Reflexión, III Domingo de Pascua (A): Emaús: del desencanto al fuego de la fe
"Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan."
El camino a Emaús es una verdadera escuela de fe: mientras caminan, los ciegos comienzan a escuchar; los torpes y lentos de corazón sienten arder su interior; el forastero se convierte en anfitrión, y quien parte el pan es el mismo Pan de vida. En medio de la tristeza por la muerte, los discípulos terminan reconociendo el rostro del Resucitado.
Supper at Emmaus (Rembrandt, Louvre)
Sentimientos y contradicciones
También nosotros deseamos que Jesús se acerque a nuestro camino, que ilumine nuestras dudas y abrace nuestro corazón con esperanza en medio de este valle de lágrimas. ¿Qué decir hoy a los cristianos perseguidos, a las víctimas de la guerra, a los pobres y marginados?
Los discípulos de Emaús huyen cargados de confusión. Caminan para intentar comprender un acontecimiento que ha destrozado sus expectativas. No es fácil aceptar que la violencia haya crucificado al justo, al amigo, al Mesías esperado. La tristeza es tan profunda que ni siquiera tienen fuerzas para verificar el anuncio de las mujeres: que Cristo ha resucitado.
Camino hacia la claridad
Desde nuestra mirada, los discípulos pueden parecer lentos para entender. Pero, en realidad, son un espejo de nuestra propia fe. Nosotros conocemos el final de la historia; ellos, en cambio, aún están en la noche de la duda.
Jesús no rechaza su confusión: la acompaña. Camina con ellos, escucha su dolor y, con paciencia, ilumina su historia. Es una pedagogía divina: primero acoge, luego explica, finalmente transforma.
Así comprendemos que no hay auténtico anuncio de la resurrección sin el encuentro con el Resucitado. Solo Él puede romper nuestras cadenas de decepción, miedo y desesperanza.
El que parte el pan es el Pan
El compañero de camino resulta ser el Camino; el que explica la Escritura es su cumplimiento; el forastero se vuelve anfitrión; y quien parte el pan es Jesucristo mismo.
En ese gesto sencillo, se abren los ojos de los discípulos. La oscuridad se disipa. Reconocen al Señor. Y, aunque ya no pueden retenerlo como antes, comprenden que está vivo de un modo nuevo.
Es el mismo Jesús, pero transfigurado por el Espíritu. Ya no se le reconoce con los ojos de la carne, sino con los ojos de la fe.
Los que caminaban tristes ahora se levantan. Los que dudaban ahora anuncian. Los que huían regresan. Se convierten en testigos: han visto y han creído.
El camino de Emaús sigue abierto hoy. También nosotros estamos invitados a dejar que Cristo camine a nuestro lado, encienda nuestro corazón y nos envíe a anunciar que Él vive.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.



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