Homilía y Reflexión

Homilía para "Reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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“He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

Señor Jesús, Cordero de Dios,

que quitas el pecado del mundo,

abre nuestros ojos para reconocerte

presente en medio de nosotros.

Enséñanos la humildad de Juan el Bautista,

para no predicarnos a nosotros mismos,

sino señalarte siempre a Ti

como el único Salvador.

Que tu Espíritu renueve en nosotros

la gracia del bautismo,

nos libere del pecado que nos ata

y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios.

Amén.

Juan Bautista

Tríptico abierto: Busto de Cristo, san Juan Bautista y san Pedro. Cerrado: San Juan Evangelista y santa Columba. Antoniazzo Romano. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

II Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Un profeta mensajero

Juan el Bautista, fiel a su estilo humilde, rompe las expectativas de los espías enviados para controlarlo. Por un lado, los tranquiliza cuando afirma que no es alguien de quien deban tener miedo, que no es el Mesías, sino solo un servidor. Pero, al mismo tiempo, los llena de inquietud cuando añade:

"Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen, que viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia" (Jn 1, 26-27).

Juan no será el gran problema para los guardianes del templo ni para Herodes, pero su palabra conserva toda la fuerza del espíritu profético. Habla de lo que ha visto y oído, en nombre de Dios, con una autoridad que pesa más que las preguntas temerosas de quienes lo vigilan.

Como profeta, Juan da testimonio de que el bautismo en agua que él administra es solo un signo: manifiesta la voluntad de conversión del pecador y su súplica de perdón dirigida a Dios. Pero él sabe –y lo anuncia con claridad– que este bautismo está destinado a ser superado por otro más grande: el bautismo que no solo sumerge en el agua, sino en el mismo Espíritu de Dios.

"El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29)

Cuando Juan señala a Jesús como «el Cordero de Dios», evoca la memoria de la Pascua: el cordero inmolado cuya sangre salvó a los israelitas del ángel de la muerte en Egipto. Ese cordero era signo de liberación y paso de la esclavitud a la libertad.

Además, Juan habla del «pecado del mundo», no solo de las faltas individuales, sino de todo aquello que se opone a Dios: el poder del Mal, el influjo de Satanás, las estructuras de pecado. Y no duda en afirmar que Jesús, el Hijo de Dios, es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo.

La misión del Cordero de Dios se cumplirá en la nueva Pascua, cuando Jesús sustituya el sacrificio del cordero pascual por el sacrificio de su propia vida. Su entrega en la cruz merecerá de Dios el perdón de los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta el último hombre.

Todo esto es posible porque el Hijo eterno de Dios –que por eso es "primero" que el Bautista en todos los sentidos, incluso en el tiempo– se hizo carne. Asumió nuestra humanidad para hacer de nosotros, si lo acogemos con fe, hijos de Dios a su imagen.

La vida llama

Para nuestra vida, esta página del Evangelio nos invita a dos cosas muy concretas:

• A mirar a Jesús como el Cordero de Dios, el único que puede quitar de raíz el pecado que nos ata.

• Y a aprender de Juan el Bautista la humildad del verdadero testigo: señalar a Cristo, no a nosotros mismos; prepararle el camino en el corazón de los demás, sabiendo que el protagonista de la salvación no somos nosotros, sino Él.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo:

«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:

“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».


“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”

Juan el Bautista nos da mensajes de humildad y cuestiona la poca capacidad de conversión en nuestros días. Es la desgracia de cada criatura que quiere anular a su creador.
Bautismo de Jesús
Bautismo de Cristo. Herp, Willem van II. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
El Bautismo del Señor-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Juan Bautista, desconcertado ante la humildad de Dios

El bautismo que ofrece Juan Bautista es un gesto penitencial: implica reconocer el propio pecado, arrepentirse y decidirse por una vida nueva, más justa y coherente. El agua purifica y simboliza un nuevo comienzo. Sin embargo, Juan queda profundamente desconcertado cuando ve a Jesús haciendo fila entre los pecadores para ser bautizado. Él mismo quisiera ser bautizado por Jesús.
El profeta que había impactado a muchos con la austeridad y la humildad de su vida queda ahora impactado por una humildad aún mayor: la del Hijo de Dios. Jesús “se rebajó” para hacerse uno de nosotros y aceptó solidariamente nuestra condición humana, anticipando ya el camino de la cruz (cf. Flp 2,7). Este gesto desconcierta porque revela un Dios que no se impone desde lo alto, sino que entra en comunión con la humanidad desde abajo. Su anonadamiento manifiesta su perfecta sintonía con el Padre y con los hombres, y recibe la confirmación divina: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17).

La importancia del Bautismo

Los sacramentos nacen del misterio pascual de Cristo. De su costado abierto brotaron sangre y agua: vida nueva para el mundo. En el bautismo cristiano se derrama el amor de Dios y se inicia la vida de la gracia, la misma vida de Cristo, entregada al servicio de los demás. Como afirma san Pablo: “Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo puro, fervoroso en buenas obras” (Tt 2,14).
En el bautismo recibimos el fundamento de la vida, el sentido profundo de nuestra existencia y la orientación hacia la vida eterna. ¿Cómo privar a un niño de este horizonte trascendente? Todo ser humano es amado por Dios desde la eternidad y puede decir con verdad: “El Señor me plasmó desde el seno materno para ser suyo” (cf. Is 49,5).
Con frecuencia nos lamentamos de la violencia, la desunión y la pérdida de valores en el mundo, pero al mismo tiempo bloqueamos el acceso a la comunión con Dios. El anhelo profundo de la criatura por conocer a su Creador queda sofocado por ideologías que confunden libertad con vacío espiritual. ¿Cómo pedir discernimiento si se ha negado la luz interior? ¿Cómo hablar de humanidad, diálogo y esperanza si se ha debilitado la semilla de la fe? ¿Cómo valorar la familia como Iglesia doméstica si se la vacía de su dimensión espiritual?

Una oración necesaria

En este día, elevemos una oración profunda por quienes necesitan fortalecer su fe y redescubrir la belleza de su vida cristiana; por quienes luchan por permanecer fieles a Cristo, sacerdote, profeta y rey; por las familias y las comunidades llamadas a ser espacios de fe viva.
Que la Virgen Madre acompañe a todos sus hijos en el camino de maduración humana y espiritual, fortalezca la salud del cuerpo y del alma, y nos ayude a ser testigos creíbles de santidad, amor y esperanza en el mundo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

"Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia"

La Palabra divina existe antes de la creación, pues no es una realidad creada, sino creadora de todo cuanto existe. El prólogo del Evangelio de Juan, denso en símbolos y significados, ofrece una síntesis teológica del conjunto de su Evangelio, al presentar a la Palabra eterna como principio de vida, luz y salvación.

Juan BautistaSan Juan Bautista en un paisaje- Maíno, Fray Juan Bautista - Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

II Domingo de Navidad - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Esta Palabra creadora y eficaz se manifiesta de modo culminante en la creación del ser humano a imagen y semejanza de Dios. En ello se funda la dignidad humana, la singularidad irrepetible de cada persona y su pertenencia a una totalidad querida por el Creador. La historia de la salvación revela, además, un misterio aún más profundo: Dios mismo se hace hombre en Jesucristo. El ser humano, creado inteligente y libre, es así llamado a ser artífice responsable del bien y del mal, capaz de discernir y de elegir.

Hombre de fe

A lo largo de la historia, el ser humano ha desarrollado la técnica, la ciencia y múltiples formas de progreso. Sin embargo, como criatura, no puede prescindir de su Creador. En lo más profundo de su interioridad, el corazón humano anhela descubrir su origen y su sentido último. En este camino, la Palabra del Creador orienta y acompaña; más aún, la Palabra hecha carne, Jesucristo, se presenta a sí mismo como camino, verdad y vida para toda la humanidad.

El lenguaje humano puede comprenderse dentro de una evolución histórica y cultural; el lenguaje de Dios, en cambio, solo puede manifestarse plenamente como amor dirigido a la humanidad. En Cristo, Dios no solo habla, sino que se entrega.

Hombre de bien

El ser humano ha sido creado para el bien, pero no se trata de una mera filantropía superficial. Los gestos filantrópicos pueden, incluso, encubrir profundas incoherencias morales. Tampoco se trata de una piedad aparente, semejante a la denunciada en la actitud de los fariseos. La inteligencia y la libertad capacitan a la persona para discernir, reflexionar y actuar de manera coherente. El creyente auténtico busca hacer el bien por el bien mismo, en toda circunstancia, no por reconocimiento ni por conveniencia.

Dios ha elegido al ser humano, y este necesita aprender a acoger esa elección. Muchas veces, la tristeza profunda nace de sentirse elegido y, al mismo tiempo, indigno de ser amado. El amor de Dios incomoda, pero es absolutamente necesario. Más allá del mero cumplimiento moral, Dios abre un horizonte más amplio y denso: las obras realizadas con fe generan alegría profunda, gratitud, libertad interior, paz de conciencia, coherencia de vida, esperanza y sentido de eternidad.

Santa Teresa de Calcuta expresó esta verdad con sencillez y radicalidad al afirmar que reconoce y sigue a Cristo quien, en la vida cotidiana, ama a quien lo odia, perdona a quien busca venganza, es justo donde reina la injusticia, honesto donde impera el robo, limpio donde abunda la corrupción y sobrio donde domina la avaricia y el despilfarro.

En este contexto, Juan el Bautista ofrece una lección permanente de humildad y claridad. Humildad, porque no se atribuye el papel del Salvador; claridad, porque señala sin ambigüedades a Jesucristo como el Mesías esperado y el Salvador de la humanidad.

Hoy, ante la escasez de cristianos coherentes, esta realidad se convierte también en una llamada personal: es tu oportunidad de vivir la fe con autenticidad y de dar testimonio del bien.


Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:

«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.


María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Con el corazón abierto ante la virgen Madre de Dios agradecemos nuestra historia personal durante el 2025.

Madre de Dios

Santa María, Madre de Dios-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Señor Dios de la vida y de la historia,

al concluir este año nos detenemos un instante ante Ti,

en el silencio que nace del corazón y se vuelve contemplación.

Como María, queremos guardar y meditar en nuestro interior

todo lo que hemos vivido, aun aquello que no comprendemos del todo.

 

Te damos gracias por cada experiencia de este año:

por las alegrías que nos dieron esperanza,

por los dolores que nos hicieron más humanos,

por las pruebas que purificaron nuestra fe

y por los encuentros que revelaron tu presencia silenciosa.

Nada ha sido estéril en tus manos,

todo ha estado misteriosamente incluido en tu plan de amor.

 

Gracias, Señor, porque en medio de tantas preguntas

has permanecido como centro vivo de nuestro corazón.

Gracias por Jesucristo, el Niño que María llevó en su seno

y que sigue habitando en el corazón de cada creyente.

El Niño que alegró el corazón humilde de los pastores.

Virgen María, Madre contemplativa,

enséñanos a agradecer sin ruido y a confiar sin reservas.

 

Acompáñanos en los silencios de Belén y del Calvario,

en los gozos sencillos y en las horas de cruz,

y permanece hoy junto a los que sufren,

a los niños heridos por la violencia,

a los pueblos marcados por la guerra y la pobreza.

Te damos gracias, Señor, por la Madre que nos regalas,

por su intercesión fiel y su mirada atenta.

En sus brazos confiamos nuestras familias,

nuestros trabajos, nuestras fragilidades y nuestros sueños.

 

Que ella nos enseñe a comenzar cada día desde la fe

y a terminar cada año con gratitud.

Al cerrar este tiempo que pasa,

te entregamos lo que somos y lo que tenemos.

Purifica nuestra memoria, fortalece nuestra esperanza

y renueva en nosotros el deseo de vivir para Ti.

 

Que el año que comienza nos encuentre

más atentos, más humildes y más disponibles a tu voluntad.

Todo lo ponemos en tus manos, Señor,

por medio de María, Madre de la esperanza.

A Ti la gloria, la gratitud y la confianza,

hoy y siempre. Amén.


Santa María, Madre de Dios - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)


Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


“ Honra a tu padre y a tu madre ”

La Sagrada Familia nos recuerda que la historia personal y familiar de cada uno también puede ser una historia santa. Creyentes o no, todos buscamos la felicidad y algo que dé sentido pleno a la vida.

Sagrada Familia

La Sagrada Familia - Raimundo de Madrazo Garreta (1841-1920)


La Sagrada Familia - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Cuida a tu familia

No te avergüences de tu familia ni te escandalices por su composición. Cada familia es única, tiene algo de convencional y algo de profundamente peculiar.

Si tuvieras que definirla, ¿cómo caracterizarías a tu familia? Hoy existen múltiples tipos de familia, muy distintos entre sí. Sin embargo, lo que verdaderamente permanece y da valor a cualquier familia es la unión, el entendimiento mutuo, el respeto, el amor y la justicia.

Cuando estos valores faltan, la familia se resiente y se hiere profundamente. Por eso, más que fijarnos sólo en la forma externa de la familia, estamos llamados a cuidar su corazón: las relaciones, los gestos cotidianos, la capacidad de perdonar y de empezar de nuevo.

La Sagrada Familia, un modelo no convencional

A veces imaginamos la Sagrada Familia como una familia idealizada, lejana a nuestras realidades. Sin embargo, si miramos de cerca, descubrimos que no es una familia “convencional”:

• José acoge a María embarazada antes del matrimonio.

• Es una familia con un solo hijo.

• José es padre adoptivo; María es madre biológica y permanece virgen; y el Hijo nace por acción de Dios.

En esta familia se combinan los valores más genuinos de la vida familiar con una originalidad que sorprende y descoloca.

Una combinación de valores profundamente humanos

- José es un hombre de acción. No encontramos una sola palabra suya en los Evangelios, pero sus gestos hablan por él. Es el hombre de los sueños, de la intuición paterna: respeta a María, no intenta difamarla, asume su papel de padre protector, atraviesa el desierto hasta Egipto buscando un lugar seguro para su hijo, el Príncipe de la paz.

- María es la joven dócil a sus padres y a Dios. Su fe, como la de Abraham, abre su corazón a la esperanza de la vida. Se abandona a la voluntad de Dios, aun conociendo los riesgos de su embarazo y los juicios y prejuicios que puede suscitar. A pesar de ello, se deja guiar sólo por Dios. Acompañará a José y a Jesús hasta el último aliento de su vida en este mundo.

María y José son pobres y observantes de la Ley; cumplen lo que se manda, pero al mismo tiempo realizan gestos que van más allá de la mera obligación religiosa, ofreciendo al primogénito al Padre para la salvación de todos los hermanos.

Su camino no fue fácil. Tuvieron que recorrer una larga ruta para comprender el misterio de su Hijo. No entendieron todo de inmediato; muchas cosas las “guardaban en el corazón”.

Por eso son modelos de una fe confiada, que se abandona en Dios incluso ante lo inexplicable, frente a las amenazas (Herodes), el exilio y la incertidumbre sobre el futuro.

La historia de tu familia

La Sagrada Familia nos recuerda que la historia personal y familiar de cada uno también puede ser una historia santa. Creyentes o no, todos buscamos la felicidad y algo que dé sentido pleno a la vida.

En cada historia —incluso en sus heridas, en sus desórdenes y en sus búsquedas confusas— Dios está presente e invita a acoger el misterio de la Navidad.

Así como María y José acogieron a Jesús, también nosotros estamos llamados a acoger al Mesías en nuestras vidas y en nuestras casas. Cuando lo hacemos, Él nos transforma, nos enriquece y nos ayuda a vivir nuestra verdadera identidad: ser hijos de Dios.

La Navidad consiste, en el fondo, en dejar que Cristo habite nuestra historia concreta, con sus pobrezas, sus dudas y sus pruebas. Nuestra historia personal es también una historia sagrada que el Emmanuel viene a habitar.

De este modo, la historia de amor de la Sagrada Familia continúa a lo largo de la historia de la Iglesia… y también en la historia de tu propia familia.

La vida oculta de Jesús y la serenidad familiar

Después de los acontecimientos extraordinarios de la infancia, el Mesías entra en silencio. Crece y se prepara para su misión en la sencillez de la vida cotidiana.

El Evangelio nos presenta una escena final de serenidad familiar: la Sagrada Familia vive una existencia sencilla y oculta, donde Jesús crece en un ambiente de fe, trabajo, obediencia y amor, anticipando así su futura misión salvadora.

También nuestras casas, con todo lo que tienen de ordinario, pueden convertirse en Nazaret: un lugar donde Jesús crece, donde la fe se hace vida y donde, día a día, aprendemos a ser familia según el corazón de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23

Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:

«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:

«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».

Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.

Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.


La Sagrada Familia

Raimundo de Madrazo Garreta (1841-1920)


"Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer"

La anunciación de José, María es inmaculada; Dios tiene a María y José para su proyecto de salvación a la humanidad. Hoy te tiene a ti para salvar al niño.

Sueño de José

El sueño de San José de Francisco Goya

IV Domingo de Adviento - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

La confianza de José y María

La Anunciación a José nos introduce en el misterio de una confianza silenciosa y obediente. María, la Inmaculada, y José, el justo, son elegidos por Dios para colaborar en su proyecto de salvación. Dios confía en ellos… y hoy también confía en nosotros para custodiar la vida del Niño.

La historia de una promesa

El profeta Isaías narra una promesa hecha al rey Acaz en un momento de profunda amenaza para Jerusalén:

«El Señor mismo les dará una señal: la joven está encinta, dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros» (Is 7,14).

Esta profecía, pronunciada hacia el año 733 antes de Cristo, fue acogida y transmitida en la tradición de Israel, y los primeros cristianos la reconocieron plenamente cumplida en Jesucristo.

El evangelio nos muestra cómo esta promesa se concreta en la vida de José. En sueños, Dios disipa sus dudas y le revela el origen divino del embarazo de María. José acepta a María como esposa, pone nombre al Niño, y asume la misión de darle alimento, protección y cuidado. Así, la promesa se hace historia concreta en una familia humilde.

Confiar en la promesa

La confianza de José no fue sencilla. Humanamente, le resultaba difícil comprender cómo aquella joven buena, obediente y fiel podía estar encinta. A esto se suma una revelación aún más exigente: el hijo que nacerá es el Salvador. Sin embargo, José confía en Dios y se deja conducir por su Palabra.

Hoy, cuando la Navidad se acerca, también nosotros podemos experimentar dudas, distracciones y desorientación. El ruido del consumismo, la publicidad y el ritmo acelerado de este tiempo pueden opacar el sentido profundo de la espera. Sin embargo, la promesa permanece: el Niño viene a salvarnos, a transformar nuestras incertidumbres en caminos de paz y de alegría.

María, la joven de Nazaret, y la Iglesia entera llevan en su seno el gran misterio de la historia: el amor infinito de Dios hecho carne. Tal vez no siempre comprendamos todo lo que dice o hace la Iglesia, pero podemos confiar en la promesa de Dios, en ese Niño que nació, creció y sigue saliendo a nuestro encuentro.

El pesebre en tu casa

Confiar implica también acoger. Nuestra casa está llamada a ser un pesebre donde Jesús encuentre calor frente al frío más duro: la indiferencia. Así como José lo dio todo para proteger la vida del Niño y María ofreció su juventud al servicio del plan de Dios, también nosotros estamos invitados a hacer espacio a Cristo en nuestra vida cotidiana.

Cada hogar puede convertirse en ese lugar sencillo donde Jesús crece —como crecemos nosotros— en lo humano, lo afectivo y lo espiritual. Seamos padres o hijos, madres o hermanos, todos formamos parte de ese pesebre que recibe al Señor.

El pesebre no se llena de objetos ni de lujos. No necesita juguetes costosos, tecnologías de última generación ni apariencias vacías. Su riqueza es otra: fe, bondad, humanidad, perdón y amor. Sin Jesús no hay Navidad; sin el Niño, no nace la esperanza.

Que esta Navidad llegue a nuestra vida colmada de fe y de amor, de alegría y de reconciliación. Porque en Navidad nace el Amor, nace Dios con nosotros.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24

La generación de Jesucristo fue de esta manera:👉

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta:

«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.

👉🎨 

El sueño de San José de Francisco Goya

El sueño de San José es una obra pintada por el famoso artista español Francisco Goya. En esta pintura, se representa a San José durmiendo profundamente mientras un ángel le muestra la estrella de Belén en un sueño. La composición y los colores utilizados por Goya hacen que la escena cobre vida y transmita una sensación de paz y serenidad.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
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