XXVI Domingo del tiempo ordinario (A): Dos hijos, dos respuestas y un solo camino: hacer la voluntad del Padre

 ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Hoy la Palabra nos ofrece la oportunidad de corregir el rumbo frente a nuestras incoherencias. En la parábola de la obediencia filial, un hijo responde con un «no», pero luego recapacita y va a trabajar; el otro responde con un «sí», pero no cumple. Jesús nos invita a mirar más allá de las meras palabras: lo decisivo no es quedarse en promesas perfectas, sino hacer la voluntad del Padre mediante una conversión sincera y coherente.
Jesucristo encuentra a Juan

Jesús encuentra a Juan el Bautista. Anónimo del siglo xv.

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 (Ciclo A) | Mateo 21, 28-32

Dos hijos, dos actitudes, dos respuestas

El Evangelio de san Mateo nos sitúa en un contexto de conversión y misericordia. Nos presenta a dos hijos, ambos pertenecientes al mismo padre, pero con respuestas radicalmente opuestas:

El primer hijo, que inicialmente se niega diciendo «no quiero», representa a los publicanos, pecadores y prostitutas: personas que reconocen su fragilidad, se arrepienten y deciden seguir fielmente a Jesús.

El segundo hijo, que responde con un «voy, señor», pero no va, representa a quienes se conforman con una piedad superficial y dicen «Señor, Señor». Poseen un lenguaje religioso fluido y formal, pero su corazón permanece lejos de una verdadera transformación.

El «no quiero» que se convierte en obras

La desobediencia inicial hacia un padre genera en el ser humano un peso de culpa. El envío del padre a trabajar en la viña no es un castigo, sino una invitación a colaborar en la sostenibilidad del hogar y a cumplir una misión digna. Al tomar conciencia del desprecio cometido hacia su padre, el primer hijo experimenta un arrepentimiento profundo. Comprende que la única vía de restauración es la conversión activa. Aunque la desobediencia inicial es dolorosa, Dios celebra con alegría al pecador que se arrepiente. Ya no importa el sol agobiante ni la dureza de la tierra: existen motivos más profundos para trabajar en la viña. Sus obras ya no buscan la vanagloria, sino dar gloria a Dios y aportar al sustento de su hogar y de la comunidad.

El «sí, señor» que se queda en palabras

Frente al primer hijo encontramos la postura del autosuficiente: aquel que se siente tan seguro de sí mismo que cree no necesitar de la guía del padre. Permanece en la casa únicamente por conveniencia, disfrutando del techo, el sustento y la buena reputación que le brinda el apellido familiar. Sus palabras son impecables —las que todo padre quisiera escuchar—, pero su vida está desconectada del sacrificio, la disciplina y el amor fraterno. Esta actitud hipócrita instrumentaliza la relación filial buscando un beneficio egocéntrico, convirtiéndose en motivo de dolor para el hogar y para Dios, quien conoce lo profundo del corazón.

Transformar la vida en la viña del Señor

La misión que se nos confía es cuidar la viña: cultivarla, regarla, podarla y alimentarnos del fruto digno de nuestro trabajo y de la solidaridad compartida. La Iglesia continúa necesitando trabajadores obedientes en las obras, no solo en los labios.

Jesús cuestiona con dureza la actitud de quienes utilizan la religión como un tribunal para juzgar quién tiene derecho a acercarse a Dios. Al recordar que los publicanos y las prostitutas creyeron a Juan el Bautista y se arrepintieron, el Señor nos enseña que el pecado no es indiferente, pero tampoco nadie puede considerarse tan justo como para no necesitar conversión. Dios siempre es capaz de abrir caminos de gracia allí donde alguien parecía más distante.

Esta invitación no concierne únicamente a los sacerdotes o personas consagradas; involucra a cada cristiano en su vida cotidiana. Por ello, la pregunta fundamental que debemos hacernos no es solo «¿qué creo?», sino «¿qué frutos concretos está dando mi fe en mi familia, en mi trabajo y en mi comunidad?».

Misión cristiana

La misión cristiana no es solamente para sacerdotes, religiosos o personas especialmente comprometidas. Cada uno tiene una viña que cuidar.

Por eso, la pregunta no es únicamente: «¿Qué creo?»

También debemos preguntarnos: «¿Qué está produciendo mi fe?»

Quizá hoy tengamos que reconocer que alguna vez hemos dicho «no» a Dios, pero estamos dispuestos a volver a empezar. O quizá descubramos que hemos dicho muchos «sí» con los labios, pero todavía nos cuesta llevarlos a la vida.

Lo importante es que hoy podemos cambiar.

Porque para Dios nunca es demasiado tarde para volver a la viña.

Y quizá esa sea la buena noticia de este Evangelio: Dios no espera de nosotros palabras perfectas, sino un corazón dispuesto a convertirse y unas manos capaces de ponerse a trabajar.

El centro de la parábola no es simplemente obedecer una orden, sino pasar de la palabra a la acción mediante la conversión.

Una conexión muy dominicana (homilía completa)

Dos dimensiones complementarias: obediencia y misericordia

Santo Domingo:
«Te envío a la misión, pero comprendo tu fragilidad».

Santa Catalina:
«Te acompaño, te exhorto y sigo orando por ti aunque todavía no hayas cambiado».

Jesús:
«No basta decir sí; hay que convertir el sí en vida».

La verdadera obediencia nace de una relación que ayuda a la persona a cambiar y a realizar el bien.


Envíame a tu viña

Señor Jesús,
a veces mi corazón dice: «No quiero».
Me resisto, me canso, me cierro.
Pero tú vuelves a llamarme.
Enséñame a convertir mi «no» en un «sí»
y mis palabras en obras de amor.

Bendice, Señor,
el trabajo de mis manos y los esfuerzos de cada día.
Haz de mi hogar y de mi comunidad tu viña,
y que en ella podamos crecer juntos
como racimos fecundos de fraternidad y esperanza.

Ilumina mi conciencia y serena mi corazón.
Líbrame de la ira, de la ironía y del orgullo.
Arranca de mí la envidia y el juicio,
para que pueda mirar a mi hermano
con la misma misericordia con que tú me miras.

Te confío a quienes caminan conmigo:
al hermano que protesta, al que se resiste,
y también al que dice «sí» pero todavía no se pone en camino.
Dales paciencia para volver a empezar
y humildad para dejarse transformar por tu amor.

Y cuando yo sea quien se aleje de tu viña,
cuando mis palabras no coincidan con mis obras,
recuérdame que tu misericordia siempre me espera.
Haz que mi vida no sea solamente una promesa,
sino un fruto humilde de tu amor.

Señor, toma mi corazón y llévame a tu viña.
Que mi «sí» se haga camino, servicio y vida. Amén.


Liturgia de la Palabra


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 25-28

Esto dice el Señor:
«Insistís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió.
Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

Salmo

Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9 R/. Recuerda, Señor, tu ternura

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando. R/.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 1-11

Hermanos:
Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».



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Jesús encuentra a Juan el Bautista. Anónimo del siglo xv.

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