mal, negar el daño sufrido ni exponerse nuevamente a situaciones de abuso. Significa no permitir que el conflicto tenga la última palabra. Perdonar no equivale a aprobar lo ocurrido; significa renunciar a la venganza y buscar, cuando sea posible y prudente, un camino hacia la verdad y la reconciliación.
Y el Evangelio también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Antes de preguntarnos quién es el problemático de nuestra comunidad, deberíamos preguntarnos: ¿podría ser yo esa persona? ¿Soy capaz de reconocer cómo mis palabras, decisiones o actitudes afectan a los demás?
Esta pregunta funciona como un verdadero termómetro de nuestra vida cristiana.

Corregir sin humillar

Jesús dice: «Ve y corrígelo a solas». Esta indicación excluye la murmuración, la exposición innecesaria y los mensajes indirectos. La corrección cristiana comienza en la privacidad porque busca proteger la dignidad de la persona.
Antes de corregir, conviene preguntarnos: ¿busco realmente el bien del otro o solamente quiero descargar mi enojo? ¿Estoy dispuesto también a escuchar su versión? ¿Aceptaría que alguien me corrigiera de la misma manera en que pretendo corregirlo?
La corrección fraterna no es una acusación pública ni una oportunidad para demostrar superioridad moral. Es una ayuda ofrecida desde la caridad y la humildad.
Santo Tomás de Aquino consideraba que la corrección fraterna pertenece a la caridad, porque busca el bien espiritual del hermano. Por eso requiere prudencia: no toda corrección es necesaria, no toda corrección debe hacerse inmediatamente y no toda persona está en condiciones de corregir cualquier situación.

Ganar al hermano

La expresión de Jesús es decisiva: «has ganado a tu hermano».
La meta no es ganar una discusión, sino recuperar una relación. Mientras permanece la enemistad, ambas partes pierden algo: uno ha perdido a su hermano y el otro ha perdido la paz.
Por eso, la reconciliación exige más que reconocer quién tiene la razón. Exige disposición para escuchar, humildad para reconocer los propios errores, capacidad para pedir perdón y generosidad para perdonar.
La verdad y la caridad no son caminos opuestos. La verdad sin caridad puede convertirse en violencia; la caridad sin verdad puede terminar justificando el mal. La corrección cristiana busca mantener unidas ambas dimensiones.

«Atar y desatar»: una autoridad al servicio de la comunión

Cuando Mateo habla de «atar y desatar», introduce también una reflexión sobre la autoridad dentro de la comunidad cristiana. No se trata de un poder arbitrario, sino de una responsabilidad ejercida al servicio de la verdad, la justicia, la reconciliación y la salvación.
La autoridad eclesial no existe para alimentar conflictos ni para proteger intereses personales. Su finalidad es ayudar a discernir, reparar el daño y preservar la comunión de la comunidad.
Por eso, cualquier decisión sobre las personas debe estar guiada simultáneamente por la verdad y la caridad. La autoridad cristiana no puede convertirse en instrumento de venganza, exclusión o favoritismo.

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre»

Jesús concluye con una de las promesas más consoladoras del Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No promete una comunidad sin conflictos. Promete su presencia en medio de una comunidad que intenta afrontar sus conflictos desde el Evangelio.
Por eso, antes de corregir, discutir o tomar una decisión sobre otra persona, necesitamos orar:
Jesús, tú que nos llamas amigos y hermanos, dame caridad para corregir sin insultar ni exagerar; mansedumbre para escuchar la versión del otro; humildad para reconocer mis propios errores; sabiduría para buscar ayuda cuando el conflicto lo requiera; y tu Espíritu para orar por quien me ha herido sin buscar venganza. Enséñame a comprender que perdonar no significa aprobar el mal, sino renunciar al odio y buscar, cuando sea posible, la verdad, la justicia y la reconciliación.
Una comunidad cristiana no es una comunidad sin problemas. Es una comunidad que aprende a afrontar sus problemas según el Evangelio: con verdad, escucha, paciencia, corrección fraterna, oración y caridad.
Cuando dejamos de intentar vencer al otro y comenzamos a buscar cómo ganar al hermano, entonces comprendemos verdaderamente las palabras de Jesús: «allí estoy yo en medio de ellos».
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Esta pregunta ayuda a revisar nuestras prioridades. Podemos alcanzar metas, acumular bienes o cuidar mucho nuestra apariencia y, sin embargo, descuidar el alma, la familia, la oración y la relación con Dios.

cristo crucificado

LOCAL/DATA
Índia, século XVII (finais)

MATERIAIS
Marfim com vestígios de policromia

XXII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 16, 21-27


Seguir a Jesús significa aceptar su camino: pasar de una vida centrada en uno mismo a una vida entregada por amor.

La cruz del discípulo

El sufrimiento es una de las realidades que menos deseamos en la vida. Cuando aparece el dolor, la enfermedad, el fracaso o la pérdida, nuestra primera reacción suele ser intentar evitarlo. Por eso, hablar de la cruz resulta incómodo.

Sin embargo, Jesús no presenta la cruz como una búsqueda del sufrimiento ni como una glorificación del dolor. La cruz es la consecuencia de un amor llevado hasta el extremo. Jesús no elige sufrir por el sufrimiento; permanece fiel a la misión recibida del Padre, aun cuando esa fidelidad lo conduce al rechazo y a la muerte.

La cruz, entonces, no tiene sentido por sí misma. Lo que sostiene a Jesús no es el dolor, sino el amor misericordioso de Dios y su entrega por la humanidad. El camino hacia la salvación pasa por una fidelidad que no abandona cuando el camino se vuelve difícil.

Pedro es discípulo, no Dios

Pedro acaba de reconocer a Jesús como el Mesías y ha recibido de él una palabra de reconocimiento. Pero inmediatamente pretende corregirle el camino. No acepta que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento, el rechazo y la muerte.

Pedro quiere un Mesías diferente: poderoso, triunfante, capaz de imponerse sin pasar por la cruz. Su reacción sigue siendo muy humana. También nosotros preferimos una fe sin exigencias, un Cristo sin cruz, una Iglesia sin disciplina y una vida cristiana que no cuestione nuestras comodidades.

El problema de Pedro no es que quiera el bien de Jesús, sino que pretende decidir cómo debe realizarse la misión de Dios. Por eso Jesús le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!». No lo está expulsando del grupo; le está recordando su lugar: Pedro es discípulo, no Mesías.

El discípulo no puede ocupar el lugar del Maestro. Puede caminar detrás de él, aprender de él y seguir sus huellas. Jesús no está llamado a seguir nuestros planes; somos nosotros quienes estamos invitados a descubrir y asumir su camino.

Negarse a sí mismo

Después de corregir a Pedro, Jesús se dirige a todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

«Negarse a sí mismo» puede sonar como una invitación a despreciarse o anularse. No es eso. Jesús no pide dejar de ser persona, sino renunciar a aquello que nos encierra en nosotros mismos y nos aleja de Dios y de los demás.

Negarse a sí mismo significa desprenderse del orgullo que nos impide pedir perdón, del egoísmo que nos lleva a utilizar a los demás, de la necesidad de tener siempre la razón y de la ilusión de controlar absolutamente nuestra existencia.

Significa también aprender a poner límites a nuestros deseos cuando estos perjudican a otros; servir sin exigir reconocimiento; perdonar aunque todavía duela; perseverar en el amor cuando las circunstancias son difíciles; y defender la verdad sin abandonar la caridad.

La cruz aparece entonces en las decisiones concretas de cada día. Puede ser renunciar al resentimiento, compartir aquello que tenemos, cuidar a una persona enferma, permanecer fiel cuando sería más cómodo abandonar, o defender la dignidad de alguien cuando hacerlo tiene un costo personal.

Perder para encontrar

Jesús plantea una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Hay pérdidas que destruyen y pérdidas que liberan. Podemos perder tiempo, dinero, comodidad o reconocimiento cuando los ponemos al servicio de los demás; pero, paradójicamente, podemos ganar una vida más plena. En cambio, quien concentra todas sus fuerzas en conservarlo todo para sí termina prisionero de aquello que intenta proteger.

A veces nos aferramos al dinero, al poder, al prestigio, a nuestras ideas o incluso a heridas antiguas porque creemos que soltarlas significa perder. El Evangelio propone otra lógica: no todo lo que dejamos atrás es una pérdida; algunas renuncias son el comienzo de una vida nueva.

Dios no nos pide entregar aquello que nos duele para después abandonarnos. La cruz cristiana nunca es soledad. Es caminar con Cristo incluso cuando no comprendemos completamente el camino.

Por eso, seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento. Significa no abandonar el amor cuando amar cuesta; no abandonar la verdad cuando decirla incomoda; no abandonar la esperanza cuando la vida golpea.

La cruz no es el final del camino. Es el lugar donde se revela hasta dónde puede llegar el amor.

Jesús nos invita a ponernos detrás de él, cargar nuestra cruz y caminar. No para sufrir más, sino para amar más.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestarles a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»


«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»

La venida del Mesías no es fruto de un sondeo de opinión ni de una estrategia publicitaria, sino del designio amoroso de Dios. Por eso Jesús pregunta a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
La pregunta también se dirige hoy a cada uno. Jesús sigue siendo el Mesías, el Hijo de Dios, pero la respuesta debe reflejarse en nuestra vida: ¿es para nosotros solo una ayuda en los momentos difíciles o es verdaderamente el Señor de nuestra existencia?


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XXI Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A).- Mateo 16, 13-20

Solo Dios lo revela

La confesión de Pedro provoca la respuesta de Jesús: «No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». No conocemos plenamente a Cristo únicamente por nuestra inteligencia o esfuerzo. Es Dios quien ilumina nuestro corazón y nos permite reconocerlo.
Sin embargo, la fe no es solo una experiencia personal. El encuentro con Cristo nos convierte también en servidores de los demás y nos compromete con la vida de la Iglesia.

Edificar la Iglesia

Jesús confía a Pedro las llaves del Reino. No se trata de un privilegio personal ni de un poder ejercido en beneficio propio, sino de una misión de servicio, unidad y cuidado del pueblo de Dios.
Esta misión de edificar y no destruir corresponde a todos los bautizados. La Iglesia pertenece a Cristo, no a un grupo particular. Su fundamento no es la personalidad de sus ministros, sino Jesucristo; su unidad nace de la fe apostólica.
Por eso, todos estamos llamados a custodiar y transmitir la fe mediante la oración, la formación, el testimonio y el servicio. Una parroquia no se sostiene únicamente por sus actividades, reuniones o estructuras, sino cuando sus miembros confiesan verdaderamente que Jesús es el Hijo del Dios vivo y permiten que esa fe transforme sus relaciones.

Una autoridad al servicio

Las llaves simbolizan responsabilidad. Toda autoridad en la Iglesia debe abrir caminos hacia Cristo: anunciar fielmente el Evangelio, proteger a los débiles, corregir con caridad y facilitar el encuentro con Dios.
Una obra social, por necesaria que sea, puede quedar vacía si pierde su raíz evangélica. La Iglesia no está llamada simplemente a ofrecer servicios, sino a mostrar el rostro de Cristo y conducir hacia Él.

La Iglesia en medio de la fragilidad

Pedro recibe una gran misión, pero no deja de ser débil. También la Iglesia, formada por hombres y mujeres imperfectos, necesita conversión y renovación constante. Las crisis, persecuciones y escándalos no tendrán la última palabra, porque la Iglesia pertenece a Jesucristo y Él no la abandona.
La pregunta que queda para nuestra comunidad es concreta:
¿Las personas que se acercan a nosotros encuentran el rostro acogedor de Cristo?
Confesar que Jesús es el Mesías significa también convertirnos en testigos de su misericordia, constructores de unidad y servidores de su Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

"Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas"

La mujer del Evangelio puede tener hoy muchos rostros: puede ser la cananea, la fenicia, la migrante, la extranjera o cualquier persona que se encuentra frente a gestos y palabras intransigentes. Pero su rostro fundamental es el de una madre que suplica por la vida de su hija. 

Jesús y la Cananea

Jean Germain Drouais (1763-1788), Cristo e la Cananea, Museo del Louvre, Parigi

XX Domingo del Tiempo Ordinario - Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A - Mateo 15, 21-28

Una mujer incómoda

La cananea resulta incómoda porque pone en evidencia una mentalidad construida sobre prejuicios y divisiones. Los discípulos quieren que Jesús la despida: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros». No parecen preocupados por su sufrimiento, sino por quitarse de encima una presencia molesta.

Ella es extranjera, mujer y pagana. Desde la mentalidad religiosa de aquel tiempo, pertenece a quienes están fuera. Por eso las palabras de Jesús sobre «el pan de los hijos» y «los perritos» resultan duras. El Evangelio no necesita ocultar la crudeza de la escena: pone delante de nosotros una mentalidad que debe ser confrontada y transformada.

También hoy podemos construir fronteras en nombre de la religión, de la cultura, de la nacionalidad o de nuestras propias certezas. Podemos terminar creyendo que Dios pertenece a nuestro grupo y que los demás deben permanecer fuera.

Una fe inteligente y perseverante

La mujer no responde con violencia. Se acerca, se postra y dice simplemente:

«Señor, ayúdame».

Su oración nace del dolor, pero también de la confianza. Cuando Jesús habla de las migajas que no corresponden a los que están fuera de la casa, ella responde con una sorprendente lucidez:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

No abandona, no se resigna y tampoco pierde el respeto. Su humildad es inteligente y perseverante. Ella sabe que la misericordia de Dios es demasiado grande para quedar encerrada en las fronteras que los seres humanos levantamos.

Jesús termina reconociéndolo: «Mujer, qué grande es tu fe».

La extranjera se convierte así en maestra de fe para quienes acompañan a Jesús.

Los demonios que todavía debemos expulsar

La mujer pide que Jesús libere a su hija, pero el relato también nos invita a reconocer otros «demonios» que necesitan ser expulsados de nuestro mundo: la soberbia, la discriminación, el racismo, la xenofobia, la indiferencia y el desprecio hacia quien consideramos diferente.

La cananea no pertenece al grupo de los discípulos, pero se comporta como una verdadera discípula: cree, persevera, intercede y lucha por la vida de otra persona.

Por eso, al final del relato, las fronteras pierden importancia. Ya no cuenta quién es judío o quién es cananeo. Lo decisivo es la fe y la capacidad de dejarse transformar por la misericordia.

La mujer del Evangelio nos obliga a mirar nuestras propias fronteras:

¿A quién consideramos extranjero? ¿Quién nos resulta incómodo? ¿A quién quisiéramos que Jesús despidiera para no alterar nuestra tranquilidad?

Una fe auténticamente cristiana no levanta muros alrededor de Dios. Los derriba para que la misericordia pueda llegar a todos.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.


Christ and the Canaanite Woman is a 1784 religious history painting by the French artist Jean Germain Drouais.

Neoclassical in style, it depicts a scene from the New Testament story of the Healing of the Canaanite Woman's Daughter



«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

En medio de las tormentas de la vida, Jesús se acerca y nos dice: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo». Y sostiene incluso a quien, con una fe frágil, apenas alcanza a clamar: «Señor, sálvame».

Jesús camina sobre las aguas
Andando sobre las aguas, por Ivan Aivazovsky (1888)

XIX Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 14, 22-33

El relato de Mateo no presenta una fe ideal, sin dudas ni temores. Presenta discípulos que tienen miedo, que no reconocen a Jesús y que, ante la fuerza de la tormenta, descubren sus propios límites. Precisamente allí, en medio de la fragilidad, aparece Cristo.

Solos ante la tormenta y el fantasma

¿Quién no conoce una tormenta?

Conocemos las tormentas del mar y las de la alta montaña; conocemos también las tormentas repentinas de la Amazonía. Sabemos lo que significa sentir que un avión se desestabiliza, que una embarcación es sacudida por las olas o que una casa tiembla bajo la fuerza del viento y la lluvia. Son momentos en los que experimentamos nuestra vulnerabilidad y comprendemos que no todo está bajo nuestro control.

También existen otras tormentas, menos visibles pero igualmente reales: una enfermedad grave, un conflicto familiar, una crisis económica, la muerte de una persona querida, la soledad, el fracaso o esa sensación dolorosa de ser insignificantes e invisibles para los demás.

Cada persona intenta resistir los vientos contrarios con los recursos que tiene. Pero hay tormentas ante las cuales nuestras seguridades resultan insuficientes.

Eso es precisamente lo que ocurre con los discípulos. El viento contrario los aleja de Jesús y los deja aparentemente solos en medio del lago. El miedo, además, distorsiona su percepción: ven a Jesús, pero creen estar viendo un fantasma.

La tormenta y el fantasma forman así una imagen poderosa del miedo: no solamente sufrimos una situación difícil, sino que además podemos interpretar equivocadamente aquello que sucede. Lo que viene a salvarnos puede parecernos una amenaza; la presencia de Dios puede parecernos ausencia; la esperanza puede parecernos una ilusión.

Pero Jesús no los ha abandonado.

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

Después de subir al monte para orar, Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas. La escena posee una fuerte resonancia bíblica: en la tradición de Israel, el dominio sobre las aguas pertenece a Dios. El mar representa las fuerzas caóticas que amenazan la vida, y caminar sobre ellas expresa una autoridad que supera aquello que aterroriza al ser humano.

Por eso, el centro del relato no está en el prodigio de caminar sobre el agua, sino en la palabra de Jesús:

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

La expresión «soy yo» puede leerse también a la luz de la revelación del nombre de Dios. Jesús no solamente tranquiliza a sus discípulos; se revela en medio de aquello que los atemoriza.

El miedo les impedía reconocerlo. Jesús les devuelve la capacidad de mirar con confianza.

Esta palabra sigue siendo profundamente actual. Cuando atravesamos una crisis, fácilmente pensamos que Dios está lejos. La dificultad parece ocupar todo nuestro horizonte y terminamos interpretando la realidad únicamente desde el miedo. Pero el Evangelio nos recuerda que la tormenta no significa ausencia de Dios.

Cristo no siempre calma inmediatamente la tormenta. Primero se hace presente en medio de ella.

Pedro: entre la confianza y el miedo

Pedro responde a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas».

Hay algo profundamente humano en esta petición. Pedro quiere salir de la seguridad relativa de la barca y acercarse a Jesús. Se atreve a dar un paso que parece imposible. Y, por un momento, camina sobre las aguas. Pero después fija su atención en la fuerza del viento y comienza a hundirse.

El relato no pretende ridiculizar a Pedro. Al contrario, muestra la dinámica de toda experiencia de fe. La fe no elimina automáticamente el miedo ni nos convierte en personas invulnerables. Podemos confiar profundamente en Dios y, al mismo tiempo, experimentar dudas, inseguridad y temor.

Pedro comienza a hundirse cuando deja de mirar a Jesús y concentra toda su atención en la tormenta.

Esta imagen tiene una enorme fuerza pastoral. Las dificultades existen y no podemos negarlas. Pero existe una diferencia entre mirar la tormenta y mirarla desde la presencia de Cristo.

Aquello en lo que concentramos nuestra mirada termina orientando nuestra vida. Si solamente contemplamos el problema, el problema puede convertirse en el centro de nuestra existencia. Si somos capaces de mirar a Cristo en medio del problema, descubrimos que la dificultad, por grande que sea, no tiene la última palabra.

«Señor, sálvame»

Pedro no pronuncia una oración complicada. No presenta argumentos ni explicaciones. Simplemente grita: «Señor, sálvame». Y esa oración basta.

Es quizá una de las oraciones más auténticas que podemos pronunciar cuando nuestras fuerzas se terminan. Hay momentos en los que la fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer nuestra necesidad y dirigirnos hacia Dios.

Pedro tiene una fe débil, pero tiene suficiente fe para gritar hacia Jesús.

Y Jesús responde inmediatamente: «Extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”».

La corrección de Jesús no es un rechazo. Primero está la mano que sostiene; después, la pregunta que ayuda a comprender.

Esto es importante: Dios no espera que lleguemos a Él sin debilidades para poder salvarnos. Precisamente en nuestra fragilidad podemos experimentar su misericordia.

Las tormentas también pueden fortalecer la fe

Pedro no sale de esta experiencia siendo el mismo. Ha descubierto que puede hundirse, pero también que Jesús puede sostenerlo. Ha experimentado sus propios límites y, al mismo tiempo, la fuerza de la mano de Cristo.

La fe madura no es la ausencia de dificultades. Muchas veces se fortalece precisamente al atravesarlas.

No se trata de buscar el sufrimiento ni de pensar que toda crisis es querida por Dios. Se trata de descubrir que Dios puede hacerse presente incluso allí donde nosotros solamente vemos caos, miedo y fracaso.

Por eso, las experiencias difíciles pueden convertirse en lugares de aprendizaje espiritual. Nos hacen reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de los demás y que necesitamos de Dios.

Dios viene sobre las aguas

Todos atravesamos alguna tormenta. Algunas duran horas; otras, meses o incluso años. Algunas son visibles y otras solamente las conoce quien las lleva dentro.

El Evangelio no promete que nunca tendremos tormentas. Tampoco afirma que quien tiene fe estará libre de problemas. Lo que promete es algo diferente y mucho más profundo: Cristo no abandona a sus discípulos en medio de la tormenta.

Cuando el miedo nos haga confundir a Jesús con un fantasma, escuchemos nuevamente su voz: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

Cuando nuestras fuerzas se terminen, hagamos nuestra la oración de Pedro: «Señor, sálvame».

Y cuando sintamos que comenzamos a hundirnos, recordemos que la mano de Cristo está más cerca de lo que imaginamos.

Tal vez hoy no podamos detener la tormenta. Pero podemos aprender a mirar a Cristo en medio de ella. Porque la tormenta puede ser fuerte, el viento puede ser contrario y nuestra fe puede ser pequeña; pero Cristo sigue caminando sobre las aguas y extendiendo su mano para sostenernos.

La tormenta no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».



«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces»


El Pan se compadece, es tradicionalmente el alimento del desierto. El Pan identifica el pan escondido; con su generosidad transformó lo poco en abundante. Los discípulos deben aprender a compartir y a confiar en las entrañas misericordiosas de un Dios que no quiere hambre, sino el Pan bendito de cada día. Si no tienes entrañas de compasión, no tendrás actos solidarios.

Multiplicación de los panes y peces

La multiplicación de los panes y los peces. Anónimo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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Javier Abanto Silva
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