El Bautismo del Señor (A): El desconcierto de Juan Bautista ante la humildad de Dios que hace fila con los pecadores

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”

Juan el Bautista nos da mensajes de humildad y cuestiona la poca capacidad de conversión en nuestros días. Es la desgracia de cada criatura que quiere anular a su creador.
Bautismo de Jesús
Bautismo de Cristo. Herp, Willem van II. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
El Bautismo del Señor-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Juan Bautista, desconcertado ante la humildad de Dios

El bautismo que ofrece Juan Bautista es un gesto penitencial: implica reconocer el propio pecado, arrepentirse y decidirse por una vida nueva, más justa y coherente. El agua purifica y simboliza un nuevo comienzo. Sin embargo, Juan queda profundamente desconcertado cuando ve a Jesús haciendo fila entre los pecadores para ser bautizado. Él mismo quisiera ser bautizado por Jesús.
El profeta que había impactado a muchos con la austeridad y la humildad de su vida queda ahora impactado por una humildad aún mayor: la del Hijo de Dios. Jesús “se rebajó” para hacerse uno de nosotros y aceptó solidariamente nuestra condición humana, anticipando ya el camino de la cruz (cf. Flp 2,7). Este gesto desconcierta porque revela un Dios que no se impone desde lo alto, sino que entra en comunión con la humanidad desde abajo. Su anonadamiento manifiesta su perfecta sintonía con el Padre y con los hombres, y recibe la confirmación divina: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17).

La importancia del Bautismo

Los sacramentos nacen del misterio pascual de Cristo. De su costado abierto brotaron sangre y agua: vida nueva para el mundo. En el bautismo cristiano se derrama el amor de Dios y se inicia la vida de la gracia, la misma vida de Cristo, entregada al servicio de los demás. Como afirma san Pablo: “Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo puro, fervoroso en buenas obras” (Tt 2,14).
En el bautismo recibimos el fundamento de la vida, el sentido profundo de nuestra existencia y la orientación hacia la vida eterna. ¿Cómo privar a un niño de este horizonte trascendente? Todo ser humano es amado por Dios desde la eternidad y puede decir con verdad: “El Señor me plasmó desde el seno materno para ser suyo” (cf. Is 49,5).
Con frecuencia nos lamentamos de la violencia, la desunión y la pérdida de valores en el mundo, pero al mismo tiempo bloqueamos el acceso a la comunión con Dios. El anhelo profundo de la criatura por conocer a su Creador queda sofocado por ideologías que confunden libertad con vacío espiritual. ¿Cómo pedir discernimiento si se ha negado la luz interior? ¿Cómo hablar de humanidad, diálogo y esperanza si se ha debilitado la semilla de la fe? ¿Cómo valorar la familia como Iglesia doméstica si se la vacía de su dimensión espiritual?

Una oración necesaria

En este día, elevemos una oración profunda por quienes necesitan fortalecer su fe y redescubrir la belleza de su vida cristiana; por quienes luchan por permanecer fieles a Cristo, sacerdote, profeta y rey; por las familias y las comunidades llamadas a ser espacios de fe viva.
Que la Virgen Madre acompañe a todos sus hijos en el camino de maduración humana y espiritual, fortalezca la salud del cuerpo y del alma, y nos ayude a ser testigos creíbles de santidad, amor y esperanza en el mundo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

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