XXIV Domingo del tiempo ordinario (C): “¡Alégrense conmigo! - Dios Misericordioso

Las parábolas de alegría nos muestran el gran valor que tenemos para Dios, su amor y misericordia nos acoge y nos lleva a la alegría de su mesa.


MurilloEl retorno del hijo pródigo, Washington D. C., National Gallery of Art.

XXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)

 

Los prejuicios y críticas dividen

Si Dios está presente en tu verbo florido, te tengo una pregunta: ¿Cómo hablas de Dios, lo conoces? La tentación de considerarse iluminados o justos puede llevarnos al laberinto de vivir con Dios y no conocerlo, de hablar de Dios y no contemplarlo, de saber su palabra y marginar a los pobres llamados predilectos por el mismo Dios, … eso pasa, en las familias, en las iglesias, en el mundo. Dios ha venido por todos, no sólo por los que se consideran ‘los mejores’.

 

Las críticas y murmuraciones son como la auto radiografía reveladora de la forma de pensar de cada uno, del tipo de Dios y religión que tenemos. Jesús, didácticamente responde a las críticas con tres parábolas que expresan la alegría de Dios parecida a la del pastor que busca y encuentra a la oveja, a la mujer que se alegra con la moneda y al padre que se regocija por el regreso de su hijo. La oveja, la moneda y el ‘hijo menor’ valen la pena, monetariamente no llegarían a un valor justificado, he allí el contraste cuestionador.

 

La alegría del encuentro

El tema central es básico: la “alegría del encuentro” como antídoto ante comportamientos inhumanos revestidos de religión, legalismo, utilitarismo, indiferencia. La generosidad con los marginados escandaliza a los que creen tener dominado a Dios, presumen de conocerlo, pero en el fondo lo han perdido; en su corazón no necesitan de Dios ni de los demás. La única alegría radica en su sectaria vida; pues, salir del confort para buscar una oveja perdida, o una moneda barata, o al pecador, no está entre sus preferencias.

 

Perder la alegría por el encuentro con el otro es tener un espíritu triste o un Dios sin corazón, sin entrañas. Por ello, Jesús va mostrar a un Dios terapéutico capaz de acercarse y comprender al pecador, busca sanarlo desde el fondo, no condenarlo sino integrarlo dándole sentido a su vida; mejor dicho, esta terapia no se fija sólo en las causas, va más allá de las meras palabras hasta una auténtica respuesta. Un hombre desorientado vale más que los 99 ‘ubicados’.

 

Ídolos domesticables 

El miedo al encuentro es frecuente en nuestra vida, existe un miedo a las relaciones humanas comprensible pero también debe ser superable. Si con otra persona no podemos relacionarnos, será difícil también con Dios. Por ello, ante la crisis, la pobreza, la desesperación, etc. los israelitas necesitaban un dios manipulable como el becerro de oro, pero no era Dios, era un ídolo.

 

En esta mentalidad actual de idolatrar las relaciones, la justicia es retributiva y oportunista. En cambio, en el sentido de Jesús, la justicia sana desde la raíz de la existencia. Jesús se dirige a los escribas para pedirles la justicia que salva no la que ejecuta; esa es la gran diferencia y difícil de asumir.

 

Hermanos que no viven como tales

La hostilidad del hijo mayor es un capricho porque no acepta la generosidad del padre con su hermano, evita la alegría del encuentro con su hermano para autoexiliarse en su legalismo. En el fondo, sólo vive para ganar fama y dinero, en la casa es un asalariado y no un miembro de la familia, no se relaciona auténticamente con su padre y ahora menos con su hermano; lamentablemente, quien no tiene padre, sino sólo un dispensador de premios y castigos, no puede tener hermanos.

 
Evita las amarguras

¿Qué falta para ser hermano? La autoevaluación, decir palabras justas, de acuerdo al Padre que les llena de comida, bebida y vestidos. El hijo pródigo es consciente de su pecado y por ello experimenta la misericordia. El hijo mayor también, pero en el fondo no le interesa Dios, puede ser tan bueno, pero le falta humildad para reconocer que él no se salva así mismo sino por la gracia de Dios."Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales el primero soy yo" (1 Tim 1,15).

 

Finalmente, es domingo, día familiar, las parábolas de la oveja y la moneda extraviadas, el padre y sus dos hijos, muestran en todo momento alegría, los únicos que dañan la fiesta son los amargados, el hijo que ha perdido el sentido familiar, dueño de todo menos del amor, controlador de lo que tiene y no de su inteligencia emocional, fiel hijo del padre pero manipulador. El pastor, la mujer, el padre se alegran por el regreso, pero los de casa no soportan compartir la mesa ni la fiesta.

 

Palabra del papa Francisco:  

Es, por tanto, «un Dios que camina para buscarte —reafirmó el Papa Francisco— y tiene una cierta debilidad de amor hacia aquellos que se han alejado más, que se han perdido. Va y les busca. Y, ¿cómo busca? Busca hasta el final. Como este pastor que va por la oscuridad buscando hasta que encuentra» a la oveja perdida; o «como la mujer cuando pierde la moneda: enciende la lámpara, barre la casa y busca delicadamente». Dios busca porque piensa: «A este hijo no lo pierdo, ¡es mío! ¡No quiero perderlo!». Él «es nuestro Padre. Nos busca siempre».

Pero el «trabajo» de Dios no es sólo buscar y encontrar. Porque, afirmó el Pontífice, «cuando nos encuentra, cuando encuentra a la oveja», no la deja a un lado ni pregunta: «¿Por qué te has perdido? ¿Por qué te has caído?». Más bien la vuelve a llevar al sitio justo. «Podemos decir forzando la palabra» —explicó— que Dios «reacomoda: acomoda otra vez» a la persona que ha buscado y encontrado; de forma que, cuando el pastor la vuelve a llevar en medio de las demás, la oveja perdida no tenga que escuchar «tú estás perdida», sino: «tú eres una de nosotras». Ella «tiene todo el derecho», así como la moneda que encontró la mujer está «en la billetera con las demás monedas. No hay diferencia». Porque «un Dios que busca es un Dios que reacomoda a todos aquellos que ha encontrado. Y cuando hace esto es un Dios que goza. La alegría de Dios no es la muerte del pecador sino su vida: es la alegría».

La parábola del Evangelio muestra, por lo tanto, «cuán lejos estaba del corazón de Dios esta gente que murmuraba contra Jesús. No lo conocían. Creían —dijo el Pontífice— que ser religiosos, ser personas buenas», fuese «marchar siempre bien, incluso educados y muchas veces aparentar ser educados. Esta es la hipocresía de la murmuración. En cambio, la alegría del Padre Dios es la del amor. Nos ama». Incluso si decimos: «Pero yo soy un pecador, hice esto, esto y esto...». Dios nos responde: «Yo te amo igualmente y voy a buscarte y te llevo a casa», concluyó el Papa.

(Papa Francisco. Homilía. Santa Martha, 7 de noviembre de 2013)

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».


Pintura:

MurilloEl retorno del hijo pródigo, Washington D. C., National Gallery of Art.

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