La parábola del Padre Misericordioso

“Me alegra encontrarte”


XXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

El Regreso del hijo pródigo, de Rembrandt

Tú tienes la oportunidad de amar, de abrir tus brazos a quien reconoce su error, de escuchar a quien confía sus palabras, de mirar a quien tus ojos se irritan, de besar a tu hermano aunque te suene equivocado, de amar con la misericordia de Jesucristo. 

¿Es tan difícil el camino de regreso a casa? ¿Es tan difícil vivir con el Padre y no compartir la mesa con tus hermanos?

Cada día nos falta alegría auténtica, la fría indiferencia rompe esperanzas, las palabras racionalmente justas son pedradas. ¡Encontrarse! la moneda, la oveja, un hermano -'perdidos'- sólo evidencia nuestra perdición cuando no nos produce ¡alegría!  Nos sentíamos los engreídos de la casa y en realidad éramos los “infantiles” caprichosos incapaces de alegrarse por el hermano, de obedecer al mismo Dios. 

El peligro de sentirse “convertidos” es: la “autoridad” para desautorizar a Dios; es nuestra justicia para reemplazar al Juez misericordioso; es creerse el “buen hijo” para manipular al Padre; es sentirse convertidos sin necesidad de conversión.

No hay conversión sin humildad, sin verdad, sin discernimiento, sin amor. No podemos ser nuestro referente, no somos nuestro modelo. Somos hijos necesitados permanentemente del amor de Dios, de amar como Dios nos ama.

El hijo pródigo se va lejos pero también está en casa. El hijo pródigo se fue de casa y su regreso ha mostrado la codicia, la envidia, el materialismo, la manipulación, etc.

Lee con atención Lc 15, y de pronto vas a remar en la profundidad del corazón del Padre misericordioso o de los hijos.

"Señor mis pies destrozados por las espinas de los caminos,
mis lágrimas humedecen mi culpa,
mis manos temblorosas por mis equivocaciones,
mi corazón agitado por mis desamores,
mi ropa manchada y mal oliente,
mi rostro avergonzado  y encorvado,
mi historia llena de otros caminos,
mis palabras seguramente no creíbles,
... Acabas de transformarme la vida con tu abrazo, tus lágrimas, la mesa, tu corazón roto por tus hijos, con tu alegría"


  Explicación de la Pintura del Hijo Pródigo de Rembrandt


Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:

–Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
–Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
También les dijo:
Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
–Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo:
–Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello, y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
–Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
–Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó:
–Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
–Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo:
–Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.
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