XXI Domingo del tiempo ordinario (A): El servicio de edificar la iglesia

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»

La venida del Mesías no es fruto de un sondeo de opinión ni de una estrategia publicitaria, sino del designio amoroso de Dios. Por eso Jesús pregunta a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
La pregunta también se dirige hoy a cada uno. Jesús sigue siendo el Mesías, el Hijo de Dios, pero la respuesta debe reflejarse en nuestra vida: ¿es para nosotros solo una ayuda en los momentos difíciles o es verdaderamente el Señor de nuestra existencia?


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XXI Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A).- Mateo 16, 13-20

Solo Dios lo revela

La confesión de Pedro provoca la respuesta de Jesús: «No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». No conocemos plenamente a Cristo únicamente por nuestra inteligencia o esfuerzo. Es Dios quien ilumina nuestro corazón y nos permite reconocerlo.
Sin embargo, la fe no es solo una experiencia personal. El encuentro con Cristo nos convierte también en servidores de los demás y nos compromete con la vida de la Iglesia.

Edificar la Iglesia

Jesús confía a Pedro las llaves del Reino. No se trata de un privilegio personal ni de un poder ejercido en beneficio propio, sino de una misión de servicio, unidad y cuidado del pueblo de Dios.
Esta misión de edificar y no destruir corresponde a todos los bautizados. La Iglesia pertenece a Cristo, no a un grupo particular. Su fundamento no es la personalidad de sus ministros, sino Jesucristo; su unidad nace de la fe apostólica.
Por eso, todos estamos llamados a custodiar y transmitir la fe mediante la oración, la formación, el testimonio y el servicio. Una parroquia no se sostiene únicamente por sus actividades, reuniones o estructuras, sino cuando sus miembros confiesan verdaderamente que Jesús es el Hijo del Dios vivo y permiten que esa fe transforme sus relaciones.

Una autoridad al servicio

Las llaves simbolizan responsabilidad. Toda autoridad en la Iglesia debe abrir caminos hacia Cristo: anunciar fielmente el Evangelio, proteger a los débiles, corregir con caridad y facilitar el encuentro con Dios.
Una obra social, por necesaria que sea, puede quedar vacía si pierde su raíz evangélica. La Iglesia no está llamada simplemente a ofrecer servicios, sino a mostrar el rostro de Cristo y conducir hacia Él.

La Iglesia en medio de la fragilidad

Pedro recibe una gran misión, pero no deja de ser débil. También la Iglesia, formada por hombres y mujeres imperfectos, necesita conversión y renovación constante. Las crisis, persecuciones y escándalos no tendrán la última palabra, porque la Iglesia pertenece a Jesucristo y Él no la abandona.
La pregunta que queda para nuestra comunidad es concreta:
¿Las personas que se acercan a nosotros encuentran el rostro acogedor de Cristo?
Confesar que Jesús es el Mesías significa también convertirnos en testigos de su misericordia, constructores de unidad y servidores de su Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

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