El administrador astuto



Domingo Ordinario XXV – Ciclo C (Lucas 16, 1-13) 22 de septiembre de 2013

“El que se porta honradamente en lo poco (...)”


Hoy la honestidad no se despega de la buena administración. No somos dueños, sino administradores de nuestro tiempo, afectos, amistades,… esa libertad es un camino a la autenticidad.
En mi habitación puedo dejar caer todavía sin preocupación las monedas, nadie ingresa y recurro al piso cuando necesito algunas; es como un gesto de mi despreocupación por el dinero. “La moneda que se cae hay que entregarle a su dueño o preguntar de quién es”, nos aconsejaba mi mamá, incluso uno podía ser castigado si no hacía respetar esta norma de buena convivencia en el hogar, en la escuela y en todas partes.
Sin duda, la administración se desarrolla de manera exitosa cuando se lleva con transparencia y honradez. El profesor de moral fundamental decía que el dinero es el ‘estiércol del diablo’ para prevenirnos del cuidado, del mal olor, asfixiante y fácil de enlodarse. Los escándalos por la mala administración de parte de las autoridades, los diezmos, los gastos de representación, los incentivos, los viáticos, entre otros gastos se convierten, con frecuencia, en una oportunidad para enlodarse en la piscina de la avaricia. Un aparente respiro va tupiendo nuestras narices con la codicia fratricida de unos soles, pesos, dólares,…
La codicia opresiva, descontrolada en el consumismo se refleja cada día. Por ejemplo: prestas dinero, no te quieren devolver; estafadores al telefonazo, vendiendo gato por liebre; inescrupulosos cobrando a los pobres lo que no les corresponde; cómplices mezquinos cargando el peso a los más indefensos. Es preocupante, cuando las cuentas no son claras, de seguro, ya se está adorando a dos señores, se está haciendo una caja secreta o distribuyendo por dos cajas, desvalijando a una, a la más ingenua. El profeta Amós dice: “Escuchen esto los que exprimen al pobre, despoján a los miserables,… Disminuyen la medida, aumentan el precio, usan balanzas con trampa, compran por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás sus acciones”.(8, 4-7). El clamor de los pobres será un delirio de infelicidad aunque con la barriga llena y la persona puede ser tan pobre que lo único que tiene es dinero.
La sagacidad del administrador le ha permitido acumular riqueza, si medida. Pero ha llegado la hora de dar cuentas y no se ha percatado de lo importante y sustentable en el tiempo: la aceptación de los demás. Se va quedar con las manos vacías porque a su gestión le comienza a inyectar prudencia, sabiduría y equidad con los deudores. La riqueza le resulta engañosa, la auténtica es hacer amigos, hacer el bien a los necesitados. La Mammona (dinero) brinda una aparente seguridad pero roba la armonía y equidad. Es mejor servir al Señor haciéndose amigo de los hombres. El administrador ante la pérdida de su puesto encontró una forma de garantizarse un futuro. Una corrección a posteriori de su gestión ha puesto en evidencia la injusticia con los pobres.
“Todo lo que se puede comprar con dinero es barato”. ¿Quién puede comprar el abrazo de un ser querido que ha fallecido? ¿O el perdón verdadero de una persona a la que hemos hecho daño? ¿O la salud? No debemos olvidarnos de las cosas cuya gestión también requiere nuestro esfuerzo, y que a veces descuidamos.

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