Natividad de Nuestra Señora - Oración a la Virgen de los Remedios

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Esta mañana, mientras la aurora iluminaba lentamente el horizonte y el aire fresco anunciaba la llegada del día, esperábamos la salida del sol en todo su esplendor. Así también, en la Natividad de la Virgen María, la Iglesia contempla a María como la aurora que anuncia el nacimiento del Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Ella no es el Sol, pero nos conduce hacia Él; no es la fuente de la salvación, pero es la mujer elegida para acoger en su seno al Salvador.

Natividad de María

El nacimiento de la Virgen, Museo del Louvre, París


Hoy contemplamos a María en la humildad de su nacimiento. Todavía no vemos en ella la grandeza que la Iglesia reconocerá después; vemos solamente a una niña, pequeña y frágil. Y, sin embargo, en esa pequeñez comienza a despuntar el cumplimiento de las promesas de Dios. Porque el Señor acostumbra realizar sus grandes obras a través de lo pequeño, de lo humilde y de aquello que el mundo considera insignificante.

Virgen María, enséñanos la verdadera grandeza.

Vivimos en un mundo que confunde grandeza con poder, éxito, fama y reconocimiento. Tú nos enseñas que la verdadera grandeza consiste en dejar que Dios haga su obra en nosotros. Tu vida no fue una búsqueda de protagonismo, sino una respuesta generosa a la gracia. Tu grandeza nació de aquel «sí» con el que acogiste la voluntad de Dios y te convertiste en Madre del Salvador.

Por eso, al celebrar hoy tu nacimiento, no solamente recordamos el comienzo de una vida santa; contemplamos el comienzo de una historia de salvación que alcanza su plenitud en Jesucristo. En ti, Virgen María, la humanidad se abre nuevamente a Dios. En ti contemplamos la belleza de una humanidad reconciliada con su Creador: una humanidad capaz de escuchar, confiar, responder y ponerse al servicio del proyecto de Dios.

¿Qué sería de nuestra historia de salvación sin tu “sí”, María?

Tu «hágase en mí según tu palabra» abrió las puertas de nuestra humanidad al misterio de la Encarnación. Por ti, el Verbo se hizo carne; por ti, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, entró en nuestra historia. Por eso la Iglesia proclama con alegría:

«Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios».

Sí, María: tú eres la aurora que anuncia a Cristo. Tu presencia no nos detiene en ti, sino que nos conduce siempre hacia tu Hijo. Él es el Sol que vence nuestras tinieblas, el Médico que sana nuestras heridas, el Salvador que derrota el pecado y la muerte, y el Señor que nos regala la vida para siempre.

En ti reconocemos también a la mujer anunciada en la historia de la salvación, aquella cuya descendencia participa en la victoria definitiva sobre el mal. La tradición cristiana ha contemplado en María a la mujer asociada al cumplimiento de la promesa de Dios: la Inmaculada, preservada por gracia del pecado, signo de que el mal, la división y la muerte no tienen la última palabra. En Cristo, la serpiente es vencida; en María contemplamos ya el esplendor de la humanidad redimida.

Hoy, en esta fiesta de tu Natividad, Virgen gloriosa, Madre de Dios, hija de Abraham, de la descendencia de Judá y del linaje de David, la Iglesia entera se alegra contigo. Tu nacimiento anuncia que Dios no abandona a su pueblo. Tu vida nos recuerda que sus promesas permanecen y que la historia humana, aun atravesada por heridas y sufrimientos, está llamada a ser visitada por la gracia.

Y aquí, en Arequipa, queremos contemplarte y venerarte de manera especial como Virgen de los Remedios. Ante ti ponemos nuestras vidas, nuestras familias y nuestro pueblo. Como tantas generaciones de creyentes que han acudido a tu intercesión, hoy también nosotros levantamos hacia ti nuestra mirada y nuestra oración.


Virgen de los Remedios,

llévanos a Jesús,

el gran Médico de nuestras vidas.

Tú que conoces nuestras heridas,

intercede ante tu Hijo para que las sane.

Despierta nuestra fe cuando nos vence el cansancio,

renueva nuestra esperanza cuando nos domina el miedo

y enséñanos a confiar cuando no encontramos el camino.

Virgen de los Remedios,

haznos disponibles como tú.

Enséñanos a reconocer que Dios puede comenzar grandes proyectos en nuestra pequeñez; que nuestras fragilidades no son un obstáculo para su gracia cuando las ponemos en sus manos. Danos un corazón humilde para escuchar su Palabra, generoso para responder a su llamada y perseverante para colaborar con su obra.

Tú, aurora de la mañana,

llévanos siempre hacia el Sol que es Cristo.

Que nunca nos quedemos solamente en las devociones,

sino que, siguiendo tu ejemplo,

sepamos encontrar en Jesús la fuente de nuestra salvación.

Virgen de los Remedios, intercede por nuestro pueblo.

Pide a tu Hijo que nos proteja de las inundaciones, de las tempestades y de toda calamidad que amenace la vida.

Ruega por quienes sufren enfermedades,

por quienes viven preocupados,

por quienes cargan heridas que nadie conoce,

por quienes padecen pobreza, soledad o abandono.

Intercede por nuestras familias,

por quienes han perdido la esperanza,

por quienes viven enfrentados,

por quienes necesitan perdonar

y por quienes esperan ser perdonados.

Madre de los Remedios,

cura también las enfermedades de nuestra sociedad:

la indiferencia ante el sufrimiento,

la violencia que destruye,

la corrupción que hiere el bien común,

la mentira que divide

y la pobreza que niega a tantos una vida digna.

Como en otro tiempo acudió a ti la beata Ana de los Ángeles, hoy nosotros acudimos con confianza. Enséñanos a buscar en Dios el remedio verdadero y a convertirnos también nosotros en instrumentos de su misericordia.

Virgen María, Madre de los Remedios,

intercede por esta sociedad que necesita a Dios,

que necesita escuchar su Palabra

y que necesita recuperar la humanidad del corazón.

Pide para nosotros corazones limpios,

paz en nuestras familias,

honestidad en la vida pública,

solidaridad con los pobres,

respeto por la dignidad de cada persona

y compromiso con el bien común.

Haz de nuestra Iglesia una comunidad que sepa escuchar, servir y acompañar.

Haz de nuestras familias lugares donde se aprenda a amar.

Haz de nuestros pueblos espacios de reconciliación y esperanza.

Y cuando las sombras parezcan cubrir nuestro camino,

recuérdanos que la aurora ya anuncia el día.

Virgen de los Remedios,

aurora de nuestra esperanza,

llévanos siempre a Jesús.

Que, siguiendo tu ejemplo, sepamos decir también nosotros:

«Hágase en mí según tu palabra».

Y que, al contemplarte, aprendamos que la verdadera grandeza no consiste en ocupar el primer lugar, sino en abrir el corazón para que Dios habite en nosotros y, por medio de nosotros, pueda seguir estando con su pueblo.

Santa María, Madre de Dios y Madre de los Remedios,

ruega por nosotros.

Llévanos a Cristo,

el Sol de justicia,

el Médico de nuestras vidas,

el Salvador del mundo

y nuestra esperanza para siempre.

Amén.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-23

La generación de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:

«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».


0 Comments