V Domingo de Cuaresma (C): La adúltera

El hombre adúltero

“Escribía con el dedo en el suelo”


Cristo y la mujer adultera


V Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)


 

Había un hombre que fue encontrado cometiendo adulterio, entonces, los hombres que se sentían seguros y eran expertos en la ley capturaron a él y a la mujer, entre los olivos. Pero en un abrir y cerrar de ojos, el hombre escapó, los jueces no le siguieron, o lo conocían, o eran conocidos. El hombre miraba desde lejos a la mujer que era llevada para ser castigada, juzgada; en aquel juicio popular se agregavan más hombres. El hombre adúltero también tomó una piedra para poder pasar desapercibido. Caía el sol muy fuerte y el paraguas religioso protegía los vestidos puritanos, leyes en mano, de los hombres dispuestos a sentenciar en nombre de Dios.

 

En esa ciudad, había un maestro incómodo. Y este caso podía servir para sacarlo del camino. El maestro quedó en silencio un largo rato, así lo hará también ante Pilatos y el sanedrín. La respuesta del maestro traspasó sus normas y sus vestidos puritanos: “quien no ha pecado que tire la primera piedra”. Al sentirse descubiertos en sus reales intenciones se retiraron tirando piedras a la nada. Unos, aprendieron a darle una mirada de vida, y otros, siguieron maquinando la muerte.

 

El hombre adúltero, soltó la piedra y se fue, no podía tener un manto religioso que le protegiera de esas palabras penetrantes que salvaron la vida de una mujer, su mujer u objeto sexual. La mujer descubrió por primera vez a un maestro que la otorgó respeto, no la humilló, la salvó del dolor de cada pedrada adúltera. El gran hombre que la hizo sentirse amada. El hombre adúltero pensó: ‘¿Si yo fuera tratado así como Jesús en los momentos de pecado?’ Y otra vez, le perseguía el “qué dirán”, las caras de los que humillan producen un corto circuito en sus recuerdos.

 

Aquel hombre adúltero, siguió tirando la piedra, escondiendo la mano. Siguió echando la culpa a la otra persona en lo que es responsabilidad de pareja. Sigue anónimo abusando de las más débiles e ilusas, usando y desechando. Sigue siendo cómplice, humillante. Usa su grado de autoridad para seducir sin asumir la realidad de sus intenciones y emociones. En los momentos difíciles mira con ojos de juez, en la intimidad sigue adulterando y confabulándose para seguir siendo blanco, puro, seguirá siempre entre “acusadores”, ojalá no peque más.

 

Quizá la mujer no vuelva a pecar porque se sintió amada. Quizá el hombre siga pecando si sigue sintiéndose experto y más astuto que Dios. Sigue rumiando las palabras y tratando de comprender cómo un maestro, en silencio, sólo mira a la mujer para decirle: “tampoco te condeno”

 

“Tira la piedra, esconde la mano” 

Es un dicho popular para dibujar aquellas actitudes de personas que arman controversias y divisiones sin mostrar su verdadero rostro. La violencia reprimida se ingenia para poner en peligro, en duda. Incluso, las víctimas reales se juegan la vida, el buen nombre.

 

La violencia palpable lleva el drama de la propia vida, de las propias pedradas que van lapidando las emociones de los seres humanos, los rostros compungidos de no poder tolerarse ni tolerar. Los lapidadores que disimulan sus propias lapidaciones. Sin querer, son descubiertos, algunos, consientes de ser merecedores del mismo castigo.

 

La historia de la mujer adúltera es como una pasión anunciada, de una culpable ante la ley. Eso es lo que se ve, el adulterio, a la adúltera, al pecado, las normas que llevan a la lapidación. Además, la violencia es tan grande que en nombre de Dios ponen en grave controversia al mismo Dios, no le encuentran culpa pero le van fabricando para lapidarlo también.

 

Los radicalismos suelen ignorar a las personas, ignorar los pecados graves de sus cómplices. Ante el fanatismo la persona no tiene derecho a la compasión. Y así, tenemos seres totalitarios capaces de esclavizar, de mantener en la ignorancia, de justificar las masacres en nombre de un dios de la ley.

 

Qué diferencia entre el Maestro y los acusadores. Los acusadores usan la palabra de Dios para condenar. Jesús que es Palabra de Dios hace silencio para perdonar, para abrir posibilidades de salvación. San Agustín lo interpreta: "sólo quedan dos: Miseria y Misericordia", es decir, la miseria humana y la misericordia divina.

 

Palabra del Papa Francisco

 

Se quedaron allí solos la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia, una frente a la otra. Y esto cuántas veces nos sucede a nosotros cuando nos detenemos ante el confesionario, con vergüenza, para hacer ver nuestra miseria y pedir el perdón. Mujer, ¿dónde están?», le dice Jesús. Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia y llena de amor, para hacer sentir a esa persona —quizás por primera vez— que tiene una dignidad, que ella no es su pecado, que ella tiene una dignidad de persona, que puede cambiar de vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar por una senda nueva. (Ángelus, 13 de marzo de 2016)

 

 

 

Lectura del santo Evangelio según San Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


Pintura

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