Domingo de Resurrección (A): Ver y creer: itinerario pascual de María Magdalena y los discípulos Pedro y Juan.
“Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya”
Junto a María Magdalena, Pedro y Juan pudieron buscar a Jesús en el sepulcro, pero fue solo un camino, porque todo indica que la muerte no pudo con él, ha resucitado.
San Pedro y san Juan en el sepulcro de Cristo. Giovanni Francesco Romanelli. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
Domingo de Resurrección. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Juan 20, 1-9
El camino hacia el sepulcro: silencio y memoria
Tomados de la mano de María Magdalena, somos invitados a recorrer el camino hacia el sepulcro. Es un camino distinto. No es el de la conversación ligera ni el de la distracción cotidiana. Es el camino del silencio, de la memoria herida, de la interioridad.
Cuando la muerte nos toca, el lenguaje cambia: los recuerdos emergen, las palabras del ser amado se reinterpretan, y la experiencia compartida adquiere un valor irrepetible. El corazón rumia lo vivido mientras el silencio se vuelve elocuente.
En ese mismo camino aparece una pregunta profundamente humana: ¿qué es la muerte?, ¿por qué nos enfrenta a nuestra fragilidad? El ser humano, vulnerable y finito, intenta dominar el futuro, pero olvida habitar el presente.
La intuición de la fe en María Magdalena
María Magdalena encarna esta tensión entre dolor e intuición. Su pregunta (implícita, pero decisiva) es profundamente teológica:
¿Cómo puede estar muerto Aquel que es la resurrección y la vida?
Esta pregunta no es solo duda; es ya una forma germinal de fe. En su amor por Cristo se gesta una comprensión más profunda: la vida no ha sido vencida. Sin embargo, su experiencia necesita tiempo, silencio y camino para madurar.
En María Magdalena no predomina la incomprensión de la muerte, sino la certeza incipiente de la vida. Su búsqueda es ya un anuncio.
Sin duda, María Magdalena es una testigo ocular, te puede contar muchas cosas. Amo a Jesucristo, y no duda en comunicarse con quien Jesús eligió, Pedro, y con quien Jesús amó, Juan. Todos, aprimerados por un telón de intuición femenina que dinamiza a dos temerosos y valientes seguidores. Ella y ellos, igual, discípulos caminantes en la duda, e iluminados por un sepulcro vació.
El amor es más veloz, contempla desde la espera y el respeto a la experiencia de Pedro. El desconcierto ha invadido su mente, ha humedecido sus ojos y ha oxigenado su corazón con fe y esperanza. Juan y Pedro descubren que la muerte no ha podido con la vida, que las vendas no han enceguecido la visión, sino que han confirmado la libertad. Dios ya no está atado a la finitud humana.
La comunidad de los discípulos: ver y creer
María Magdalena no se encierra en su experiencia. Corre, comunica, convoca. Se dirige a Pedro —a quien Jesús ha confiado la misión— y a Juan —el discípulo amado—.
Así se configura la comunidad creyente: diversa, herida, en camino, pero unida en la búsqueda.
Juan llega primero, movido por el amor que es siempre más veloz; sin embargo, espera. Pedro entra, observa. Juan entra después y “vio y creyó”.
El sepulcro vacío no ofrece pruebas concluyentes en sentido empírico, pero sí signos que abren a la fe. Las vendas, cuidadosamente dispuestas, no hablan de robo, sino de libertad. La muerte no ha retenido al Viviente.
El sentido pascual de la muerte
A la luz de la resurrección, la muerte deja de ser un absurdo definitivo. No desaparece su dramatismo, pero adquiere un horizonte nuevo: es paso, tránsito, apertura.
Sin la resurrección, la muerte sería el final; con la resurrección, se convierte en umbral. Negar esta dimensión sería, en el fondo, renunciar a la plenitud de la vida eterna.
La experiencia de María Magdalena, Pedro y Juan culmina en la alegría: Cristo vive y permanece con los suyos.
Implicaciones para la vida creyente
El anuncio pascual no es solo una verdad doctrinal, sino una tarea existencial. Si Cristo vive, entonces estamos llamados a construir vida, a anticipar el Reino, a vivir desde la esperanza.
La resurrección abre una posibilidad radical: ser auténticos ante Dios, no como buscadores insatisfechos de sentido, sino como hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la plenitud de la vida.
Conclusión
El sepulcro vacío no cierra una historia, la inaugura. La fe pascual no elimina las preguntas, pero las ilumina desde dentro. Hoy, como María Magdalena, Pedro y Juan, somos invitados no solo a buscar, sino a ver y creer. Porque verdaderamente, el Señor ha resucitado. Aleluya.
Una oración final con el himno de laudes del Domingo de Resurrección
HIMNO
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.



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