XVI Domingo del tiempo ordinario (A): La paciencia de Dios, un regalo que salva
“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”
El mal en nuestro mundo debe ser combatido urgentemente, pero la salida no es la violencia sino una espera analítica y perseverante hasta ser quemada y el trigo guardado y conservado para alimentar a los demás. Sólo Dios puede identificar el mal con antelación, los hombres podemos equivocarnos.
La parábola de la Cizaña - Domenico Fetti (1622)
XVI Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 24-30Vivimos en un mundo donde el bien y el mal crecen juntos. Basta abrir los ojos para descubrir que junto a tantos gestos de solidaridad y amor también existen la violencia, la mentira, la corrupción y la indiferencia. Frente a esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿por qué Dios no elimina de una vez el mal?
Esta parábola nos invita también a mirar nuestra propia vida. Todos deseamos un mundo mejor, pero ninguno de nosotros está completamente libre de la cizaña. Junto al trigo de nuestras virtudes crecen también nuestras debilidades, egoísmos y pecados. Por eso necesitamos la paciencia de Dios. Él no se cansa de esperarnos, porque ve en cada persona la posibilidad de dar fruto.
La paciencia de Dios como un regalo
La parábola del trigo y la cizaña responde con una enseñanza sorprendente. El dueño del campo no niega la existencia del enemigo ni minimiza el daño que causa la cizaña. Sin embargo, impide que sus siervos la arranquen de inmediato, porque al hacerlo podrían destruir también el trigo. Jesús nos revela así que la paciencia de Dios no es debilidad ni indiferencia; es una forma de misericordia que protege la vida y da tiempo para la conversión.
La cizaña simboliza todo aquello que confunde, divide y destruye. Se parece al trigo mientras crece, y precisamente por eso resulta difícil distinguirla. También en la vida ocurre así: no siempre es fácil identificar el mal, ni las personas somos capaces de juzgar con absoluta certeza el corazón de los demás. Podemos equivocarnos, condenar al inocente o cerrar la puerta a quien todavía puede cambiar. Solo Dios conoce plenamente el corazón humano y solo a Él corresponde el juicio definitivo.
Misericordia y perfección
Queremos un mundo perfecto, pero hacemos cosas imperfectas. La imperfección resume nuestra sed de misericordia. Nuestra imagen es la perfecta de Dios, pero las malezas y la inmisericordia la alejan de la tierra y buena semilla, el ser semejantes a Dios necesita de la humildad para pedir la misericordia de Dios.
No se hace un juicio veloz porque a veces quien parece malo es bueno en realidad o puede cambiar; por ello no se puede decir prematuramente dónde está el mal; además, el juicio definitivo viene de Dios.
Combatir el mal es una tarea urgente, pero el Evangelio nos enseña que no puede hacerse con las mismas armas del mal. La violencia, el odio y la intolerancia nunca producen una cosecha de justicia. El discípulo de Cristo está llamado a combatir el mal con la verdad, la misericordia, la perseverancia y el bien. Solo así el trigo llegará a madurar.
Pidamos al Señor la gracia de ser trigo bueno en medio del mundo: personas que alimenten la esperanza, siembren paz y den fruto abundante para el bien de los demás.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”»



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