IV Domingo del tiempo ordinario (A): Las bienaventuranzas son para ti

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”

Las bienaventuranzas suelen confrontarnos la vida, la fe y la confianza en Dios. Sin ellas no podemos construir el Reino, no nos edificamos.

Sermon del monte
El Sermón de la montañaCarl Bloch, 1877.

IV Domingo del tiempo ordinario-Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Eres bienaventurado

Las bienaventuranzas son ocho mensajes vivos para hombres y mujeres de hoy. Jesús sube a la montaña, como Moisés, para mostrarnos el sentido profundo de lo que estamos llamados a hacer y a vivir. No habla solo para un pueblo “elegido”, sino para toda la humanidad. Habla también para ti.

En este sentido, tú eres bienaventurado, tú eres bienaventurada.

La palabra de Jesús despierta en tu interior una curiosidad distinta, como una lámpara que enciende luz en medio de tus oscuridades. Poco a poco te vas disponiendo a meditarla, a darle crédito, a confiar en que viene de Dios. Te toca el corazón y te trae una mezcla de paz, desafío, consuelo, bendición, seguridad.

Intuyes que tu corazón está siendo morada, no del odio ni de la indiferencia, sino del mismo Dios.

 ¿Qué hacen los bienaventurados?

Los bienaventurados no se quedan de brazos cruzados.

Comienzan, a tiempo y a destiempo, a trabajar por el Reino de Dios:

En lo cotidiano buscan actuar con justicia.

Promueven la paz en su familia, en su entorno, en su comunidad.

Sostienen la alegría, incluso en medio de las pruebas.

Oran agradecidos y piden con confianza.

Su vida adquiere un matiz nuevo, un espíritu transformador. Perciben que vale la pena seguir luchando, que su presencia en el mundo no es pasiva, sino constructiva.

 

Bienaventurados…

Los pobres en el espíritu

Son ricos en humildad. Reconocen que lo que son y tienen viene de Dios, y así se vuelven capaces de transformar el mundo desde abajo, sin imponerse, sin aplastar a nadie.

Los mansos

No son débiles; son fuertes de otra manera. Saben administrar la tierra, cuidar la creación, hacer fecunda la semilla de Dios sin recurrir a la violencia.

Los que lloran

Lloran por sus pérdidas, por sus heridas, por las injusticias… pero han descubierto que su futuro no depende solo de sus fuerzas, sino de Alguien que los supera en bondad y amor.

Los que tienen hambre y sed de justicia

Llevan dentro un fuego que no se apaga. Trabajan por reconstruir un mundo roto por la indiferencia y la dureza de corazón. No se resignan al “siempre ha sido así”.

Los misericordiosos

Van comprendiendo que su corazón está habitado por Dios. Por eso pueden perdonar, acoger, levantar a otros. Y en ese mismo gesto se ven colmados por una alegría que el mundo no puede dar.

Los limpios de corazón

Descubren que ven más allá de sus pupilas: más allá del velo de la incredulidad y del egoísmo. Identifican los destellos de Dios en la vida diaria y reconocen la luz de la verdad.

Los que trabajan por la paz

Saben que su tarea nunca termina, pero también que sería peor no empezar ni continuar. Son llamados hijos de Dios porque construyen paz donde otros siembran división, aunque los fratricidas lo dificulten.

Los perseguidos por causa de la justicia

Siguen forjando justicia aun cuando les cuesta caro. Su vida se vuelve voz profética que anuncia el Reino y denuncia el mal, aunque eso les genere rechazo.

 

¿Y tú?

Jesús termina preguntándonos, de alguna manera:

“¿Y tú? ¿Estás entre los que reciben insultos, burlas, rechazo o persecución a causa de tu fe, de tu opción por el Evangelio, de tu compromiso con la justicia?”

Si es así, bienaventurado, bienaventurada,

porque no estás solo, no estás sola:

Dios camina contigo, te sostiene, te defiende.

No podrán contra ti, porque la última palabra no la tienen el odio ni la injusticia,

sino el amor fiel de Dios, que te mira hoy y te dice:

“Alégrate y regocíjate,

porque tu recompensa es grande en el cielo”.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


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