Homilía y Reflexión

Homilía para "reflexionar la vida terrena a la luz de la Sagrada Escritura"

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" el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí."

En la jerarquía del amor está Jesús y, de esa manera, se modifican el amor de padre, de hijo, de hermano. La misión que cada persona tiene en esta tierra está alimentada por el amor de Dios y a Dios; en libertad se sirve y ama más allá de la sangre, de las costumbres y de los odios.

CruzThe Crucifixion. Juan de Flandes, Copyright ©Museo Nacional del Prado

XIII Domingo del tiempo ordinario.Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 10, 37-42

Nueva forma de ser familia

La familia es el primer espacio donde aprendemos a amar, confiar y crecer. Sin embargo, también es el lugar donde experimentamos algunos de los mayores desafíos. Muchos padres viven con sentimientos encontrados cuando descubren que sus hijos comienzan a recorrer su propio camino, toman decisiones autónomas y construyen un proyecto de vida distinto del que ellos habían imaginado.

La imagen de la madre que protege a sus hijos expresa bien la ternura y la entrega propias de la vocación familiar. No obstante, la misión educativa alcanza su madurez cuando los hijos desarrollan la libertad necesaria para asumir responsabilidades, obrar con rectitud y vivir con gratitud. Un hijo verdaderamente maduro no es el que permanece siempre bajo la protección de sus padres, sino quien sabe responder responsablemente al bien recibido.

Ser un buen hijo, un buen padre, una buena madre o un buen hermano no constituye un obstáculo para el seguimiento de Cristo. Al contrario, el Evangelio invita a vivir cada una de estas relaciones desde un amor más profundo y auténtico. Jesús enseña que ningún afecto, por legítimo que sea, puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. El amor a Cristo no destruye los vínculos familiares; los purifica, los ordena y les da un sentido nuevo.

Vivir el conflicto entre el mundo y el discipulado

Seguir a Jesús implica una decisión que, en ocasiones, genera tensiones incluso dentro de la propia familia. El discípulo está llamado a romper con aquellas formas de pensar, actuar o valorar que contradicen el Evangelio. No se trata de romper con las personas, sino con aquello que impide vivir en la verdad y en el amor.

Por eso, el Señor invita a descubrir una nueva manera de ser hijo, padre, madre o hermano. La identidad cristiana no elimina la pertenencia a una familia, sino que la transforma desde la lógica del Reino de Dios.

El conflicto aparece cuando debemos elegir entre la verdad y la mentira, entre la solidaridad y el egoísmo, entre el rostro misericordioso de Cristo y las múltiples expresiones de la violencia, la injusticia y la indiferencia. En esos momentos, el discípulo carga su cruz: permanece fiel al Evangelio incluso cuando ello supone incomprensión, rechazo o sacrificio.

Llevar la cruz

Jesús afirma con claridad: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10,38). Llevar la cruz no significa buscar el sufrimiento ni adoptar una actitud de dureza frente a los demás. Significa asumir con fidelidad las exigencias del Evangelio, aun cuando ello implique renuncias, incomodidades o persecuciones.

El camino de Jesús conduce al Calvario. Allí experimenta el rechazo, la burla, la violencia y la injusticia. La cruz revela hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero también manifiesta la fuerza invencible del amor de Dios. Quien decide seguir a Cristo acepta recorrer ese mismo camino de entrega, convencido de que el amor siempre tiene la última palabra.

El Evangelio concluye con una promesa llena de esperanza: incluso el gesto más pequeño realizado por amor —como ofrecer un vaso de agua a uno de los discípulos— tiene un valor inmenso ante Dios. El discipulado no se expresa únicamente en grandes sacrificios, sino también en la fidelidad cotidiana, en la hospitalidad, en el servicio humilde y en la caridad concreta. Allí comienza la nueva familia de Jesús: una comunidad unida no solo por los lazos de la sangre, sino por la fe, el amor y el seguimiento del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».


No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

La valentía para decir la verdad supone una limpieza personal, de intención y de obra. La parresia de la comunicación cuida el alma y la conciencia ante los poderosos de este mundo que matan el cuerpo pero no pueden manipular el alma. 
Jesus es la verdad
Cabeza de Cristo (Rembrandt, Nueva York)

XII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Mateo 10, 26-33

No podrán silenciar la voz

La voz que proclama una verdad fundada en el Evangelio suele resultar incómoda. ¿Pero para quiénes? Precisamente para quienes viven instalados en la mentira. Las voces de san Juan Bautista, de Monseñor Romero y de fray Pierre Claverie, entre muchas otras, fueron acalladas por anunciar la verdad. Ni los imperios, ni las dictaduras, ni los extremismos aceptan fácilmente que el ser humano sea verdaderamente libre, y menos aún que encuentre en su fe una confianza profunda en Dios.
Seguir a Cristo implica asumir las consecuencias de permanecer fieles a la verdad. Es un camino de entrega y de donación de sí mismo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, ninguna fuerza humana puede silenciar definitivamente la voz del Evangelio.

La verdad transforma

Cuando se trata de la salud del cuerpo, buscamos conocer la verdad para poder sanar. Del mismo modo, cuando se trata del alma, también deberíamos desear la verdad, pues en ella se encuentra el fundamento del sentido de la vida.
¿Qué sucedería si cerráramos los ojos ante la mentira y nos abriéramos a la verdad de Dios? El Evangelio nos recuerda que nuestra dignidad no depende de nuestros aciertos o errores: para Dios valemos mucho más que los gorriones. Su amor permanece incluso cuando nos alejamos de Él.
Una petición en el Día del Padre
En este Día del Padre, pidamos a Dios la valentía para dialogar, debatir y confrontar ideas con respeto, siempre en una sincera búsqueda de la verdad. Que no nos dejemos guiar por intereses pasajeros ni por ideologías engañosas, sino por la Verdad que nace del Evangelio y conduce a la auténtica libertad.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"

«Trabajamos para comer y beber», solemos decir para expresar la importancia de los alimentos en nuestra vida cotidiana. En un sentido más profundo, esta afirmación puede aplicarse a la Eucaristía, que constituye el centro de la vida cristiana, fuente de la oración, de la misión y de toda actividad humana orientada a Dios.

Pani lingua
ANÓNIMO. Exaltación del Pange Lingua (h. 1700)

Corpus Christi, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A), Juan 6, 51-58

Jueves Santo: el origen del don eucarístico

La Última Cena adquiere todo su significado a la luz de las palabras de Jesús: su Cuerpo está presente en el pan y su Sangre en el vino. Reunidos en torno a Él, los apóstoles reciben un alimento que sacia el hambre de eternidad, llena el vacío de sentido y fortalece la fragilidad humana.

En la tradición bíblica, la cena pascual incluía el sacrificio del cordero. Aquella noche, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual es Jesucristo mismo, que se entrega por la salvación del mundo. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. Por ello, la liturgia de la Cena del Señor alcanza toda su fuerza cuando resuenan las palabras de la consagración, pronunciadas en comunión perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

La solemnidad del Corpus Christi, que en algunos lugares aún se celebra el jueves según la tradición, recuerda esta verdad fundamental de la fe. Allí donde la secularización ha debilitado las expresiones públicas de la fe, las procesiones y la adoración eucarística han perdido parte de su vigor. Sin embargo, la Iglesia continúa proclamando la grandeza del Señor y anunciando su presencia viva «hasta que Él vuelva».

Signo de unidad y comunión

En la Última Cena, los apóstoles permanecen unidos en torno a Jesús. Del mismo modo, los cristianos son convocados a la unidad mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía reúne a los creyentes para formar el único Pueblo de Dios.

Además, la Eucaristía une a los cristianos en una misma misión. La celebración litúrgica no termina con la bendición final, sino que se prolonga en la vida cotidiana. Por ello, la Eucaristía es el pan de los peregrinos: fuente, centro y culmen de la formación cristiana, de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora.

Las procesiones de Corpus Christi expresan precisamente esta fe. No son simples manifestaciones externas, sino actos de adoración en los que el pueblo cristiano contempla y honra a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.

El pan eucarístico es también signo de comunión. No procede de un solo grano de trigo, sino de muchos granos que, unidos, forman un único pan. De la misma manera, la Última Cena no es un acontecimiento individual, sino comunitario: el «nosotros» que nace de Cristo y se construye en Cristo.

En esta solemnidad de Corpus Christi, estamos invitados a compartir el pan con quienes tienen necesidad, a participar con fe en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor y a convertirnos, nosotros mismos, en alimento para los demás mediante el servicio, la caridad y la entrega generosa. Como el pan que nace de muchos granos unidos, también nuestra vida está llamada a ser expresión concreta de comunión y fraternidad.

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Hola, soy Javier Abanto. Escribo reflexiones, vivencias y anécdotas. Publico artículos de teólogos y poetas. Estudie teología y comunicación. Desde el 2005 me dediqué a la docencia universitaria y a la gerencia de emisoras de corte cultural y religioso. La vida necesita de alegría y esperanza. Necesitamos a Dios en nuestra vida.
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¿Qué es "Luciérnaga"?

"Luciérnaga" Surge para expresarme de manera sencilla. Las luciérnagas remiten a mi origen rural - andino. Son visibles al caer la noche y hacen volar la imaginación con sus luces intermitentes, propias y naturales.

Luciérnaga se dirige a las personas de buena voluntad que buscan vivir con justicia y paz. Necesitamos del humor y la alegría. Y, sin duda, el mundo necesita de Dios.

Gracias por leer y compartir, no olvides comentar.

Javier Abanto Silva
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