Santo Domingo “Evangelio Viviente”
Bolonia, 22-24 de enero 2017
La misericordia de Dios me permitió viajar a Bolonia, Italia, para participar en la clausura del Jubileo de la Orden de Predicadores, celebrado con motivo de los 800 años de nuestra misión: “Enviados a predicar”. Era enero de 2017 y, más que un simple viaje, aquella peregrinación se convirtió en una oportunidad para acercarme a las raíces históricas y espirituales de la Orden.
Bolonia: una ciudad que conserva la memoria de Domingo
Lo primero que me sorprendió al llegar a Bolonia fue la cantidad de torres y construcciones imponentes que sobresalen en el paisaje urbano. La ciudad conserva también una característica singular: sus largas calles están protegidas por extensas arquerías que permiten caminar resguardados de la lluvia y del frío. En enero, la temperatura hacía sentir con intensidad el invierno europeo.
Pero la razón más profunda de mi presencia allí era otra: Bolonia fue uno de los lugares fundamentales en la vida de Santo Domingo y en los primeros pasos de la Orden de Predicadores, desde las primeras constituciones hasta la fuerza intelectual del carisma.
A comienzos del siglo XIII, Bolonia era uno de los grandes centros universitarios de Europa, especialmente en el ámbito del derecho y, progresivamente, también de la teología. Domingo comprendió muy pronto que la predicación necesitaba estar acompañada por una sólida formación intelectual. Para él, estudiar no significaba alejarse de la misión, sino prepararse mejor para anunciar el Evangelio, y un anuncio en el mundo donde la esperanza de cambio es palpitante: los centros de estudios y los medios de comunicación.
La ciudad ofrecía, además, un ambiente particularmente favorable para la formación de los frailes. La posibilidad de obtener la licentia docendi, vinculada al impulso del papa Honorio III y a su carta de junio de 1219, hacía de Bolonia un lugar especialmente atractivo para una Orden naciente que quería unir estudio, contemplación y predicación.
San Domenico: entrar en la memoria de la Orden
Aquella fría mañana, con apenas un grado de temperatura, llegamos a las puertas de la Basílica de San Domenico. Sobre la entrada se encuentra representado Santo Domingo en el momento de su glorificación. Al cruzar las puertas de la basílica tuve la sensación de entrar no solamente en un edificio histórico, sino en una parte viva de la memoria de la Orden. Allí estaba el fogón materno de nuestro "ser dominico".
Aquí se celebraron momentos decisivos para los primeros frailes y para la organización de la Orden. Aquí la oración, el estudio y la predicación fueron adquiriendo una forma concreta. Aquí se puede comprender mejor aquella intuición fundamental de Domingo: la contemplación no es el final del camino, sino la fuente de la predicación. ¿Acaso Domingo no quiso estar a los pies de sus frailes?.
Intentaba fotografiar cada escultura, cada pintura y cada detalle. Al mismo tiempo, procuraba no dejar que la curiosidad histórica desplazara la oración. Dejé una limosna de cinco euros y me llevé un libro sobre la historia de Santo Domingo, en italiano. Era también una manera sencilla de conservar algo de aquella experiencia.
Me acerqué después al altar mayor y me senté durante un buen rato frente al coro. Su disposición semicircular y su antigua sillería me recordaron inmediatamente al coro alto del Convento del Rosario, en Lima. Pensé que, siglos atrás, en un espacio semejante, Santo Domingo y sus primeros compañeros se reunían para la oración comunitaria. Aunque luego, conocí el coro interno donde todavía se reúnen los frailes para las oraciones litúrgicas.Allí comprendí de nuevo que la vida dominicana no nació solamente de grandes ideas. Nació también de hombres que rezaban juntos, estudiaban, celebraban la liturgia y dejaban que la Palabra de Dios penetrara en sus vidas.
Domingo ha sido llamado un hombre que era “Evangelio viviente”. La expresión me parece particularmente significativa. El Evangelio no fue para él únicamente un libro que debía ser estudiado o una doctrina que debía ser predicada. Se convirtió en una forma de vida.
Y pensé entonces en una convicción que me acompaña desde hace tiempo: quien no estudia ni ora corre el riesgo de convertirse en una persona violenta. Violenta consigo misma, con los demás y también con la verdad. El estudio nos enseña a buscar; la oración nos enseña a escuchar. Sin ambos, la predicación puede convertirse fácilmente en imposición.
La tumba de Santo Domingo
El lugar que atrae inevitablemente a todo peregrino es la tumba (sarcófago) de Santo Domingo de Guzmán, fallecido en Bolonia en 1221.
La historia del monumento es casi una historia de la propia memoria dominicana: diferentes artistas fueron añadiendo, modificando y completando la obra a lo largo de los siglos. Las esculturas y relieves narran episodios de la vida de Domingo y presentan figuras bíblicas y santos que ayudan a interpretar su misión.
Pero delante de la tumba todos esos datos históricos adquieren otro significado.
Uno puede estudiar las fechas, los nombres de los escultores y las características artísticas del monumento. Sin embargo, cuando uno se encuentra allí de pie, frente a los restos de Santo Domingo, la pregunta deja de ser únicamente histórica: ¿qué queda de Domingo en nosotros?
Ante la tumba era inevitable detenerse, guardar silencio, rezar y, por supuesto, tomar algunas fotografías. A veces el silencio se rompía por la emoción o por la presencia de otros peregrinos. Pero había un lugar que atraía particularmente mi atención: el relicario dorado que contiene el cráneo de nuestro padre Santo Domingo.
Al levantar la mirada, la arquitectura conduce hacia lo alto. En la bóveda se contempla el fresco de la Glorificación de Santo Domingo, realizado por Guido Reni en 1617. La imagen parece completar el movimiento de toda la capilla: de la tierra donde reposan sus restos hacia el cielo al que apunta su vida.
La celda
Se acercaba el momento del regreso. Era el 24 de enero.
Me desperté temprano. Sentía dentro de mí un imperativo difícil de explicar: necesitaba volver a orar ante la tumba de Santo Domingo.
Salí de la hospitalità (el hospedaje) y caminé por los pasillos internos del convento. Antes de llegar nuevamente a la tumba, pregunté en mi pésimo italiano si podía entrar a algún otro lugar. Solo alcancé a entender una palabra de la respuesta del sacristán:
“Celda”.
Me hizo señas para que lo siguiera. Mi experiencia es que los frailes se caracterizan por su hospitalidad y por mostrar lo significativo para quienes cruzamos el océano en busca de aquella raíz.
Caminamos por un pasillo hasta llegar a una habitación pequeña. Entonces comprendí: era la celda de Santo Domingo de Guzmán.
Entré.
Y allí ocurrió algo que no esperaba.
Me encontré solo, en silencio, en aquel espacio pequeño donde Domingo había rezado, pensado, sufrido y seguramente llorado por los pecadores. Un hombre había vivido allí hacía casi ochocientos años. Sin embargo, la distancia histórica desapareció por un instante.
Pensé en Domingo y pensé también en mí.
En aquel lugar había orado un hombre que había llevado en el corazón las preocupaciones de la Iglesia, de la predicación y de los hombres y mujeres de su tiempo. Allí había llorado por los pecadores.
Como yo.
Y entonces ya no pude rezar.
Solo lloré.
No fueron lágrimas de tristeza. Fueron lágrimas de agradecimiento. Agradecimiento a Dios por haberme permitido estar allí, por la historia que me había precedido, por la Orden a la que pertenezco y por todos aquellos frailes que, generación tras generación, han intentado mantener vivo el sueño de Domingo.
En la pequeña celda había un altar, antiguos leccionarios, la bula de aprobación de la Orden y algunos objetos vinculados a su memoria. Eran cosas sencillas. Pero precisamente esa sencillez hacía más fuerte la experiencia.
No estaba ante un monumento.
Estaba ante una vida entregada.
Un Evangelio que sigue caminando
Al salir de aquella celda comprendí que la peregrinación había cambiado de sentido.
Había llegado a Bolonia buscando historia y encontré una llamada.
Había querido conocer los lugares de Santo Domingo y terminé preguntándome qué lugares ocupa hoy el Evangelio en mi propia vida.
Había contemplado su tumba, pero en aquella celda entendí que la verdadera herencia de Domingo no está en un sepulcro, por hermoso que sea. Está en hombres y mujeres capaces de continuar su camino: orar, estudiar, contemplar, anunciar y servir.
Santo Domingo es llamado “Evangelio viviente” porque hizo de su propia existencia una palabra pronunciada para los demás. Su vida se convirtió en predicación antes incluso de que sus labios anunciaran el Evangelio.
Quizá por eso la celda fue para mí más impactante que la tumba.
La tumba habla de la muerte de Domingo.
La celda habla de su vida.
Y allí, en aquella habitación pequeña y silenciosa, comprendí que la pregunta fundamental no era cuánto sé de Santo Domingo, sino cuánto del Evangelio estoy dispuesto a hacer vida en mí.
Salí de la celda con los ojos todavía húmedos.
Afuera seguía haciendo frío.
Pero llevaba conmigo una certeza cálida y sencilla: el Evangelio puede seguir viviendo cuando una persona decide entregarle su vida.
Puedes ver las fotos de la tumba de Santo Domingo de Caleruega:

