Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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"Has salvado a tu hermano"

Necesitamos humildad para aceptar las correcciones. Dios no quiere humillarnos, sino ayudarnos a recuperar la comunión. El problema de mi hermano también me concierne, porque pertenecemos a una misma comunidad y nuestras acciones, incluso las personales, tienen consecuencias sobre los demás.

Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco
Los Siete Pecados Capitales: Ira. El Bosco

XXIII Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 18, 15-20

En esta reflexión, te pido disculpas - lector o lectora- porque leerás un texto largo; pero siento que, en algunos momentos, sufrimos ser piedra de tropiezo o tener un hermano conflictivo por quien orar y buscar la reconciliación. Evitemos perder la paz.

Sin escucha no hay respuesta 👂👂

Escuchar es un acto de respeto y de buena voluntad que permite comprender a la otra persona antes de responder. Cuando dejamos de escucharnos, el diálogo se convierte fácilmente en confrontación. Personas que hablan sin escuchar terminan interpretando las palabras del otro desde sus propios prejuicios, intereses o heridas.
Basta observar una conversación en la que alguien permanece distraído con el teléfono celular mientras el otro habla.🚦 Las palabras pueden llegar a sus oídos, pero difícilmente alcanzarán su interior. Sin escucha no hay verdadera comunicación; solo hay ruido.
La escucha también pertenece al ámbito de la fe. Si no escuchamos a Dios, difícilmente podremos responderle. La fe es, en esencia, una respuesta libre a una iniciativa de Dios que nos habla. Por eso, la vida cristiana exige aprender a escuchar: a Dios, a los demás y también aquello que sucede dentro de nosotros.
Una comunidad que escucha puede reconocer sus conflictos antes de que se conviertan en divisiones. Una comunidad que deja de escucharse termina alimentando sospechas, celos, disputas y heridas que deterioran la caridad.

Dar el primer paso 👪👫

Mateo propone un camino gradual para afrontar el conflicto: primero el diálogo personal; después, la participación de una o dos personas; finalmente, la intervención de la comunidad. El objetivo es claro: «si te escucha, has ganado a tu hermano».
Jesús no dice: «has demostrado que tienes razón». Tampoco dice: «has derrotado al que te hizo daño». Dice: «has ganado a tu hermano».
La finalidad de la corrección fraterna es recuperar a la persona y restaurar la comunión. Por eso, la comunidad cristiana debe cuidar simultáneamente la verdad y la dignidad de quien ha cometido una falta. El mal de uno no puede convertirse en una excusa para destruir al otro.
Aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién debe dar el primer paso?
Nuestra tendencia suele ser esperar que sea el otro quien se acerque, reconozca su error y pida perdón. Cuando alguien ha actuado con soberbia, violencia o injusticia, podemos pensar que no nos corresponde hacer nada. Incluso podemos optar por ignorarlo, aplicar la llamada «ley del hielo» o apartarlo de nuestra vida.
Pero el Evangelio propone algo diferente. Jesús pide que demos el primer paso hacia la reconciliación.
Esto no significa justificar el mal, negar el daño sufrido ni exponerse nuevamente a situaciones de abuso. Significa no permitir que el conflicto tenga la última palabra. Perdonar no equivale a aprobar lo ocurrido; significa renunciar a la venganza y buscar, cuando sea posible y prudente, un camino hacia la verdad y la reconciliación.
Y el Evangelio también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Antes de preguntarnos quién es el problemático de nuestra comunidad, deberíamos preguntarnos: ¿podría ser yo esa persona? ¿Soy capaz de reconocer cómo mis palabras, decisiones o actitudes afectan a los demás?
Esta pregunta funciona como un verdadero termómetro de nuestra vida cristiana.

Corregir sin humillar

Jesús dice: «Ve y corrígelo a solas». Esta indicación excluye la murmuración, la exposición innecesaria y los mensajes indirectos. La corrección cristiana comienza en la privacidad porque busca proteger la dignidad de la persona.
Antes de corregir, conviene preguntarnos: ¿busco realmente el bien del otro o solamente quiero descargar mi enojo? ¿Estoy dispuesto también a escuchar su versión? ¿Aceptaría que alguien me corrigiera de la misma manera en que pretendo corregirlo?
La corrección fraterna no es una acusación pública ni una oportunidad para demostrar superioridad moral. Es una ayuda ofrecida desde la caridad y la humildad.
Santo Tomás de Aquino consideraba que la corrección fraterna pertenece a la caridad, porque busca el bien espiritual del hermano. Por eso requiere prudencia: no toda corrección es necesaria, no toda corrección debe hacerse inmediatamente y no toda persona está en condiciones de corregir cualquier situación.

Ganar al hermano

La expresión de Jesús es decisiva: «has ganado a tu hermano».
La meta no es ganar una discusión, sino recuperar una relación. Mientras permanece la enemistad, ambas partes pierden algo: uno ha perdido a su hermano y el otro ha perdido la paz.
Por eso, la reconciliación exige más que reconocer quién tiene la razón. Exige disposición para escuchar, humildad para reconocer los propios errores, capacidad para pedir perdón y generosidad para perdonar.
La verdad y la caridad no son caminos opuestos. La verdad sin caridad puede convertirse en violencia; la caridad sin verdad puede terminar justificando el mal. La corrección cristiana busca mantener unidas ambas dimensiones.

«Atar y desatar»: una autoridad al servicio de la comunión

Cuando Mateo habla de «atar y desatar», introduce también una reflexión sobre la autoridad dentro de la comunidad cristiana. No se trata de un poder arbitrario, sino de una responsabilidad ejercida al servicio de la verdad, la justicia, la reconciliación y la salvación.
La autoridad eclesial no existe para alimentar conflictos ni para proteger intereses personales. Su finalidad es ayudar a discernir, reparar el daño y preservar la comunión de la comunidad.
Por eso, cualquier decisión sobre las personas debe estar guiada simultáneamente por la verdad y la caridad. La autoridad cristiana no puede convertirse en instrumento de venganza, exclusión o favoritismo.

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre»

Jesús concluye con una de las promesas más consoladoras del Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No promete una comunidad sin conflictos. Promete su presencia en medio de una comunidad que intenta afrontar sus conflictos desde el Evangelio.
Por eso, antes de corregir, discutir o tomar una decisión sobre otra persona, necesitamos orar:
Jesús, tú que nos llamas amigos y hermanos, dame caridad para corregir sin insultar ni exagerar; mansedumbre para escuchar la versión del otro; humildad para reconocer mis propios errores; sabiduría para buscar ayuda cuando el conflicto lo requiera; y tu Espíritu para orar por quien me ha herido sin buscar venganza. Enséñame a comprender que perdonar no significa aprobar el mal, sino renunciar al odio y buscar, cuando sea posible, la verdad, la justicia y la reconciliación.
Una comunidad cristiana no es una comunidad sin problemas. Es una comunidad que aprende a afrontar sus problemas según el Evangelio: con verdad, escucha, paciencia, corrección fraterna, oración y caridad.
Cuando dejamos de intentar vencer al otro y comenzamos a buscar cómo ganar al hermano, entonces comprendemos verdaderamente las palabras de Jesús: «allí estoy yo en medio de ellos».
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Esta pregunta ayuda a revisar nuestras prioridades. Podemos alcanzar metas, acumular bienes o cuidar mucho nuestra apariencia y, sin embargo, descuidar el alma, la familia, la oración y la relación con Dios.

cristo crucificado

LOCAL/DATA
Índia, século XVII (finais)

MATERIAIS
Marfim com vestígios de policromia

XXII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 16, 21-27


Seguir a Jesús significa aceptar su camino: pasar de una vida centrada en uno mismo a una vida entregada por amor.

La cruz del discípulo

El sufrimiento es una de las realidades que menos deseamos en la vida. Cuando aparece el dolor, la enfermedad, el fracaso o la pérdida, nuestra primera reacción suele ser intentar evitarlo. Por eso, hablar de la cruz resulta incómodo.

Sin embargo, Jesús no presenta la cruz como una búsqueda del sufrimiento ni como una glorificación del dolor. La cruz es la consecuencia de un amor llevado hasta el extremo. Jesús no elige sufrir por el sufrimiento; permanece fiel a la misión recibida del Padre, aun cuando esa fidelidad lo conduce al rechazo y a la muerte.

La cruz, entonces, no tiene sentido por sí misma. Lo que sostiene a Jesús no es el dolor, sino el amor misericordioso de Dios y su entrega por la humanidad. El camino hacia la salvación pasa por una fidelidad que no abandona cuando el camino se vuelve difícil.

Pedro es discípulo, no Dios

Pedro acaba de reconocer a Jesús como el Mesías y ha recibido de él una palabra de reconocimiento. Pero inmediatamente pretende corregirle el camino. No acepta que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento, el rechazo y la muerte.

Pedro quiere un Mesías diferente: poderoso, triunfante, capaz de imponerse sin pasar por la cruz. Su reacción sigue siendo muy humana. También nosotros preferimos una fe sin exigencias, un Cristo sin cruz, una Iglesia sin disciplina y una vida cristiana que no cuestione nuestras comodidades.

El problema de Pedro no es que quiera el bien de Jesús, sino que pretende decidir cómo debe realizarse la misión de Dios. Por eso Jesús le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!». No lo está expulsando del grupo; le está recordando su lugar: Pedro es discípulo, no Mesías.

El discípulo no puede ocupar el lugar del Maestro. Puede caminar detrás de él, aprender de él y seguir sus huellas. Jesús no está llamado a seguir nuestros planes; somos nosotros quienes estamos invitados a descubrir y asumir su camino.

Negarse a sí mismo

Después de corregir a Pedro, Jesús se dirige a todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

«Negarse a sí mismo» puede sonar como una invitación a despreciarse o anularse. No es eso. Jesús no pide dejar de ser persona, sino renunciar a aquello que nos encierra en nosotros mismos y nos aleja de Dios y de los demás.

Negarse a sí mismo significa desprenderse del orgullo que nos impide pedir perdón, del egoísmo que nos lleva a utilizar a los demás, de la necesidad de tener siempre la razón y de la ilusión de controlar absolutamente nuestra existencia.

Significa también aprender a poner límites a nuestros deseos cuando estos perjudican a otros; servir sin exigir reconocimiento; perdonar aunque todavía duela; perseverar en el amor cuando las circunstancias son difíciles; y defender la verdad sin abandonar la caridad.

La cruz aparece entonces en las decisiones concretas de cada día. Puede ser renunciar al resentimiento, compartir aquello que tenemos, cuidar a una persona enferma, permanecer fiel cuando sería más cómodo abandonar, o defender la dignidad de alguien cuando hacerlo tiene un costo personal.

Perder para encontrar

Jesús plantea una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Hay pérdidas que destruyen y pérdidas que liberan. Podemos perder tiempo, dinero, comodidad o reconocimiento cuando los ponemos al servicio de los demás; pero, paradójicamente, podemos ganar una vida más plena. En cambio, quien concentra todas sus fuerzas en conservarlo todo para sí termina prisionero de aquello que intenta proteger.

A veces nos aferramos al dinero, al poder, al prestigio, a nuestras ideas o incluso a heridas antiguas porque creemos que soltarlas significa perder. El Evangelio propone otra lógica: no todo lo que dejamos atrás es una pérdida; algunas renuncias son el comienzo de una vida nueva.

Dios no nos pide entregar aquello que nos duele para después abandonarnos. La cruz cristiana nunca es soledad. Es caminar con Cristo incluso cuando no comprendemos completamente el camino.

Por eso, seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento. Significa no abandonar el amor cuando amar cuesta; no abandonar la verdad cuando decirla incomoda; no abandonar la esperanza cuando la vida golpea.

La cruz no es el final del camino. Es el lugar donde se revela hasta dónde puede llegar el amor.

Jesús nos invita a ponernos detrás de él, cargar nuestra cruz y caminar. No para sufrir más, sino para amar más.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestarles a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»


«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»

La venida del Mesías no es fruto de un sondeo de opinión ni de una estrategia publicitaria, sino del designio amoroso de Dios. Por eso Jesús pregunta a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
La pregunta también se dirige hoy a cada uno. Jesús sigue siendo el Mesías, el Hijo de Dios, pero la respuesta debe reflejarse en nuestra vida: ¿es para nosotros solo una ayuda en los momentos difíciles o es verdaderamente el Señor de nuestra existencia?


Rome basilica st peter 011c

XXI Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A).- Mateo 16, 13-20

Solo Dios lo revela

La confesión de Pedro provoca la respuesta de Jesús: «No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». No conocemos plenamente a Cristo únicamente por nuestra inteligencia o esfuerzo. Es Dios quien ilumina nuestro corazón y nos permite reconocerlo.
Sin embargo, la fe no es solo una experiencia personal. El encuentro con Cristo nos convierte también en servidores de los demás y nos compromete con la vida de la Iglesia.

Edificar la Iglesia

Jesús confía a Pedro las llaves del Reino. No se trata de un privilegio personal ni de un poder ejercido en beneficio propio, sino de una misión de servicio, unidad y cuidado del pueblo de Dios.
Esta misión de edificar y no destruir corresponde a todos los bautizados. La Iglesia pertenece a Cristo, no a un grupo particular. Su fundamento no es la personalidad de sus ministros, sino Jesucristo; su unidad nace de la fe apostólica.
Por eso, todos estamos llamados a custodiar y transmitir la fe mediante la oración, la formación, el testimonio y el servicio. Una parroquia no se sostiene únicamente por sus actividades, reuniones o estructuras, sino cuando sus miembros confiesan verdaderamente que Jesús es el Hijo del Dios vivo y permiten que esa fe transforme sus relaciones.

Una autoridad al servicio

Las llaves simbolizan responsabilidad. Toda autoridad en la Iglesia debe abrir caminos hacia Cristo: anunciar fielmente el Evangelio, proteger a los débiles, corregir con caridad y facilitar el encuentro con Dios.
Una obra social, por necesaria que sea, puede quedar vacía si pierde su raíz evangélica. La Iglesia no está llamada simplemente a ofrecer servicios, sino a mostrar el rostro de Cristo y conducir hacia Él.

La Iglesia en medio de la fragilidad

Pedro recibe una gran misión, pero no deja de ser débil. También la Iglesia, formada por hombres y mujeres imperfectos, necesita conversión y renovación constante. Las crisis, persecuciones y escándalos no tendrán la última palabra, porque la Iglesia pertenece a Jesucristo y Él no la abandona.
La pregunta que queda para nuestra comunidad es concreta:
¿Las personas que se acercan a nosotros encuentran el rostro acogedor de Cristo?
Confesar que Jesús es el Mesías significa también convertirnos en testigos de su misericordia, constructores de unidad y servidores de su Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

"Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas"

La mujer del Evangelio puede tener hoy muchos rostros: puede ser la cananea, la fenicia, la migrante, la extranjera o cualquier persona que se encuentra frente a gestos y palabras intransigentes. Pero su rostro fundamental es el de una madre que suplica por la vida de su hija. 

Jesús y la Cananea

Jean Germain Drouais (1763-1788), Cristo e la Cananea, Museo del Louvre, Parigi

XX Domingo del Tiempo Ordinario - Año litúrgico 2025-2026 — Ciclo A - Mateo 15, 21-28

Una mujer incómoda

La cananea resulta incómoda porque pone en evidencia una mentalidad construida sobre prejuicios y divisiones. Los discípulos quieren que Jesús la despida: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros». No parecen preocupados por su sufrimiento, sino por quitarse de encima una presencia molesta.

Ella es extranjera, mujer y pagana. Desde la mentalidad religiosa de aquel tiempo, pertenece a quienes están fuera. Por eso las palabras de Jesús sobre «el pan de los hijos» y «los perritos» resultan duras. El Evangelio no necesita ocultar la crudeza de la escena: pone delante de nosotros una mentalidad que debe ser confrontada y transformada.

También hoy podemos construir fronteras en nombre de la religión, de la cultura, de la nacionalidad o de nuestras propias certezas. Podemos terminar creyendo que Dios pertenece a nuestro grupo y que los demás deben permanecer fuera.

Una fe inteligente y perseverante

La mujer no responde con violencia. Se acerca, se postra y dice simplemente:

«Señor, ayúdame».

Su oración nace del dolor, pero también de la confianza. Cuando Jesús habla de las migajas que no corresponden a los que están fuera de la casa, ella responde con una sorprendente lucidez:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

No abandona, no se resigna y tampoco pierde el respeto. Su humildad es inteligente y perseverante. Ella sabe que la misericordia de Dios es demasiado grande para quedar encerrada en las fronteras que los seres humanos levantamos.

Jesús termina reconociéndolo: «Mujer, qué grande es tu fe».

La extranjera se convierte así en maestra de fe para quienes acompañan a Jesús.

Los demonios que todavía debemos expulsar

La mujer pide que Jesús libere a su hija, pero el relato también nos invita a reconocer otros «demonios» que necesitan ser expulsados de nuestro mundo: la soberbia, la discriminación, el racismo, la xenofobia, la indiferencia y el desprecio hacia quien consideramos diferente.

La cananea no pertenece al grupo de los discípulos, pero se comporta como una verdadera discípula: cree, persevera, intercede y lucha por la vida de otra persona.

Por eso, al final del relato, las fronteras pierden importancia. Ya no cuenta quién es judío o quién es cananeo. Lo decisivo es la fe y la capacidad de dejarse transformar por la misericordia.

La mujer del Evangelio nos obliga a mirar nuestras propias fronteras:

¿A quién consideramos extranjero? ¿Quién nos resulta incómodo? ¿A quién quisiéramos que Jesús despidiera para no alterar nuestra tranquilidad?

Una fe auténticamente cristiana no levanta muros alrededor de Dios. Los derriba para que la misericordia pueda llegar a todos.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.


Christ and the Canaanite Woman is a 1784 religious history painting by the French artist Jean Germain Drouais.

Neoclassical in style, it depicts a scene from the New Testament story of the Healing of the Canaanite Woman's Daughter



«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

En medio de las tormentas de la vida, Jesús se acerca y nos dice: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo». Y sostiene incluso a quien, con una fe frágil, apenas alcanza a clamar: «Señor, sálvame».

Jesús camina sobre las aguas
Andando sobre las aguas, por Ivan Aivazovsky (1888)

XIX Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 14, 22-33

El relato de Mateo no presenta una fe ideal, sin dudas ni temores. Presenta discípulos que tienen miedo, que no reconocen a Jesús y que, ante la fuerza de la tormenta, descubren sus propios límites. Precisamente allí, en medio de la fragilidad, aparece Cristo.

Solos ante la tormenta y el fantasma

¿Quién no conoce una tormenta?

Conocemos las tormentas del mar y las de la alta montaña; conocemos también las tormentas repentinas de la Amazonía. Sabemos lo que significa sentir que un avión se desestabiliza, que una embarcación es sacudida por las olas o que una casa tiembla bajo la fuerza del viento y la lluvia. Son momentos en los que experimentamos nuestra vulnerabilidad y comprendemos que no todo está bajo nuestro control.

También existen otras tormentas, menos visibles pero igualmente reales: una enfermedad grave, un conflicto familiar, una crisis económica, la muerte de una persona querida, la soledad, el fracaso o esa sensación dolorosa de ser insignificantes e invisibles para los demás.

Cada persona intenta resistir los vientos contrarios con los recursos que tiene. Pero hay tormentas ante las cuales nuestras seguridades resultan insuficientes.

Eso es precisamente lo que ocurre con los discípulos. El viento contrario los aleja de Jesús y los deja aparentemente solos en medio del lago. El miedo, además, distorsiona su percepción: ven a Jesús, pero creen estar viendo un fantasma.

La tormenta y el fantasma forman así una imagen poderosa del miedo: no solamente sufrimos una situación difícil, sino que además podemos interpretar equivocadamente aquello que sucede. Lo que viene a salvarnos puede parecernos una amenaza; la presencia de Dios puede parecernos ausencia; la esperanza puede parecernos una ilusión.

Pero Jesús no los ha abandonado.

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

Después de subir al monte para orar, Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas. La escena posee una fuerte resonancia bíblica: en la tradición de Israel, el dominio sobre las aguas pertenece a Dios. El mar representa las fuerzas caóticas que amenazan la vida, y caminar sobre ellas expresa una autoridad que supera aquello que aterroriza al ser humano.

Por eso, el centro del relato no está en el prodigio de caminar sobre el agua, sino en la palabra de Jesús:

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

La expresión «soy yo» puede leerse también a la luz de la revelación del nombre de Dios. Jesús no solamente tranquiliza a sus discípulos; se revela en medio de aquello que los atemoriza.

El miedo les impedía reconocerlo. Jesús les devuelve la capacidad de mirar con confianza.

Esta palabra sigue siendo profundamente actual. Cuando atravesamos una crisis, fácilmente pensamos que Dios está lejos. La dificultad parece ocupar todo nuestro horizonte y terminamos interpretando la realidad únicamente desde el miedo. Pero el Evangelio nos recuerda que la tormenta no significa ausencia de Dios.

Cristo no siempre calma inmediatamente la tormenta. Primero se hace presente en medio de ella.

Pedro: entre la confianza y el miedo

Pedro responde a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas».

Hay algo profundamente humano en esta petición. Pedro quiere salir de la seguridad relativa de la barca y acercarse a Jesús. Se atreve a dar un paso que parece imposible. Y, por un momento, camina sobre las aguas. Pero después fija su atención en la fuerza del viento y comienza a hundirse.

El relato no pretende ridiculizar a Pedro. Al contrario, muestra la dinámica de toda experiencia de fe. La fe no elimina automáticamente el miedo ni nos convierte en personas invulnerables. Podemos confiar profundamente en Dios y, al mismo tiempo, experimentar dudas, inseguridad y temor.

Pedro comienza a hundirse cuando deja de mirar a Jesús y concentra toda su atención en la tormenta.

Esta imagen tiene una enorme fuerza pastoral. Las dificultades existen y no podemos negarlas. Pero existe una diferencia entre mirar la tormenta y mirarla desde la presencia de Cristo.

Aquello en lo que concentramos nuestra mirada termina orientando nuestra vida. Si solamente contemplamos el problema, el problema puede convertirse en el centro de nuestra existencia. Si somos capaces de mirar a Cristo en medio del problema, descubrimos que la dificultad, por grande que sea, no tiene la última palabra.

«Señor, sálvame»

Pedro no pronuncia una oración complicada. No presenta argumentos ni explicaciones. Simplemente grita: «Señor, sálvame». Y esa oración basta.

Es quizá una de las oraciones más auténticas que podemos pronunciar cuando nuestras fuerzas se terminan. Hay momentos en los que la fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer nuestra necesidad y dirigirnos hacia Dios.

Pedro tiene una fe débil, pero tiene suficiente fe para gritar hacia Jesús.

Y Jesús responde inmediatamente: «Extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”».

La corrección de Jesús no es un rechazo. Primero está la mano que sostiene; después, la pregunta que ayuda a comprender.

Esto es importante: Dios no espera que lleguemos a Él sin debilidades para poder salvarnos. Precisamente en nuestra fragilidad podemos experimentar su misericordia.

Las tormentas también pueden fortalecer la fe

Pedro no sale de esta experiencia siendo el mismo. Ha descubierto que puede hundirse, pero también que Jesús puede sostenerlo. Ha experimentado sus propios límites y, al mismo tiempo, la fuerza de la mano de Cristo.

La fe madura no es la ausencia de dificultades. Muchas veces se fortalece precisamente al atravesarlas.

No se trata de buscar el sufrimiento ni de pensar que toda crisis es querida por Dios. Se trata de descubrir que Dios puede hacerse presente incluso allí donde nosotros solamente vemos caos, miedo y fracaso.

Por eso, las experiencias difíciles pueden convertirse en lugares de aprendizaje espiritual. Nos hacen reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de los demás y que necesitamos de Dios.

Dios viene sobre las aguas

Todos atravesamos alguna tormenta. Algunas duran horas; otras, meses o incluso años. Algunas son visibles y otras solamente las conoce quien las lleva dentro.

El Evangelio no promete que nunca tendremos tormentas. Tampoco afirma que quien tiene fe estará libre de problemas. Lo que promete es algo diferente y mucho más profundo: Cristo no abandona a sus discípulos en medio de la tormenta.

Cuando el miedo nos haga confundir a Jesús con un fantasma, escuchemos nuevamente su voz: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

Cuando nuestras fuerzas se terminen, hagamos nuestra la oración de Pedro: «Señor, sálvame».

Y cuando sintamos que comenzamos a hundirnos, recordemos que la mano de Cristo está más cerca de lo que imaginamos.

Tal vez hoy no podamos detener la tormenta. Pero podemos aprender a mirar a Cristo en medio de ella. Porque la tormenta puede ser fuerte, el viento puede ser contrario y nuestra fe puede ser pequeña; pero Cristo sigue caminando sobre las aguas y extendiendo su mano para sostenernos.

La tormenta no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».



«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces»


El Pan se compadece, es tradicionalmente el alimento del desierto. El Pan identifica el pan escondido; con su generosidad transformó lo poco en abundante. Los discípulos deben aprender a compartir y a confiar en las entrañas misericordiosas de un Dios que no quiere hambre, sino el Pan bendito de cada día. Si no tienes entrañas de compasión, no tendrás actos solidarios.

Multiplicación de los panes y peces

La multiplicación de los panes y los peces. Anónimo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido»

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa cierran el discurso parabólico de Jesús sobre el Reino de los cielos (Mt 13). Ambas imágenes remiten a dos mundos distintos: el del campesino y el del comerciante. Sus historias son diferentes, pero coinciden en un mismo desenlace: cuando descubren aquello que posee un valor incomparable, venden todo cuanto tienen para adquirirlo.

El tesoro y la perla
Parable of the Hidden Treasure- c. 1635. Oil on panel, 71 x 90 cm. Szépmûvészeti Múzeum, Budapest

XVII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 44-52

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

El mal en nuestro mundo debe ser combatido urgentemente, pero la salida no es la violencia sino una espera analítica y perseverante hasta ser quemada y el trigo guardado y conservado para alimentar a los demás. Sólo Dios puede identificar el mal con antelación, los hombres podemos equivocarnos.

 “Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador”

El sembrador confía en la fertilidad de la tierra, pero también depende de la calidad del cultivo que se trabaje. La profundidad de tus acciones evidencia la fertilidad de tu vida espiritual, con la premisa de que el hombre es tierra buena desde la creación, por esencia.

Parábola del sembradorParábola del sembrador. Abel Grimmer. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

XV Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 1-23

Signos en la Parábola del Sembrador

La parábola del sembrador es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús. Él mismo explica su significado: 
- la semilla representa la Palabra de Dios y los 'diversos terrenos' simbolizan las distintas actitudes con las que el ser humano la recibe. El acento no está únicamente en la cantidad del fruto, sino en la calidad de la acogida.  La Palabra siempre posee una fuerza transformadora; el problema nunca está en la semilla, sino en la disposición del terreno.
- El sembrador, imagen de Dios, siembra con una generosidad que desconcierta. No selecciona únicamente los lugares más prometedores ni calcula las probabilidades de éxito. La semilla cae también sobre el camino, entre las piedras y las espinas. A los ojos humanos podría parecer un desperdicio; sin embargo, Dios no actúa según la lógica del rendimiento ni de la rentabilidad. Su gracia no se distribuye como una inversión que espera beneficios proporcionales. Frente a la mentalidad que mide todo por la utilidad o por el éxito —como sucede también con la llamada teología de la prosperidad, que identifica la bendición divina con el bienestar material—, Jesús revela a un Dios que siembra gratuitamente porque confía en la capacidad de cada persona para convertirse.

Confiar en la fuerza de la Palabra

Cada uno de nosotros es esa tierra donde la semilla es depositada. Podría parecer que todo depende únicamente del terreno; sin embargo, la verdadera fuerza está en la semilla. La Palabra de Dios posee una vitalidad propia capaz de abrirse paso incluso en medio de las dificultades.
Los agricultores de los Andes peruanos conocen bien esta verdad. Cuando siembran papas suelen colocar dos semillas en un mismo hueco, y así a lo largo del surco, conscientes de que una podría no germinar. Lo mismo ocurre cuando esparcen el trigo o el maíz: aceptan el riesgo de las lluvias, las heladas y las sequías porque saben que la vida brotará. La experiencia del campo enseña que sembrar siempre implica confiar. De igual manera, Dios siembra en nuestro corazón con la certeza de que su Palabra, aunque deba pasar por la aparente muerte y por las pruebas, terminará produciendo fruto.

La generosidad del sembrador

La pregunta que hoy nos dirige el Evangelio es profundamente personal: ¿qué clase de tierra soy?
No se trata de una pregunta para juzgarnos, sino para examinarnos con sinceridad. Dios no deja de sembrar porque encuentre piedras, espinas o caminos endurecidos. Continúa ofreciendo su Palabra a todos, sin excluir a nadie. No espera un terreno perfecto para comenzar su obra; es su gracia la que puede transformar un terreno árido en tierra fértil.
Esta es una de las grandes noticias del Evangelio: siempre es posible comenzar de nuevo. Dios nunca pierde la esperanza en nosotros. Su paciencia supera nuestras resistencias. Él contempla con alegría los pequeños brotes que aparecen allí donde parecía imposible que naciera la vida.

Preparar el terreno del corazón

La parábola también nos invita a colaborar con la gracia preparando el terreno de nuestro corazón:
- La semilla que cae junto al camino representa a quien escucha la Palabra sin comprenderla realmente. No se trata solo de una dificultad intelectual, sino de una falta de apertura interior. Escuchar el Evangelio exige atención, respeto y tiempo para permitir que la Palabra descienda al corazón.
- La semilla que cae entre piedras describe una fe superficial, sostenida únicamente por el entusiasmo del momento. Cuando llegan las dificultades, las raíces son demasiado débiles para sostener la planta. La perseverancia, la oración y la vida sacramental ayudan a que la fe eche raíces profundas.
- La semilla que cae entre espinas refleja una existencia en la que las preocupaciones, el afán por las riquezas o las múltiples distracciones terminan sofocando la acción de Dios. Conviene preguntarnos qué ha ido desplazando al Señor del centro de nuestra vida. El corazón humano, aunque busque muchas satisfacciones, continúa teniendo sed de Dios, única fuente de alegría verdadera.
- La semilla que cae en tierra buena simboliza a quien escucha, comprende y persevera. La tierra fértil no nace por casualidad: se cultiva con paciencia, dedicación, confianza y fidelidad. Los frutos del Reino no aparecen de inmediato; requieren tiempo, constancia y una relación viva con Cristo.
Hoy Jesús nos recuerda que Dios nunca deja de sembrar. La pregunta decisiva no es si Dios continúa hablándonos, sino si nuestro corazón permanece disponible para acoger su Palabra. Cuando esa Palabra encuentra un corazón abierto, siempre produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Quizá no según los cálculos humanos, pero sí según la abundancia del Reino de Dios.

 "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré"

Vivimos en una cultura que nos invita a controlar todo: el futuro, el éxito, la salud y hasta el tiempo. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos conduce en dirección contraria. Jesús nos presenta a un Dios cercano, confiable y profundamente humano, que no domina desde la distancia, sino que camina con nosotros y nos invita a descansar en Él.

yugo llevadero

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XIV Domingo del tiempo ordinario, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Un Padre cercano para todos

Ponerse en las manos de Dios significa descubrir que Él es un Padre digno de confianza, cercano y comprensivo. No espera solamente a quienes ya creen, sino que sale al encuentro también de quienes dudan, de los alejados y de quienes todavía no logran comprenderlo.

Este Dios no es una construcción nacida de la ignorancia ni del resentimiento frente a la sociedad. Es el Dios revelado por Jesucristo: un Padre entrañable que contempla el sufrimiento humano y se compromete con él. Precisamente por eso incomoda a los soberbios y a quienes viven encerrados en la autosuficiencia. Dios no puede ser indiferente ante el dolor de sus hijos, porque su corazón está siempre del lado de quienes sufren.

Libres, pero no dueños de la vida

El ser humano goza de una auténtica libertad, pero no es dueño absoluto de su existencia. Podemos decidir muchas cosas, pero no la duración de nuestra vida. Ningún seguro garantiza un segundo más; únicamente puede ofrecer mejores servicios, más comodidad o un funeral más elegante.

Podemos planificar el futuro, trabajar con responsabilidad y hacer proyectos, pero los acontecimientos decisivos permanecen en las manos de la providencia divina. Reconocer este límite no disminuye nuestra dignidad; al contrario, nos devuelve la serenidad. Comprendemos entonces que la vida no depende únicamente de nuestras fuerzas.

La humildad que libera

Jesús alaba a los sencillos porque poseen un corazón abierto a Dios. La verdadera sabiduría no consiste en creer que todo puede resolverse mediante la inteligencia o el poder. El saber vivir depende, sobre todo, de la capacidad para acoger el don de Dios.

La autosuficiencia termina agotando. Pretender controlar absolutamente todo es una carga imposible de sostener. En cambio, la humildad evangélica nos hace disponibles para la acción del Espíritu Santo, que ilumina nuestras decisiones y transforma nuestro interior.

Sin Dios, la vida fácilmente termina encerrada entre el pesimismo, la amargura y el vacío. Con el Espíritu Santo, incluso en medio del caos moral y de la superficialidad de nuestro tiempo, nacen la verdadera paz, el amor auténtico y un horizonte de esperanza.

«Vengan a mí»

La invitación de Jesús comienza con un verbo sencillo: «Vengan». Él ya dio el primer paso; ahora espera nuestra respuesta. Sin embargo, cada vez resulta más difícil acercarse a Cristo. La prisa, la indiferencia, la pereza espiritual y la sensación de no necesitarlo nos mantienen alejados. También influyen los prejuicios contra la fe y un ambiente que ridiculiza con frecuencia el espíritu cristiano.

Llevamos además nuestras propias cargas: preocupaciones familiares, heridas del pasado, incertidumbre ante el futuro y el deseo de encontrar soluciones inmediatas. Pero ninguna respuesta automática puede sustituir el encuentro con Cristo. Solo Él puede conducirnos hacia una vida espiritual más profunda, una generosidad renovada y una confianza plena en el amor del Padre.

Un yugo compartido

Cuando Jesús dice: «Carguen con mi yugo», no está imponiendo un peso mayor. Está ofreciendo caminar con nosotros.

El yugo siempre unía a dos animales para realizar juntos el trabajo del campo. Imaginemos que uno de ellos somos nosotros y el otro es Jesús. Él no observa desde lejos nuestros esfuerzos. Quiere entrar en el mismo terreno de nuestra existencia, compartir nuestro cansancio, soportar el mismo sol y ensuciarse los pies en el barro de nuestra historia.

Nuestra tarea continúa siendo necesaria; nadie puede vivir por nosotros. Pero la diferencia consiste en que ya no trabajamos solos. La fuerza principal proviene de Cristo, que sostiene nuestras debilidades y hace más ligera la carga que parecía insoportable.

El verdadero descanso

Todos necesitamos el descanso físico para recuperar fuerzas. Sin embargo, Jesús promete algo más profundo: el descanso del corazón reconciliado con Dios.

Quien aprende a confiar en el Padre, a vivir con humildad y a caminar junto a Cristo descubre una paz que el mundo no puede ofrecer. Es el descanso que permite seguir trabajando, seguir luchando y seguir amando con la esperanza puesta en la vida eterna.

El Evangelio de hoy nos invita a abandonar la ilusión de controlar todo para comenzar a vivir sostenidos por la fuerza de Aquel que nunca deja solos a quienes ponen su vida en sus manos.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


" el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí."

En la jerarquía del amor está Jesús y, de esa manera, se modifican el amor de padre, de hijo, de hermano. La misión que cada persona tiene en esta tierra está alimentada por el amor de Dios y a Dios; en libertad se sirve y ama más allá de la sangre, de las costumbres y de los odios.

CruzThe Crucifixion. Juan de Flandes, Copyright ©Museo Nacional del Prado

XIII Domingo del tiempo ordinario.Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 10, 37-42

Nueva forma de ser familia

La familia es el primer espacio donde aprendemos a amar, confiar y crecer. Sin embargo, también es el lugar donde experimentamos algunos de los mayores desafíos. Muchos padres viven con sentimientos encontrados cuando descubren que sus hijos comienzan a recorrer su propio camino, toman decisiones autónomas y construyen un proyecto de vida distinto del que ellos habían imaginado.

La imagen de la madre que protege a sus hijos expresa bien la ternura y la entrega propias de la vocación familiar. No obstante, la misión educativa alcanza su madurez cuando los hijos desarrollan la libertad necesaria para asumir responsabilidades, obrar con rectitud y vivir con gratitud. Un hijo verdaderamente maduro no es el que permanece siempre bajo la protección de sus padres, sino quien sabe responder responsablemente al bien recibido.

Ser un buen hijo, un buen padre, una buena madre o un buen hermano no constituye un obstáculo para el seguimiento de Cristo. Al contrario, el Evangelio invita a vivir cada una de estas relaciones desde un amor más profundo y auténtico. Jesús enseña que ningún afecto, por legítimo que sea, puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. El amor a Cristo no destruye los vínculos familiares; los purifica, los ordena y les da un sentido nuevo.

Vivir el conflicto entre el mundo y el discipulado

Seguir a Jesús implica una decisión que, en ocasiones, genera tensiones incluso dentro de la propia familia. El discípulo está llamado a romper con aquellas formas de pensar, actuar o valorar que contradicen el Evangelio. No se trata de romper con las personas, sino con aquello que impide vivir en la verdad y en el amor.

Por eso, el Señor invita a descubrir una nueva manera de ser hijo, padre, madre o hermano. La identidad cristiana no elimina la pertenencia a una familia, sino que la transforma desde la lógica del Reino de Dios.

El conflicto aparece cuando debemos elegir entre la verdad y la mentira, entre la solidaridad y el egoísmo, entre el rostro misericordioso de Cristo y las múltiples expresiones de la violencia, la injusticia y la indiferencia. En esos momentos, el discípulo carga su cruz: permanece fiel al Evangelio incluso cuando ello supone incomprensión, rechazo o sacrificio.

Llevar la cruz

Jesús afirma con claridad: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10,38). Llevar la cruz no significa buscar el sufrimiento ni adoptar una actitud de dureza frente a los demás. Significa asumir con fidelidad las exigencias del Evangelio, aun cuando ello implique renuncias, incomodidades o persecuciones.

El camino de Jesús conduce al Calvario. Allí experimenta el rechazo, la burla, la violencia y la injusticia. La cruz revela hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero también manifiesta la fuerza invencible del amor de Dios. Quien decide seguir a Cristo acepta recorrer ese mismo camino de entrega, convencido de que el amor siempre tiene la última palabra.

El Evangelio concluye con una promesa llena de esperanza: incluso el gesto más pequeño realizado por amor —como ofrecer un vaso de agua a uno de los discípulos— tiene un valor inmenso ante Dios. El discipulado no se expresa únicamente en grandes sacrificios, sino también en la fidelidad cotidiana, en la hospitalidad, en el servicio humilde y en la caridad concreta. Allí comienza la nueva familia de Jesús: una comunidad unida no solo por los lazos de la sangre, sino por la fe, el amor y el seguimiento del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».


No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

La valentía para decir la verdad supone una limpieza personal, de intención y de obra. La parresia de la comunicación cuida el alma y la conciencia ante los poderosos de este mundo que matan el cuerpo pero no pueden manipular el alma. 
Jesus es la verdad
Cabeza de Cristo (Rembrandt, Nueva York)

XII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Mateo 10, 26-33

No podrán silenciar la voz

La voz que proclama una verdad fundada en el Evangelio suele resultar incómoda. ¿Pero para quiénes? Precisamente para quienes viven instalados en la mentira. Las voces de san Juan Bautista, de Monseñor Romero y de fray Pierre Claverie, entre muchas otras, fueron acalladas por anunciar la verdad. Ni los imperios, ni las dictaduras, ni los extremismos aceptan fácilmente que el ser humano sea verdaderamente libre, y menos aún que encuentre en su fe una confianza profunda en Dios.
Seguir a Cristo implica asumir las consecuencias de permanecer fieles a la verdad. Es un camino de entrega y de donación de sí mismo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, ninguna fuerza humana puede silenciar definitivamente la voz del Evangelio.

La verdad transforma

Cuando se trata de la salud del cuerpo, buscamos conocer la verdad para poder sanar. Del mismo modo, cuando se trata del alma, también deberíamos desear la verdad, pues en ella se encuentra el fundamento del sentido de la vida.
¿Qué sucedería si cerráramos los ojos ante la mentira y nos abriéramos a la verdad de Dios? El Evangelio nos recuerda que nuestra dignidad no depende de nuestros aciertos o errores: para Dios valemos mucho más que los gorriones. Su amor permanece incluso cuando nos alejamos de Él.
Una petición en el Día del Padre
En este Día del Padre, pidamos a Dios la valentía para dialogar, debatir y confrontar ideas con respeto, siempre en una sincera búsqueda de la verdad. Que no nos dejemos guiar por intereses pasajeros ni por ideologías engañosas, sino por la Verdad que nace del Evangelio y conduce a la auténtica libertad.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"

«Trabajamos para comer y beber», solemos decir para expresar la importancia de los alimentos en nuestra vida cotidiana. En un sentido más profundo, esta afirmación puede aplicarse a la Eucaristía, que constituye el centro de la vida cristiana, fuente de la oración, de la misión y de toda actividad humana orientada a Dios.

Pani lingua
ANÓNIMO. Exaltación del Pange Lingua (h. 1700)

Corpus Christi, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A), Juan 6, 51-58

Jueves Santo: el origen del don eucarístico

La Última Cena adquiere todo su significado a la luz de las palabras de Jesús: su Cuerpo está presente en el pan y su Sangre en el vino. Reunidos en torno a Él, los apóstoles reciben un alimento que sacia el hambre de eternidad, llena el vacío de sentido y fortalece la fragilidad humana.

En la tradición bíblica, la cena pascual incluía el sacrificio del cordero. Aquella noche, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual es Jesucristo mismo, que se entrega por la salvación del mundo. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. Por ello, la liturgia de la Cena del Señor alcanza toda su fuerza cuando resuenan las palabras de la consagración, pronunciadas en comunión perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

La solemnidad del Corpus Christi, que en algunos lugares aún se celebra el jueves según la tradición, recuerda esta verdad fundamental de la fe. Allí donde la secularización ha debilitado las expresiones públicas de la fe, las procesiones y la adoración eucarística han perdido parte de su vigor. Sin embargo, la Iglesia continúa proclamando la grandeza del Señor y anunciando su presencia viva «hasta que Él vuelva».

Signo de unidad y comunión

En la Última Cena, los apóstoles permanecen unidos en torno a Jesús. Del mismo modo, los cristianos son convocados a la unidad mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía reúne a los creyentes para formar el único Pueblo de Dios.

Además, la Eucaristía une a los cristianos en una misma misión. La celebración litúrgica no termina con la bendición final, sino que se prolonga en la vida cotidiana. Por ello, la Eucaristía es el pan de los peregrinos: fuente, centro y culmen de la formación cristiana, de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora.

Las procesiones de Corpus Christi expresan precisamente esta fe. No son simples manifestaciones externas, sino actos de adoración en los que el pueblo cristiano contempla y honra a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.

El pan eucarístico es también signo de comunión. No procede de un solo grano de trigo, sino de muchos granos que, unidos, forman un único pan. De la misma manera, la Última Cena no es un acontecimiento individual, sino comunitario: el «nosotros» que nace de Cristo y se construye en Cristo.

En esta solemnidad de Corpus Christi, estamos invitados a compartir el pan con quienes tienen necesidad, a participar con fe en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor y a convertirnos, nosotros mismos, en alimento para los demás mediante el servicio, la caridad y la entrega generosa. Como el pan que nace de muchos granos unidos, también nuestra vida está llamada a ser expresión concreta de comunión y fraternidad.

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en perfecta comunión. Son un solo Dios; no se multiplican ni se dividen. La unidad no elimina la diversidad, ni la diversidad rompe la unidad. El Hijo y el Espíritu Santo reciben toda la vida divina del Padre y se distinguen por sus relaciones personales. Dios es comunión de amor.

Trinidad
La Santísima Trinidad. Jan Cornelisz Vermeyen. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

La Santísima Trinidad. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Juan 3, 16-18

Cada día iniciamos nuestra jornada haciendo la señal de la cruz y pronunciando los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los sacramentos se celebran en su nombre. Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a esta vida divina cuando el ministro derramó el agua sobre nosotros diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Es un gesto tan frecuente que corremos el riesgo de repetirlo mecánicamente, olvidando su inmensa riqueza. La señal de la cruz no es una simple fórmula religiosa; es la confesión de nuestra fe en un Dios que es relación, comunicación y amor.

Ante el misterio de la Trinidad, más que buscar una explicación puramente metafísica, estamos llamados a descubrir el sentido profundo de nuestra fe. No se trata solamente de comprender un concepto, sino de contemplar una realidad viva. La fe cristiana no se sostiene únicamente en conocimientos teóricos, sino en abundantes testimonios de caridad, humildad, esperanza y amor.

La Santísima Trinidad se contempla antes de explicarse. Es un misterio que invita más a la adoración que a la especulación, más a la confianza que a la soberbia intelectual. Por eso, adentrarnos en este misterio no significa enfrentarnos a un problema insoluble, sino abrirnos a una fuente inagotable de esperanza.

Gracias al Hijo, todos hemos sido hechos hijos de Dios. Participamos de la filiación divina y estamos llamados a dirigirnos a Dios con la confianza de Jesús, llamándolo «Abbá, Padre». Somos hijos en el Hijo por la acción del Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo. En estas palabras resplandece el corazón mismo de la revelación cristiana: el amor de Dios. Un amor tan grande que se manifiesta en la encarnación y se entrega para la salvación del mundo.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». No se trata de un amor abstracto, sino de un amor que toma la iniciativa, que sale al encuentro del ser humano y le ofrece vida eterna.

Nicodemo representa a todo creyente que busca sinceramente a Dios. Su diálogo con Jesús es un camino de búsqueda, de encuentro y de transformación. Allí descubrimos que el sentido último de la existencia se encuentra en la relación con Dios, una relación que da plenitud a la vida y la abre a la eternidad.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta es la gran noticia de la fe cristiana: somos amados, llamados y salvados. Creer en Cristo es acoger este don y dejarse introducir en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Trinidad no es una realidad lejana. Es el origen de nuestra vida, el modelo de nuestras relaciones y la meta hacia la cual caminamos. Cuanto más participamos de la comunión, del amor y de la entrega mutua, más reflejamos en nuestra existencia el misterio del Dios trino.

Que al persignarnos cada día recordemos que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad Santa y que estamos llamados a vivir según esa misma lógica de comunión, amor y servicio.


Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


La Santísima Trinidad

Jan Cornelisz Vermeyen

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado


Dios Padre, Cristo muerto y el Espíritu Santo, rodeados de ángeles con los símbolos de la Pasión, se muestran en un rompimiento de gloria sobre un paisaje. Es un recurso que utilizará también Tiziano en La Gloria del Museo del Prado y que deriva de estampas de Durero. Las figuras delatan la influencia de Rafael. Vermeyen, muy estimado en la corte de Carlos V, realizó importantes proyectos artísticos para el emperador.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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Javier Abanto Silva
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