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Las expectativas de un pueblo

Lic. Enrique Chaffo Céspedes

Hace poco recordaba a mi maestro de escuela. Después de un tema de comunicación, él decía que si deseábamos tener un conocimiento concreto de la comunicación no verbal viajáramos en “combi” y nos dedicáramos a mirar con atención el rostro de los viajeros. Ciertamente, es así como aprendí a descubrir la profundidad del lenguaje del rostro. Y es que en el rostro expresamos lo que pensamos, lo que sentimos y lo que anhelamos en la vida. En definitiva, podemos afirmar que “las expectativas de un pueblo” están dibujadas en los rostros de quienes lo forman.

Por eso, cada vez que subo a una “combi” me siento parte del mundo transeúnte que poco descansa intentando alcanzar expectativas que otorguen salud y bienestar. Pocos kilómetros después me observo egoísta pensando en el beneficio propio que debiera conseguir al final del día. No obstante, la realidad siempre me interpela. Claro, el rostro con sus expectativas: la del niño que sube a vender caramelos, la del anciano que pide ayuda para subir el estribo, la de los pobladores que frente al Poder Judicial claman justicia.

Cada ser humano en particular trae consigo muchos ideales y aspiraciones. A veces agobiados y sin un norte concreto, nos preguntamos quién será el mesías capaz de enderezar las situaciones torcidas de nuestra sociedad. Quién será aquel líder que no piense en solitario. Quién será y dónde estará. En contextos como estos, rápidamente nos asaltan el miedo y la inseguridad, y por ende buscamos y nos refugiamos en un proveedor mágico y poderoso.

Hoy el bautismo del Señor nos recuerda cuál es nuestro linaje. Nos anticipa de falsos mesianismos. Nos recuerda que cada ser humano es un universo dinámico de potencialidad, capaz de planificar la sociedad y transformar el cosmos. Somos ciudadanos con decisión y creatividad.

El bautismo del Señor nos ha de colocar en la fila de los que creemos en nuestra dignidad de Hijos de Dios, advertidos de que el “rostro del otro es lo divino en el hombre”. Creer en nuestro propio bautismo es creer que nuestras expectativas personales tienen su límite donde comienzan las de los otros, y que lejos de marginar, reúne, integra, hace morada en la solidaridad. Bautismo que prepara y señala el sendero de nuestra misión. Misión concreta allí donde nos toque ser y aparecer como padres, hijos, líderes y guardianes de nuestros propios hermanos.

Creer en nosotros mismos, en nuestro linaje nos hará actuar haciendo creíble lo que somos desde aquél que todo lo recibimos.
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