Reflexión para V Domingo de Pascua (A): Sostener la vida hoy, mañana y siempre

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.”

El Evangelio de hoy presenta una síntesis decisiva: camino, verdad y vida. No son conceptos abstractos, sino dimensiones concretas de la existencia humana.


La resurrección de Lázaro por Giotto di Bondone (siglo XIV).

V Domingo de Pascua. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 14, 1-12

Contemplar la propia historia

Después de algunos años vividos, uno puede detenerse y contemplar su propia historia con cierta distancia. Mirando hacia atrás —diez, veinte años— es inevitable pensar que habría decisiones distintas, errores evitables, relaciones que merecían otro lugar. La vida muestra con claridad su lógica: todo tiene consecuencias. Algunas duelen y llaman al arrepentimiento; otras confirman que valió la pena. El pecado desordena, fragmenta, tiene un costo real. Pero también es cierto que el amor y la gracia de Dios reconstruyen, sostienen y devuelven la vida.

Mapear la vida

Hoy es común ver a las personas orientarse con el teléfono en la mano. Los mapas digitales han sustituido muchas veces el acto de preguntar. Se reduce la interacción, se evita el encuentro. Sin embargo, esta imagen revela algo más profundo: la ilusión de poder encontrar el camino por cuenta propia. En la vida ocurre lo mismo. Sin una orientación clara hacia la meta, el camino se vuelve ambiguo, incluso engañoso. Se puede avanzar mucho y, aun así, estar perdido. Dios se presenta como el camino, pero con frecuencia intentamos recorrer la vida sin Él, confiando en la autosuficiencia, como si bastaran nuestros propios cálculos.

¿Qué es la verdad? ¿Quién...?

Hablar del camino implica necesariamente hablar de la verdad. La pregunta de Poncio Pilato —«¿Qué es la verdad?»— sigue vigente. En la vida hay verdades diversas: algunas aparentes, otras incómodas, otras liberadoras. No todas conducen al bien. Por eso es necesario discernir: ¿qué verdades sostienen tu vida?, ¿cuáles te confunden?, ¿cuáles te gustaría que fueran más firmes en ti? La verdad no es solo una idea; es aquello que ilumina y ordena la existencia. Jesucristo no solo anuncia la verdad: Él mismo es la verdad. Esta afirmación exige una toma de posición. Si hay una verdad más grande, habría que nombrarla con claridad.

Vivir para contarla

Cuando el camino y la verdad se encuentran, la vida adquiere su sentido pleno. Todos buscan vivir, pero no siempre saben cómo. La muerte —en sus múltiples formas— oscurece el camino; la mentira desgasta y entristece; los errores, aunque duros, enseñan. Sin embargo, la vida verdadera no es simplemente existir, sino vivir con sentido, con orientación y con plenitud.

El Evangelio de hoy presenta una síntesis decisiva: camino, verdad y vida. No son conceptos abstractos, sino dimensiones concretas de la existencia humana. En Jesucristo estas tres realidades se unifican. Por eso, la cuestión no es solo comprenderlas, sino dejar que configuren la propia vida. Ahí se juega, en último término, el encuentro con Dios.


Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».


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