XXXIV Domingo del tiempo ordinario (C): "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" - Solemnidad de Cristo Rey

 Solemnidad que engloba todas las palabras y acciones de Jesucristo, y a la vez, es la oportunidad para evaluar cómo hemos vivido cada momento de oración, de vivencia litúrgica, en la práctica de la caridad con nuestro prójimo.


Crucifixión de Jan Snellinc (c. 1597)

Solemnidad de Jesucristo Rey del universo

-       Termina hoy el año litúrgico – Ciclo C- e inicia el ciclo A

-       El próximo domingo inicia el tiempo litúrgico Adviento, la preparación para celebrar la Navidad, la venida del Hijo de Dios.

-       solemnidad instituida en 1925 por Pío XI con motivo del Año Santo.

 

Sigue siendo el Rey


Un paso siempre adelante, si eres el que mira más allá de lo común te puedes preguntar sobre el sentido actual de un Rey. cómo puedes comprender hoy a un Rey sin reino, sin ejército, sin oro ni plata. Además, un salvador que salva cuando nadie le quiere salvar, sí, hoy mismo, sin postergaciones. Es un Rey triunfante en el trono de los fracasados (la cruz). El asunto tiene un trasfondo contextual, el “Rey de los judíos” es un slogan para burlarse, pero la autenticidad de ser el Hijo de Dios, la cristaliza en la mera verdad.

 
Modos de salvación

El “rey de los judíos” es un condenado por razones políticas. La vida de Jesús está dedicada a dar la salvación a los seres humanos, es conocido por sus sanaciones, sus palabras. El pueblo que le sigue espera ser salvado. Tiene sus apóstoles y discípulos que son sus seguidores más cercanos, incluso los ha llamado ‘amigos’.

 

Las palabras del ladrón refuerzan el sarcasmo de estar al lado de un Salvador que no se puede salvar. Este ladrón quiere la salvación, pero no le cree al Salvador; su ironía no es un reto para Jesús, es libre de pensar lo que quiera, su motivación es salvarse de la cruz para seguir en las mismas carreras, siente que la muerte es el final de todo.

 

El argumento principal de la salvación es expresado en el Mesías, “el rey de los judíos” (INRI). El buen ladrón no pide la vida sino el paraíso, tiene idea y temor de Dios, sabe diferenciar entre su crucifixión justa y la injusta; el justo y el ladrón; está de acuerdo en sufrir la cruz para redimir el daño ocasionado a las personas, pero también sabe clamar la redención eterna en el último momento de su vida, llama a Dios por su nombre y establece una relación directa sin negar la propia realidad, es la esperanza del creyente.

 

La salvación urgente y actual

La frase que nos gustaría escuchar de Dios es también: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Es decir, el ‘rey de los judíos’ tiene un paraíso, incluso para los ladrones arrepentidos. No se trata de un reino a punto de conquistas al estilo Imperio Romano, se lanza a las entrañas de la humanidad que clama paz, justicia, respeto, amor. No le salvó de la cruz, sino mediante la cruz, con la propia vida y una vida más allá de este mundo.

 

Nuestra gran tentación, en el desierto interior (Cfr. Lc 4, 1-12) es no comprender, burlarse de los misterios de Dios. La tentación de que Jesús haga algo extraordinario y desconozca así la fragilidad del hombre que él mismo asumió, de que sea infiel y se convierta en nuestro cómplice, es decir, en el fondo nuestro amargo corazón se divierte en el juego de la salvación, donde un salvador no se salve, el “sálvanos también a nosotros” es que traicione el sentido de entregar su vida en la cruz. Para la meditación, Jesús responde con un elocuente silencio y un acto de amor que convierte al patíbulo en un trono.

 

En este domingo te propongo la contemplación de la cruz, no lo mires con apatía o escepticismo, sólo reflexiona la frase: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Algunas claves finales: Jesús está a tu lado, ten fe. Ten la esperanza de que también te salva y salvará, escuchará tu oración. No olvides de unirte en la oración ante Jesús, no te unas a las burlas de la gente, es nuclear la caridad fraterna en la cruz, en tus cruces, en tu corazón.

 

Además, como recurso para orar un himno publicado en el blog “Adorar en Espíritu y en Verdad”.

 

Celebrar a Cristo Rey es proclamar su triunfo sobre el caos en el universo y sobre la violencia mortal en nuestra historia. Nuestro destino no es la muerte, no la arbitrariedad, sino el amor de Dios y la felicidad en Él.


• Un célebre himno litúrgico del siglo VI, Vexilla Regis prodeunt, compuesto por Venancio Fortunato, proclama así este misterio desconcertante:

La enseña del Rey ondea,
de la cruz brilla el misterio,
el Creador del cuerpo en ella
suspenso tiene su cuerpo.

Por aguda lanza herido
de su corazón manaron
efluvios de sangre y agua
para lavar nuestra mancha.

Cúmplense las profecías
que David en versos fieles

proclamó ante las naciones:
«Dios en la cruz ha reinado».



Palabra del papa Francisco:

«El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica”. Y el Papa concluía: “la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente” [1].

Papa Francisco, Homilía, 20 Noviembre de 2016.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».


Fotografía

Crucifixión de Jan Snellinc (c. 1597)
El buen ladrón suele representarse durante la crucifixión colocado a la derecha de Jesucristo y mirándolo a la cara, porta una diadema sobre la cabeza, su actitud suele ser de serenidad, mientras que el mal ladrón se representa a la izquierda de Jesús y no lo mira, generalmente muestra signos de dolor y se contorsiona en la cruz. En algunas representaciones, sobre el buen ladrón se coloca un ángel que espera su muerte para ascender con su alma al Cielo, mientras que al lado del mal ladrón aparece un demonio. Los dos ladrones suelen estar atados a la cruz en lugar de clavados
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