“He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”
Señor Jesús, Cordero de Dios,
que quitas el pecado del mundo,
abre nuestros ojos para reconocerte
presente en medio de nosotros.
Enséñanos la humildad de Juan el Bautista,
para no predicarnos a nosotros mismos,
sino señalarte siempre a Ti
como el único Salvador.
Que tu Espíritu renueve en nosotros
la gracia del bautismo,
nos libere del pecado que nos ata
y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios.
Amén.
Tríptico abierto: Busto de Cristo, san Juan Bautista y san Pedro. Cerrado: San Juan Evangelista y santa Columba. Antoniazzo Romano. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
II Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
Un profeta mensajero
Juan el Bautista, fiel a su estilo humilde, rompe las expectativas de los espías enviados para controlarlo. Por un lado, los tranquiliza cuando afirma que no es alguien de quien deban tener miedo, que no es el Mesías, sino solo un servidor. Pero, al mismo tiempo, los llena de inquietud cuando añade:
"Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen, que viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia" (Jn 1, 26-27).
Juan no será el gran problema para los guardianes del templo ni para Herodes, pero su palabra conserva toda la fuerza del espíritu profético. Habla de lo que ha visto y oído, en nombre de Dios, con una autoridad que pesa más que las preguntas temerosas de quienes lo vigilan.
Como profeta, Juan da testimonio de que el bautismo en agua que él administra es solo un signo: manifiesta la voluntad de conversión del pecador y su súplica de perdón dirigida a Dios. Pero él sabe –y lo anuncia con claridad– que este bautismo está destinado a ser superado por otro más grande: el bautismo que no solo sumerge en el agua, sino en el mismo Espíritu de Dios.
"El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29)
Cuando Juan señala a Jesús como «el Cordero de Dios», evoca la memoria de la Pascua: el cordero inmolado cuya sangre salvó a los israelitas del ángel de la muerte en Egipto. Ese cordero era signo de liberación y paso de la esclavitud a la libertad.
Además, Juan habla del «pecado del mundo», no solo de las faltas individuales, sino de todo aquello que se opone a Dios: el poder del Mal, el influjo de Satanás, las estructuras de pecado. Y no duda en afirmar que Jesús, el Hijo de Dios, es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo.
La misión del Cordero de Dios se cumplirá en la nueva Pascua, cuando Jesús sustituya el sacrificio del cordero pascual por el sacrificio de su propia vida. Su entrega en la cruz merecerá de Dios el perdón de los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta el último hombre.
Todo esto es posible porque el Hijo eterno de Dios –que por eso es "primero" que el Bautista en todos los sentidos, incluso en el tiempo– se hizo carne. Asumió nuestra humanidad para hacer de nosotros, si lo acogemos con fe, hijos de Dios a su imagen.
La vida llama
Para nuestra vida, esta página del Evangelio nos invita a dos cosas muy concretas:
• A mirar a Jesús como el Cordero de Dios, el único que puede quitar de raíz el pecado que nos ata.
• Y a aprender de Juan el Bautista la humildad del verdadero testigo: señalar a Cristo, no a nosotros mismos; prepararle el camino en el corazón de los demás, sabiendo que el protagonista de la salvación no somos nosotros, sino Él.
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».



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