Cuaresma V: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”


V Domingo de Cuaresma
Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)


La muerte no es un problema

La resurrección de Lázaro. BARROETA Y ANGUISOLEA, JUAN DE. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado



Homilía y Reflexión,
Estamos, impotentes, mirando los “huesos secos” y tú señor estás a la puerta de las tumbas. Sabemos que de la muerte física nadie se escapa, pero así no la imaginábamos. Morir aislados, asqueados, con el corazón destrozado de las familias, no podemos ni siquiera enterrar a nuestros muertos. Estamos ansiosos esperando comprender que eres el Dios de la vida (cf. Ezequiel 37).

Abril, vivía al norte, sufría de una enfermedad respiratoria, los médicos le dijeron que tenía Coronavirus y que por su situación de salud no iba a sobrevivir. En la radio ella llamaba desesperada para que ayuden a su novio y a toda su familia. Y aunque el periodista intentaba consolarla, ella sólo clamaba la ayuda de Dios. 

En este momento necesitamos realmente de la fe. Creer en la vida ante el misterio de la muerte. La fe como camino al verdadero amor (Samaritana), el camino de la luz y la claridad del auténtico sanador (curación del ciego) y de la verdadera vida para abandonar las tumbas y la peste (Resurrección de Lázaro).

¿Pero cómo encontrar la fe? Ahora, ante la cercanía de la muerte nos presentamos así:

Los que creemos en la resurrección, como Martha, la hermana de Lázaro. Esperamos resucitar “al final de los tiempos” pero nos duele que Jesús haya demorado en venir, en darle la vida a nuestro hermano Lázaro. Los que esperamos porque así lo dice el catecismo, pero no porque realmente nos ponemos a los pies de Jesús como María para esperar su voluntad. ¿Creemos firmemente que Jesús está en la puerta de la tumba para decir nuestro nombre y liberarnos de las ataduras de esta vida?

Los que no creemos en la resurrección. Aquellos personajes que van a consolar a la familia del difunto Lázaro. Martha y María no se sienten consoladas, quizá sólo sentían la presencia de fisgones y otros temerosos ante el misterio de la muerte. Cómo consolar si la dimensión espiritual la hemos cambiado por egocentrismo. Cómo pedir fe si sólo las cosas espectaculares de la razón nos convencen. Cómo pedirle a Dios si él nunca ha sido nuestro motor. Ahora es claro, la esperanza necesita de la fe y ésta de la cercanía con Dios.

Como cristianos, alimentamos nuestra esperanza en Jesús. Él llegó y enfrentó la realidad de la muerte de Lázaro. Sabe, que en ese contexto le cuestionarán por dar la vida y seguirán empeñados en matarlo. Explica su propia muerte y la vida que propone.

La misión de Jesús es dar la vida y en abundancia. Entonces, necesitamos de esa vida, de esa luz, salir de las tumbas,… Y en lo que sí estaremos de acuerdo, creyentes y no creyentes: es necesario replantearnos el sentido de la vida, el sentido de la humanidad. Quizá se a tiempo de viralizar el amor y evitar la pandemia del hambre, la desigualdad, la violencia, la contaminación.

Para complementar la idea transcribo una parte el comentario bíblico de fray Francisco Quijano:

“Jesús y Lázaro: De la muerte a la vida (Jn 11,33b-45). “Quiten la piedra (11,39ª)”: El Nazareno pide a quienes le sigan que se despojen de la creencia, según la cual los muertos tienen que estar separados de los vivos; los fallecidos pueden permanecer también en la experiencia de los vivos; a su vez los vivos pueden estar muertos… “Gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»” (11,43): El grito no es por Lázaro, sino por quienes imaginan que Lázaro está muerto en una tumba; aunque haya fallecido, Lázaro sigue viviendo, porque aceptó a Jesús antes de morir. «Desátenlo para que pueda caminar» (11,44b): Equivale a decir: Déjenlo en libertad, porque ahora vive con Dios. — Integremos a nuestros antepasados en nuestra actitud de servicio a los demás, pues si entregamos la vida como Cristo, seremos capaces de recuperarla (cfr. Jn 10,18).”




Homilía y Reflexión,

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


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