IV Domingo de Cuaresma (A): ¿Cuáles son mis cegueras?

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo»

El verdadero drama no es no ver, sino creer que ya se ve suficientemente. Por eso los fariseos terminan siendo más ciegos que el mismo ciego de nacimiento.

 

El ciego de nacimiento

Allegoria in memoria di Giuseppina Gugelloni. Cristo guarisce il cieco
dipinto post 1956/08/25 - ante 1957/02/25

IV Domingo de Cuaresma, Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38


El ciego y el pecado

El ciego de nacimiento estaba arraigado en su ciudad y era conocido por todos. Muchos lo habían visto durante años, quizá incluso le habían dado alguna limosna. Formaba parte del paisaje cotidiano, como sucede tantas veces con quienes viven al margen: se vuelven visibles, pero no verdaderamente mirados. Su presencia termina normalizando la marginación y la exclusión.

En la mentalidad de aquel tiempo, la ceguera era entendida como consecuencia de un pecado. Por eso surge la pregunta: ¿quién pecó, él o sus padres?. La enfermedad parecía cargar no solo sobre el cuerpo del ciego, sino también sobre la conciencia de su familia. Acercarse a él era, en cierto modo, acercarse a una supuesta impureza.

Pero el Evangelio cambia radicalmente esa mirada. Esta historia gira en torno a la visión. Los vecinos ven al ciego, pero no comprenden su misterio. Jesús, en cambio, no solo lo ve: lo mira de verdad, se acerca a él y le devuelve la vista. Y al darle la vista, lo conduce todavía más lejos: no solo para que vea el mundo, sino para que llegue a reconocer a Dios.

Jesús rompe el prejuicio con una frase decisiva: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3).

Donde los demás veían castigo, Jesús ve una oportunidad para que resplandezca la obra de Dios.


El ciego y los ciegos

El ciego ha comenzado a ver. Y cuando uno empieza a ver de verdad, ya no puede confundir tan fácilmente la luz con la oscuridad. Él sabe muy bien lo que le ha sucedido: Jesús le puso barro en los ojos, fue a lavarse a la piscina de Siloé y comenzó a ver.

Su testimonio es sencillo, pero firme. No tiene estudios, no domina discusiones religiosas, pero posee algo que nadie puede quitarle: la experiencia. Ha pasado de la oscuridad a la luz.

Lo sorprendente es que ahora, mientras él ve con claridad, otros intentan convencerlo de que no ve. Los que se consideran iluminados se muestran incapaces de reconocer lo evidente.

El ciego, poco a poco, avanza también en su fe. Al principio habla de “ese hombre que se llama Jesús”; luego lo reconoce como profeta; y finalmente, cuando Jesús se le revela, termina adorándolo. Ya no es solo “el ciego”. Es un hombre recreado por Dios. Con el barro y la saliva de Jesús, el Señor ha hecho en él una nueva creación.

 

La ley sin misericordia

Los que interrogan al ciego no se alegran de que vea. No celebran la vida nueva que ha comenzado en él. Su preocupación es otra: Jesús ha hecho esto en sábado.

Aquí el Evangelio deja al descubierto una gran deformación religiosa: la ley, dada para el bien del hombre, puede ser manipulada hasta convertirse en instrumento de dominio. En lugar de servir a la salvación, se utiliza para controlar, excluir y condenar.

Como no pueden negar el milagro, deciden expulsar al hombre curado. Lo echan fuera para no tener que aceptar lo que su sola presencia proclama: que Dios ha actuado, que una vida ha sido restaurada, que algo nuevo ha comenzado.

Cuántas veces también hoy los intereses personales, las conveniencias o el miedo a perder poder terminan oscureciendo la verdad, la coherencia y la compasión.


Ciegos que quieren curarse y ciegos que no

Jesús deja en evidencia que existen dos tipos de ceguera:

la de quien reconoce su necesidad y se deja sanar;

y la de quien está tan seguro de sí mismo que se cierra a la luz.

El verdadero drama no es no ver, sino creer que ya se ve suficientemente. Por eso los fariseos terminan siendo más ciegos que el mismo ciego de nacimiento.

La gran tentación es sentirse seguro dentro de un sistema que necesita personas obedientes, calladas y dominadas para mantenerse en pie. También existe la tentación de inventar estrategias para tapar la verdad, de negar lo evidente cuando incomoda, de encerrarse en la propia cerrazón y llamar a eso “claridad”.

Sin embargo, una pregunta abre una grieta en la dureza de los corazones:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»

Ahí comienza la posibilidad de una verdadera conversión.


¿Cuáles son tus cegueras?

Cada uno tiene sus propias miopías, sus resistencias, sus cegueras. No siempre son físicas; muchas veces son interiores:

prejuicios,

orgullo,

autosuficiencia,

miedo a la verdad,

costumbre de juzgar sin comprender.

Por eso este Evangelio no solo nos invita a admirar la curación del ciego, sino a preguntarnos con sinceridad:

¿Cuáles son mis cegueras?

¿Qué parte de mi vida necesita que Jesús le ponga barro, la lave y la ilumine?

Se necesita humildad para reconocerlo. Pero esa humildad no humilla: da fuerza. Es la fuerza que permite superar aquello que daña la vida, la fe y la salvación del alma.

Para la oración

Hoy puedes repetir con el ciego esta confesión sencilla y luminosa:

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Pídele a Jesús que te mire de verdad, que rompa tus prejuicios, que sane tus cegueras y te conceda la gracia de reconocerlo como Señor.

Porque la Cuaresma es precisamente eso:

dejar que Cristo nos abra los ojos para caminar hacia la Pascua en la luz.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

«El mismo».

Otros decían:

«No es él, pero se le parece».

El respondía:

«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:

«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

«Que es un profeta».

Le replicaron:

«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:

«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:

«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

 Cristo guarisce il ceco


CALENDARIO DE CUARESMA 2026: UN CAMINO HASTA PASCUA

En 2026 la Cuaresma se desarrolla así (rito latino):



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