II Domingo de Cuaresma (A): La transfiguración de Jesús

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo"

El camino hacia el monte, en la Biblia, siempre es un camino hacia lo sagrado. Moisés sube al Sinaí. Elías sube al Horeb. Jesús sube al monte con sus discípulos. Subir al monte significa acercarse al lugar donde Dios se deja contemplar y escuchar.

Transfiguración de Jesús
Icono de la Transfiguración de Teófanes el Griego, siglo XV

II Domingo de Cuaresma - Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A) - Mateo 17, 1-9


En esta Cuaresma, la pregunta es directa:

¿Estás caminando hacia algún “monte” interior, un espacio sagrado, para contemplar y escuchar a Dios?

¿Crees que Dios tiene algo concreto que decirte para tu vida?

Camino a Jerusalén

Jesús ya ha iniciado su camino hacia Jerusalén, donde le esperan la pasión, la cruz y la resurrección. En medio de ese gran camino, hace una pausa con Pedro, Santiago y Juan.

Es una parada para fortalecer la fe y la confianza de los discípulos.

Jerusalén será después el punto de partida hacia otro monte: el Calvario, el Gólgota. Pero, antes de hablar de la cruz, es necesario iluminar el camino con una experiencia de gloria.

También en la historia de Israel, la experiencia de Dios en el monte se fue intensificando:

Moisés, al bajar del Sinaí, encuentra al pueblo fabricando un becerro de oro. Tras la experiencia de la alianza, el pueblo se inclina a los ídolos.

Elías, después de escuchar la voz de Dios en el Horeb, sufrirá la persecución de Jezabel.

Moisés y Elías vivieron la lucha ante la tentación de otros dioses.

Jesús también sufrirá los gritos de su propio pueblo:

«¡Crucifícalo!».

La transfiguración se sitúa en medio del camino:

no es un escape, sino una luz para afrontar lo que viene.

Contemplación que transforma

En el monte, la contemplación cambia la mirada de los discípulos.

La transformación luminosa de Jesús les provoca alivio, consuelo, ganas de quedarse allí. Pedro quiere “plantar tres tiendas”, hacer de ese momento algo permanente.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías:

Moisés, signo de la Ley que liberó al pueblo de la esclavitud.

Elías, el gran profeta que hizo ver los cielos abiertos.

En Jesús se unen y se cumplen ambos:

Es el Hijo de Dios,

el profeta que habla en nombre del Padre,

el nuevo Moisés, que no trae solo mandamientos, sino bienaventuranzas,

el nuevo Elías, que hace que los cielos vuelvan a hablar al corazón humano.

Pero esa contemplación, que comienza siendo consoladora, termina llenándolos de temor: la nube, la voz, el misterio los sobrepasan.

Y entonces se escucha la voz del Padre:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

No se trata solo de confirmar a Jesús, sino de confirmar a los discípulos: su Maestro no es un profeta más, es el Hijo amado del Padre. Por eso, el mandato es claro: escuchadlo.

No se trata de construir tres tiendas en lo alto y quedarse allí. La contemplación en el monte está al servicio de la misión en el valle.

 Bajando al camino real

Después de la visión, Jesús toca a los discípulos, los levanta y los invita a bajar.

Vuelven al polvo del camino, a la historia real:

la comunidad con sus problemas,

las incomprensiones,

las discusiones,

el miedo ante lo que viene: la cena, la traición, la captura, el juicio, la crucifixión,

y, más allá de todo, la resurrección y la misión de la Iglesia.

La transfiguración es una anticipación de Pascua: un adelanto de la gloria para sostener la fe en los momentos de oscuridad.

Subir, contemplar… y bajar

En este Domingo de la Transfiguración, la invitación es muy concreta:

Subir al monte: buscar tiempos y espacios para la oración, el silencio, la escucha de la Palabra.

Contemplar a Jesús transfigurado: dejar que su luz ilumine nuestras dudas, miedos, sufrimientos y decisiones.

Bajar a la vida real: volver a la familia, al trabajo, a la comunidad, con un corazón renovado.

Se trata de trabajar por el bien, difundir el amor cristiano, y anunciar con la vida y la palabra a Jesús transfigurado, el Hijo amado del Padre, al que estamos llamados a escuchar.

Que esta Cuaresma no sea solo un “subir”, ni solo un “bajar sin rumbo”, sino un movimiento completo: subir para escuchar, bajar para vivir lo escuchado.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».





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