VII Domingo del tiempo ordinario (C): Sed misericordiosos como vuestro Padre

Luz para la otra mejilla

 

García Sampedro, Luis. ¡Perdonar nos manda Dios!. Museo del Prado.

VII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)

 

La isla necesita perdón

“Si te contara las maldades que he sufrido no alcanzarían los días. Cuando lo veo adolorido me alegro en secreto porque así está pagando cada golpe que me hizo sufrir. Todo se paga en esta vida. A veces le hago recordar su agresividad, me da tanta rabia y lo dejo hablando solo. Y me molesta más porque ni se digna pedir perdón, cree que todo lo hizo bien, correcto, ‘perfecto’. Por las noches, se me va el sueño, recuerdo los momentos más violentos, me lleno de rabia, busco beber un poco de alcohol, me he querido matar, pero tengo miedo…” (Testimonio de Gertrudis).

 

Cuando una persona duerme con el enemigo es mejor identificarlo dónde. El enemigo está en su propio interior. Su corazón expulsa sangre envenenada, “ha llevado la fiesta en paz”, no ha perdonado. Lo primero que debemos sanar es nuestro propio interior. Es una pena ser infelices en nuestra propia isla cerebral cuando hay personas, libros, el evangelio que pueden ayudarnos a superar los malos recuerdos, a tener experiencias sanadoras y esperanzadoras.

 
Te juzgo o te perdono

El criterio de justicia nos encamina por las leyes, las normas. Los juicios buscan “perfectos” comprobados para y de acuerdo a las leyes. Si te pasas la luz roja tu deber es pagar la multa. Si violas, cometes un delito y respondes ante el tribunal de justicia, asesorado por un abogado.

 

El perdón, en cambio, no es un acto de justicia. Jurídicamente, el perdón no existe. Por ello, el perdón brota de un corazón que ha sentido el perdón de Dios. El perdón implica la misericordia, no merecerlo, pero recibirlo. No estás en el foco de interés, pero recibes esa gracia de experimentar las palabras de Dios más entrañables en tu vida.

 

Si quieres tener una referencia del perdón, una medida es la que tú mismo tienes para medir, tus conversaciones, tus acciones, tus ideales, tus intenciones, tus juicios, etc. Es decir, el criterio ideal: “El amor al prójimo es la medida de nuestro amor a Dios” (Edith Stein).

 

Se cuenta que Saúl inició la búsqueda de su enemigo para matarlo con tres mil guerreros. Confiado en su gran ejército se quedó dormido. El ejército consiente de su poder también durmió. Pronto el enemigo lo encontró dormido, aprovechó para quitarle su lanza y su botella de agua pero no lo mató. El enemigo era el famoso rey David, le perdonó porque vio en Saúl a un ungido de Dios. El temor a Dios es más fuerte que la pasión por la victoria. Quizá podemos como David, vivir la historia de una lucha interior que desemboca en una actitud en la que David muestra que él mismo ha sido objeto de la misericordia de Dios.

 

Mi mundo de venganzas

Sabemos que estamos en un mundo en el que la venganza parece dulce. No tenemos el corazón de la Madre Teresa de Calcuta que veía a Dios en cada ser humano. Quien no se defiende es víctima de bullying. Parece que sólo los fuertes saben luchar. Conocemos a gente oportunista que margina, habla mal, desprestigia, abusa de su poder, que pasó de la defensa a “la cultura de la cancelación” (woke), etc.

 

Ahora mismo estás pensando en algún nombre de gente que conoces con esas características. Es fácil quedar atrapado por el enemigo interior. El poder del mal nos da bocanadas de insatisfacción y no el aire de la alegría, de la paz, de la felicidad. ¿En tu vida qué tiene más poder, el amor o el odio, el perdón o la venganza?

 

El poder del perdón en ti

El camino de amar, hacer bien, bendecir, orar, dar, tratar bien, no esperar nada, … no de los tuyos, sino de los enemigos. Este camino debe tener mucho poder como para traspasar el tiempo, y muy sagaz como para proponer algo aparentemente ilógico. El poder del amor vence al poder de la cancelación, del reciclaje, de la cultura del odio.

 

Entonces, el viaje hacia el ser humano cobra su sentido, la gran verdad del amor a los demás es urgente: “La verdadera fraternidad humana sólo existe en los corazones que reconocen la paternidad de Dios” (Pierre Grelot) y “El amor a Dios y el amor al prójimo son dos puertas que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas” (Soeren Kierkegaard).

 

Esta es la novedad que nos ancla en la tierra sin dejar de inspirarnos en el espíritu. No nos hacen buenos nuestras propias virtudes, sino el mismo Jesús, él se entregó sin medida, su imagen nos da nuevo rostro. Se necesita ese golpe de humildad de nuestra parte para buscar ser hombres nuevos, despojados de las obras dañinas, alejados de lo que ahoga nuestra felicidad y confiados en ser hombres del cielo. (Cfr. Col. 3,9ss/1Cor. 15, 45ss))

 

El amor es la luz en este túnel de maldad. No un Dios moralista. Cada día necesitamos pedir esa gracia, el amor y el temor de Dios, esa luz para vivir la misericordia puede iluminar nuestras vidas para no hacer lo que no queremos que nos hagan y tener una segunda mejilla; más que reciprocidad es abandonarse en la fe de un Dios misericordioso que puede darnos dones a chorros (cf. Jn 4,10), y que nadie ha visto jamás (cfr. Jn 1,18)

 

Finalmente, se puede comprender la convicción de los santos: “Si alguien me quitara el ojo izquierdo por odio, siento que lo miraría amablemente con el ojo derecho. Si me cortara también el ojo izquierdo, seguiría teniendo el corazón para amarlo.” (Francisco de Sales). Donde no hay amor, pon amor y cosecharás amor” (Juan de la Cruz).

 

Palabra del Papa Francisco

Para Jesús el rechazo de la violencia puede conllevar también la renuncia a un derecho legítimo; y da algunos ejemplos: poner la otra mejilla, ceder el propio vestido y el propio dinero, aceptar otros sacrificios (cf vv. 39-42). Pero esta renuncia no quiere decir que las exigencias de la justicia sean ignoradas o contradichas; no, al contrario, el amor cristiano, que se manifiesta de forma especial en la misericordia, representa una realización superior de la justicia. Eso que Jesús nos quiere enseñar es la distinción que tenemos que hacer entre la justicia y la venganza. Distinguir entre justicia y venganza. La venganza nunca es justa. Se nos consiente pedir justicia; es nuestro deber practicar la justicia. Sin embargo se nos prohíbe vengarnos o fomentar de alguna manera la venganza, en cuanto expresión del odio y de la violencia. Jesús no quiere proponer una nueva ley civil, sino más bien el mandamiento del amor del prójimo, que implica también el amor por los enemigos: «Amad a vuestro enemigos y rogad por los que os persiguen» (v. 44). Y esto no es fácil. Esta palabra no debe ser entendida como aprobación del mal realizado por el enemigo, sino como invitación a una perspectiva superior, a una perspectiva magnánima, parecida a la del Padre celeste, el cual —dice Jesús— «que hace surgir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (v. 45). También el enemigo, de hecho, es una persona humana, creada como tal a imagen de Dios, si bien en el presente esta imagen se ve ofuscada por una conducta indigna. (Ángelus, 19 de febrero de 2017).


 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros».


PINTURA

¡Perdonar nos manda Dios!


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