Reflexión – V Domingo de Cuaresma (Ciclo A): La resurrección de Lázaro, amigo de Jesús

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40)

Vivimos y, aun así, pensamos en la muerte. A veces la tememos; otras, la evitamos como tema; en algunas culturas incluso se la personifica. Sin embargo, la vida no nos ha sido dada para vivir paralizados por el final, sino para aprender a vivirla con sentido. El Evangelio de la resurrección de Lázaro no niega el dolor, pero lo reubica: afirma que la última palabra no la tiene la muerte, sino Dios.

La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro. José de Ribera. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A: Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

La escena de Betania (Jn 11) no es solo un relato conmovedor. Es un anuncio: Dios no es ajeno a la historia humana y, en Cristo, se acerca precisamente donde la esperanza parece imposible. La resurrección de Lázaro es signo de una vida nueva que culminará en la resurrección de Jesús y que, desde entonces, sostiene la vida del creyente.


El dolor real: “Señor, si hubieras estado aquí…”

La muerte de un ser querido golpea el corazón con una fuerza que no admite teorías. Marta y María expresan lo que muchos sentimos: “Si hubieras estado aquí…”; una frase donde se mezclan amor, decepción y preguntas sin respuesta. También pesa la sensación de “llegar tarde”: Jesús se demora, y su presencia parece no haber evitado la tragedia.

Pero el Evangelio no presenta esa demora como indiferencia. La convierte en una pedagogía del corazón: Jesús no viene solo a resolver un problema inmediato, sino a revelar un horizonte. Para Él, la muerte física no es el final absoluto, sino el lugar donde se puede abrir un encuentro más profundo con Dios. La fe cristiana no elimina el duelo, pero lo atraviesa con una esperanza más grande.

Creer en la resurrección: de la idea a la confianza

Marta conoce la doctrina: cree que habrá resurrección “en el último día”. Sin embargo, el relato muestra que una cosa es tener una noción religiosa y otra distinta es confiar cuando el dolor aprieta. A veces también nosotros decimos creer, pero vivimos como si todo dependiera solo de nuestras fuerzas, de la salud, de la seguridad o del control.

Jesús no discute con Marta en abstracto: la lleva a una afirmación decisiva, personal y concreta:“Yo soy la resurrección y la vida.”

No se trata primero de “algo” que ocurrirá, sino de Alguien presente. La fe no es solo aceptar una idea futura; es reconocer a Cristo como fundamento de la vida, también cuando el presente duele.

Además, el Evangelio deja ver otra sombra: el miedo y los cálculos del poder. La vida de Jesús incomoda porque despierta libertad y esperanza. Cuando la fe se debilita, crecen otras lógicas: la manipulación, el interés, la violencia “útil”. Por eso el signo de Lázaro desencadena rechazo: algunos prefieren eliminar al justo antes que cambiar de vida. La muerte sin esperanza suele nacer de un corazón cerrado a Dios.

“Sal fuera” y “desátenlo”: la fe que libera

Jesús llama a Lázaro desde la tumba. Su voz entra en el lugar donde todo parece acabado. “Sal fuera.” Es una palabra que atraviesa la desesperanza y devuelve posibilidad. Y, sin embargo, Lázaro sale atado. La vida ha vuelto, pero quedan ligaduras.

Entonces Jesús da una orden a los demás:“Desátenlo y déjenlo caminar.”

Aquí aparece una enseñanza profunda: Cristo da la vida; nosotros colaboramos en la liberación. La fe no es solo contemplar un milagro, sino participar en una misión: ayudar a otros a salir de lo que los inmoviliza —culpas antiguas, heridas, resentimientos, adicciones, desesperanza— y acompañarlos a caminar de nuevo.

“Desatar” no siempre significa resolverlo todo. A veces es escuchar, sostener, no juzgar, acercar a los sacramentos, ofrecer paciencia, abrir espacio para recomenzar. Jesús tiene la voz; nosotros ponemos las manos.

El signo que conduce a la Pascua

La resurrección de Lázaro prepara la comprensión de la Pascua. Lázaro vuelve a la vida temporal; Jesús abrirá la vida definitiva. Este signo ilumina el camino: para que entendamos que Dios es Señor de la vida, Cristo mismo pasará por la muerte. Y allí se revela el centro: la muerte no es victoria, sino paso; no es cierre, sino umbral.

Por eso, el final de este Evangelio no es solo “un milagro”, sino una invitación: vivir la Cuaresma como tránsito hacia la vida nueva. No una vida sin problemas, sino una vida sostenida por la certeza de que Dios no abandona y de que, incluso en la tumba, puede pronunciar una palabra creadora.

Oración breve

Señor Jesús, Resurrección y Vida,

entra en nuestras tumbas interiores y pronuncia tu “sal fuera”.

Danos fe para confiar en ti y manos para desatar a quienes sufren.

Amén.

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.
Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

REFLEXIONES DEL EVANGELIO DOMINICAL PARA EL TIEMPO DE CUARESMA:



0 Comments