TO, B: XXV: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos”

¿Quién es el más importante?


Cristo bendiciendo a los niñoscastillo de WawelCracovia.


XXV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)


Tú quieres ser importante, ¿Pero quieres? Si quieres es porque no te sientes tal o para ti la importancia tiene otro sentido en tu vida. Importante dónde, para quién, cómo,… ¿Si eres exitosos eres importante? ¿Si tienes un cargo o eres autoridad eres importante? Talvez podrías ahorrarte los afanes de buscar ‘ser importante’ por lo que te envuelve, o te ubica, te adorna, … ¿Y si eres importantes por el grado de tu servicio? Dónde, a quién, cómo sirves.

 

Una niña nació ciega, encorvada.

Fea para nuestros cristales y también para los de su familia. Sus padres lo abandonaron porque les sobraba tanta vergüenza como la riqueza que tenían. La llevaron ante un famoso milagrero de su tiempo y no llegó el milagro, se enfurecieron y abandonaron a la niña, más indefensa de lo normal. No sabían que abandonaban a la más importante. El domingo 19 de Setiembre (2021) se celebró la misa de agradecimiento por la Santidad de Santa Margarita de Città di Castello que fue canonizada por su Santidad el Papa Francisco. (transcribo una corta biografía)

 

Un niño con sobre nombre "perro negro"

Otro ejemplo, puedes encontrarlo en el patrono de la Justicia Social. Apenas nació, su madre lo abrazó con tanto cariño y pronto lo llevó a la pila bautismal más cercana de su casa. Pero su padre (español) al verlo sugirió que nadie de su contorno social sepa de su hijo porque se avergonzaba de que sea distinto a su hija. Nunca dudó de que era su hijo porque madre era mulata. Entonces San Martín de Porres se donó al convento de Dominicos para llevar su hábito blanco y negro. Su sobrenombre era “perro negro”, así le gustaba que le llamen. Ya en el convento, su padre decidió reconocerlo públicamente, pero Martín decidió seguir siendo el mulato que atendía a los indios y negros heridos y hambrientos. El insignificante “perro negro” terminó siendo el símbolo de la reconciliación con el gato y el ratón; es decir, el signo de la comunión de las razas.

 

Un niño pastor, huérfano, migrante.

El 18 de setiembre hemos celebrado al Patrono de los migrantes: Juan Macías. Un niño pastor, perdió sus padres pronto, le cuidó su tío pero pronto también le dejó solo. Decidió ir de ayudante en un barco al nuevo mundo. Llegó al Callao, Perú, encontró trabajo de pastor de cabras y corderos. Pronto conoció a fray Martín o fray Escoba como lo llamaban, se animó a ingresar como hermano cooperador al convento de los predicadores. El insignificante pastor auxilio a tantos. 

 

Margarita di Castello en el s. XIII, Martín de Porres y Juan Macías (s. XVI), y otros ejemplos de verdadera importancia para los planes de Dios pasaron su vida al servicio. De aquellos tiempos podemos nombrar tantos ilustres estudiosos, servidores de la cultura. Pero el mundo necesita también para la vida el testimonio de los santos: “vivir para servir”


Margarita de la Città di Castello

Margarita nació alrededor de 1287 en el castillo de Metola, en Massa Trabaria (en la frontera entre Umbría y las Marcas), no lejos del Mercatello del Metauro, en los territorios de la Iglesia. Su padre Parisio era el señor del castillo, y era llamado ‘cattano’ (capitán), título que ya pertenecía a sus antepasados; su madre se llamaba Emilia. Pero la niña había venido al mundo ciega y deformada y sus nobles y adinerados padres no podían soportar una desgracia que ofendía el orgullo de la familia. Así, el padre encerró a su hija en una celda adyacente a la iglesia del castillo para que “la vergüenza” permaneciera oculta a los ojos del mundo. La pequeña aceptó esta decisión sin rebelarse, manteniendo intacta su serenidad. Pasó su primera infancia en soledad, dedicándose a la oración y la contemplación, en comunión con Dios, en una profunda quietud y paz espiritual.

Tras una corta estancia en un castillo de Metauro, necesaria tras los levantamientos militares en la región, sus padres la llevaron a Città di Castello, a la tumba de Giacomo († 1292), un fraile franciscano laico fallecido recientemente en olor de santidad. Esperaban que el bienaventurado pudiera lograr la curación de su hija, pero el tan esperado milagro no sucedió. Habiendo fracasado este último intento – cuenta un biógrafo del siglo XIV – la abandonaron en Castello “sin piedad, sola, sin pensar en sus necesidades, privada de toda ayuda humana”. Durante algún tiempo, la indefensa niña llevó una vida perdida, mendigando pan; después encontró refugio en el pequeño monasterio de S. Margherita. Pero fue un breve paréntesis, porque su conducta de vida, el riguroso ascetismo que observaba, sus advertencias despertaban la envidia de las monjas. Incapaces de soportar la comparación con un ejemplo tan inalcanzable, las monjas también la echaron de allí con muchas acusaciones e insultos. Después de esta enésima traición, Margarita fue finalmente acogida por un matrimonio profundamente piadoso, Venturino y Grigia, que le reservaron una pequeña habitación en la parte alta de su casa, para que pudiera dedicarse libremente a la oración y la contemplación. Su generosidad sería recompensada por Margarita, quien puso al servicio de sus padres adoptivos y de su círculo de familiares y amigos sus excepcionales carismas. Se dedicó a la formación y educación cristiana de los hijos de sus benefactores, fue una guía amable y autorizada para muchas personas que acudieron a ella en busca de consejo y consuelo, y en más de una ocasión protegió a sus amigos de graves peligros. También se ocupó de los pobres y miserables de la ciudad. A pesar de ser ciega y discapacitada, logró ser una hermana caritativa para todos los desafortunados.

En la casa de Grigia y Venturino la niña pasó el resto de su corta y sencilla vida, dividiendo su tiempo entre la oración, la vida contemplativa y la caridad trabajadora. Siempre ayunaba, casi nunca dormía y cuando estaba somnolienta se echaba en el suelo y nunca en la cama. Al participar de los sufrimientos de Jesús, Margarita se sintió ligada al Esposo celestial, se identificó con él y esta vida de unión le dio una seguridad y una alegría inefables. Después de ponerse el hábito de penitencia de los frailes Predicadores, iba diariamente a su iglesia, donde se confesaba todos los días y participaba con gran devoción en la celebración eucarística. A menudo, durante la misa, tenía maravillosos éxtasis.

Cuando su enfermedad se agravó, mandó llamar a los frailes para recibir los sacramentos, dio gracias a Dios y murió en perfecta serenidad de espíritu el 13 de abril de 1320: Margarita tenía 33 años.


Palabra del Papa Francisco

 

“El más grande en la Iglesia es el que se hace servidor de todos, el que sirve a todos, no el que tiene más títulos. Y para dejarlo claro, Jesús tomó un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo con ternura -porque Jesús hablaba con ternura, tenía mucha ternura- les dijo: ‘Quien acoge a un niño me acoge a mí’, es decir, quien acoge al más humilde, al más pequeño servidor. El camino contra el espíritu del mundo es uno solo: la humildad. Servir a los demás, elegir el último lugar, no pisotear a los demás”. (Homilía desde Santa Marta, 25 de febrero de 2020).



Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.

Les decía:
«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».

Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».



Cristo bendiciendo a los niñoscastillo de WawelCracovia.


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