Pesca milagrosa


Cuando integramos un grupo o comunidad, nos gustaría ser elegidos, ser llamados a participar y seguir un camino. A la vez, sentimos miedo: el futuro no es tan claro y podemos sentirnos incapaces, a veces indignos. En cualquier caso, no tenemos escapatoria, siempre respondemos. Lo óptimo es hacerlo como Jesús lo pide. No podemos inventarnos misiones, pero sí responder cuando Jesús llama.

Isaías, Pedro y Pablo son tres seguidores maravillados por la presencia de Dios e interiormente resueltos a dejarlo todo, dejar su única fuente de vida, abandonar lo que les da lugar: la barca. “Aquí estoy, Señor. Envíame”, le respondió Isaías (Is. 6, 1-8). “Desde hoy serás pescador de hombres”, le dijo Jesús a Pedro. Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron (Pedro, Santiago y Juan)” (Lc. 5, 1-11). “¿Qué debo hacer, Señor?”, respondió Pablo (Hech. 22, 3-16).

Jesús quiere enseñar y se asegura de las estrategias de orador para llegar a la mayoría de gente. Después de escuchar la Palabra, la gente va a testificar la “Pesca milagrosa”. Los pescadores estaban cansados, tristes por la faena sin frutos, toda la noche echaron las redes y no pescaron. Pedro, pese a su experiencia, responde con la experiencia negativa y tiene una decisión positiva, optimista, confiada: “Confiado en tu palabra, Señor, echaré las redes”.

Los pescadores pasan de espectadores a participantes directos, a hacer un plan de emergencia en equipo para poder sacar las redes llenas de peces que casi hundían a las barcas. Ante la presencia de Dios misericordioso, generoso y de expresiones abundantes Pedro se siente pecador e indigno, pero el llamado del Señor provee la fuerza de todo misionero: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres”. Los pescadores se dieron cuenta que teniendo al Señor de los mares, nunca carecerán de peces.
Isaías, Pedro y Pablo nos muestran que todos podemos ser escogidos, podemos sentirnos indignos, pero Dios nos aclara las capacidades que podemos desarrollar para seguirle completamente. “Finalmente se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol” (1ª Cor. 15, 1-11). Sin Dios no podemos ser elegidos: “Por gracia de Dios soy lo que soy... he trabajado... aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios”.

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