Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Las dudas de Tomás pueden ser las mismas que te asaltaron en algún momento de tu vida; pero un discípulo no se reduce a sus dudas, hay palabras que simbolizan la pequeñez de un hombre ante la inmensidad de la resurrección de Jesús: Señor mío, Dios mío.


La duda de Tomas el Mellizo

San Tommaso in un dipinto di Peter Paul Rubens.

II Domingo de Pascua, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)


La personalidad de Tomás

Tomás suele ser recordado únicamente por su incredulidad, pero el Evangelio nos muestra un discípulo mucho más complejo y profundo. Cuando Jesús decide ir a Judea tras la muerte de Lázaro, Tomás manifiesta una valentía admirable: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). En la Última Cena, expresa con sinceridad su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (cf. Jn 14,5). Y es entonces cuando Jesús revela una de las afirmaciones más densas del Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Finalmente, en el encuentro pascual, Tomás duda. Quiere ver y tocar. Representa a todos aquellos que buscan evidencias, incluso certezas de tipo empírico, antes de dar el paso de la fe. Pero es también él quien pronuncia una de las confesiones más altas del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío».

Jesús acoge y transforma la duda

La respuesta de Jesús a Tomás no es de reproche, sino de misericordia. Sale al encuentro de su duda y la transforma en camino hacia la fe. Este gesto revela un cambio decisivo: la relación con el Resucitado ya no se basa únicamente en ver o tocar, sino en escuchar, acoger y creer. 

Tomás no solo reconoce el rostro de Jesús, sino también sus llagas. Estas ya no son signo de derrota, sino de amor entregado. Las heridas del Crucificado se convierten en el sello del Resucitado. Contemplar las llagas es, en realidad, contemplar el amor que ha vencido a la muerte.

Bienaventurados los que creen sin haber visto

La bienaventuranza de Jesús nos incluye directamente: nosotros no hemos visto, pero estamos llamados a creer. Nuestra fe no se apoya en la evidencia sensible, sino en el testimonio, en la Palabra, en la experiencia viva de la comunidad creyente. Creer sin haber visto no es una fe débil, sino una fe madura, capaz de sostenerse en la confianza. Es aprender a poner nuestras dudas en manos de Dios y transformarlas en una oración humilde: «Señor mío y Dios mío».

Implicaciones para hoy

Vivimos en un contexto donde el miedo debilita las convicciones y la duda puede llevar al relativismo. Por eso es urgente acoger el don pascual de Cristo: la paz.

Una paz que fortalece los corazones tímidos y sostiene a los discípulos que, aun dudando, no renuncian a buscar a Dios.

También hoy estamos llamados a orar por quienes dudan, no para juzgarlos, sino para acompañarlos. Porque, en muchos casos, la duda no es negación de la fe, sino su umbral más honesto.

Tomás nos enseña que la duda no es el final del camino, sino una etapa que puede conducir a una fe más profunda. El verdadero discípulo no es el que nunca duda, sino el que, en medio de sus dudas, sigue buscando hasta  poder decir:«Señor mío y Dios mío».

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



“Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya”


Junto a María Magdalena, Pedro y Juan pudieron buscar a Jesús en el sepulcro, pero fue solo un camino, porque todo indica que la muerte no pudo con él, ha resucitado.
La resurrección, Pedro y Juan
San Pedro y san Juan en el sepulcro de Cristo. Giovanni Francesco Romanelli. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Domingo de Resurrección. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 1-9

El camino hacia el sepulcro: silencio y memoria

Tomados de la mano de María Magdalena, somos invitados a recorrer el camino hacia el sepulcro. Es un camino distinto. No es el de la conversación ligera ni el de la distracción cotidiana. Es el camino del silencio, de la memoria herida, de la interioridad.
Cuando la muerte nos toca, el lenguaje cambia: los recuerdos emergen, las palabras del ser amado se reinterpretan, y la experiencia compartida adquiere un valor irrepetible. El corazón rumia lo vivido mientras el silencio se vuelve elocuente.
En ese mismo camino aparece una pregunta profundamente humana: ¿qué es la muerte?, ¿por qué nos enfrenta a nuestra fragilidad? El ser humano, vulnerable y finito, intenta dominar el futuro, pero olvida habitar el presente.

La intuición de la fe en María Magdalena

María Magdalena encarna esta tensión entre dolor e intuición. Su pregunta (implícita, pero decisiva) es profundamente teológica:
¿Cómo puede estar muerto Aquel que es la resurrección y la vida?
Esta pregunta no es solo duda; es ya una forma germinal de fe. En su amor por Cristo se gesta una comprensión más profunda: la vida no ha sido vencida. Sin embargo, su experiencia necesita tiempo, silencio y camino para madurar.
En María Magdalena no predomina la incomprensión de la muerte, sino la certeza incipiente de la vida. Su búsqueda es ya un anuncio.
Sin duda, María Magdalena es una testigo ocular, te puede contar muchas cosas. Amo a Jesucristo, y no duda en comunicarse con quien Jesús eligió, Pedro, y con quien Jesús amó, Juan. Todos, aprimerados por un telón de intuición femenina que dinamiza a dos temerosos y valientes seguidores. Ella y ellos, igual, discípulos caminantes en la duda, e iluminados por un sepulcro vació.
El amor es más veloz, contempla desde la espera y el respeto a la experiencia de Pedro. El desconcierto ha invadido su mente, ha humedecido sus ojos y ha oxigenado su corazón con fe y esperanza. Juan y Pedro descubren que la muerte no ha podido con la vida, que las vendas no han enceguecido la visión, sino que han confirmado la libertad. Dios ya no está atado a la finitud humana.

La comunidad de los discípulos: ver y creer

María Magdalena no se encierra en su experiencia. Corre, comunica, convoca. Se dirige a Pedro —a quien Jesús ha confiado la misión— y a Juan —el discípulo amado—.
Así se configura la comunidad creyente: diversa, herida, en camino, pero unida en la búsqueda.
Juan llega primero, movido por el amor que es siempre más veloz; sin embargo, espera. Pedro entra, observa. Juan entra después y “vio y creyó”.
El sepulcro vacío no ofrece pruebas concluyentes en sentido empírico, pero sí signos que abren a la fe. Las vendas, cuidadosamente dispuestas, no hablan de robo, sino de libertad. La muerte no ha retenido al Viviente.

El sentido pascual de la muerte

A la luz de la resurrección, la muerte deja de ser un absurdo definitivo. No desaparece su dramatismo, pero adquiere un horizonte nuevo: es paso, tránsito, apertura.
Sin la resurrección, la muerte sería el final; con la resurrección, se convierte en umbral. Negar esta dimensión sería, en el fondo, renunciar a la plenitud de la vida eterna.
La experiencia de María Magdalena, Pedro y Juan culmina en la alegría: Cristo vive y permanece con los suyos.

Implicaciones para la vida creyente

El anuncio pascual no es solo una verdad doctrinal, sino una tarea existencial. Si Cristo vive, entonces estamos llamados a construir vida, a anticipar el Reino, a vivir desde la esperanza.
La resurrección abre una posibilidad radical: ser auténticos ante Dios, no como buscadores insatisfechos de sentido, sino como hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la plenitud de la vida.
 
El sepulcro vacío no cierra una historia, la inaugura. La fe pascual no elimina las preguntas, pero las ilumina desde dentro. Hoy, como María Magdalena, Pedro y Juan, somos invitados no solo a buscar, sino a ver y creer. Porque verdaderamente, el Señor ha resucitado. Aleluya.


Una oración final con el himno de laudes del Domingo de Resurrección
HIMNO
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
 
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
 
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
 
¿Qué has visto de camino,
 María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
 
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
 
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
 
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
 
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: 
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

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Javier Abanto Silva
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