Domingo III del Tiempo Pascual - Ciclo C - Abril 18 de 2010

“Vengan a desayunarse”

Se me junta la saliva al escuchar que, después de una noche de arduo trabajo y sin éxito, Jesús me invite a desayunar, él mismo lo ha preparado. La imagen tierna del fogón caliente, el carbón al rojo vivo asando uno o muchos pescados y calentando el pan sólo expresan amor.

La experiencia de comer y beber tiene mucha importancia porque lo hace después de su resurrección. Es decir, una de estas mañanas puedes ser tú el elegido y ser invitado a desayunar, a compartir la luz del día, el infinito del mar, la brisa fresca y la alegría del encuentro. Son emociones intensas con Dios, se lo descubre a pocos.

Esto no es una fantasía, Jesús no ha resucitado como un fantasma sino que está presente realmente, para reconocerlo hay que poner mucho cuidado al buscarlo con la mirada de fe. Es saber que Jesús está presente, para lo cual no basta una visión física. Pasar de la red vacía, del fracaso, a la red repleta de peces es una actitud de escucha y obediencia a las palabras de Jesús.

La sensibilidad que debemos desarrollar para encontrarnos con Jesús no es una experiencia individualista, ni una búsqueda de superación del estrés, es más que ello: un encuentro con los demás. Compartir la amistad y el alimento supera todo individualismo, se carga de afecto, sin convencionalismos sociales.

Sentarse a la mesa no es una actitud improvisada, busca la leña, escoge el lugar, aviva el fuego, no deja que se queme el pan, calcula que alcance para todos. Ojo, la Eucaristía nunca debería ser improvisada en toda su dimensión comunicativa.

Jesús te pregunta: ¿me quieres?, hasta tres veces, las mismas que Pedro lo negó. Respóndele de corazón, resuelve cómo manifestar que amas a Dios, con tu vida, con tus palabras.
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