XXII Domingo del tiempo ordinario (A): «La cruz no es el final: aprender a seguir a Jesús»
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?
Esta pregunta ayuda a revisar nuestras prioridades. Podemos alcanzar metas, acumular bienes o cuidar mucho nuestra apariencia y, sin embargo, descuidar el alma, la familia, la oración y la relación con Dios.
LOCAL/DATA
Índia, século XVII (finais)
MATERIAIS
Marfim com vestígios de policromia
XXII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 16, 21-27
Seguir a Jesús significa aceptar su camino: pasar de una vida centrada en uno mismo a una vida entregada por amor.
La cruz del discípulo
El sufrimiento es una de las realidades que menos deseamos en la vida. Cuando aparece el dolor, la enfermedad, el fracaso o la pérdida, nuestra primera reacción suele ser intentar evitarlo. Por eso, hablar de la cruz resulta incómodo.
Sin embargo, Jesús no presenta la cruz como una búsqueda del sufrimiento ni como una glorificación del dolor. La cruz es la consecuencia de un amor llevado hasta el extremo. Jesús no elige sufrir por el sufrimiento; permanece fiel a la misión recibida del Padre, aun cuando esa fidelidad lo conduce al rechazo y a la muerte.
La cruz, entonces, no tiene sentido por sí misma. Lo que sostiene a Jesús no es el dolor, sino el amor misericordioso de Dios y su entrega por la humanidad. El camino hacia la salvación pasa por una fidelidad que no abandona cuando el camino se vuelve difícil.
Pedro es discípulo, no Dios
Pedro acaba de reconocer a Jesús como el Mesías y ha recibido de él una palabra de reconocimiento. Pero inmediatamente pretende corregirle el camino. No acepta que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento, el rechazo y la muerte.
Pedro quiere un Mesías diferente: poderoso, triunfante, capaz de imponerse sin pasar por la cruz. Su reacción sigue siendo muy humana. También nosotros preferimos una fe sin exigencias, un Cristo sin cruz, una Iglesia sin disciplina y una vida cristiana que no cuestione nuestras comodidades.
El problema de Pedro no es que quiera el bien de Jesús, sino que pretende decidir cómo debe realizarse la misión de Dios. Por eso Jesús le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!». No lo está expulsando del grupo; le está recordando su lugar: Pedro es discípulo, no Mesías.
El discípulo no puede ocupar el lugar del Maestro. Puede caminar detrás de él, aprender de él y seguir sus huellas. Jesús no está llamado a seguir nuestros planes; somos nosotros quienes estamos invitados a descubrir y asumir su camino.
Negarse a sí mismo
Después de corregir a Pedro, Jesús se dirige a todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».
«Negarse a sí mismo» puede sonar como una invitación a despreciarse o anularse. No es eso. Jesús no pide dejar de ser persona, sino renunciar a aquello que nos encierra en nosotros mismos y nos aleja de Dios y de los demás.
Negarse a sí mismo significa desprenderse del orgullo que nos impide pedir perdón, del egoísmo que nos lleva a utilizar a los demás, de la necesidad de tener siempre la razón y de la ilusión de controlar absolutamente nuestra existencia.
Significa también aprender a poner límites a nuestros deseos cuando estos perjudican a otros; servir sin exigir reconocimiento; perdonar aunque todavía duela; perseverar en el amor cuando las circunstancias son difíciles; y defender la verdad sin abandonar la caridad.
La cruz aparece entonces en las decisiones concretas de cada día. Puede ser renunciar al resentimiento, compartir aquello que tenemos, cuidar a una persona enferma, permanecer fiel cuando sería más cómodo abandonar, o defender la dignidad de alguien cuando hacerlo tiene un costo personal.
Perder para encontrar
Jesús plantea una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Hay pérdidas que destruyen y pérdidas que liberan. Podemos perder tiempo, dinero, comodidad o reconocimiento cuando los ponemos al servicio de los demás; pero, paradójicamente, podemos ganar una vida más plena. En cambio, quien concentra todas sus fuerzas en conservarlo todo para sí termina prisionero de aquello que intenta proteger.
A veces nos aferramos al dinero, al poder, al prestigio, a nuestras ideas o incluso a heridas antiguas porque creemos que soltarlas significa perder. El Evangelio propone otra lógica: no todo lo que dejamos atrás es una pérdida; algunas renuncias son el comienzo de una vida nueva.
Dios no nos pide entregar aquello que nos duele para después abandonarnos. La cruz cristiana nunca es soledad. Es caminar con Cristo incluso cuando no comprendemos completamente el camino.
Por eso, seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento. Significa no abandonar el amor cuando amar cuesta; no abandonar la verdad cuando decirla incomoda; no abandonar la esperanza cuando la vida golpea.
La cruz no es el final del camino. Es el lugar donde se revela hasta dónde puede llegar el amor.
Jesús nos invita a ponernos detrás de él, cargar nuestra cruz y caminar. No para sufrir más, sino para amar más.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27
En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestarles a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»



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