XV Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 1-23
Signos en la Parábola del Sembrador
La parábola del sembrador es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús. Él mismo explica su significado:
- la semilla representa la Palabra de Dios y los 'diversos terrenos' simbolizan las distintas actitudes con las que el ser humano la recibe. El acento no está únicamente en la cantidad del fruto, sino en la calidad de la acogida. La Palabra siempre posee una fuerza transformadora; el problema nunca está en la semilla, sino en la disposición del terreno.
- El sembrador, imagen de Dios, siembra con una generosidad que desconcierta. No selecciona únicamente los lugares más prometedores ni calcula las probabilidades de éxito. La semilla cae también sobre el camino, entre las piedras y las espinas. A los ojos humanos podría parecer un desperdicio; sin embargo, Dios no actúa según la lógica del rendimiento ni de la rentabilidad. Su gracia no se distribuye como una inversión que espera beneficios proporcionales. Frente a la mentalidad que mide todo por la utilidad o por el éxito —como sucede también con la llamada teología de la prosperidad, que identifica la bendición divina con el bienestar material—, Jesús revela a un Dios que siembra gratuitamente porque confía en la capacidad de cada persona para convertirse.
Confiar en la fuerza de la Palabra
Cada uno de nosotros es esa tierra donde la semilla es depositada. Podría parecer que todo depende únicamente del terreno; sin embargo, la verdadera fuerza está en la semilla. La Palabra de Dios posee una vitalidad propia capaz de abrirse paso incluso en medio de las dificultades.
Los agricultores de los Andes peruanos conocen bien esta verdad. Cuando siembran papas suelen colocar dos semillas en un mismo hueco, y así a lo largo del surco, conscientes de que una podría no germinar. Lo mismo ocurre cuando esparcen el trigo o el maíz: aceptan el riesgo de las lluvias, las heladas y las sequías porque saben que la vida brotará. La experiencia del campo enseña que sembrar siempre implica confiar. De igual manera, Dios siembra en nuestro corazón con la certeza de que su Palabra, aunque deba pasar por la aparente muerte y por las pruebas, terminará produciendo fruto.
La generosidad del sembrador
La pregunta que hoy nos dirige el Evangelio es profundamente personal: ¿qué clase de tierra soy?
No se trata de una pregunta para juzgarnos, sino para examinarnos con sinceridad. Dios no deja de sembrar porque encuentre piedras, espinas o caminos endurecidos. Continúa ofreciendo su Palabra a todos, sin excluir a nadie. No espera un terreno perfecto para comenzar su obra; es su gracia la que puede transformar un terreno árido en tierra fértil.
Esta es una de las grandes noticias del Evangelio: siempre es posible comenzar de nuevo. Dios nunca pierde la esperanza en nosotros. Su paciencia supera nuestras resistencias. Él contempla con alegría los pequeños brotes que aparecen allí donde parecía imposible que naciera la vida.
Preparar el terreno del corazón
La parábola también nos invita a colaborar con la gracia preparando el terreno de nuestro corazón:
- La semilla que cae junto al camino representa a quien escucha la Palabra sin comprenderla realmente. No se trata solo de una dificultad intelectual, sino de una falta de apertura interior. Escuchar el Evangelio exige atención, respeto y tiempo para permitir que la Palabra descienda al corazón.
- La semilla que cae entre piedras describe una fe superficial, sostenida únicamente por el entusiasmo del momento. Cuando llegan las dificultades, las raíces son demasiado débiles para sostener la planta. La perseverancia, la oración y la vida sacramental ayudan a que la fe eche raíces profundas.
- La semilla que cae entre espinas refleja una existencia en la que las preocupaciones, el afán por las riquezas o las múltiples distracciones terminan sofocando la acción de Dios. Conviene preguntarnos qué ha ido desplazando al Señor del centro de nuestra vida. El corazón humano, aunque busque muchas satisfacciones, continúa teniendo sed de Dios, única fuente de alegría verdadera.
- La semilla que cae en tierra buena simboliza a quien escucha, comprende y persevera. La tierra fértil no nace por casualidad: se cultiva con paciencia, dedicación, confianza y fidelidad. Los frutos del Reino no aparecen de inmediato; requieren tiempo, constancia y una relación viva con Cristo.
Hoy Jesús nos recuerda que Dios nunca deja de sembrar. La pregunta decisiva no es si Dios continúa hablándonos, sino si nuestro corazón permanece disponible para acoger su Palabra. Cuando esa Palabra encuentra un corazón abierto, siempre produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Quizá no según los cálculos humanos, pero sí según la abundancia del Reino de Dios.
Lectura del santo evangelio según San Mateo 13, 1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador:
si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno»
1611. Óleo sobre tabla, 24 x 34 cm
El estilo y la temática de esta serie son típicos de su autor. El formato es pequeño, y los asuntos son los más frecuentes de su producción. Tratan de las estaciones y los meses, reviviendo los viejos calendarios medievales. Esto debió tener éxito, pues son varias las series conocidas que han llegado a nosotros. En la capilla de Notre Dame de Mont-Fancon du Velay (Alto Loira), venta R. Charles de París, colección León Speltinch de Gante, colección A. Ehrman y galería Harverd de Amberes. En todas ellas, igual que en los calendarios medievales, la vida del hombre fue puesta en relación con los meses del año. Los calendarios de la Edad Media están integrados en los Misales y Breviarios, personificando los meses del año con las ocupaciones más típicas de los campesinos en cada uno de ellos. Esto lo vemos en los segundos planos de las tablas del Museo del Prado. En los primeros se representan parábolas del Evangelio. La intención es la misma que la hablada y la escrita: poner al alcance de las gentes comunes máximas profundas con la mayor sencillez. Abel Grimmer ilustra la ficción con historias dramáticas, abatiendo a los poderosos con la misma sencillez y parquedad de medios que la fuente literaria que le ha servido de inspiración. La intención emblemática de la parábola queda igualmente fijada con la presencia visual de Jesús y los distintos trabajos de los hombres. Igual que en la colección Speltinck, los trabajos están asociados a una enseñanza de Jesús, ajustándose a un paralelismo, repetido desde muy antiguo en los calendarios. El pintor evita las multitudes, incluso en casos donde los textos lo dicen. El paisaje es el motivo de su principal interés y la naturaleza se transmite en la elementalidad más simple y nostálgica. Las escenas reducen su presencia a la función didáctica.
Abril correspondería a esta obra, donde se narra la parábola del sembrador. Es fácil reconocer a un campesino en este trabajo y a lo lejos unas mujeres que plantan semillas en un huerto (Texto extractado de Díaz Padrón, M.: "Seis paisajes inéditos de Abel Grimmer en depósitos del Museo del Prado", Boletín del Museo del Prado, tomo V, 1984, pp. 172-179).
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