“(...)
por considerarse justos, despreciaban a los demás”
¿Sabes orar?
La pregunta parece sencilla, pero en realidad nos deja sin piso:
¿sabes orar?
En un mundo competitivo, donde uno presume de “saber de todo un poco”, la respuesta rápida sería: “sí, claro”.
Otros, en cambio, quizá dirían: “no”, porque nunca lo han intentado o no saben por dónde empezar.
La oración es un tema fuerte en el evangelio según san Lucas. Para él, la oración cristiana es una gran novedad… y también un motivo de escándalo.
The Pharisee and the Publican (De Farizeeër en de tollenaar), 1661, Barent Fabritius (Dutch Baroque Era Painter, 1624-1673), oil on canvas, 95 x 287 cm, Rijksmuseum, Amsterdam, The Netherlands. Large size here.
1. La novedad de Lucas
Lucas es autor del Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles.
No conoció personalmente a Jesús: bebió de la experiencia de san Pablo, como se ve en los Hechos, y según la tradición conoció también a la Virgen María. Por eso es quien mejor narra la infancia de Jesús, la visitación a Isabel, el Magníficat, la presentación en el templo… detalles que solo puede transmitir una madre o alguien muy cercano.
Lucas es un hombre de investigación:
no nació cristiano, se convirtió, viajó a Roma, conoció a Pedro y a Marcos. Su Evangelio está dirigido sobre todo a los no judíos, representados en ese “Teófilo” (“amigo de Dios”) del inicio de su obra.
Procede de un ambiente pagano, de una cultura donde la relación con la divinidad suele ser utilitarista: se ofrecen sacrificios para aplacar la ira de los dioses o para conseguir favores. Casi parece que la salvación depende de la ofrenda y de la iniciativa humana.
Cuando Lucas descubre a Jesús, la oración se le revela como algo completamente nuevo. Escucha cómo oraba el Señor, especialmente antes de las decisiones más importantes y antes de elegir a sus discípulos. Aprende de Él el valor de la oración de intercesión, de ponerse delante de Dios por otros. Así, la oración se convierte en encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios.
2. El “ateo práctico” y la necesidad de orar
Podemos llamar “ateo práctico” a quien vive como si Dios no existiera, aunque tal vez no lo diga abiertamente. Suele ser agrio ante la oración, la ridiculiza o la considera inútil… aunque en el fondo la necesite.
La novedad para Lucas —y para nosotros— es que en la oración ya no se ofrecen cosas externas, sino la propia interioridad.
La salud espiritual ya no depende de ser privilegiado, sino de reconocer que somos criaturas de Dios:
el perdón vence al odio,
el amor vence a la venganza,
la humildad vence a la soberbia.
«Dios enaltece a los que se humillan y humilla a los que se enaltecen».
El ateo práctico no quiere orar porque la oración lo deja sin apoyos falsos:
no le gusta rascar en el silencio,
le teme a encontrarse consigo mismo.
En cambio, quienes descubren el sentido de la oración empiezan a notar frutos concretos:
ya no gritan tanto en casa,
no se desesperan por todo,
son más respetuosos y sensibles,
se identifican con los problemas de los demás y buscan soluciones.
La novedad no es simplemente “ser buenos” (también se puede ser buena persona sin fe), sino vivir con sentido de cielo, con vocación de santidad: algo que va más allá del mero optimismo, del voluntarismo, del positivismo o de la autosuficiencia. Es una vida apoyada en algo más que las propias fuerzas.
3. Una calidad de oración que escandaliza
También la calidad de la oración causa escándalo.
Los fariseos eran considerados muy religiosos:
famosos, fieles cumplidores de la Ley, puntuales en el diezmo.
Los publicanos, en cambio, eran vistos como traidores al servicio del Imperio Romano.
Pues bien, Jesús, en medio de un ambiente religioso, tiene la valentía de presentar como modelo de oración no al fariseo cumplidor, sino al publicano despreciado.
Es un escándalo para quienes se sienten seguros de su propia justicia. No es extraño que, ante este estilo de Jesús, acabaran decidiendo matarlo.
4. ¿Oras como el fariseo o como el publicano?
En nuestra oración podemos parecernos al fariseo o al publicano (cf. Lc 18,9-14):
El fariseo no se humilla, se compara, se siente superior. Habla con Dios, pero solo de sí mismo. Sus logros los vive como mérito propio, como prueba de autosuficiencia. En el fondo, parece que no necesita los favores de Dios y se comporta como si pudiera “dominarlo”.
El publicano, con mala fama y todo, se reconoce pecador. No se justifica, no se compara: se golpea el pecho, pide perdón y espera la misericordia de Dios.
La parábola está dirigida, precisamente, a “algunos que, por considerarse justos, despreciaban a los demás”.
Por eso, vale la pena revisar cómo es nuestra oración:
¿Voy delante de Dios a demostrarle lo bueno que soy, o a dejarme mirar con verdad?
¿Miro por encima del hombro a otros, o me reconozco tan necesitado como ellos?
La invitación de Jesús es clara:
recuperar la humildad que está inscrita en lo más hondo de nuestro ser,
caminar con esperanza desde lo sencillo,
vivir en la verdad de lo que somos —con luces y sombras—
y mantener un corazón lleno de gratitud por el amor incondicional de Dios.
Solo así la oración deja de ser un discurso vacío…
y se convierte en un verdadero encuentro que nos cambia por dentro.