III Adviento - Ciclo A - 12 de diciembre de 2010


¡Qué alivio!

En la costa peruana estamos ya entrando en el clima de verano, cada mañana alumbra el sol y se siente el alivio caliente de un nuevo amanecer. No es tiempo de tensión, sino la convicción de que se nos anunciará una buena noticia. Retornar a tu tierra, una alegría que invade toda tu naturaleza humana.

Amanecer, anochecer con la agenda lograda, llegar a casa para descalzar los pies, leer tu nombre entre los ganadores, recibir una llamada esperada, encontrar la dirección correcta, liberarse de algo (o alguien), lograr una meta, recibir una ayuda, … y muchas actividades en la vida nos hacen respirar diciendo: ¡Qué alivio!

Una ayuda nos alivia. Por ejemplo la luz para caminar en la oscuridad, una gran noticia nos tranquiliza, unas gafas a la medida, un buen libro, el fiel amigo, el amor incondicional, la providencia y la generosidad. No es tanto el peso que nos dificulta llevar la maleta, sino su tamaño, por ello, una mano, un brazo, un hombro nos ayuda y alivia.

Se siente alivio en varios sentidos, ¿pero ese alivio corresponde a una paz espiritual? ¿La ayuda la vemos como obra de Dios? ¿Desearías tener más información sobre Jesús?       Qué alivio si Jesús sigue siendo objeto de nuestra búsqueda.

 Se cumple el dicho: “Quien busca encuentra” Jesús responde a la pregunta: “Vayan y anuncien anunciar a Juan lo que están  viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”.

¿Qué causará mayor alivio, buscar la destrucción del mal o proponer soluciones? Aparentemente es un escándalo no buscar destruir el mal. Estamos acostumbrados a detectar los males, pero alivia mucho detectarlos para proponer soluciones. 

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