II Domingo de Navidad (A): “Creado por la Palabra, llamado a vivir en la verdad y el bien”

"Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia"

La Palabra divina existe antes de la creación, pues no es una realidad creada, sino creadora de todo cuanto existe. El prólogo del Evangelio de Juan, denso en símbolos y significados, ofrece una síntesis teológica del conjunto de su Evangelio, al presentar a la Palabra eterna como principio de vida, luz y salvación.

Juan BautistaSan Juan Bautista en un paisaje- Maíno, Fray Juan Bautista - Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

II Domingo de Navidad - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Esta Palabra creadora y eficaz se manifiesta de modo culminante en la creación del ser humano a imagen y semejanza de Dios. En ello se funda la dignidad humana, la singularidad irrepetible de cada persona y su pertenencia a una totalidad querida por el Creador. La historia de la salvación revela, además, un misterio aún más profundo: Dios mismo se hace hombre en Jesucristo. El ser humano, creado inteligente y libre, es así llamado a ser artífice responsable del bien y del mal, capaz de discernir y de elegir.

Hombre de fe

A lo largo de la historia, el ser humano ha desarrollado la técnica, la ciencia y múltiples formas de progreso. Sin embargo, como criatura, no puede prescindir de su Creador. En lo más profundo de su interioridad, el corazón humano anhela descubrir su origen y su sentido último. En este camino, la Palabra del Creador orienta y acompaña; más aún, la Palabra hecha carne, Jesucristo, se presenta a sí mismo como camino, verdad y vida para toda la humanidad.

El lenguaje humano puede comprenderse dentro de una evolución histórica y cultural; el lenguaje de Dios, en cambio, solo puede manifestarse plenamente como amor dirigido a la humanidad. En Cristo, Dios no solo habla, sino que se entrega.

Hombre de bien

El ser humano ha sido creado para el bien, pero no se trata de una mera filantropía superficial. Los gestos filantrópicos pueden, incluso, encubrir profundas incoherencias morales. Tampoco se trata de una piedad aparente, semejante a la denunciada en la actitud de los fariseos. La inteligencia y la libertad capacitan a la persona para discernir, reflexionar y actuar de manera coherente. El creyente auténtico busca hacer el bien por el bien mismo, en toda circunstancia, no por reconocimiento ni por conveniencia.

Dios ha elegido al ser humano, y este necesita aprender a acoger esa elección. Muchas veces, la tristeza profunda nace de sentirse elegido y, al mismo tiempo, indigno de ser amado. El amor de Dios incomoda, pero es absolutamente necesario. Más allá del mero cumplimiento moral, Dios abre un horizonte más amplio y denso: las obras realizadas con fe generan alegría profunda, gratitud, libertad interior, paz de conciencia, coherencia de vida, esperanza y sentido de eternidad.

Santa Teresa de Calcuta expresó esta verdad con sencillez y radicalidad al afirmar que reconoce y sigue a Cristo quien, en la vida cotidiana, ama a quien lo odia, perdona a quien busca venganza, es justo donde reina la injusticia, honesto donde impera el robo, limpio donde abunda la corrupción y sobrio donde domina la avaricia y el despilfarro.

En este contexto, Juan el Bautista ofrece una lección permanente de humildad y claridad. Humildad, porque no se atribuye el papel del Salvador; claridad, porque señala sin ambigüedades a Jesucristo como el Mesías esperado y el Salvador de la humanidad.

Hoy, ante la escasez de cristianos coherentes, esta realidad se convierte también en una llamada personal: es tu oportunidad de vivir la fe con autenticidad y de dar testimonio del bien.


Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:

«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.


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