XIX Domingo del tiempo ordinario (A): Cuando la tormenta no tiene la última palabra

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

En medio de las tormentas de la vida, Jesús se acerca y nos dice: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo». Y sostiene incluso a quien, con una fe frágil, apenas alcanza a clamar: «Señor, sálvame».

Jesús camina sobre las aguas
Andando sobre las aguas, por Ivan Aivazovsky (1888)

XIX Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A). Mateo 14, 22-33

El relato de Mateo no presenta una fe ideal, sin dudas ni temores. Presenta discípulos que tienen miedo, que no reconocen a Jesús y que, ante la fuerza de la tormenta, descubren sus propios límites. Precisamente allí, en medio de la fragilidad, aparece Cristo.

Solos ante la tormenta y el fantasma

¿Quién no conoce una tormenta?

Conocemos las tormentas del mar y las de la alta montaña; conocemos también las tormentas repentinas de la Amazonía. Sabemos lo que significa sentir que un avión se desestabiliza, que una embarcación es sacudida por las olas o que una casa tiembla bajo la fuerza del viento y la lluvia. Son momentos en los que experimentamos nuestra vulnerabilidad y comprendemos que no todo está bajo nuestro control.

También existen otras tormentas, menos visibles pero igualmente reales: una enfermedad grave, un conflicto familiar, una crisis económica, la muerte de una persona querida, la soledad, el fracaso o esa sensación dolorosa de ser insignificantes e invisibles para los demás.

Cada persona intenta resistir los vientos contrarios con los recursos que tiene. Pero hay tormentas ante las cuales nuestras seguridades resultan insuficientes.

Eso es precisamente lo que ocurre con los discípulos. El viento contrario los aleja de Jesús y los deja aparentemente solos en medio del lago. El miedo, además, distorsiona su percepción: ven a Jesús, pero creen estar viendo un fantasma.

La tormenta y el fantasma forman así una imagen poderosa del miedo: no solamente sufrimos una situación difícil, sino que además podemos interpretar equivocadamente aquello que sucede. Lo que viene a salvarnos puede parecernos una amenaza; la presencia de Dios puede parecernos ausencia; la esperanza puede parecernos una ilusión.

Pero Jesús no los ha abandonado.

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo»

Después de subir al monte para orar, Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas. La escena posee una fuerte resonancia bíblica: en la tradición de Israel, el dominio sobre las aguas pertenece a Dios. El mar representa las fuerzas caóticas que amenazan la vida, y caminar sobre ellas expresa una autoridad que supera aquello que aterroriza al ser humano.

Por eso, el centro del relato no está en el prodigio de caminar sobre el agua, sino en la palabra de Jesús:

«¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

La expresión «soy yo» puede leerse también a la luz de la revelación del nombre de Dios. Jesús no solamente tranquiliza a sus discípulos; se revela en medio de aquello que los atemoriza.

El miedo les impedía reconocerlo. Jesús les devuelve la capacidad de mirar con confianza.

Esta palabra sigue siendo profundamente actual. Cuando atravesamos una crisis, fácilmente pensamos que Dios está lejos. La dificultad parece ocupar todo nuestro horizonte y terminamos interpretando la realidad únicamente desde el miedo. Pero el Evangelio nos recuerda que la tormenta no significa ausencia de Dios.

Cristo no siempre calma inmediatamente la tormenta. Primero se hace presente en medio de ella.

Pedro: entre la confianza y el miedo

Pedro responde a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas».

Hay algo profundamente humano en esta petición. Pedro quiere salir de la seguridad relativa de la barca y acercarse a Jesús. Se atreve a dar un paso que parece imposible. Y, por un momento, camina sobre las aguas. Pero después fija su atención en la fuerza del viento y comienza a hundirse.

El relato no pretende ridiculizar a Pedro. Al contrario, muestra la dinámica de toda experiencia de fe. La fe no elimina automáticamente el miedo ni nos convierte en personas invulnerables. Podemos confiar profundamente en Dios y, al mismo tiempo, experimentar dudas, inseguridad y temor.

Pedro comienza a hundirse cuando deja de mirar a Jesús y concentra toda su atención en la tormenta.

Esta imagen tiene una enorme fuerza pastoral. Las dificultades existen y no podemos negarlas. Pero existe una diferencia entre mirar la tormenta y mirarla desde la presencia de Cristo.

Aquello en lo que concentramos nuestra mirada termina orientando nuestra vida. Si solamente contemplamos el problema, el problema puede convertirse en el centro de nuestra existencia. Si somos capaces de mirar a Cristo en medio del problema, descubrimos que la dificultad, por grande que sea, no tiene la última palabra.

«Señor, sálvame»

Pedro no pronuncia una oración complicada. No presenta argumentos ni explicaciones. Simplemente grita: «Señor, sálvame». Y esa oración basta.

Es quizá una de las oraciones más auténticas que podemos pronunciar cuando nuestras fuerzas se terminan. Hay momentos en los que la fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer nuestra necesidad y dirigirnos hacia Dios.

Pedro tiene una fe débil, pero tiene suficiente fe para gritar hacia Jesús.

Y Jesús responde inmediatamente: «Extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”».

La corrección de Jesús no es un rechazo. Primero está la mano que sostiene; después, la pregunta que ayuda a comprender.

Esto es importante: Dios no espera que lleguemos a Él sin debilidades para poder salvarnos. Precisamente en nuestra fragilidad podemos experimentar su misericordia.

Las tormentas también pueden fortalecer la fe

Pedro no sale de esta experiencia siendo el mismo. Ha descubierto que puede hundirse, pero también que Jesús puede sostenerlo. Ha experimentado sus propios límites y, al mismo tiempo, la fuerza de la mano de Cristo.

La fe madura no es la ausencia de dificultades. Muchas veces se fortalece precisamente al atravesarlas.

No se trata de buscar el sufrimiento ni de pensar que toda crisis es querida por Dios. Se trata de descubrir que Dios puede hacerse presente incluso allí donde nosotros solamente vemos caos, miedo y fracaso.

Por eso, las experiencias difíciles pueden convertirse en lugares de aprendizaje espiritual. Nos hacen reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de los demás y que necesitamos de Dios.

Dios viene sobre las aguas

Todos atravesamos alguna tormenta. Algunas duran horas; otras, meses o incluso años. Algunas son visibles y otras solamente las conoce quien las lleva dentro.

El Evangelio no promete que nunca tendremos tormentas. Tampoco afirma que quien tiene fe estará libre de problemas. Lo que promete es algo diferente y mucho más profundo: Cristo no abandona a sus discípulos en medio de la tormenta.

Cuando el miedo nos haga confundir a Jesús con un fantasma, escuchemos nuevamente su voz: «¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo».

Cuando nuestras fuerzas se terminen, hagamos nuestra la oración de Pedro: «Señor, sálvame».

Y cuando sintamos que comenzamos a hundirnos, recordemos que la mano de Cristo está más cerca de lo que imaginamos.

Tal vez hoy no podamos detener la tormenta. Pero podemos aprender a mirar a Cristo en medio de ella. Porque la tormenta puede ser fuerte, el viento puede ser contrario y nuestra fe puede ser pequeña; pero Cristo sigue caminando sobre las aguas y extendiendo su mano para sostenernos.

La tormenta no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».



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