Cuento: Un hámster que quizo ser emperatriz

Tenía el poder, 
pero ella quería ser emperatriz
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Bajo este imperio del sol, el astro mayor  que nos ilumina, hay una fauna impresionante, nunca te aburrirás; tendrás dolor y hasta vergüenza ajena, pero no te aburrirás.

Era amarilla, luego se caracterizo por ser color de la naranja. Su vida había transcurrido entre la popularidad y los lujos, entre viajes y una gran pasión por el poder. Estamos hablando de Hámster, la hija, aquella roedora que ha ido aprendiendo cada paso del hámster mayor.

Hámster, la hija, era tierna, en un tiempo muy dócil al gato montés. Hámster, la hija, es la mayor de varios, a uno de ellos le encanta los perros según dicen las cotorras o prensa rosa de este imperio del sol.

En el reino animal, el hámster mayor junto al gato montés gobernó el imperio, captaron los lugares estratégicos para dominar sin problemas.

A hámster, la hija, le hubiese gustado ser emperatriz, su padre quería que su prole sea emperadora de aquel país andino adornado por los nevados, su cultura y su rica comida. 

Ella, la hija, era un hámster que decía comer papa pero le gustaba la hamburguesa, el ceviche aunque prefiera el sushi. Aún así era aclamada. Al pueblo no le interesaba lo que comiera.

Esta mezcla del anhelo del padre con su popularidad la hizo sentir una emperatriz. Realmente, esa fijación la hizo apurar su vida popular en este reino. Entonces puso toda su fuerza en ser más popular. 

Era la hámster tierna, inteligente, hábil y también cruel. En su historia las urracas cuentan esos pasos de tanque tras el poder. 

La hija, supo que el gato montes un día maltrató al hámster mamá, pero se quedó callada. El hámster mamá denunció y el hámster papá junto al gato montés la expulsaron, llena de heridas. A la hija le interesaba sólo ser emperatriz.

El hámster mayor viajó y se trajo un hámster de casa, una mascotita linda, las urracas “rosas” no dejaban de hablar de ella. El hámster hija acompañaba esos bailes, mientras el hámster mamá y el imperio del sol se reía y se indignaba.

La emperatriz, perdón, la que daba por hecho “ser emperatriz” enfrentaba a las urracas que hablaban mal de su padre. También, se casó con un gatito bailarín, tuvieron sus crías. Ella seguía siendo popular, participaba de un parlamento al cual acudía con dedicación para cobrar. Ella quería ser emperatriz y ya casi tenía el poder en sus manos.

En este imperio dorado, la fauna en democracia debe elegir. Muchas urracas cantaban su nombre de la primera “emperatriz”, allí estaba la comida y golosinas. Llegado el día, la fauna se dio cuenta de las mentiras de las urracas gracias a las palomas mensajeras, a los colibrís y a los loros. Entonces, prefirieron elegir al tigrillo, más atlético, casado con una tigrilla simpática pero ambiciosa. 

El camino estaba trazado, varios de sus animales adomesticados estaban ya en lugares estratégicos. Para atacar al tigrillo se unió en algún momento con un caballazo el cual relinchaba y atacaba sin piedad a los tigrillos. Aun así, el hámster hija seguía amorosa con su padre, aunque se distanciaba, le aterraba el regreso del emperador a esta fauna.

La obsesión por dominar el imperio la sacrificaba interiormente, regalaba tapers, hacia negocios con otros animales que dominaban las plantas medicinales, los negocios, los minerales y los polvos alucinógenos.  

Llegó la segunda oportunidad, ya estaba en sus manos el poder, pero ella quería ser emperatriz. El día de la verdad, esta fauna salvaje prefirió a un gatito, tocaba la flauta, también le gustaba la hamburguesa, pero era como el abuelito consentidor, lo más duro que le llegó a decir fue: “pelona”.

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La hija, hámster, se consideraba ya la emperatriz, pero las urracas otra vez se olvidaron de las palomas mensajeras, los loros y los colibrís. El gatito decrépito llegó el imperio dorado. El pobre hámster, hija, se deprimió y afirmaba que le habían quitado el poder. Entonces, junto a sus secuaces venidos de los montes, del amazonas y del rico puerto comenzaron a buscar formas de recuperar su imperio robado.

Esta búsqueda era sin precedentes, sin compasión, sin vergüenza. Lo cómico es que tenía el poder pero no era emperatriz, no se sentía “perdedora” decía. 

Entonces, se opuso a que regrese el emperador, cobró venganza anulando al hámster hermano que hizo todo por el regreso del hámster papá. El gatito viejito pensó darle un gesto cordial y permitió el regreso del emperador, pero ella usó a sus ratones astutos, de esos acostumbrados a superar lodos y piedras y asustaron al gatito anciano, se fue avergonzado y decepcionado. Pero, no era llamada emperatriz, aunque tenia el poder.

Entonces, sin el gatito panzón, con la fauna ocupada estratégicamente, con muchos animales que obedecían sus gestos roedores y sonrientes, ya tenia el poder, pero no la llamaban “emperatriz”.

El gatito viejito dejó a su aliada la vizcacha. La vizcacha sabe burlar a los perros cazadores, a los gatos y es astuta. El hámster, hija, pensó dominarle como a muchos animales, intentó darle un susto, pero no había forma de impedirle el paso. Ella tenía el poder, pero quería se “emperatriz”.

La vizcacha, pidió apoyo a la fauna y lo logró. Los roedores, águilas, cotorras, urracas, los animales de los lugares estratégicos terminaron siendo parte de una banda peligrosa para el imperio. Esta fauna se cansó. Apoyaron a la vizcacha y ésta emprendió el cambio en la fauna.

El hámster, hija, tenía el poder pero no era “emperatriz”, tenía el poder y fue destruyendo al imperio que intentaba gobernar. Tenía el poder pero lo quería todo. Se apuro tanto. Ahora, no tiene el poder. Está encerrada. Sus mascotas aliadas siguen gritando porque no asimilan haberse quedado sin poder, pero la fauna ya no les soporta. 

Antes eran de temer, ahora son para reír. Antes atacaban toda contradicción, ahora solo gritan porque les han sacado del nido. Por querer el poder a la fuerza y con tanto apuro se quedaron si él. Ella no será emperatriz y ya no tendrá el poder.

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