XVII Domingo del tiempo ordinario (A): El valor de decidirse por el Reino

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido»

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa cierran el discurso parabólico de Jesús sobre el Reino de los cielos (Mt 13). Ambas imágenes remiten a dos mundos distintos: el del campesino y el del comerciante. Sus historias son diferentes, pero coinciden en un mismo desenlace: cuando descubren aquello que posee un valor incomparable, venden todo cuanto tienen para adquirirlo.

El tesoro y la perla
Parable of the Hidden Treasure- c. 1635. Oil on panel, 71 x 90 cm. Szépmûvészeti Múzeum, Budapest

XVII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)- Mateo 13, 44-52


La enseñanza de Jesús es clara. El Reino de Dios no es un bien más entre muchos otros, sino el bien supremo, aquel que reordena todas las prioridades de la existencia. Descubrirlo exige discernimiento, decisión y la valentía de renunciar a aquello que impide poseerlo plenamente.

En el fondo, esta es también la dinámica cotidiana de la vida. Cada persona busca aquello que considera valioso y orienta sus decisiones en función de ese descubrimiento. Cuando no existe un propósito verdadero, la vida termina dispersándose entre bienes pasajeros que nunca llegan a satisfacer plenamente el corazón.

El riesgo de las grandes decisiones

Toda decisión importante implica un riesgo. Nadie elige el camino definitivo sin atravesar dudas, temores e incertidumbres. Decidir supone asumir la responsabilidad tanto de aquello que se gana como de aquello que necesariamente se deja atrás.

El campesino actúa con la audacia de quien ha descubierto un tesoro que justifica cualquier sacrificio. El comerciante, por su parte, posee el ojo experto capaz de distinguir una perla auténtica de una falsificación. Ambos saben reconocer aquello que realmente vale la pena.

También nuestra experiencia humana nos enseña, poco a poco, a distinguir lo esencial de lo accesorio. Sin embargo, con frecuencia invertimos enormes esfuerzos en bienes que terminan siendo efímeros. Gastamos tiempo, energías y afectos en aquello que pronto pierde su brillo. Entonces comprendemos que hemos arriesgado demasiado por lo que en realidad tenía poco valor.

Las parábolas invitan precisamente a educar la mirada. El Reino requiere la sabiduría del campesino que sabe reconocer el tesoro escondido y la inteligencia del comerciante que distingue la verdadera perla entre muchas imitaciones. Solo quien aprende a valorar correctamente las cosas puede tomar decisiones verdaderamente libres.

Buscar el Reino en la propia existencia

La vida humana transcurre entre momentos de dolor y de esperanza. Hay quienes recorren valles de lágrimas; otros atraviesan etapas de abundancia y serenidad. Sin embargo, el Reino de Dios no pertenece exclusivamente a una de estas experiencias. Se manifiesta en la historia concreta de cada persona.

Por eso la pregunta decisiva no es dónde está el Reino, sino si somos capaces de reconocerlo allí donde Dios sale a nuestro encuentro.

No todos llegan al Reino por el mismo camino. Cada persona posee una historia irrepetible y una manera singular de experimentar la presencia de Dios.

El campesino encuentra el tesoro casi de manera inesperada. No parecía buscarlo, simplemente realizaba su trabajo cotidiano cuando descubre algo que transforma completamente su existencia. Así sucede con muchas personas que, en medio de la sencillez de la vida, encuentran a Dios en un acontecimiento, una palabra del Evangelio, una prueba, una vocación o un encuentro que cambia para siempre el rumbo de su historia.

El comerciante representa, en cambio, a quien busca incansablemente la verdad. Conoce el valor de las cosas porque ha aprendido a distinguir lo auténtico de lo aparente. Probablemente también ha sufrido engaños y decepciones. Precisamente por ello, cuando encuentra la perla preciosa, reconoce inmediatamente que ninguna otra puede compararse con ella.

Ambas parábolas muestran que el Reino puede ser descubierto tanto por quien lo busca durante años como por quien lo encuentra de manera inesperada. Lo decisivo no es el modo en que aparece, sino la respuesta que suscita.

El verdadero tesoro

Facundo Cabral cuenta la historia de un hombre que preguntó a un mago cómo podía hacerse rico. El mago comenzó a ofrecerle cantidades cada vez mayores de dinero a cambio de un brazo, luego de las piernas, de un ojo y finalmente de su corazón. El hombre rechazó todas las propuestas. Entonces el mago concluyó: «Mira cuánto vales y todavía dices que eres pobre».

La anécdota recuerda que solemos ignorar la riqueza que ya poseemos. La vida, la fe, la dignidad humana, la capacidad de amar y de servir constituyen tesoros cuyo valor supera cualquier riqueza material.

Jesús da un paso más. El verdadero tesoro es el Reino de Dios, porque en él encuentra sentido todo lo demás. Quien descubre ese tesoro comprende que ninguna renuncia resulta excesiva cuando se trata de vivir en la verdad, la justicia, la misericordia y el amor.

El compromiso con el Reino no debe entenderse como una carga pesada, sino como la consecuencia natural de haber encontrado aquello que realmente llena el corazón. Sin compromiso desaparecen la credibilidad y la confianza; el Evangelio deja de transparentarse en la vida de los discípulos. En cambio, quien vive conforme al Reino experimenta la alegría profunda de haber elegido lo verdaderamente importante, y esa alegría termina irradiándose a los demás.

Como señala Francisco Camacho Acosta:

«El Reino aparece así como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo se lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002).

Las dos breves parábolas de Jesús nos dejan una pregunta que atraviesa toda la vida cristiana: ¿qué es aquello por lo que hoy estaría dispuesto a venderlo todo? La respuesta revela dónde está nuestro verdadero tesoro, porque, como enseñará el mismo Jesús más adelante, «donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).


Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Parable of the Hidden Treasure

c. 1635
Oil on panel, 71 x 90 cm
Szépmûvészeti Múzeum, Budapest
FLINCK, Govert Teunisz.
(b. 1615, Kleve, d. 1660, Amsterdam)



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